Categoría: Opinión

  • Guevara, una leyenda macabra en extinción

    Guevara, una leyenda macabra en extinción

    Hay un sinnúmero de temas de actualidad. La guerra imperialista rusa contra Ucrania, además, de Irán y China, riesgos serios para nuestra forma de vida, asuntos todos de relevancia mundial, sin embargo, como aficionado de la historia, esta semana me vuelco hacia un personaje olvidado hasta por sus propios gestores, un sujeto común y miserable que fue forjado como leyenda por la izquierda internacional con la anuencia y participación de incontables tontos útiles que se hicieron eco de una fábula muy eficientemente fomentada.

    La revolución cubana, específicamente su artífice central, Fidel Castro, fue un notable gestor de mitos. Primero, se inventó para sí mismo una épica y decoro inexistentes, después, con su maléfica creatividad, le instrumentó una historia heroica y de bondad a dos de sus instrumentos fundamentales, Camilo Cienfuegos y Ernesto “Che” Guevara, por supuesto, ambos ya estaban muertos, no eran rivales para el Crono antillano, siempre listo a comerse a los sicarios que pudieran significar una amenaza.

    A Cienfuegos siempre lo presentaron como un individuo simpático, bonachón, de esos sujetos capaces de perdonarlo todo, aunque, debemos añadir que nunca denuncio los crímenes que presenciaba ni los que ejecuto.

    Empero, Guevara, fue la creación maestra de la propaganda izquierdista, personificando entre otras supuestas virtudes, la justicia extrema, lo que motivo que, en 1961, el filósofo, Jean Paul Sartre y su compañera Simón de Beauvoir, le pidieran presenciar un fusilamiento, sin cuestionar el por qué la víctima seria ejecutada.

    Las fantasías sobre Guevara fueron numerosas. Los manipuladores de su imagen fueron extremadamente hábiles, ya que convirtieron a un guerrillero fracasado en todas sus encomiendas, en héroe. Lograron que a pesar de su homofobia fuera adorado por sus potenciales víctimas, en fin, fue el epitome de las virtudes revolucionarias, el mejor referente de los odiadores de oficio, de los envidiosos y resentidos, porque al final de las cuentas ellos no trabajan, no crean, sino que expolian y destruyen.

    No existió un Ernesto “Che” Guevara romántico, sino un asesino en serie brutal, capaz de cometer asesinatos como el del capitán José de Jesús Castaño Quevedo, jefe del Buró para la Represión de Actividades Comunistas (BRAC) en Cuba, a quien asesinó a golpes de culatazos; idóneo para decir en Naciones Unidas en diciembre de 1964, “Fusilamos y seguiremos fusilando”  e insuperable por su prontuario criminal para escribir a Fidel Castro en abril de 1967, “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.

    El tristemente conocido “Che” se satisfacía de representar los extremos más dolorosos. En una ocasión le pregunto al dictador egipcio Gmal Abdel Nasser si la revolución había causado muchos exiliados en su país, siendo la respuesta de Nasser negativa, a lo que argumento Guevara que la profundidad de una verdadera revolución se media precisamente por el número de individuos que se sentían obligados a exiliarse

    Este sujeto fue un acérrimo partidario de los conflictos bélicos. Propuso llevar la guerra a todos los rincones y escribió sobre la necesidad de conflagraciones como la de Viet Nam, expresó en más de una ocasión: “El camino pacífico está eliminado y la violencia es inevitable. Para lograr regímenes socialistas habrán de correr ríos de sangre y debe continuarse la ruta de la liberación, aunque sea a costa de millones de víctimas atómicas”.

    Cierto que se transformó en un ícono mundial de la rebeldía juvenil y la justicia social, pero detrás de esa imagen romántica hay una gran distancia con su actuación histórica documentada por varios historiadores y sustentada en testimonios. El verdadero Guevara, el asesino en serie, el hombre que le escribió a su primera esposa, Hilda Gadea, “aquí en la Sierra Maestra sediento de sangre”, no puede ser olvidado, porque probablemente sea la única garantía para que personalidades tan nefastas no se apropien de los tiempos.

    Ernesto “Che” Guevara fue una creación de los enemigos de la libertad y de la dignidad humana, una falsedad de Fidel Castro y sus aliados, que, por estar forjada en la mentira, se ha ido desvaneciendo, aunque, paradójicamente, siempre habrán de ser recordados por sus enemigos.

    Tenemos el deber de no olvidar, solo así podríamos evitar que surjan nuevas quimeras destructivas como las que aún estamos padeciendo.

    *Pedro Corzo es periodista cubano

  • Epidemia de violencia, irrespeto a la ley e intolerancia vial en El Salvador

    Epidemia de violencia, irrespeto a la ley e intolerancia vial en El Salvador

    La siniestralidad vial en El Salvador ha trascendido la esfera de la simple accidentabilidad u omisión de cuidado, para convertirse como un fenómeno criminológico de alta gravedad. Como especialista en criminología, aplicando técnicas y herramientas de la criminología vial analizo con profunda consternación los datos estadísticos publicados de manera actualizada del Observatorio del Fondo para la Atención a las Víctimas de Accidentes de Tránsito (FONAT).

    Al cierre del 3 de octubre de 2026, las cifras dictan una sentencia lapidaria frente al mismo periodo del año 2025: los siniestros viales han repuntado de 16,226 a 16,875. Más desgarrador aún es el saldo humano, con un incremento de lesionados de 9,719 a 11,979, y una tasa de fatalidad que escaló dramáticamente de 894 a 1,091 compatriotas fallecidos, para un promedio de 4.0 fallecidos diarios en siniestros viales, así como una tasa que supera los 20 fallecidos por cada 100,000 habitantes. La tasa de homicidios intencionales será en el 2026 en El Salvador entre 0.9 y 1.2 para que pueda comparar.

    Desde el rigor de la criminología, es imperativo establecer que este incremento no obedece a la fatalidad ni al azar. Estamos frente a la materialización de una violencia estructural profundamente arraigada en nuestra sociedad antes de la fundación de la República hace 205 años. Los cotidianos y a plena luz del día actos de intolerancia, el exceso sistemático de los límites de velocidad estando señalizadas las carreteras de manera vertical y horizontal, el manipular el dispositivo móvil, y el abierto irrespeto a la Ley y Reglamento de Tránsito configuran un escenario de «anomia» o desorden social.

    En nuestras calles a nivel nacional, la carencia de educación y cultura vial ha transformado el vehículo en una extensión del ego y en un arma en potencia. El estrés cotidiano, las presiones económicas, deudas, falta de empleo o negocios, y la frustración colectiva se canalizan patológicamente sobre el asfalto. De este modo, el derecho fundamental a la movilidad se convierte en una constante disputa territorial marcada por la hostilidad y la agresión, donde el conductor visualiza al otro no como un ciudadano, sino como un obstáculo o un enemigo.

    Al aplicar la perfilación y el análisis espacial de esta conflictividad, la topografía del riesgo es contundente. La Carretera Panamericana y su compleja red de vías de acceso, abarcando con especial severidad el tramo desde Santa Ana hacia el departamento de Cuscatlán, se han consolidado como el principal corredor de morbimortalidad vial en las entradas al denominado gran San Salvador.

    Esta arteria vital opera hoy como un embudo crítico donde convergen la alta densidad del parque vehicular, la urgencia desmedida y la intolerancia. La presión de ingresar a la capital actúa como un catalizador de conductas temerarias que, inexorablemente, desembocan en tragedias que colapsan tanto nuestro sistema de salud como el de justicia.

    Para mitigar esta crisis, la respuesta estatal y ciudadana debe evolucionar. La visión netamente punitiva centrada de forma exclusiva en la imposición de multas no ha dado resultados y ha sido insuficiente ante una desviación conductual tan compleja.

    Requerimos una política criminológica y de seguridad vial integral que aborde el fenómeno desde su raíz. Esto implica invertir en educación emocional, fomentar una reeducación vial obligatoria, pacificar el diseño de nuestras vías e implementar controles preventivos más rigurosos. Es sin duda un trabajo de mediano plazo, pero en este momento se debe de aplicar la ley y hacer una revisión de las legislaciones para incorporar nuevos delitos o agravantes como con los propietarios de flotas o vehículos de transporte, carga que no le proporcionan mantenimiento preventivo o correctivo y aun así asignarlo a un motorista que no tiene la formación, educación y prácticas para licencia pesada

    Mientras no reconozcamos que la violencia que ejercemos al volante es un síntoma de nuestras propias fracturas sociales, el asfalto y cemento seguirá cobrando un peaje inaceptable en sangre y dolor. Nuestras calles no pueden seguir siendo un escenario de guerra. La transformación de nuestra cultura vial es, en este momento, un imperativo nacional para la defensa de la vida.

    En las próximas semanas se requiere la presencia de policía de tránsito los expertos, y el apoyo de los gestores de tráfico del VMT, para controles vehiculares y verificar la documentación y el estado de los vehículos, pero que no se suspendan en un par de semana. Y a mediano y largo plazo la educación y formación vial para las nuevas generaciones. Tener una licencia en regla y acorde al vehículo que conduce no es sinónimo de poder conducir.

    *Por Ricardo Sosa. Doctor en criminología, @jricardososa

  • La enfermedad sin nombre: la peregrinación de un paciente entre la salud pública y privada

    La enfermedad sin nombre: la peregrinación de un paciente entre la salud pública y privada

    El Viejo nunca había sido particularmente sociable. Participaba en las reuniones con sus compañeros de colegio, contribuía en el grupo de WhatsApp y, de vez en cuando, organizaba algún fin de semana con amigos en su casa de playa, donde residía entonces. Sin embargo, últimamente esas actividades se habían reducido drásticamente, en parte por el aislamiento geográfico y social de la localidad donde vivía, pero sobre todo por el deterioro de su salud. No tenía energía para atender a nadie ni ánimo para mostrar una sonrisa forzada.

    Sus hijos lo llamaban periódicamente desde el extranjero, pero incluso esas conversaciones lo abrumaban, especialmente porque detestaba responder una y otra vez las mismas preguntas sobre su estado de salud. Habría preferido tenerlos cerca, pero ellos habían crecido, habían hecho su vida y construido su propio camino en tierras lejanas: lugares en los que él nunca encontraría pertenencia ni sosiego. Allí siempre sería el extranjero “raro”, empeñado en preservar un espacio privado y aislado.

    Durante toda su vida había sospechado que padecía algún grado de déficit de atención o que se encontraba dentro del trastorno del espectro autista (TEA). Recordaba las tardes en la biblioteca de la Facultad de Medicina y aquella capacidad inmensa para concentrarse, amplificada por la ingesta de Captagon.

    Desde hacía algunos meses, su vida había cambiado de manera radical. Lo apesadumbraban un cansancio persistente y una falta de energía que lo mantenían atado a la cama y a la televisión. Por fortuna —o quizá por resignación— el negocio del fútbol europeo parecía insaciable: campeonatos internacionales sin pausa y los mismos jugadores desgastándose cada tres días. Eran multimillonarios, ciertamente, pero su desgaste físico y la forma de esclavitud que acompañaba aquella maquinaria resultaban innegables.

    Así estaba el mundo: voraz por el oro y cada vez menos humano. Miles de millones de dólares invertidos en inteligencia artificial, guerras sin justificación y fortunas que alimentaban las arcas de líderes mundiales, mientras la vida cotidiana de muchos transcurría entre el cansancio, la soledad y una sensación creciente de abandono. Pero el viejo sabía que la vida estaba hecha de momentos: buenos y no tan buenos. Y que unos y otros ofrecían siempre la oportunidad de aprender.

    Su principal objetivo era identificar aquel diagnóstico elusivo y difícil de precisar que lo mantenía aislado de todo. Así que salió de su madriguera en la costa oriental y comenzó su peregrinación por los sistemas de salud, privado y público. Empezó por la atención primaria del sistema público y pronto se dio cuenta de la profunda desintegración que existía entre el primer y el segundo nivel de atención. Ambos sistemas parecían funcionar en paralelo, sin puentes que los comunicaran.

    Sin indicaciones precisas por parte del sistema público, pero con una serie de exámenes de laboratorio que dejaban entrever algunas anomalías en las células sanguíneas, decidió adentrarse en el sistema privado, con la esperanza de encontrar, finalmente, un diagnóstico.

    Y vaya que lo sangraron.

    Al final, después de una considerable hemorragia de dólares, tampoco hubo diagnóstico, ni bueno ni malo. Pero el viejo siguió peregrinando. La vida, se repetía, está hecha de momentos. Al cabo de aquel recorrido, el viejo comprendió que la búsqueda de un diagnóstico no era únicamente una travesía médica. Era también una confrontación con la edad, con la soledad y con un sistema de salud incapaz de acompañar a quien llega con síntomas inciertos, persistentes y difíciles de ordenar en una sola categoría. En el sistema público encontró fragmentación; en el privado, una sucesión costosa de exámenes y consultas que no necesariamente conducían a respuestas. Entre uno y otro, el paciente quedaba obligado a convertirse en su propio coordinador, intérprete y defensor. No había diagnóstico definitivo, pero sí una evidencia incontestable: estaba cansado, aislado y cada vez más consciente de la fragilidad que acompaña la vida cuando el cuerpo deja de responder como antes. Quizá esa fuese la enfermedad más difícil de nombrar: la sensación de estar perdido entre instituciones que observan partes del problema, pero rara vez a la persona completa.

    Sin embargo, el viejo no abandonó la búsqueda. Volvió a su casa en la costa oriental con más preguntas que certezas, con menos dólares y quizá con menos paciencia, pero también con una convicción renovada: mientras quedara un día por delante, todavía habría algo que entender, una llamada que contestar, un partido que ver o una conversación pendiente con los hijos lejanos. La vida seguía hecha de momentos, y él, pese a todo, aún no estaba dispuesto a renunciar a ellos.

  • La importancia de la alfabetización mediática y educomunicación

    La importancia de la alfabetización mediática y educomunicación

    En la actualidad estamos saturados de información; lo conveniente es saber cuáles datos son los pertinentes para poder realizar una consulta, una opinión o un análisis en una investigación a través de los medios de comunicación. La creciente desinformación a través de los medios de comunicación alternativos y no tradicionales hace que los receptores tengan menos pensamiento crítico y no puedan interpretar y analizar la información.

    Hace poco participé con la ponencia “La educomunicación y la alfabetización mediática en el desarrollo del pensamiento crítico en estudiantes universitarios en El Salvador” en el XIII Congreso Internacional de Investigación Científica e Innovación, actividad que se desarrolló en la Universidad Evangélica de El Salvador. Los temas fueron variados y los cuales versaron sobre investigaciones de ingeniería, medicina y tecnología, entre otros. Es interesante aprender de ponencias de investigadores nacionales y extranjeros.

    Según la UNESCO, la Alfabetización Mediática e Informacional (AMI) se hizo con el fin de capacitar a las personas para utilizar la información de forma crítica, navegar por el entorno en línea de forma segura y responsable y garantizar la confianza en nuestro ecosistema de información y en las tecnologías digitales.

    Con respecto a la AMI, la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) y la Escuela de Comunicación Mónica Herrera colaboran analizando medios de comunicación con una perspectiva crítica y evidencian la desinformación. Estas universidades han creado el Laboratorio Alfabeta Media, que promueve la AMI para analizar medios con perspectiva crítica y enfrentar la desinformación. Su objetivo es facilitar experiencias de aprendizaje que generen las competencias necesarias para que cada salvadoreño pueda construir su propio criterio basado en información verídica y útil. Los talleres que imparten ayudan a formar un pensamiento crítico y a liberarse de la desinformación de los medios de comunicación y redes sociales. Con la inteligencia artificial también debemos tener mucho cuidado, ya que hay videos que parecen creíbles.

    Mientras tanto, en las aulas universitarias, los estudiantes se están afincando en plataformas en donde no hay una debida investigación o interpretación de datos. Nos hacemos las siguientes interrogantes para poder comprender que estamos en una era mediática y en muchas ocasiones desinformada: ¿Cómo contribuye la educomunicación al pensamiento crítico y la alfabetización mediática en estudiantes universitarios?, ¿cómo desarrollar el pensamiento crítico a través del buen uso de la alfabetización mediática?

    Las redes sociales y la inteligencia artificial están haciendo cada vez más que los usuarios crean en noticias falsas y bulos. En una publicación del periódico salvadoreño El Mundo (10 de noviembre de 2022), Marc Argemí en su libro “Los 7 hábitos de la gente desinformada”, muchas personas se dejan guiar por la desinformación. La tendencia a opinar sobre cualquier asunto, queriendo aparentar ser más listo que los demás. Estudia que los algoritmos son creados para personalizar los gustos de los usuarios; existe un activismo visceral de los que cumplen el papel de víctima y de verdugo en el momento de transmitir y difundir información. El papel de los medios debe ser el de contrastar toda la información que los usuarios mueven en redes sociales, y es en esa verificación donde recuperan credibilidad. Observo a muchos usuarios que comparten cualquier cosa y no se informan debidamente. El scroll hace que se alejen de la realidad.

    Por lo tanto, la alfabetización mediática ayuda mucho a las personas a encontrar información fidedigna, sin tergiversaciones, debido a que usan herramientas de comprobación si existen noticias o información en internet y redes sociales de dudosa procedencia.

    Es recomendable que en las universidades salvadoreñas haya talleres sobre la AMI y que en cada carrera se detalle sobre la importancia de investigar, recoger y validar datos, teniendo la certeza de que esa información es válida.

    En conclusión, hace falta que más universidades salvadoreñas se sumen a la formación de estudiantes con talleres de AMI, lo cual servirá para tener mejores ciudadanos educados con respecto a la tergiversación de datos gracias a internet y redes sociales.

    *Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

  • Educación, cultura y memoria

    Educación, cultura y memoria

    En 1988, Ignacio Martín Baró, nacido español pero nacionalizado guanaco, publicó en la Revista de Psicología de El Salvador ‒editada por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA)‒ una reflexión que tituló “La violencia política y la guerra como causas del trauma psicosocial en El Salvador”. Este sacerdote sería asesinado en noviembre del año siguiente junto a otros cinco jesuitas, Julia Elba Ramos y su adolescente hija Celina. En uno de los apartados del citado análisis, el padre Nacho habló del predominio de la mentira institucionalizada e hizo referencia a la fabricación de una “historia oficial” que ignoraba “aspectos cruciales de la realidad”; asimismo, distorsionaba e incluso falseaba o inventaba otros. Ese relato oficialista ‒según planteó‒ se imponía “a través de un despliegue propagandístico intenso y muy agresivo”, arriesgando hasta “el peso de los más altos cargos oficiales”.

    Además de la alta polarización social prevaleciente, este filósofo y notable especialista en psicología social de la liberación –considerado el pionero de la misma– en aquella época caracterizaba a nuestra nación como un territorio por el cual se paseaba la mentira institucionalizada propia de un Estado que se sostenía, precariamente, sobre su militarización. Y para nuestra desventura, la rueda de la historia nacional sigue patinando en el mismo lodazal.

    Hoy se esconde bajo la alfombra lo malo, mientras se magnifican hechos puntuales del ultrapromocionado “modelo salvadoreño”. La educación no escapa de ello, pero no es la que se alardea. Recientemente hemos visto cómo desde el más alto nivel se presume del “milagro” nacional en la materia, por ciertos resultados obtenidos en el examen del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes o “prueba PISA”.

    Hubo mejora en 171 de las más de 5000 escuelas públicas existentes en el país, pero esas no fueron escogidas aleatoriamente; por ello, no se trata de un diagnóstico nacional. Además, al no conocer los puntajes anteriores de las mismas no se puede establecer la dimensión de los avances alcanzados con la no tan confiable inteligencia artificial y otras medidas, tanto en lo relativo a la formación del profesorado como en la calidad de los materiales educativos y demás. Fuera de este “plan piloto” cuya ampliación generalizada y sostenibilidad está por verse, arriba del 61 % del alumnado evaluado no alcanzó el nivel básico necesario “para participar de manera significativa en la sociedad”.

    Eso ocurre en nuestra tierra, adonde hay integrantes de la Asamblea Legislativa poco dados a la lectura e incapaces de leer correctamente un texto desde su curul. Eso es criticable, ciertamente, pero lo que sí es realmente imperdonable tiene que ver con quienes desde sus cargos públicos fomentan en la práctica la “cultura” de la corrupción, la mentira y el engaño, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la “vivianada” y la impunidad. Y mientras el mal ejemplo se derrama a montones, el actuar íntegro y honesto cada vez más tiende a escasear abajo junto a la solidaridad y la preocupación por el bien común.

    Acá cabe recordar a Ignacio Ellacuría, mártir también, cuando afirmó que era “de capital importancia hablar primariamente de Estado de justicia y, solo después, de Estado de derecho”. Tras el segundo –agregó– “puede ocultarse el mal común, la injusticia estructural e institucional. Un Estado de derecho que oculte el Estado de injusticia no es parte del bien común sino del mal común. Al contrario, un Estado de derecho que refleje institucionalmente el Estado de justicia es una necesidad del verdadero bien común, que posibilita realmente el que las grandes mayorías vivan bien y justamente”. Eso en El Salvador de hoy seguirá siendo una utopía, mientras en nuestra realidad permanezca atropellándolas el mal común.

    Y para sostener a este, quienes son sus beneficiados pretenden reescribir la historia por encima de la memoria. Por eso, hay que resistir defendiendo la primera y persistir transmitiendo la segunda. Hay que contrarrestar la mentira institucionalizada y desmontar la historia oficial. Por encima de luces y comparsas, mausoleos y disfraces, fachas y farsas, huesos y cenizas, trampas e intrigas hay que decir y exigir verdad.

    “Vivimos una hora de lucha entre la verdad y la mentira, entre la sinceridad ‒que ya casi nadie la cree‒ y la hipocresía y la intriga. No nos asustemos hermanos; tratemos de ser sinceros, de amar la verdad”. Eso dijo monseñor Romero el 30 de julio de 1978 y por hablar así fue inmolado. En este entorno y ante tan tremendo desafío, celebro y aplaudo que el Instituto de Derechos Humanos de la UCA (IDHUCA)  ‒tras “siete años de pausa”‒ reviva el Festival Verdad como “un espacio de encuentro entre generaciones que busca mantener vinculados el arte, la cultura, la memoria y los derechos humanos”.

  • Sentirse humanos hoy, es un acto heroíco

    Sentirse humanos hoy, es un acto heroíco

    En una época en la que empiezan a proliferar las actividades laborales a distancia, fuera de la oficina o de la sede de la empresa, mediante el uso de tecnologías de la información y la comunicación (TIC), tenemos la obligación de permanecer profundamente bienhechores, custodiando con simpatía ese innato altruismo, generado a golpe de corazón y en diálogo con nuestros semejantes, que ninguna máquina podrá jamás sustituir. El avance benigno nace del abrazo extendido y compartido, de un talento con el consabido talante en guardia, dispuesto a escuchar y con una voluntad que busca y rebusca más lo que nos acerca que los nos distancia. Por tanto, fragüemos con sabiduría, ese espíritu donante de compañía, que es el que nos embellece como ciudadanos de bien.

    Todos venimos a la vida sin nada, desnudos y necesitados. Somos desvalidos e indefensos por nacimiento; requerimos pan y atenciones, palabras y cariños. Que nosotros olvidemos nuestra indefensa historia, es de lo más feroz; pues, dejamos a un lado la misma nutrición del ser, la del espíritu y la del cuerpo. Ante esta dolorosa realidad de abandonos o de soledades impuestas, resulta cada vez más evidente la necesidad de una asistencia afectuosa en cada etapa de la vida. Justamente, hoy la labor de cuidados, sea remunerada o no, es fundamental para sentirnos custodiados. Hacer realidad los derechos humanos es primordial, tanto para los que ofrecen su capacidad de auxilio como para los que requieren atención y apoyo.

    El resultado de este endiosamiento de soberbia, donde nadie resguarda a nadie, corre el riesgo de deshumanizarnos por completo, reduciendo la existencia a un mero comercio de compraventa, lo que significa privarnos de decencia, dignidad o sensibilidad. A estos tremendos desajustes hay que añadir el clima de violencia que habita por doquier, llegando a desplazar el diálogo. Lamentablemente, la consecuencia devastadora del odio, que incita a la intimidación y a la intransigencia, tampoco es nada nuevo. Sin embargo, su magnitud e impacto se ven ahora amplificadas por las nuevas tecnologías de la comunicación. De ahí, la importancia de cultivar la verdad, junto a la bondad, que será lo que nos fraternice.

    Por consiguiente, la heroicidad de cada cultura alcanza su más alta cota de sapiencia, cuando rastrea la concordia y el bien de todos, dando testimonio del auténtico significado de nuestra corpulencia. Sea como fuere, no se puede entender situación alguna, elevando muros en los corazones. Pensemos en lo que nos armoniza, la vida personal y las conexiones, nuestra relación con los demás y con el medio ambiente. Cuidar estos pequeños detalles, sumando latidos y acrecentando renuevos de luz, sabiendo que nuestra naturaleza indulgente nos hace festejar lo que es bueno y bello, nos urde a ser generosos y a realizar actos memorables, como la amistad vertida hacia esas gentes indefensas que nos llaman con su mirada.

    La cosecha de abatimientos, en nuestras biografías, es tan real como la vida misma. Lo trascendente es que podamos sonreír con alguien, para borrar de nuestro diario la desesperación. No hay más que una desdicha, la de no ser sublimes, pues no hay mayor gloria que revolverse al penitente verbo para ser verso. Realmente, son estos contextos ricos en compasión y apego, donde surgen también los gestos homéricos. Al fin y al cabo, todo se convence y se vence por amor. Lo prioritario, entonces, es sentirse humanitario en los esfuerzos desinteresados y heroicos, como esas gentes de servicio, entregadas a lenguajes cuidadores que son los que nos rehabilitan, con la fuerza de la esperanza y el entusiasmo necesario para poder afrontar la mundanidad sin barbarie alguna.

     

     

  • Más de 54 mil niños (as) y adolescentes trabajando en El Salvador

    Más de 54 mil niños (as) y adolescentes trabajando en El Salvador

    Sí los adultos tuviéramos el privilegio de volver a vivir una faceta pasada de nuestras vidas, con seguridad la mayoría escogiéramos un periodo de nuestra niñez, cuando no teníamos responsabilidades de nada más que jugar, dormir, comer y estudiar. Algunos escogerían otra faceta de su vida, porque muy probablemente fueron infelices al ser obligados a trabajar y abandonar sus estudios y las actividades de diversión y esparcimiento propias de su edad.

    La  niñez es la etapa de nuestras vidas en que somos una especie de esponja absorbiendo todo conocimiento, sentimiento y pensamiento. Le damos vida  a nuestras propias fantasías para construir mundos de juguetes cargados de ilusiones inocentes que nos hacen sentirnos los reyes protegidos por los adultos. Somos libres de responsabilidades y debemos ser el centro de las obligaciones de nuestros padres y del Estado en general.

    Donde hay uno o más niños hay alegría y motivos suficientes para inspirar a los adultos. Un niño es un faro alumbrando la felicidad del núcleo familiar, porque es un sendero de luz que nos conduce a tener motivos suficientes para reflejarnos y asumir responsabilidades que no permiten abandonar nunca nuestras añoranzas de la florida niñez que vivimos. Crecer y llegar a adulto sin abandonar nunca la pureza del alma y  la grandeza del corazón de un niño es la síntesis de la felicidad que nos hace tener la certeza que vivir vale la pena.

    Por eso cada niño (a) y adolescente debe vivir plenamente esa etapa de la vida. Nadie, absolutamente nadie tiene derecho a perturbar la esencia de la niñez y adolescencia. Todos debemos garantizarles que tendrán acceso a vivir la plenitud de su ilusoria inocencia. A los niños hay que garantizarles un sano crecimiento, sin ideas extrañas o alienantes, con acceso sistemático  a la educación, hogares funcionales y un cuerpo legislativo que les garantice sus derechos. En ese sentido ningún niño debe trabajar, porque no tiene responsabilidades y porque su deber ser es divertirse y estudiar, siendo protegido y con garantías brindadas por la familia y el Estado y su cuerpo de instituciones.

    Que un niño sea obligado a trabajar es frustrarle su proceso de formación como ser humano y violarle sus derechos fundamentales. El Fondo de Naciones Unidas para la Niñez (UNICEF) señala que en El Salvador más de 54 mil niños o adolescentes trabajan lo que afecta su salud, educación y desarrollo integral. Esa cantidad de niñez trabajando represente el 4.2 por ciento de la población infantil de El Salvador.

    De ahí que la UNICEF y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se enfocan en coordinar esfuerzos  de monitoreo y prevención del trabajo infantil, que en El Salvador un 63 por ciento se concentra en la zona rural y un 37 por ciento en la zona urbana.

    De la cantidad de niños y adolescentes trabajando, unos 38,397 realizan trabajos peligrosos, 15,687 trabajan por debajo de la edad mínima permitida y un grupo menor efectúa labores permitidas reguladas. Las estadísticas de la UNICEF indican que los adolescentes entre 14 y 17 años abarcan el 73.1 % de los casos, y los niños varones representan el 75.8 % del total de menores trabajadores.

    El peor de los datos es que el 32.1 por  ciento de los menores de edad que trabajan han abandonado sus estudios y el 69.7 continúa asistiendo con niveles más bajos de aprendizaje y asimilación. La UNICEF es clara al definir que es una tarea infantil y que es trabajo infantil.

    Las tareas son necesarias y parte del proceso de formación de la niñez porque no afectan su salud, su bienestar y su rendimiento escolar, ya que se refiere a actividades formativas o domésticas dentro del hogar, como ayudar a lavar trastes, contribuir con el aseo del hogar, ordenar su cuarto y cama, realizar pequeñas diligencias o propias de su edad, etc. En cambio, el trabajo priva al menor de edad de su infancia, potencial y dignidad, afectando su proceso escolar y exponiéndolo a daños físicos y mentales.

    Además, le asigna responsabilidad para las cuales no está preparado ni obligado, como abastecer económicamente al hogar o responder como adulto ante las necesidades de su contexto familiar.
    Es obligación del Estado reducir a su máxima expresión el trabajo infantil. Idealmente reducirlo a cero porcentaje. Para ello se debe garantizar las mejores condiciones de vida de las familias salvadoreñas y por consiguiente atacar el desempleo y la pobreza, y toda causal que obliga al trabajo infantil. Se requiere acciones y no palabras.

    Este jueves 1 de octubre El Salvador vive el Día del Niño. La fecha coincide con la conmemoración de la Declaración de los Derechos del Niño aprobada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el 1 de octubre de 1959. La intención es reconocer los derechos y el bienestar de la niñez y adolescencia. Hasta antes de 2016 en el país se conmemoraba el primer sábado de octubre, pero ese año la Asamblea Legislativa reformó el decreto para que el 1 de octubre fuera inamovible.

    Desde siempre en octubre hay reportajes, pronunciamientos a favor de la niñez y adolescencia y hasta desfiles alegóricos y otras actividades donde los niños y adolescentes son el centro de atención. Hasta hace algunos años había decenas de organizaciones no gubernamentales expertas en dar datos de “estudios ya estudiados por otros estudios”, pero incapaces de ayudar a solucionar el problema del maltrato y trabajo infantil.

    A un día de iniciar el mes de la niñez y adolescencia, el llamado es para las familias y el Estado a confrontar el maltrato y el trabajo infantil y a poner sobre la mesa políticas de acción coherentes que erradiquen ambos fenómenos violatorios de los derechos fundamentales de nuestros niños y (as) adolescentes.

    *Jaime Ulises Marinero es periodista 

  • Emprender sin manual

    Emprender sin manual

    Cuando decidí emprender, descubrí que no existe un manual que te diga exactamente qué hacer, cuándo hacerlo o cómo saber si estás tomando la decisión correcta. Hay cosas que solo se aprenden cuando empiezas a caminar.

    Una de las primeras lecciones que aprendí es que tener una buena idea no siempre es suficiente. Una idea necesita estructura, paciencia y, sobre todo, la capacidad de adaptarse cuando las cosas no salen como las imaginabas.

    También aprendí que querer hacerlo todo puede convertirse en uno de los errores más comunes al emprender. Al principio queremos controlar cada detalle porque sentimos que nadie puede hacerlo como nosotros, pero crecer también significa aprender a delegar y confiar.

    Otro error es pensar que debemos tener todo resuelto antes de comenzar. Esperar el momento perfecto puede hacer que una buena idea se quede únicamente en nuestra cabeza. Muchas veces, el camino se va aclarando mientras avanzamos.

    En un mundo donde vemos todos los días emprendimientos que parecen crecer rápidamente, compararnos puede ser otro obstáculo. Las redes sociales nos muestran resultados, pero pocas veces muestran el proceso, las dudas, los tropiezos y las decisiones difíciles que existen detrás.

    Por eso también considero importante entender que tener presencia digital no significa necesariamente tener una estrategia digital. Publicar por publicar no construye una comunidad. Hoy necesitamos preguntarnos qué queremos comunicar, a quién queremos llegar y qué valor estamos aportando.

    Otro aprendizaje ha sido escuchar. Escuchar al cliente, al equipo y también a quienes tienen una perspectiva diferente a la nuestra. A veces una observación que inicialmente no queremos escuchar puede mostrarnos algo que necesitábamos cambiar.

    Emprender también implica aprender a manejar los recursos. Separar las finanzas personales de las del negocio, conocer los costos y entender cuánto realmente necesitamos para operar son decisiones que pueden parecer pequeñas, pero tienen un impacto enorme.Y, por supuesto, está el miedo a equivocarse. Creo que uno de los mayores retos al emprender es entender que equivocarse no significa que el proyecto haya fracasado.

    Significa que hay algo que revisar, aprender y mejorar.

    No creo que exista una fórmula para emprender correctamente. Cada negocio tiene su propio ritmo, sus propios desafíos y una historia diferente. Lo que sí podemos hacer es aprender de quienes ya recorrieron parte del camino y, al mismo tiempo, construir nuestro propio criterio.

    Hoy veo los errores de una manera diferente. No como algo que debemos esconder, sino como parte de la experiencia que nos permite tomar mejores decisiones.

    Porque emprender, al final, es avanzar sin tener todas las respuestas. Es aprender mientras hacemos, ajustar cuando es necesario y tener la valentía de seguir construyendo incluso cuando todavía no sabemos exactamente cómo será el siguiente capítulo.

    * Ale Costa es empresaria y estratega digital

  • Un otoño negro amenaza Washington en noviembre

    Un otoño negro amenaza Washington en noviembre

    No existe encuesta seria en Estados Unidos que vaticine un futuro prometedor al Partido Republicano liderado por Donald Trump. Si los números que revelan los sondeos se ajustan a la realidad, en cinco semanas podría perder las dos mayorías que ostenta en ambas cámaras del Congreso, marcando así el declive de un fenómeno político que tal vez nunca mereció el enorme poder que llegó a recibir.

    Sin embargo, como hemos comentado en esta columna de opinión, el trumpismo ha sido, por encima de los rasgos psicológicos de su controversial líder, un movimiento ciudadano esencialmente reactivo, alimentado en gran medida por la incapacidad del Partido Demócrata para comprender la cultura, las prioridades y la idiosincrasia política norteamericanas. Lejos de eso, luego de Bill Clinton, el último de sus presidentes pragmáticos, los demócratas han desarrollado una irrefrenable compulsión para sabotearse a sí mismos.

    Veamos en qué se convirtieron el progresismo y las agendas socialistas impulsadas en EE UU desde la gestión de Barack Obama: al cabo de una sola generación, estas políticas derivaron en versiones extremas que se nutrían de narrativas reivindicativas agobiantes para el resto de ciudadanos, quienes a su vez optaron por frenarlo todo, convencidos de que algunas cosas habían ido demasiado lejos.

    Trump fue, en muchos sentidos, la alternativa radical con que reaccionó buena parte de la sociedad americana contra el radicalismo opuesto. El problema, claro, es que el personaje en cuestión no tuvo nunca las dotes anímicas del estadista. Supo leer el hartazgo ciudadano en el momento correcto, pero despojado de las virtudes necesarias para unir al país en torno suyo. Basta escuchar el más reciente discurso de Trump en la ONU para advertir su completa desconexión del mundo real.

    El problema con los ciclos extremistas es que alguien tiene que ponerles fin, y ese alguien no puede ser parte de ningún extremo. Los republicanos, por la razón que sea, han fallado a la Constitución: el inquilino de la Casa Blanca apenas ha enfrentado contradictores públicos en las filas de su partido. La resistencia a su poder ha provenido, como en toda democracia, de la judicatura y algunas otras instancias independientes.

    Los demócratas, por otro lado, han vuelto a permitir que el bullicio opositor se concentre en figuras que espantan al ciudadano americano promedio. El senador Bernie Sanders, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez o el alcalde de New York, Zohran Mamdani, serán muy populares entre sus votantes, pero ninguno de los tres responde al natural deseo de moderación y buen juicio que el trumpismo ha despertado, por vía de contraste, en los electores. Ocurre al revés: los exabruptos de Sanders, la agresividad vocal de Ocasio y la temeridad fiscal de Mamdani hacen pensar que el llamado “socialismo democrático” es solo la némesis del radicalismo republicano, no su alternativa viable.

    La cuestión tiene fondo y también se expresa en los sondeos. Al mes de septiembre, Gallup señala que las ideas socialistas apenas han logrado superar el 42% de aprobación en EEUU, número modesto en una época marcada por el descenso del “capitalismo” con el que los ciudadanos identifican epidérmicamente a Donald Trump. Otros términos como “libre empresa” y “pequeños negocios” gozan, en cambio, de una popularidad arriba del 75%, lo que permite inferir que el Partido Demócrata debería apostar con fuerza a las ideas liberales sobre las que se fundó la nación, en lugar de poner énfasis en la mera rivalidad con Trump.

    La marejada de votos que la oposición espera en noviembre solo será posible si los estadounidenses desean premiar los tímidos pasos que los demócratas están dando hacia el equilibrio. Opciones como la de James Talarico en Texas entusiasma a los independientes porque el joven congresista, aspirante al Senado, no parece un radical socialista ni tiene empacho en hablar de su fe presbiteriana aunque se diga “progresista”. Aparte de las polémicas alrededor de su contrincante, Ken Paxton, el demócrata también podría beneficiarse de la división que entre los republicanos causó la torpe irrupción de Trump en las primarias.

    Michigan, Ohio, Alaska, Iowa, Georgia y North Carolina, bastiones republicanos en 2024, son ahora terrenos en disputa debido a la confluencia de los mismos dos factores: el enardecimiento demócrata sumado a la apatía del electorado oficialista. En New Hampshire, el aspirante opositor Chris Pappas es visto con simpatía porque suele tener una actitud poco partidaria. En Minnesota la candidata Peggy Flanagan recoge votos tanto por el apoyo a los demócratas como por el repudio que causaron los tiroteos de oficiales de migración en Mineápolis.

    El caso de Michigan es especialmente relevante. En ese estado las contradicciones políticas de EE UU se reflejan a ritmo pendular: en 2016 endosaron a Trump, en 2020 respaldaron a Biden y en 2024 volvieron a apoyar al republicano. Esta vez el Partido Demócrata postula al Senado a un político que representa la antítesis del trumpismo: defensor de la sanidad pública, hijo de inmigrantes árabes, populista social y musulmán. Pero si consigue su escaño, el médico Abdul El-Sayed sería la versión radical de la agenda demócrata que alimenta al extremismo republicano. Su triunfo dejaría vivos los ciclos interminables de confrontación que explican –sin justificar– la actual situación.

    En todo caso, con cuatro de las contiendas anteriores adversas a su partido, Donald Trump perdería el Congreso.

  • El plan de seguridad de Honduras: el costo de copiar y pegar pasa factura ante la ausencia de estrategia propia y soberanía

    El plan de seguridad de Honduras: el costo de copiar y pegar pasa factura ante la ausencia de estrategia propia y soberanía

    La reciente ola de violencia de las últimas semanas  y los lamentables asesinatos de policías en Honduras son el trágico síntoma de un error estratégico fundamental. La administración del presidente Nasry Asfura ha decidido adoptar un enfoque de seguridad pública basado en el denominado «modelo Bukele» en El Salvador, endureciendo las medidas carcelarias y promoviendo reformas legislativas para catalogar a los grupos delincuenciales como terroristas. Sin embargo, desde la óptica de la criminología y la seguridad nacional, es evidente que estamos frente a una peligrosa y sencilla imitación.

    Se trata de un plan calcado de recortes de periódicos, foros de internet, redes sociales, video de YouTube, todo desde escritorios y dispositivos móviles, carente de la cooperación estratégica y el contacto bilateral entre gobiernos que requiere una verdadera política de Estado. No han dejado nada que no se ha diseñado en El Salvador por el presidente Bukele con sus ministros de seguridad publica y justicia, ministro de la defensa nacional y el apoyo del señor fiscal general de la República. La estrategia integral es salvadoreña.

    El Salvador y Honduras, aunque comparten frontera, poseen ecosistemas criminales sumamente asimétricos. Mientras que la crisis en El Salvador  radicaba principalmente en el control territorial, la extorsión sistemática por parte de las pandillas criminales y otras tipologías delictivas, Honduras funciona, además, como un complejo corredor estratégico transnacional para el narcotráfico y carteles de drogas a gran escala bajo el dominio, poder y control de la delincuencia organizada , bandas y pandillas criminales. Exportar un modelo, plan o estrategia de seguridad sin adaptarlo a la morfología criminológica del país receptor, es además de un grave error técnico es una decisión  que tendrá graves efectos secundarios letales. Ninguna copia sera mejor que el original.

    La principal falencia de esta estrategia en mi opinión  es la falta de un diseño autóctono fundamentado en inteligencia local con diseño y planificación por expertos y expertas hondureños. Y lo que mas me asombra es que en Honduras existen criminólogos, criminólogas, expertos en seguridad y defensa nacional, profesionales de alto nivel a quienes conozco, pero el poder político y grupos de poder no les permiten contribuir. Al no existir un contacto directo y oficial a nivel de presidentes para compartir doctrina táctica, protocolos operativos y contrainteligencia, el gobierno hondureño está aplicando únicamente la «fachada» punitiva , con altos mensajes mediáticos y emulando administraciones anteriores que engañaron a los hondureños que llegaría la paz y la seguridad.

    Esta es una nueva apuesta por replicar el modelo salvadoreño que tiene evidencia de éxito e indicadores criminológicos a la baja de manera sostenible e irrefutables. Este es un nuevo paquete de medidas con  acciones puramente reactivas que, al ejecutarse sin la base logística e investigativa adecuada, ha detonado una desestabilización inmediata.

    Los riesgos de carecer de un plan propio son inminentes y ya están cobrando un saldo humano irreparable. La seguridad pública de una nación no admite atajos. El gobierno hondureño  debe abandonar  el espejismo de las soluciones importadas y diseñar una estrategia integral, verdaderamente soberana y quirúrgicamente adaptada a la realidad criminal de Honduras. De lo contrario, el Estado y su gobierno no solo corre el riesgo de que el control territorial lo sostenga la delincuencia organizada de forma definitiva, sino que seguirá sacrificando la vida de sus policías, militares, custodios y población en general  en una guerra mal planificada.

    En el mundo académico lo que ha hecho el presidente hondureño se le llama «plagio» y es motivo de reprobar y una marca que nunca se quita.

    *Por Ricardo Sosa / Dr y Msc en Criminologia / Experto en Seguridad Nacional / @jricardososa