El 15 de mayo de 2026, durante una audiencia en el Tribunal Supremo de India, su presidente, Surya Kant, utilizó la expresión «jóvenes como cucarachas» al hablar de jóvenes sin empleo que se convierten en activistas y cuestionan el sistema. Al día siguiente aclaró que su crítica se dirigía a quienes habían accedido a profesiones con títulos falsos, y no a la juventud de su país. Aun con esa aclaración, el episodio generó un malestar Fuerte entre la juventud de ese país e invita a reflexionar sobre el lenguaje con el que quienes ocupan posiciones de autoridad se refieren a los jóvenes.
Les exigimos esfuerzo, compromiso y responsabilidad. Pero ¿qué ejemplo les damos y qué condiciones les ofrecemos para construir sus vidas? Trabajar no siempre les permite independizarse, acceder a una vivienda parece inalcanzable y el futuro se presenta cargado de incertidumbre.
Hay un malestar generalizado en la juventud que no estamos pudiendo leer.
El descrédito de las dirigencias, la desconfianza en las instituciones y el cuestionamiento de la ciencia nos enfrentan desde hace tiempo a una contradicción inquietante: contamos con conocimientos y evidencias para orientar decisiones urgentes, pero seguimos postergándolas. La circulación de noticias falsas y de mensajes que buscan confundir vuelve más difícil distinguir lo comprobado de lo que simplemente confirma nuestras preferencias. Necesitamos ejercer el pensamiento crítico, pero la sospecha permanente puede terminar dejándonos sin referencias para actuar.
En esa desconexión, el silencio cobra un peso decisivo. Desconfiamos de quienes deciden, pero demasiadas veces renunciamos a intervenir, incluso quienes tenemos formación, criterio y alguna capacidad de influir. Nuestro silencio deja espacio para que otros definan las prioridades, también aquellos cuyo horizonte termina en la próxima elección. Cuando conservar el poder pesa más que las consecuencias de una decisión, el futuro de las nuevas generaciones queda subordinado a los intereses del presente.
Desde ese lugar recibimos también las manifestaciones de malestar de los jóvenes. Antes de escuchar qué les ocurre, sospechamos de sus motivos, de quienes los acompañan o de los intereses detrás de sus reclamos. Las etiquetas de frágiles, vagos o perdidos nos permiten descalificarlos sin revisar las condiciones que les ofrecemos. Así, la misma desconfianza que nos aleja de las instituciones puede servirnos de excusa para desatender a quienes necesitan que esas instituciones respondan.
Escuchar ese malestar no significa adherir a las manifestaciones ni respaldar todas sus consignas. La violencia y el vandalismo son inadmisibles. Condenarlos, sin embargo, no nos exime de atender los problemas de quienes intentan estudiar, trabajar y construir una vida autónoma. Podemos rechazar esos actos y reconocer, al mismo tiempo, las dificultades que requieren soluciones.
¿Qué confianza podemos pedirles si ven que los problemas se conocen, las consecuencias se anticipan y las decisiones se aplazan? También con nuestras omisiones les estamos enseñando qué pueden esperar de las instituciones y de quienes las conducimos.
Desatender las dificultades de los jóvenes es una preocupante ceguera histórica. Estamos dándoles la espalda a quienes asumirán la conducción de sociedades con enormes problemas pendientes.
Les exigimos que mañana contribuyan a sostener sociedades cada vez más envejecidas, con necesidades crecientes de cuidados, salud y jubilaciones. En gran parte del mundo deberán hacerlo con generaciones menos numerosas por la caída de la natalidad. Sin embargo, hoy demasiados encuentran obstáculos para conseguir trabajo, formarse e iniciar una vida independiente.
Les traspasamos la responsabilidad de sostener la actividad productiva, conducir instituciones y encontrar soluciones a los daños sociales y ambientales que no supimos resolver —y que también contribuimos a provocar—, sin asegurarles las herramientas necesarias. Si hoy limitamos sus posibilidades, ¿con qué recursos esperamos que mañana afronten semejantes responsabilidades?
Quizá quienes pertenecemos a generaciones anteriores no alcanzamos a dimensionar el cambio que les toca vivir. En mi caso, estudié Derecho en aulas y con formas de enseñanza que conservaban mucho del mundo de mi padre. Muchos de nosotros elegimos carreras conocidas y reconocíamos en las empresas un camino profesional que podía durar décadas. Aprendimos a incorporar la tecnología a nuestras vidas, pero ellos deben prepararse mientras la disrupción transforma, sin tregua, la educación, el trabajo y la manera de relacionarse. Les aconsejamos estudiar carreras que apenas nacen, confiando en que tendrán salida laboral dentro de diez años, cuando nosotros mismos no sabemos describir ese futuro. Hablamos con demasiada facilidad de una incertidumbre que ellos tendrán que habitar.
Se enfrentan, además, a una combinación de desafíos sin precedentes: la presión sobre los recursos naturales, el deterioro ambiental y la incertidumbre de un mundo que se transforma a una velocidad difícil de asimilar. Prepararlos exige mucho más que transmitir conocimientos. Necesitan una formación científica y tecnológica sólida, acompañada de una formación humana que les permita desarrollar criterio, afrontar la incertidumbre, colaborar y aprender durante toda la vida. Adaptarse al cambio permanente también requiere principios que los orienten y herramientas para cuidar de sí mismos y de los demás.
No podemos permitirnos perder tiempo ni en su preparación ni en abrirles oportunidades para aplicar lo que saben, trabajar con salarios dignos y desarrollarse. Necesitamos destinar recursos y asumir compromisos en ambos frentes: una formación a la altura de los desafíos y condiciones laborales que permitan construir una vida autónoma. Esa responsabilidad es nuestra y debemos asumirla ahora.
Cada presupuesto expresa prioridades. Cuando se anuncian más recursos para un área, corresponde preguntar de dónde salen, qué se posterga y qué consecuencias tendrá esa decisión. La educación, la salud y la preparación para el trabajo necesitan una continuidad que exceda los mandatos electorales. Lo que hoy dejamos de invertir en las nuevas generaciones puede limitar sus oportunidades durante décadas.
Escucharlos requiere abrir espacios donde puedan participar e influir, conocer sus propuestas y dar respuestas que puedan evaluarse. La confianza se construye cuando las palabras se traducen en compromisos y los compromisos se cumplen. También cuando quienes deciden explican sus límites, reconocen errores y rinden cuentas.
No podemos prometerles una vida sin dificultades. Pero tenemos el deber de ofrecerles preparación, oportunidades y adultos en quienes confiar: referentes que sostengan con su conducta los principios que transmiten. Tenemos que escucharlos sin ridiculizar, aconsejar sin imponer y exigir sin olvidar nuestras propias responsabilidades.
Despertemos. Como ciudadanos, también nos corresponde revisar lo que toleramos y aquello ante lo que preferimos callar. No basta con esperar que los gobiernos actúen: escuchar a la juventud y cuestionar las etiquetas con las que la juzgamos nos compromete a todos. Acompañemos con conocimiento, consejos, presencia y principios sólidos. Revisemos nuestras decisiones y abramos espacios para que participen. El mundo que heredarán necesita de sus capacidades; desarrollarlas exige oportunidades desde hoy.
Si esperamos que ellos puedan transformar el mundo que les dejamos, hoy nos toca abrirles caminos para construir ese futuro.
*Mariana Gol-Parés, Abogada y consultora en estrategia y transformación de organizaciones

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