En “Berghain”, una de las canciones del último álbum de Rosalía, hay fragmentos que pueden sorprender a quien lo escucha. La voz se aleja del registro pop habitual y se acerca a un estilo de canto que recuerda a la ópera: el fraseo es más amplio, el vibrato más sostenido y el sonido más uniforme y proyectado.
La clave no está solo en cómo se produce esta voz, sino en cómo llega al público. En los conciertos de Rosalía, la voz se capta mediante micrófonos, se procesa electrónicamente y se reproduce a través de altavoces. En una representación operística tradicional, por el contrario, no se utiliza amplificación: la voz debe poderse oír claramente en todo el recinto por sí sola. Esta diferencia modifica por completo el papel de la acústica en la experiencia musical.
La acústica detrás de la frustración de los músicos
Muchos músicos han vivido una situación frustrante muy conocida: tras horas de ensayo y preparación, suben al escenario y el resultado no es el esperado. No porque toquen peor, sino porque no se oyen a sí mismos correctamente o porque el público no percibe con claridad lo que están interpretando. En muchos casos, el problema no es musical sino acústico.
Lo que llega al oyente es una combinación del sonido directo de la voz o del instrumento y de cómo este se refleja en las paredes, el techo y otras superficies. Esta interacción puede entenderse a partir de dos efectos fundamentales: el aumento del nivel sonoro y la persistencia del sonido en el tiempo.
Por un lado, las reflexiones del sonido hacen que este llegue con mayor intensidad y de forma más homogénea a diferentes puntos de la sala. No se trata solo del sonido emitido por el cantante o el instrumentista, sino de cómo el espacio redistribuye ese sonido.
Por otro lado, estas reflexiones también hacen que el sonido persista durante un cierto tiempo después de que la fuente haya dejado de emitirlo. Este fenómeno, conocido como reverberación, es una característica esencial de cualquier sala. Una cierta cantidad de reverberación añade continuidad y riqueza al sonido, especialmente en la voz operística, ya que refuerza la sensación de plenitud y favorece la proyección dentro del teatro.
Si la reverberación es excesiva, sus efectos se vuelven problemáticos: el sonido pierde definición, los detalles se difuminan y las líneas rápidas o articuladas se vuelven confusas. Además, se reduce la inteligibilidad, es decir, la facilidad para comprender el texto cantado. En estas condiciones, se pierde claridad tanto en la música como en la letra.
La voz y la sala: un único instrumento
En el caso de la ópera, todos estos factores son cruciales. La voz y la sala funcionan como un único instrumento que se extiende en el espacio más allá de la fuente sonora. De hecho, la técnica vocal lírica se ha desarrollado, en gran parte, para adaptarse a estas condiciones: para proyectar el sonido de manera eficiente, mantener la claridad del texto y aprovechar las características acústicas del teatro.
En cambio, en los conciertos amplificados, como los de Rosalía, el canal de transmisión es completamente diferente. El sistema electroacústico (compuesto por micrófonos, procesamiento digital y altavoces) permite controlar el nivel sonoro y modificar el timbre o la sensación de espacialidad, recreando cualidades que recuerdan a la ópera, pero en condiciones físicas muy diferentes.
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Esto no significa que la acústica deje de ser relevante; lo que cambia es su función. En lugar de ser el principal medio de transmisión, pasa a formar parte de un sistema en el que el sonido puede ajustarse y modelarse tecnológicamente.
Para los músicos, esta realidad tiene una consecuencia clara: la interpretación musical no puede separarse del espacio en el que sucede. Un mismo repertorio puede sonar muy diferente dependiendo del lugar. Una iglesia con mucha reverberación puede favorecer la música coral, pero dificultar los pasajes rápidos. Una sala de conciertos moderna, con muy poca reverberación, puede ofrecer más precisión pero, en algunos casos, un sonido menos envolvente.
Por eso los músicos profesionales se toman su tiempo para familiarizarse con la acústica del lugar donde van a tocar. Probar el sonido, ajustar la dinámica o adaptar el tempo no es un detalle menor: es una parte esencial de la interpretación.
El lugar también forma parte de la música
La próxima vez que asista a un concierto o a una ópera, intente prestar atención no solo a los músicos, sino también al espacio: los materiales de las paredes, ya sean lisos o irregulares; la forma del techo; la presencia de cortinas, madera o superficies duras; cómo cambia el sonido dependiendo de dónde se encuentre.
Muchos de estos elementos forman parte del diseño acústico de la sala. Las superficies irregulares o inclinadas ayudan a dispersar el sonido y a evitar los molestos ecos, mientras que los materiales porosos o los tejidos gruesos absorben parte de la energía sonora y controlan la reverberación.
Algunas salas modernas también utilizan dispositivos ajustables y nuevos materiales acústicos inspirados en la física de las ondas (los llamados metamateriales acústicos) para adaptar la respuesta sonora según el tipo de música.
La música no solo se crea en el escenario: se moldea en el espacio que nos la hace llegar.
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Autoría
Rubén Picó Vila
Catedràtic de Física Aplicada, Universitat Politècnica de València

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