Créeme, este ciudadano es un tipo totalmente amoral, capaz de cualquier acción con tal de obtener sus objetivos, le sentencio con esa seguridad que da la ignorancia a mi amiga interlocutora.
Se sorprende un tanto, quizá porque nunca me había oído hablar y seguridad con tanta contundencia sobre el talante de otro ser humano. No me refuta pero se queda dubitativa, quizá porque piensa que me refiero a la moral sexual aplicada en nuestra sociedad, en forma reducida, y genérica al propio tiempo, quizá de manera conveniente, para no adentrarse en otras acciones realmente dañinas en y para la sociedad, por ejemplo la corrupción administrativa, que sí es inmoral, cualesquiera fuere la definición que se haga de ella.
Tiempo después, nos toca conversar sobre diversos temas, (casi todos relacionados a la muy singular existencia humana, política y social de la estresada Venezuela) cuando desde 1998 se inició un proceso calculado y planificado de disolución nacional. El experimento político más desconocido, desconcertante y miserable que haya conocido la humanidad, desde que tomó conciencia de pertenencia a un grupo humano asentado en un determinado territorio, donde comparten iguales manera de comunicarse, dificultades, aciertos, comportamientos, alimentos, amigos y enemigos, y se repiten en el tiempo a través de la comunicación verbal primero, y luego mediante el lenguaje escrito. Es decir, territorio y evolución de los homínidos.
No es difícil de asumirlo y entenderlo, a lo menos para los hispanoamericanos, herederos todos de la civilización europea asentada en lo que se conocería como América, y apareada con sus habitantes originales, conocida por equivocación como indios, pero que en realidad deberíamos llamarles aborígenes; todos, desde los apaches y mayas hasta los yanomamis.
Y sin mayor profundidad o análisis superficial sobre el tema, creo que debemos acercarnos en el concepto y alcance de lo que es moral, inmoral o amoral en nuestra sociedad occidental. Quizá, alentado por nuestra primera y amistosa conversación.
Recuerdo, y sirva la anécdota para situarnos en tan sensible e incomprensible vocablo, cuando años, muchas décadas atrás, temerariamente le digo a mi interlocutor con aquella seguridad que da la ignorancia “eso es inmoral…” Y mi cauto amigo me espeta: “la moral es un concepto y asunto geográfico”. ¿Cómo es eso? Pregunto estupefacto. Muy sencillo me dice, por ejemplo, si ahora pasa delante de nosotros por el pasillo de la Facultad, una joven agraciada con el pecho descubierto, pues causaría un revuelo y muchos señalarían a la joven como inmoral. Pero si esa misma acción se realiza en algún país africano donde la mujeres circulan libremente con el pecho al descubierto, pues, no llamaría tan siquiera la atención, porque es algo natural y de consuno con su cultura.
En consecuencia la moral en sí, en términos generales es un conjunto de normas, valores o costumbres utilizadas por una persona o sociedad, para garantizar la convivencia civilizada, distinguiendo el bien del mal, en un momento dado. Por ejemplo, hace algunos pocos siglos la esclavitud no solo era legal sino adecuada, aceptada, moralmente defendida. Hoy, la esclavitud en esos términos humanos no solo es mal vista e inaceptable, sino ilegal y perseguida.
Normas, hábito y costumbres que generadas por leyes, religiones, la sociedad. Es, en el fondo una manera de comportarse en la vida diaria, individual o colectivamente.
No obstante, ese principio puede llegarse a pervertirse o imponerse desde un grupo sobre otro, y convertirse en un medio de exclusión o penalización, sea por la religión, la política o el hecho económico; normalmente se desvía ese particular contrato social, cuando se convierte en un arma de persecución o exclusión.
Existe una moral católica, por ejemplo, que son normas o costumbres escritas o no, nacidas desde las valoraciones iniciales derivadas de los Evangelios que transmiten el mensaje de Jesús. Mensajes simples que se reducen en su esencia en la piedad, amar al prójimo, perdonar las faltas del otro, dar a cada uno lo suyo, amar, no mentir. No obstante, ese cristianismo católico fue capaz de quemar vivas a mujeres que consideraban brujas, excluirlas socialmente, o colocarle una letra escarlata en su vestidura.
Los nazis, hicieron lo mismo, muchos de ellos eran cristianos, protestantes, católicos practicantes, pero fueron capaces en nombre de no sé cuales valores, de perseguir a judíos, cristianos, ateos, gitanos, homosexuales, intelectuales y marcarlos con una estrella amarilla, y buena parte de esa sociedad alemana y no alemana asumieron que obraban moralmente de forma correcta. Hoy, practicar esa filosofía de exclusión es definitivamente mal vista y moralmente inaceptable.
En resumen, la moral se reduce en hacer el bien y no dañar a nadie. Lo demás son prejuicios, ignorancias o mal uso del poder como la persecución racial, el patriarcado para someter a la mujer o el ser misógino por creerse superior.
Uno de los grandes que ha tratado este tema fue el alemán (prusiano) Emmanuel Kant (1724-1804) hijo legitimo de la Ilustración, quien basó sus teorías de comportamiento social en dos imperativos: el social y el categórico. La moral según Immanuel Kant es una ética basada en la razón y el deber, no en las emociones ni en las consecuencias. En pocas palabras, para Kant una acción es moralmente correcta si se hace por deber, no por interés personal ni por el resultado que pueda resultar.
Sostiene que lo importante no es lo que se consigue con una acción, sino la intención con la que se actúa. Por ejemplo, ayudar a alguien porque te da pena, no es plenamente moral, pero ayudar porque sabes que es tu deber, sí es moral. Tratar a las personas siempre como fines en sí mismos, nunca solo como medios para obtener ganancias de cualquier tipo. En concreto, se trata de no usar a las personas o las acciones que se generan para fines propios o del grupo al cual se pertenece, porque la dignidad de cada persona o grupo de personas, es lo moralmente deseable.
El ser amoral es otra dimensión; la amoralidad, le aclaro a mi amiga, aunque se acerca mucho, es lo que es contrario a lo moral porque no se tiene consciencia que el bien y el mal existe. Porque es una acción que no observa al otro como un interlocutor, sino como un medio para obtener su fin, sin importarle las consecuencias de su acción o el daño que puede causar al otro o la sociedad como un todo.
Liberar o pretender liberar a un pueblo, una nación, un conglomerado humano para obtener beneficios de cualquier índole sean políticos, personales, grupales, ideológicos, culturales, nacionales o económicos es contrario a la ética y a lo moralmente aceptable.
Sea que se esté consciente o no del daño a causar o causado, pero se persiste en la acción, abre la vía del rechazo al vasallaje e instrumentalización del aparentemente beneficiado por una acción que esconde fines diferente al respeto humano, sea una nación, un hombre, una mujer o un grupo humano.

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