Categoría: Opinión

  • Venezuela, intervención

    Venezuela, intervención

    La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela no iniciará cuando las tropas norteamericanas comiencen a avanzar por tierra dentro del país. No. Ya comenzó desde el momento en que se instaló el férreo dispositivo naval y aéreo en las aguas del Caribe. Que no es otra cosa que un cerco militar.

    Toda la parafernalia verbal de Trump es un juego de palabras que enmascara una decisión estratégica, al parecer, ya tomada hace unos meses.

    Desde el campo del poder imperial norteamericano esta operación todo indica que va sobre ruedas, y solo parece que falta dar el zarpazo de cierre con la captura de la cúpula dirigente venezolana (Maduro, Cabello, Padrino, los Rodríguez…) y la conformación de un gobierno de facto a la medida de los intereses norteamericanos.

    En 1989, el ingreso de las tropas norteamericanas ‘eyectó’ a Noriega y después se retiraron. ¿Hubo resistencia? Sí. Pero insuficiente para contener la andanada norteamericana. Ahora se trata de otra cosa. El modelo de Panamá quizá no sea tan efectivo, de ahí que las fases previas (antes del asalto) están siendo cumplidas con mayor análisis de las consecuencias que sobrevendrían.

    Un derrumbe del régimen venezolano vía la intervención norteamericana sería gravísimo para todo mundo. Incluido el actual gobierno de los Estados Unidos.

    Descontando a Cuba y a Nicaragua, tres países también la rechazarían sin ambages y sin miedo: México, Brasil y Chile. Y esto, para Estados Unidos, es un problema adicional con el que no será fácil lidiar. Intentar con México algo así como lo que está en marcha en Venezuela sería descabellado. No imposible, pero sí probable.

    ¿De verdad lo único que quiere Trump es que se vaya Maduro y su cohorte? Difícil creer eso. Solo basta hacer números y sacar la cuenta de los millones de dólares que lleva invertidos en ese despliegue militar en el Caribe. Para nadie es un secreto que el factor geopolítico clave es que en Venezuela se encuentra la mayor reserva mundial de petróleo.

    A Trump y sus halcones les tiene sin cuidado los muertos que la presencia norteamericana en Venezuela pueda provocar. Sus alegatos solo quieren justificar que ellos son los designados (¿por quién o por qué?) para poner orden en aquel país.

    ¿Podría China detener a Estados Unidos? Según Nicolás Maduro, que dice haber pedido el apoyo de Xi Jinping, sí. Sin embargo, las razones para que China se interponga al ‘destino manifiesto’ norteamericano no se observan con claridad.

    Aunque no puede ignorarse que hasta 2025 China lleva invertidos 70,000 millones de dólares en Venezuela en asuntos relacionados con el petróleo. Y este dato, lo dice todo: el más importante comprador de petróleo del mundo tiene, en este momento, un acceso directo a la mayor reserva mundial de petróleo. ¿Esto comporta que se interpondrá entre Venezuela y Estados Unidos? ¿O significa que sus intereses económicos están por encima de la relación ‘política’ con el régimen venezolano? Aquí está el quid de la cuestión del papel de China en la crisis actual de Venezuela.

    Es muy peligroso lo que está intentando Trump y es muy complicada la situación en la que quedaría China si fuera desplazado Maduro de Miraflores.

    El ataque que Estados Unidos hizo a Irán, a sus plantas de enriquecimiento de uranio, no es algo que vaya a realizar en Venezuela.

    ¿Puede haber una salida negociada a esta extraña situación? Por supuesto, siempre hay posibilidades de negociar. Eso sí, Trump ya adelantó que ‘solo quiere oír la fecha de salida de Maduro’.

    El cerco naval, al parecer, ha cumplido su cometido, según el gobierno de Estados Unidos. La mayor presencia aérea ha comenzado a concretar el segundo escalón. Pero el que se presenta como el punto de quiebre de este escenario es el momento en el que las tropas norteamericanas pongan pie en suelo venezolano. ¿Cómo resolverán eso? ¿Configurarán una cabeza de playa? ¿O habrá apertura de varios flancos o direcciones de ataque en diferentes rumbos? ¿Pretenden llegar hasta Miraflores? ¿Tienen ya resuelto lo del relevo? ¿Es María Corina, la Premio Nobel de la Paz, quien avalará este acto de guerra? ¿Se está contabilizando a Capriles para algo? ¿Los militares de Venezuela se mantendrán cohesionados en torno a Maduro? ¿Piensan los norteamericanos que habrá júbilo popular por la invasión militar?

    Muchas preguntas en esta hora incierta para Venezuela y América Latina.

    *Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

  • Como gitanos en busca del café

    Como gitanos en busca del café

    En las temporadas de la recolección del café, en muchos lugares en donde se cultiva el susodicho “Grano de oro”, los trabajadores parecen gitanos que andan de un lugar a otro buscando dónde cortarlo. En El Salvador, es una cultura, una tradición ver a familias completas cortando el aromático.

    Los cortadores llegan de diferentes puntos del país, algunos hasta a los países vecinos se van a cortar. En las fincas hay un recinto especial para que los cortadores duerman mientras la temporada de café termina en ese sitio. Antes, el objetivo de ir a cortar café era ganar para comprar los estrenos de las fiestas de fin de año, comprar los útiles escolares y comprar cohetes. Los niños eran felices cuando sus padres les compraban juguetes. Actualmente, se sigue haciendo.

    A las cinco de la mañana se escuchan los murmuros, es el ruido de los cortadores de café. Algunos aún le colocan la “marimba” al canasto. En la cocina, las señoras palmean las tortillas, el olor a frijoles se percibe y es momento de ir a desayunar para luego partir a los cafetales. Cortar cada granito de café es una gran experiencia.

    Las seis de la mañana y el caporal está ordenando a cada cortador —A cada quien le he dado un surco, por favor, cortan ordenados. No vayan a quebrar las ramas y si botan el café, lo recogen—. Algunos caporales son bien enojados.

    Antes se escuchaban las rancheras que provenían de una radio de transistores. Actualmente, los celulares o una bocina son los que alegran la faena. Los villancicos navideños o cumbias no pueden faltar. En el momento en que alguien ya lleva su primera canastada de café, se escucha a un joven decirle a una señorita que está bien bonita. Café con aroma de mujer.

    El tiempo avanza, tal parece que es una competencia, claro, mientras más se corte, más será el pago. Cuando la familia completa se dedica a cortar café, pueden cortar hasta unas 20 arrobas. Una buena ganancia para cuando les pagan. Los que nunca han cortado café sepan que a buena mañana el sereno se siente, las hojas gotean, se siente frío. Además, las coloradillas se prenden en el cuerpo, de repente, le puede picar un gusano pajarito, o lo puede asustar una culebra, etc.

    La hora de salir de la faena ha llegado; algunos ya fueron a dejar el primer saco lleno de café hasta el casco de la finca, lugar en donde espera la Romana o la báscula para pesar el café. La sacada no es fácil, hay cuestas empinadas, hasta al más fuerte le será difícil. El caporal alza su voz —¡Ohhhhhhhhhhh! ¡Ya es hora de salir! En algunos lugares aún se escuchan los pitos de los beneficios de café.

    Las chencas, el café, los frijoles y algunas mutas acompañan el almuerzo. Otros llevan tamales de viaje (Masa compactada). Se debe comer rápido porque luego hay que escoger el café. Se debe separar el café verde del maduro y quitarle las hojas. La hora de la pesada ha llegado. El administrador o el caporal lleva el control de las arrobas cortadas por cada cortador o familia. Son las cuatro de la tarde y es hora de irse para la casa.

    Los que se quedan en la finca, luego se van al río a bañarse. Esa agua está gélida. Otros se van a traer leña para prepararse en la noche. Más de alguno encontrará cuchamperes o agarrará butes en el río. La noche cae y algunos juegan naipes, otros cuentan chistes, leyendas e historias de terror. De repente, un chucho ladra y todos se asustan. Las luces se apagan y los sacos de henequén sirven de colchón.

    Cada momento ha sido plasmado por fotógrafos, cineastas, pintores, escritores y demás artistas. El café salvadoreño siempre tendrá trabajadores temporales o permanentes. Esos salvadoreños que aún hacen esas jornadas son parte de la actividad económica del país. Pequeños, medianos y grandes caficultores brindan trabajo a muchas personas durante el año. Algunos amigos me cuentan que cortaban por hobby o diversión, pero eso les dejó bonitos recuerdos. Cada cordillera de café espera a forasteros dispuestos a laborar.

    *Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

  • Próximo Oriente Próximo 

    Próximo Oriente Próximo 

    Estados Unidos, apoyado diplomáticamente por Egipto, Catar y Turquía, ha ganado esta guerra entre Israel y Hamás: Donald Trump arrastra las risas nerviosas, los excitados aplausos y todos los titulares; más allá del continuado e insuperable liderazgo de Estados Unidos, el mundo nunca había proyectado tan nítidamente la imagen de una empresa global en donde los jefes regionales orbitan alrededor de un indiscutible CEO. Mucho pragmatismo, con algo de vergüenza ajena, flota en este cuadro.

    Las palabras de Hun Manet, el primer ministro camboyano, sirven como resumen de esta situación: luego del fin del último conflicto fronterizo con Tailandia, declaró que Trump debe ganar el Premio Nobel de la Paz, dado que su “diplomacia innovadora” contribuyó a poner fin a las hostilidades también allí.

    La guerra, que comenzó con la peor masacre de judíos en un solo día desde la Segunda Guerra Mundial y terminó con la destrucción de Gaza, espera ser canalizada hacia la paz a través de una misión internacional de estabilización, la cual debería servir como punto de partida de una tecnocracia para la reconstrucción por fuera de Hamás.

    Con un Estado palestino cada vez más reconocido en el plano diplomático y cada vez menos reconocible en el plano geográfico, la transición política encuentra muy debilitado al grupo terrorista, y lo más importante es que lo mismo le sucede a su patrocinador persa. En ese sentido, también Hezbolá se halla en horas bajas. Con todo, Hamás probablemente mantiene todavía la capacidad de irradiar su influencia; su plasticidad operativa le podría permitir permanecer agazapado y recuperarse sin la carga de las responsabilidades de gobierno. Ya se verán las formas del próximo conflicto.

    Por su parte, Israel, ante este contexto actual, y con la certeza de que el rostro árabe predominante ya no es el de Bashar al-Ásad, Sadam Husein o Muamar el Gadafi, puede reflexionar y aprovechar el momento para impulsar sus objetivos estratégicos en la región, esto entre disculpas a Doha y un poco de más acatamiento de lo que dice Washington, es decir, a través de un imprescindible torrente de realismo. Además, las zonas colchón se han complejizado, multiplicándose en pequeñas acciones móviles.

    Con esta realidad provisional en Oriente Próximo, el debate político occidental, jugando con sangre ajena, ha solidificado la revolución ideológica o el intercambio narrativo de los polos. Los herederos ideológicos de quienes han torturado a los judíos durante siglos hoy defienden su Estado vehementemente. Por otro lado, con tal de que desaparezca ese Estado, aquellos que pregonan determinadas ideas en casa, se alinean con quienes implacablemente se las llevan por delante.

    Unos sitúan al chivo expiatorio integral como la vanguardia de esta época, los otros lo señalan como un opresor volcando toda la huérfana frustración revolucionaria en forma de odio, usando a los palestinos como merchandising encarnado. Lo que no cambia es que el judaísmo sigue siendo la herramienta simbólica preferida.

    Es de amplitud intelectual interesarse por eventos lejanos y de salud democrática indignarse con el comportamiento de gobiernos, militares o terroristas. Sin embargo, la pasión descargada de conocimiento, que solo se enciende en un sitio, ilumina muy claramente las intenciones, las cuales, ante las pausas informativas, terminan encontrando otro instrumento.

    Por lo pronto, el mundo sigue girando y la estulticia digitalmente enredada, guste o no, engrasa. No obstante, la distensión en Oriente Próximo se deslizará mejor mediante una reducción de su protagonismo virtual.

    *Augusto Manzanal Ciancaglini es politólogo

  • El “Vitoria”

    El “Vitoria”

    El 31 de octubre de 1983 viaje a México; entonces inició mi aventura en aquel país hasta el 5 de enero de 1992. Esa estancia fuera de nuestras fronteras duró exactamente ocho años, dos meses y cinco días. Fue una especie de “autoexilio”, tras verme obligado a ello por motivos de fuerza mayor: no me miraban con “buenos ojos” ni me quería ninguno de los bandos que habían iniciado el conflicto en enero de 1981, cuando el décimo día de ese mes arrancó la primera gran ofensiva insurgente contra la dictadura. Durante la década anterior se había desatado la “guerra sucia” impulsada por esta en perjuicio de la población, fuera opositora real o supuesta; también la guerra de guerrillas, mucho antes de que las organizaciones rebeldes anunciaran la creación del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.

    Salí entonces casi con “una mano adelante y otra atrás”, llevando conmigo apenas cien dólares estadounidenses generosamente donados por mi padre. Dejaba a mi hija de casi cuatro años y su madre; me junté de nuevo con ambas allá en el entonces Distrito Federal, para habitar durante unos meses –a partir de abril de 1983– un cuartito que nos prestó una familia solidaria de compatriotas que también había sido forzada a abandonar El Salvador por la persecución política. Luego nos mudamos a un apartamento, en una de las colonias de caché de la ahora Ciudad de México; este nos fue prestado por una pareja de jóvenes mexicanos comprometidos con las causas populares en Centroamérica.

    Nos sentábamos a comer en periódicos alrededor de una mesa sencilla; también dormíamos sobre viejas ediciones del “Excélsior” y “El Día”, entre otros. Además de no tener muebles, tampoco tenía un ingreso formal. El segundo amigo que conocí, un verdadero “chilango”, me apoyó regularizando mi situación migratoria tras matricularme en la Universidad Nacional Autónoma de México –la UNAM– para estudiar la carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública. Con este nos repartíamos la mitad de los 150 dólares que mensualmente le pagaban por atender a quienes llegaban a la “sucursal” del Socorro Jurídico Cristiano, instalado en el Centro Universitario Cultural de la Orden de Predicadores de la Provincia de Santiago; léase, los frailes dominicos. Era un futbolista empedernido que me llevó a jugar con el equipo del Cerro El Judío, en el torneo amateur en el cual participaba. Pero seguía sin un trabajo estable que me permitiera mantener a mi familia.

    Fray Gonzalo Balderas Vega fue el primer amigo que conocí allá; me lo presentó mi cuñada al siguiente día de mi llegada y quedé a su merced, pues ella se fue enseguida tras los pasos de su esposo y sus hijos que ya estaban en Nicaragua. Al observar mi situación, este teólogo poblano me animó a elaborar un proyecto de investigación sobre la realidad de las personas salvadoreñas y guatemaltecas refugiadas en México con o sin estatus migratorio. Su idea era que se lo presentáramos a fray Miguel Concha Malo, presidente de la Comisión de Justicia y Paz de su congregación.

    Dicho y hecho, pero la respuesta fue negativa: no había recursos para financiar dicha iniciativa. Sin embargo, nos contó que el Consejo de Provincia había aprobado otro proyecto: el del Centro de Derechos Humanos “Fray Francisco de Vitoria”.

    “Consigan  dinero para eso”, nos dijo. Así fue que, ni cortos ni perezosos, logramos que el Consejo Mundial de Iglesias –presidido por el entrañable reverendo Charles Harper– nos donará un pequeño fondo con el que lo inauguramos hace 41 años; es decir, en noviembre de 1984.

    Mi labor allá culminó con la elaboración del informe institucional de 1991 sobre la situación del país en la materia. Durante el primer trimestre de ese año, al buscar mi historial académico en la UNAM para comenzar a trabajar la tesis y graduarme, me di cuenta de que este había sido borrado por completo. Por medio de un amigo común, pude hablar con el subsecretario de Gobernación de la época; este me notificó la razón de tal “medida”: me había inmiscuido en asuntos internos mexicanos. Atrevido yo, le pregunté que por qué afirmaba eso, si no aparecía como parte del personal del “Vitoria” y nunca había brindado ninguna declaración ni firmado documento alguno sobre políticas gubernamentales. La respuesta fue contundente: “Seamos serios, somos adultos”.

    Procedía entonces mi expulsión inmediata del país, con base en el artículo 33 constitucional. Pero por ser amigo de su amigo, hizo una excepción: podía quedarme un año como máximo mientras veía para dónde agarraba. Así llegué a la dirección del Instituto Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Pero eso ya no es parte de la historia del “Vitoria”.

  • Más allá de la fuerza: por qué la transparencia es clave para una seguridad sostenible en El Salvador

    Más allá de la fuerza: por qué la transparencia es clave para una seguridad sostenible en El Salvador

    Según el índice de la Transparency International (CPI 2024) El Salvador obtuvo una puntuación de 30 sobre 100, muy por debajo del promedio mundial que es igual a 43/100, ocupando la posición 130 de 180 países. El índice de transparencia mide la percepción de corrupción en el sector público. Nuestro país ha tenido consistentemente un índice menor de 40 durante los últimos 15 años. Sin embargo, lo grave de la situación actual es que la tendencia durante este tiempo sugiere que El Salvador no ha mejorado de forma sostenida su percepción de transparencia; al contrario, ha empeorado en términos relativos. El índice de transparencia del actual gobierno es mas bajo que con los gobiernos del Frente y Arena.

    Todos somos, de una u otra forma, conscientes de la falta de transparencia que actualmente afecta a nuestro país. La información pertinente y relevante sobre las acciones de nuestros gobernantes está vedada a los ojos del ciudadano común. La falta de justificación pública de gastos, el secretismo en las decisiones gubernamentales y la negativa sistemática a proporcionar información solicitada por la ciudadanía, medios independientes e investigadores, caracterizan el presente gobierno. Incluso en el ámbito de la salud, resulta imposible acceder a datos importantes sobre la epidemiología nacional, lo que incrementa exponencialmente el riesgo de exposición ciudadana a enfermedades, algunas de ellas potencialmente mortales.

    Todo parece indicar, por los índices actuales de aprobación presidencial, que al ciudadano común le interesa más bailar en el centro histórico que monitorear el manejo de los fondos públicos que, al final del día, provienen directamente de sus bolsillos. La transparencia para el salvadoreño es un factor que no afecta el día a día, por lo tanto, sin importancia. Sin embargo, sin instituciones transparentes, la seguridad es difícil de sostener a largo plazo, y la reducción del crimen puede ser solo temporal, costosa o depender excesivamente del uso de la fuerza militar o punitiva. Houston, tenemos un problema.

    Según la literatura académica y organismos internacionales como ONU, Banco Mundial e Inter-American Development Bank, existe una relación fuerte e indirecta pero consistente entre el nivel de transparencia/corrupción (medido por el CPI) y los niveles de seguridad pública. No son índices que se influencian automáticamente uno al otro, pero están claramente conectados por mecanismos sociales, económicos e institucionales.

    Ejemplos históricos muestran que las políticas hiper-punitivas o militarizadas pueden lograr una reducción rápida de los delitos, incluso en contextos con baja transparencia. Sin embargo, cuando la transparencia no avanza de manera paralela, con el tiempo suelen surgir efectos adversos como la corrupción dentro de los cuerpos de seguridad, el retroceso del estado de derecho, la concentración del poder y el deterioro democrático. Además, la criminalidad tiende a aumentar cuando cambia el liderazgo o se reduce el financiamiento de la represión. A menos que adoptemos un sistema monárquico, la democracia exige la transferencia y rotación del poder político.

    Singapur, un país referente para el gobierno actual tiene una altísima transparencia institucional (tercera mas alta en el mundo), bajos niveles de corrupción en fuerzas de seguridad, poder judicial independiente, políticas preventivas, no solo punitivas, un sistema penitenciario enfocado en rehabilitación, y alta confianza de la población en el estado. En Singapur, la seguridad no depende del miedo, sino de instituciones que funcionan.

    Está plenamente demostrado por hechos históricos que la opacidad en el ejercicio público abre las puertas a prácticas como la corrupción y la falta de ética pública. Sin transparencia no hay democracia ni un correcto desempeño del servicio público. Nadie quiere regresar a la inseguridad del pasado, ni al reinado de las pandillas. Definitivamente hoy estamos más seguros que con gobiernos anteriores, pero para lograr que esta seguridad sea sostenible, sin dañar nuestras libertades individuales, el mejoramiento de la transparencia de los organismos públicos tiene que mejorar. La reserva de la información, como estrategia para excluir al ciudadano común y demás instituciones que no forman parte del ente gobernante es, por seguro, una estrategia que esta destruyendo nuestra democracia. Es rico bailar en el centro histórico sin temor a la delincuencia o al terrorismo, pero sin libertad nos cansaremos muy pronto de bailar.

  • El futuro en juego: todos somos responsables

    El futuro en juego: todos somos responsables

    El futuro es algo que está por hacer, siempre lo ha estado; y así, en cada aurora, se nos presenta abierto a nuestros propósitos. En consecuencia, la obligación de cada ciudadano, no es profetizar el mal ante el aluvión de preocupaciones que se nos presentan en el camino a diario, sino más bien pelear por un mundo más humano y mejor. Esta es la verdadera valentía, el valor de la lucha, que nos lleva a ir más allá de una existencia tranquila, al menos para no dejar que la vida de los pueblos se reduzca a un juego de los poderosos. Sin duda, hoy más que nunca tiene que prevalecer el diálogo y la cooperación, el entendimiento entre sí, comenzando por una alianza global que contribuya a mantener un nuevo orden estético en el centro de la vida pública.

    En efecto, los derechos humanos nos conciernen a todos y son para todos. Por tanto, debemos asegurarnos de que guíen las decisiones, determinantes de nuestro porvenir; máxime en un momento de cambio social, con nuevas herramientas tecnológicas que permiten simular las capacidades humanas, pudiendo utilizarse fácilmente de modo indebido. Sin duda, las decisiones deben recaer en nosotros, manteniendo el control afable sobre el uso de la fuerza, creando marcos normativos globales coherentes, protegiendo la identidad y la integridad del ser con el estar, así como la información, cerrando la brecha de capacidad en materia de inteligencia artificial entre los países ricos y los pobres. Todo debe quedar en manos de los seres pensantes, no de las máquinas.

    Lógicamente, el mañana es mucho más de los corazones que de las mentes. Nuestro gran sustento pendiente de ser llevado a buen término, es hacer realidad la sana conjugación del amor de amar amor, que es lo que nos enternece y nos colma de eternidad. Reitero, pues, mi esperanza; a que los rápidos avances de la ciencia y la tecnología impidan el deplorable empleo de armas de todo tipo; justo en este año, en el que se conmemora el centenario del Protocolo de Ginebra de 1925. Hace un siglo, tras ser testigo de las terribles y temibles consecuencias de las armas químicas utilizadas durante la Primera Guerra Mundial, la comunidad internacional se unió para prohibir que se emplearan como instrumento de absurdas contiendas.

    Lo importante radica en no dejarse amedrentar por nada ni por nadie; al fin y al cabo, todos tenemos una misión que cumplir, la de ser gentes de verbo transparente y verso embellecedor, lo que conlleva el ejercicio de ser personas sencillas e inermes, cansadas de la violencia, para que quienes tienen responsabilidades por el bien colectivo no sólo se comprometan a condenar las contiendas, sino también a crear las condiciones para que no se expandan las guerras. El destino desde luego es nuestro, hay que cultivarlo en comunión y en comunidad. Luego, si hay individuos que quieren dividir y crear enfrentamientos, nosotros creemos en la importancia de caminar unidos por la paz, unos con otros, pero jamás unos contra otros. Sinceramente, nos necesitamos entre sí.

    Sea como fuere, lo venidero tiene que resplandecer en sanación, no podemos continuar enfermos de dejadez y olvido, precisamos del acercamiento de latidos para participar en el cultivo de sueños para lo que está por llegar, lo que nos llama a una implicación distintiva y comunitaria. Activar ese calor de hogar, va a ser vital tanto para reencontrarnos como para conciliar la reconciliación, estar a la altura de los vínculos y salir de las polarizaciones, que nos deshumanizan por completo, impidiendo afrontar los desafíos. De lo contrario, condenaríamos a la humanidad a un futuro sin anhelos, en el caso de que quitáramos a alguien la capacidad de decidir por sí mismo y por sus vidas, condenándola a depender de lo material. Pondríamos en entredicho, la misma dignidad humana.

  • Entre pantallas y libros: ¿Qué está leyendo la mayoría de los salvadoreños hoy?

    Entre pantallas y libros: ¿Qué está leyendo la mayoría de los salvadoreños hoy?

    En El Salvador estamos viviendo un fenómeno silencioso, pero muy poderoso: cada vez más personas pasan horas enteras deslizando la pantalla del celular sin parar. Es un hábito tan común que ya ni lo notamos.

    Bajamos y bajamos, sin llegar nunca al final. La pantalla se renueva sola: siempre hay un meme nuevo, un chisme más, un video rápido que nos hace reír… y nada más.

    Esa lectura instantánea entretiene, sí, pero no alimenta. Es como comer solo comida chatarra: llena, pero no nutre. El verdadero escándalo cultural es que muchos compatriotas pasan días, y a veces años, consumiendo contenido vacío, mientras un buen libro, capaz de abrir la mente y ensanchar el corazón, queda relegado en un rincón.

    La escena se repite en buses, en aulas, en oficinas, en mercados y hasta en reuniones familiares: pantallas moviéndose sin descanso, ojos atentos a nada. Eso es “deslizar sin fin”, una especie de hipnosis moderna donde siempre aparece algo más, aunque lo de abajo sea igual a lo de arriba.

    Lo triste es que esa práctica va moldeando nuestra forma de pensar: lo rápido nos parece suficiente, y lo profundo nos parece cansado.

    Basura digital vs. riqueza literaria

    Internet está lleno de frases vacías, noticias falsas, chismes, insultos disfrazados de opiniones y videos que duran menos de un minuto. Todo se consume sin pensar.

    Sin embargo, la literatura sigue ahí, ofreciendo historias profundas, personajes que enseñan, palabras que transforman.  El problema es que muchos se conforman con lo fácil y dejan lo valioso.

    Leer solo basura digital es renunciar a la riqueza que los libros nos regalan: imaginación, criterio, sensibilidad y capacidad de reflexión. Y esa renuncia tiene consecuencias.

    El costo social de no leer

    Quien no lee piensa menos, se deja engañar más fácil y pierde oportunidades. La falta de lectura afecta la manera en que trabajamos, en que votamos y en que convivimos.

    Un país que no lee es un país que decide sin reflexionar, que discute sin argumentos y que se cree cualquier cosa que aparezca en la pantalla. Leer no es un lujo intelectual: es una defensa. Una herramienta para no vivir en la ignorancia, para cuestionar, para elegir mejor y para construir un futuro más digno.

    Leer: ¿privilegio o derecho?

    En El Salvador, para muchos leer no es fácil. Faltan bibliotecas, los libros son caros y el apoyo cultural es limitado. Pero también hay apatía. Muchos prefieren lo fácil de las pantallas antes que la aventura interior de un cuento o una novela.

    La lectura debería ser un derecho básico, no un privilegio. El escándalo está en que, como país, dejamos pasar la oportunidad de crecer cuando despreciamos la palabra escrita.

    La Biblia nos recuerda un principio profundo: “El corazón del entendido adquiere sabiduría, y el oído de los sabios busca conocimiento” (Proverbios 18:15). Esa búsqueda no se encuentra deslizando sin fin, sino leyendo con intención.

    El lector: un ciudadano consciente

    Leer no es solo entretenimiento; es aprender a pensar. Un lector desarrolla criterio, no se deja manipular, reconoce la mentira disfrazada de verdad y participa mejor en la sociedad.

    Ser lector es ser ciudadano consciente, responsable, capaz de defender sus ideas y respetar las de los demás. El escándalo es que muchos prefieren quedarse con lo superficial y no aprovechar el poder de un buen libro.

    Pero siempre se puede empezar. Basta una historia corta, una biografía, un cuento salvadoreño, un clásico breve. Leer es abrir una puerta. Y una vez que se abre, es difícil volver a ver el mundo con los mismos ojos.

    Leer no solo informa: despierta. Y un país despierto siempre tiene futuro.

    .

    * Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. 

    alfredocaballero.consultor@gmail.com  

  • Siete pasos para “asolar” una democracia

    Siete pasos para “asolar” una democracia

    Se dice que para perder una democracia no se debe actuar de la noche a la mañana. Es más parecido a quedarse dormido con la ventana abierta mientras una tormenta avanza lentamente: cuando despiertas, ya no sabes en qué momento el viento arrancó las cortinas.

    La escritora turca Ece Temelkuran (2019) advirtió que los regímenes autoritarios modernos no llegan con tanques, sino con aplausos, planteó una serie de pasos para establecer una dictadura con aplausos. Desde entonces, muchos han aprendido que destruir la democracia no es un golpe, sino un proceso metódico, casi pedagógico. Por lo que es pertinente analizar los siete pasos invisibles para instalar un autoritarismo cotidiano, con sonrisas y “memes”.

    Paso 1. Construye un movimiento

    Comienza por convencer a todos de que tú no eres un político, sino un salvador, una “golondrina” incapaz de hacer verano por sí sola, pero que con el apoyo de todos, te convertirás en el mejor gobernante. Diles a todos que vienes del pueblo y que lo que haces no es política, sino “limpiar la casa” con un genuino sentido de transformar al país. Es necesario convertir el desencanto y la decepción provocada por “los mismos de siempre” en una devoción: que cada crítica a tu poder suene como una traición al país, como aquellos que quieren el mal y volver al pasado. Puesto que las instituciones serán tus primeras víctimas, asegúrate de llamarlas “viejas”, “corruptas” u “obsoletas”, y el público pedirá su intervención o demolición .

    Paso 2. Deforma el lenguaje

    La gente te apoya y te ama y esta susceptible a apoyar ciegamente tus iniciativas, en este momento debes romper el sentido común. Cambia las palabras hasta que dejen de significar lo que significaban. Llama “reformas” a los golpes institucionales o “modernización” a la censura ala falta de transparencia y “voluntad popular” a tu propio deseo materializado en leyes que tus legisladores aprueban sin cuestionar. Conviértete en “verbo”. Usa el sarcasmo como escudo, la burla como espada. Que nadie entienda exactamente qué está pasando, pero que todos crean que tú sabes lo que haces y que eso, es lo mejor para todos.

    Paso 3. Exalta la emoción, desprecia la verdad

    No necesitas datos, solo historias que conmuevan. Usa a tus mercenarios con títulos universitarios y “expertos” para que respalden tus propuestas y que repitan mil veces como una caja de resonancia el mismo discurso aunque éste carezca de fundamento. Sustituye la verificación por el fervor. Todo el mundo está saturado de información, el ciudadano cansado preferirá tu relato antes que leer una estadística. Haz que la mentira parezca sincera y que la verdad suene arrogante. La posverdad no es una herramienta: es un perfume, y debe impregnarlo todo.

    Paso 4. Vacía los contrapesos

    Las democracias se sostienen con frenos. Pero eso quita tiempo, y limita tu forma de resolver los problemas del país; basta con llamar “enemigos” a quienes frenan tus iniciativas, a quienes exigen transparencia, a quienes denuncian la corrupción y  a quienes exigen derechos. Cambia jueces, legisla deprisa, reforma la constitución, nombra aliados en los órganos de control y cambia las reglas a tu conveniencia. Luego proclama que lo haces por la eficiencia, por el bien del pueblo. La democracia es lenta; el autoritarismo, eficaz. Y todos aman lo eficaz. La gente quiere problemas resueltos, no libertad.

    Paso 5. Crea al ciudadano ideal

    Las democracias toleran la disidencia; tu nuevo “modelo” no. Diseña un ciudadano obediente, alegre, que repita tus consignas. Comienza en las escuelas, invade las redes sociales. Divide al país entre “los que creen” y “los que estorban”. Repite que la unidad es la salvación, pero únicamente bajo tu liderazgo. Todos los demás;  los críticos, los periodistas, las organizaciones sociales, los defesores de derechos o los que preguntan demasiado… ellos ya no serán parte del pueblo, sino su amenaza. Los “otros” son el enemigo.

    Paso 6. Convierte el horror en rutina

    Cuando encierres, acuses, detengas, censures o humilles, asegúrate de que el público se ría. Y que tu error nunca sea percibido, La dureza de tu régimen debe ser capaz de ordenar sin aplicar fuerza para todos, solo a aquellos que seran “ejemplificantes”. Que el miedo sea chiste, que el abuso sea “meme”. La risa es el mejor sedante cívico: cuando el horror provoca carcajadas, ya nadie siente vergüenza. Poco a poco, el ciudadano aprenderá a no mirar, a no preguntar, a no recordar y a no criticar. Así se domestica una sociedad: con humor.

    Paso 7. Construye tu propio país

    Una vez cumplidos los pasos anteriores, el país dejará de ser plural, ya no tienes oposición. Las decisiones ya no serán de todos, sino tuyas. Podrás rediseñar la historia, los símbolos, incluso el sentido de la libertad. Los que no encajen emigrarán o callarán. El silencio será la prueba de tu éxito: no porque todos estén felices, sino porque ya no quedarán palabras para decir lo contrario.

    Epílogo para quienes aún dudan

    Seguir estos pasos no requiere maldad, solo convicción. Todo puede hacerse en nombre del bien, de la seguridad, del progreso. Así se pierden las democracias: aplaudiendo. Si al leer esto sientes un leve escalofrío, es posible que aún estés a tiempo, y si estás de acuerdo con todo pues ya no hay mas que decir. Pero cuidado: el viento ya se ha levantado, y la ventana sigue abierta.

  • Cada 25 de noviembre

    Cada 25 de noviembre

    Cada 25 de noviembre, el “Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres” nos recuerda una verdad urgente: vivir libres de violencia no es un privilegio, es un derecho humano básico. Sin embargo, millones de mujeres alrededor del mundo continúan enfrentando agresiones físicas, psicológicas, sexuales, económicas y simbólicas que niegan su dignidad y su autonomía. Este día no solo convoca a la reflexión, sino también a la acción colectiva para transformar una realidad que persiste a pesar de los avances normativos y sociales.

    El derecho a una vida libre de violencia está reconocido en instrumentos internacionales como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) y la Convención de Belém do Pará, entre otros. Estos marcos establecen que los Estados tienen la obligación de prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres. No se trata solamente de atender las consecuencias, sino de modificar las condiciones estructurales que permiten y perpetúan la violencia. Esto implica combatir la desigualdad de género, los estereotipos y las normas culturales que asignan a las mujeres roles subordinados.

    A pesar de los compromisos asumidos, las cifras demuestran que la violencia sigue siendo una pandemia silenciosa. La violencia doméstica continúa siendo la forma más extendida y la causa más común de los feminicidios en El Salvador, aunque no es la única. También existen la violencia digital, la trata, el acoso en espacios públicos y laborales. Los feminicidios representan el extremo más brutal de un continuo de violencia. Cada caso no es un hecho aislado: forma parte de un sistema de desigualdad que normaliza la agresión, que perpetúa el odio o la discriminación hacia las mujeres y que, de forma perversa, responsabiliza a las víctimas.

    Tomando como ejemplo estadísticas recientes sobre la modalidad de violencia más grave que sufren las niñas y mujeres en el mundo producidas por organizaciones especializadas o medios de prensa, en el transcurso de 2025, en El Salvador se han registrado 23 feminicidios, en Francia 88 y en México 388. A las mujeres nos siguen matando en todas partes del mundo.  Según el informe “Feminicidios en 2023” de ONU Mujeres y UNODC, en 2023 se estimaron 85.000 mujeres y niñas asesinadas intencionalmente, de las cuales unas 51.100 (60 %) fueron víctimas de sus parejas íntimas o familiares. En promedio, esto equivale a 140 mujeres asesinadas cada día por alguien muy cercano (pareja o familiar).  Muchas de estas muertes podrían haber sido evitadas, ya que la data disponible para ese informe también indica que muchas de estas mujeres ya habían denunciado ser víctimas de violencia o amenazas de parte de sus verdugos.

    Garantizar una vida libre de violencia implica fortalecer sistemas de protección estatales que realmente funcionen: fondos suficientes, personal capacitado y comprometido, leyes efectivas, instituciones sólidas, acceso a la justicia sin revictimización, refugios seguros, educación con enfoque de igualdad y políticas públicas sostenidas. Sin embargo, también resulta indispensable un cambio cultural profundo. La violencia no se erradica solo con normas; se elimina transformando actitudes, reconociendo y evitando la reproducción de patrones dañinos y fomentando relaciones basadas en el respeto y la equidad.

    La participación activa de la sociedad es esencial. Las comunidades, las escuelas, los medios de comunicación y las familias tienen un papel clave en la prevención. Romper el silencio, creer en las sobrevivientes y promover modelos de convivencia igualitarios son pasos indispensables para construir entornos seguros. La educación en derechos humanos y en igualdad de género desde edades tempranas constituye una herramienta poderosa para prevenir futuras violencias. La educación de los varones tiene una importancia clave para evitar que se conviertan en adolescentes y hombres adultos perpetuadores de ciclos de violencia en contra de niñas, adolescentes y mujeres.

    El 25 de noviembre no debe ser un recordatorio pasajero, sino un compromiso permanente. Defender el derecho de las mujeres a vivir libres de violencia es apostar por sociedades más justas, democráticas y humanas. Mientras una sola mujer siga viviendo con miedo, la tarea no estará completa. Garantizar este derecho es una responsabilidad colectiva que exige voluntad política, recursos suficientes y, sobre todo, una convicción profunda de que la vida y la libertad de las mujeres merecen ser respetadas y protegidas.

     

     

     

     

  • ¿Puede una ciudad reordenarse sin apagar la compasión?

    ¿Puede una ciudad reordenarse sin apagar la compasión?

    Hay sentencias bíblicas que no requieren comentarios teológicos profundos para revelar su peso moral; bastan por sí mismas para poner en evidencia el verdadero pulso espiritual de una sociedad. Una de ellas es: “El ojo misericordioso será bendito, porque dio de su pan al indigente” (Proverbios 22:9). No habla de ideologías, ni de colores políticos, ni de ordenanzas municipales. Habla de humanidad, de compasión y de ese deber eterno de ver en el rostro del desamparado la imagen de un ser que merece dignidad. Y es precisamente en tiempos como los actuales, donde decisiones administrativas generan tensión.

    Entre el orden urbano y el deber moral de asistir al necesitado, cuando este pasaje bíblico se vuelve más que una frase inspiradora: se convierte en un espejo que nos obliga a evaluar si nuestras políticas públicas avanzan hacia una sociedad más humana o hacia una sociedad más indiferente. No se trata de negar el valor del orden, sino de recordar que dicho orden no puede ser alcanzado a costa de la compasión, porque entonces dejaría de ser orden para convertirse en un silencio incómodo ante el sufrimiento ajeno. En los últimos días se ha generado un debate en torno a la decisión municipal.

    De no permitir que las iglesias y personas particulares entreguen alimentos en el Parque Libertad, en San Salvador Centro. Las razones de reordenamiento urbano son válidas y comprensibles: toda ciudad moderna aspira a la limpieza, la armonía y la seguridad. Nadie podría oponerse sensatamente a que la capital avance hacia mejores condiciones. Sin embargo, la preocupación emerge cuando el orden comienza a interpretarse como la ausencia del vulnerable; cuando la solución parece consistir en desplazar al necesitado sin ofrecerle una salida real; cuando el mensaje implícito es que alimentar al hambriento constituye una forma de “desorden”.

    La discusión no debe quedarse en la superficie. Más allá de la regulación del espacio público, está el desafío de equilibrar el progreso urbanístico con la responsabilidad ética de no invisibilizar a quienes viven al margen de la sociedad. Una ciudad puede modernizarse sin sacrificar la empatía; puede embellecer sus plazas sin endurecer su corazón. En esto, conviene recordar que ni las iglesias evangélicas ni la Iglesia católica pusieron en el Parque Libertad a aquellos hombres y mujeres en situación de calle, muchos de ellos atrapados entre el alcohol, las drogas, la soledad y el abandono.

    No los colocó ahí la compasión cristiana. Llegaron ahí por un entramado complejo de pobreza histórica, ruptura familiar, salud mental desatendida y oportunidades negadas. Culpar a quienes dan un pan caliente, una taza de café o una frazada, como si sostuvieran una dinámica de caos, sería tan impreciso como injusto. Nadie elige vivir en la intemperie, y nadie que se preocupa por un ser humano debería ser tratado como generador de “desorden”. Es necesario comprender que la presencia de personas sin hogar en el centro histórico no es consecuencia de un acto voluntario ni de un hábito tolerado por las iglesias.

    Sino el resultado acumulado de décadas en las que el país careció de políticas preventivas, programas de salud mental accesibles y oportunidades laborales reales para los sectores más vulnerables. La labor de asistencia no provoca el fenómeno; apenas lo mitiga. Es importante subrayar, con absoluta diplomacia y respeto institucional, que la labor que hacen las iglesias —evangélicas y católicas por igual— no es un simple acto asistencial: es una extensión natural del mandato bíblico. No es activismo callejero, es obediencia espiritual. “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis” (Mateo 25:35).

    Esta enseñanza no prescribe la misericordia según reglas urbanísticas; la manda ejercer donde haya un ser humano necesitado. Y por ello, reducir estas acciones a un “estorbo” para el orden urbano pasa por alto que durante décadas han sido precisamente estas comunidades de fe las que han suplido vacíos donde el Estado, por limitaciones estructurales, no ha podido llegar. Su presencia no es casual ni improvisada; es constante, es organizada y es profundamente humana. Tampoco se trata de confrontar con las autoridades, sino de unirnos frente a un fenómeno que no se resuelve, impidiendo la ayuda.

    Toda autoridad merece respeto, y toda autoridad debe velar por el bienestar general. El llamado, más bien, es a la reflexión serena: el orden y la misericordia no son conceptos opuestos; pueden, y deben, convivir. Reordenar la ciudad es importante, pero ordenar no significa invisibilizar; embellecer no significa desalojar humanidades; limpiar espacios públicos no debe confundirse con barrer los dolores ajenos hacia rincones cada vez más inaccesibles. El verdadero liderazgo urbano no consiste únicamente en administrar plazas, sino en articular soluciones que no sacrifiquen la dignidad de los más frágiles.

    Los mejores modelos de ciudades modernas en el mundo han demostrado que la convivencia entre desarrollo urbano y programas de asistencia integral es no solo posible, sino necesaria para construir comunidades más inclusivas y resilientes. Lo que hoy sucede en el Parque Libertad debería ser visto como una oportunidad, no como un obstáculo. Si el problema es el desorden, la solución no es prohibir la solidaridad, sino encauzarla. En países donde se han logrado avances significativos con población en situación de calle, el modelo no se ha basado en sancionar la ayuda.

    Sino en integrarla a un programa más amplio: centros de atención integral, programas de rehabilitación, albergues temporales, oportunidades formativas y laborales, articulación con la empresa privada y, sobre todo, colaboración cercana con las iglesias, que durante décadas han sido un motor silencioso de misericordia. Este enfoque no solo ordena el espacio físico, sino que ordena las oportunidades y reconstruye las vidas. Se logra un equilibrio entre el urbanismo y la compasión, entre la estética y la justicia social. Creer que la entrega de alimentos es el problema equivale a confundir el síntoma con la enfermedad.

    La verdadera necesidad no está en la pan y el café que se entrega todas las semanas en las calles, sino en la vida rota que se intenta sostener con un pedazo de pan. Impedir ese acto no elimina la pobreza, solo la vuelve más silenciosa y más cruel. Cuando se deja de alimentar a alguien, no se corrige una conducta; se profundiza un abandono. Y cuando una sociedad permite que la indiferencia sustituya a la misericordia, pierde más que el necesitado: pierde su alma colectiva. La compasión no desordena; lo que desordena es no tener una estrategia estructural para atender la marginalidad.

    Como país, debemos superar la idea de que la persona en situación de calle está ahí porque quiere. Los testimonios son múltiples: jóvenes expulsados de su hogar, ancianos sin familia, personas con trastornos psiquiátricos sin tratamiento, víctimas de violencia, trabajadores que perdieron todo a causa del alcoholismo. La respuesta no puede ser cerrar los ojos, ni prohibir un plato de comida, sino abrir rutas para que esas vidas encuentren alternativas reales. Y esas rutas solo serán posibles si se construyen desde una alianza estratégica entre instituciones gubernamentales, municipalidades, sector privado e iglesias.

    El Parque Libertad, símbolo histórico de encuentro, no debería convertirse en un símbolo de exclusión. Si algo enseña la Escritura es que la dignidad humana no se negocia. El pan que se comparte no desordena; ordena conciencias. El evangelismo predicado no ensucia plazas; limpia el alma de quien la recibe y de quien la ofrece. Reordenar la ciudad es legítimo, pero reordenar la misericordia es imposible. Porque la misericordia no se decreta: se vive. Y una ciudad que renuncia a la misericordia se vuelve estéticamente hermosa, pero espiritualmente vacía.

    Que esta discusión no nos haga olvidar que el verdadero desarrollo urbano no solo se mide en adoquines nuevos, sino en corazones capaces de detenerse ante el dolor ajeno. Y que siempre será bendito —ayer, hoy y mañana— aquel que da de su pan al indigente. “El ojo misericordioso será bendito”. Esa sigue siendo, en cualquier geografía y bajo cualquier administración, la regla de oro de toda ciudad verdaderamente cristiana.