Categoría: Opinión

  • Derechos y deberes

    Derechos y deberes

    De los 30 artículos que integran la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1.948, el gobierno que se inició en Venezuela el 2 de febrero de 1999 bajo la presidencia de Hugo Chávez Frías, continuado por Nicolás Maduro Moros desde el 2013, hasta el presente que ejerce esa investidura de manera interina, la señora Delcy Rodríguez Gómez desde el cinco de enero del 2026, podemos afirmar con toda certitud, que esos tres gobiernos han violado de manera consciente y continuada, más de 20 artículos de los 30 que conforman la Declaración Universal de 1948.

    Es un hecho, simplemente es un hecho confirmado.

    Esa fecha, la de 1948, marca aun hito en la historia de los derechos humanos. Es un documento de intención, del deber ser, más allá de posturas filosóficas o religiosas que se trascienden en la evolución cognoscitiva del hombre, del homínido, para no detenernos en la evolución, aunque pienso que el homínido pasa a considerarse humano cuando toma consciencia  de su singularidad, de su naturaleza capaz de distinguir entre el bien y el mal.

    Esa Declaración Universal de 1948, sistematizada en lo prohibido y permitido a las naciones, los estados y, hoy hasta en las organizaciones trasnacionales privadas o públicas, tiene antecedentes tan lejanos como las famosas tablas dictadas Moisés o en el código de Hammurabi (alrededor de 1700 años a.C).

    Esa larga, dolorosa e incongruente evolución de los derechos naturales de los humanos, también conocidos, en su momento, como el Derecho de Gente, sostenido en el asumir que todo ser humano, por el solo hecho de ser humano tiene derechos inherentes a su dignidad. Humano diferente al mundo animal, porque tiene conciencia de su existencia, de su capacidad de elegir entre el bien y el mal y asumir que el otro goza de esos mismo derechos que se posee. En ese derecho de gente, fue que se apoyó el fraile dominico y uno de los padres del Derecho Internacional Francisco de Vitoria en el siglo XV, para dictaminar que los aborígenes (llamados indios) de las recién tierras descubiertas tenían alma y por consiguiente no deberían ser esclavizados.

    Por supuesto, imposible, ya en nuestra era, no reconocernos en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, fruto de la Revolución francesa, ni en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América de 1776, anterior a la Declaración francesa; posteriormente en la primera Constitución escrita existente en el mundo, la de Estados Unidos en 1787, y la Bill of Right, de esa misma nación, de 1791.

    Curiosamente, ninguno de esos documentos surgidos de revoluciones hablaba de la mujer, y mucho menos de los esclavos. Pero recordemos que lo avanzado y asumido en nuestros tiempos, es solo el fruto de una muy larga evolución del hombre y de las ciencias en materia de Derechos Humanos, y otros temas antropológicos y científicos.

    Sin embargo, muchos siglos después de la aparición del movimiento Me Too, la escritora y feminista francesa Olimpia Gouze escribió en 1791 la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadanía”. Por supuesto murió guillotinada en 1991. No sin antes haber dejado para la historia esta premonitoria e irrebatible sentencia: “Nadie debe ser molestado por sus opiniones. Si la mujer tiene el derecho de subir al patíbulo, ella debe tener igualmente el derecho de subir a la tribuna; en tanto que sus manifestaciones no alteren el orden establecido por la ley”.

    Increíble y decepcionante que aún, hoy en día, los ciudadanos del siglo XXI, una inmensa mayoría de nosotros aún nos encontramos en una etapa de cuestionamiento sobre los derechos inherentes al disfrute de la libertad, bajo un orden legal previamente establecido. Y uno de esos derechos inherentes a nuestra dignidad humana, de ciudadanía el es hecho electoral, el derecho a votar en elecciones seguras por nuestros gobernantes, o de no votar por ellos. Los venezolanos, la última elección libre y segura tuvimos fue la de 1998, hace ya 28 años. Desde esa fecha todas las otras que le siguieron fueron manipuladas, doblegadas, manipuladas de una manera miserable, abierta y contraria a esa Declaración de los Derechos Universales de 1948.

    Aún, hoy en día, el poder público es ejercido por los mismos protagonistas de ese desconcertante y miserable período de tiempo que se inició en esa fatídico año de 1998, cuando se posesionó y secuestró todo orden legal nacional o internacional existente, para imponer un gobierno de personas desnacionalizadas, sin historia apoyadas en el uso de la persecución, el secuestro, la tortura, la confiscación y, expatriación de sus conciudadanos.

    Un país entero salió de nuestras fronteras naturales. Se contabilizan más de ocho millones de compatriotas, esparcidos en los siete continentes. Panamá y El Salvador unidos, no cuentas con esa totalidad de seres humanos; tampoco Suiza ni Luxemburgo, ni Paraguay ni Uruguay.

    Por ello, cuando leo sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos, me pregunto si no es hora de firmar una Declaración Universal de los Deberes Humanos. Porque hasta el presente hemos llevado los derechos hasta lo inconcebible, por ejemplo el derecho a cambiar de sexo, el derecho a abortar sin causa alguna, como un preservativo más, el derecho a abusar de los menores, el derecho a instalarse en el poder ciudadano más allá de su límite legal porque hay que respetar las fronteras, el derecho a torcer la voluntad del elector mediante maniobras leguleyas u oportunistas, el derecho a imponer una religión o ideología.

    Pero no tenemos un decálogo de obligatorio cumplimento ciudadano en y entre las naciones del orbe, que garantice en ese caso los limites del poder individual o asociado, sustituyéndose con obligaciones de comportamientos individuales o corporativos, dentro y ante de una sociedad.

    *Juan José Monsant Aristimuño es diplomático venezolano, fue embajador de su país en El Salvador

  • De la teoría a la práctica para motivar y empoderar a los empleados

    De la teoría a la práctica para motivar y empoderar a los empleados

    Impartí por más de doce años la cátedra Teoría Administrativa; eso me ayudó para luego incorporarme a impartir talleres de motivación a empleados de la empresa privada. En esas tardes de conversación con los que anhelaban aprender, se logró motivar y recalcar que la comunicación es la columna vertebral de toda organización. Los gerentes de esas empresas comprendieron que esos talleres son productivos para sus empleados.

    Además, explicaba las teorías de la motivación, específicamente la del padre de las relaciones humanas, Elton Mayo. Por lo tanto, las mejores empresas son aquellas en donde sus empleados tienen la oportunidad de sentirse bien y lograr las metas establecidas. Mis alumnos aprendieron esas teorías para incorporarlas en la práctica en las empresas.

    Un video o libro que aconsejo siempre que los directores o jefes de empresas deben analizar y tomar ejemplo es “Gung Ho” (¡A la carga!), en donde un subordinado le explica a su jefa cómo se puede aprender del trabajo en equipo de los animales. Se aprende del trabajo en equipo de las ardillas, gansos y castores. No importa el trabajo que hagamos en una empresa, todo es importante. Es un sistema en donde, al trabajar en equipo, se logran los objetivos empresariales.

    Tantas horas de sembrar la semilla del aprendizaje con mis alumnos, en donde discutíamos otros videos que nos hacían ver sobre la importancia de la motivación, de la mejora continua, de la reingeniería, etc. Un libro que a menudo recomiendo es “¡Fish!”, que es un método de motivación empresarial que transforma entornos laborales monótonos en lugares llenos de energía, productividad y buen ambiente.

    Un empleado desmotivado podrá ir a las mejores capacitaciones; sin embargo, si no se siente parte de la empresa, se sentirá mal. Por eso, las empresas deben incorporar el método del empowerment o empoderamiento. Hacerles sentir a sus empleados que son parte de la organización, darles autoridad y que se sientan motivados, es la piedra angular para que todo marche bien. Si usted es jefe, le recomiendo leer “Empowerment” de Ken Blanchard.

    Las empresas deben adaptarse a los cambios; por eso es recomendable aplicar lo que se lee en el libro “¿Quién se ha llevado mi queso?”. Romper paradigmas es lo esencial para lograr tener resultados óptimos y que los empleados logren sus objetivos. Una lectura que ayuda a muchos que desean ser diferentes en el mundo empresarial es “Los siete hábitos de la gente altamente efectiva” de Stephen Covey. Y, para los que desean aprender cómo liderar con los tipos de empleados, es importante leer “17 leyes del trabajo en equipo” por John Maxwell.

    Si aplicamos una pizca de cada lectura de los libros anteriores, de seguro, el ambiente laboral cambiará. Las mejores empresas no lograron su éxito de la noche a la mañana. Lograron empoderar a sus empleados e incorporaron teorías de motivación.

    La motivación empresarial va más allá de la espera del pago; la motivación del empleado, es sentirse bien, que es respetado. Un empleado que es eficaz y eficiente sabe bien que su esfuerzo traerá frutos a la empresa y, por ende, a él y a su familia.

    Las empresas deben asegurar la estabilidad laboral, brindar el salario justo según puesto, brindar desarrollo profesional. Esto es parte de las oportunidades que se presentan en las organizaciones que piensan en el empleado como una persona y no como una máquina.

    Un empleado percibe la cultura y el clima organizacional desde el momento en que pone un pie en la organización. En toda empresa pública o privada debe haber compañerismo, motivación, trabajo en equipo, empoderamiento y estabilidad laboral. Un buen jefe, un buen administrador debe saber que cada empleado es importante en la empresa.

    *Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

  • La marcha

    La marcha

    Las marchas patrióticas y militares casi siempre elevan la moral, refuerzan el vínculo con la nación a la cual se pertenece. Entre  ritmos de viento y percusión  que van regulando el paso de manera uniforme, con aplomo, para mantener el compás y el  ímpetu en la trayectoria. Un tanto parecido al  modo de transcurrir los años en cada uno de nosotros; generalmente inicios de vigorosidad, de descubrimientos y luego, con cada bombo un palpitar, con cada trombón lo que va dejando huella y en el sonido del clarinete el color de cada época.

    Pienso que el bagaje de lo que vivimos unido a una conciencia activada, nos puede develar muchos pensamientos imbricados, como tejados que no dejan pasar luz. Permitiendo que dicha conciencia, junto con el transcurrir del tiempo, nos deje asimilar que no todo lo que se deseaba aun con la mejor intención, resultaba como lo queríamos. Y es que, creo que los años pueden liberar de alguna manera; así vemos como hay reglas que nacieron inquebrantables, pero que a su sombra no todas las situaciones encajan a cabalidad. Dándonos a conocer, entre otras, las variadas aristas que suceden bajo este cielo.

    Razón, libertad y voluntad son las cualidades que el hombre tiene para regir su destino, según el antropocentrismo. Aspectos que vienen a enfrentarse al sistema económico y social en el que se vive o pretende vivir. De estos fundamentos es la libertad la que debe enfrentar, aceptar y sobrellevar las condiciones que el mismo sistema tenga para ofrecer. De esta manera, existe entonces una condicionante para la razón y más aún para la voluntad que va de la mano con la conclusión de que todo depende del hombre y de cómo este reaccione ante su entorno. A lo lejos suena un trombón desafinado, pero sin abandonar la marcha. Avanzamos y a través de una rendija podemos ver que no todo el pensamiento o reacción que tenemos nació solo y tan solo en nuestra conciencia, sino en un condicionamiento previo.  Por lo tanto, no está demás el replantear y cuestionar las expectativas que se imponen en un marco referencial ya trazado.

    La definición de éxito se prolifera según las perspectivas y experiencias de quien la dice en su momento, como si hubiese un formato ideal donde todos deben ceñirse, para tener un lugar, para ser vistos; y claro, definido invisiblemente por un sistema que permite o restringe según que la voluntad individual acepte.

    Somos alguien aunque no estemos logrando nada visible, somos porque estamos acá y tratamos de comprender y apreciar el sentido de vivir pese a que existan métricas de meritocracia y estándares para alcanzar metas, las que no son más que trampas de la condición humana de querer ser por encima de lo que este.

    Que la razón nos haga concretar en la voluntad ese ímpetu primario de que todo pasa, todo es transitorio y que la libertad, esa verdadera libertad que jamás estará sujeta a nada, nos dé la certeza que el pensamiento consiente nos mantiene en la marcha.

    *Ivette María Fuentes, Abogada 

  • El problema…

    El problema…

    Las llamadas “redes sociales” dan para mucho; pueden utilizarse para bien o para mal. De lo circulado en estas recientemente pude, como mucha gente, enterarme de dos noticias relacionadas con la vivienda en El Salvador: una grotesca y la otra tremendista. Pero antes de entrarle a estas, arrancaré con algo indiscutible: poseer una vivienda digna y adecuada es reconocido tanto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. De acuerdo a lo establecido en el artículo 11 de este último, las personas y sus familias requieren un nivel de vida apropiado que incluya alimentación, vestido y –obviamente– vivienda. Sin esta última, disfrutar del resto de los derechos contemplados en el citado pacto difícilmente será posible.

    Partiendo de lo anterior y conociendo que el artículo 119 de nuestra Constitución declara de interés social la construcción de viviendas, revisemos lo que señala el presidente de la organización gremial del sector. Este, José Antonio Velázquez, se refirió recientemente al déficit habitacional en nuestro país. Tiene que ver con lo cuantitativo y lo cualitativo; dicho escenario puede resumirse en cinco palabras: hacen falta numerosísimas casas decentes. La última Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples elaborada por el Banco Central de Reserva, revela que poco más de la mitad de nuestra población es dueña de su morada; pero esta, debe insistirse, en una considerable cantidad resulta ser inapropiada.

    Para colmo –según el Anuario de la Vivienda de América Central y el Caribe 2025,  cuya base de datos abarca quince países– los costos más elevados entre estos se ubican, por mucho, en el nuestro tanto para la venta como en alquiler. “El acceso a la vivienda ‒se dice además de El Salvador‒ se complica por la alta informalidad, pues esta alcanza un 68.5 % del sector laboral”.

    Pero veamos lo que declaró recientemente Michelle Sol ‒“flamante” ministra de Vivienda‒ por ser una de las noticias arriba referidas que ofenden o deberían ofender nuestra inteligencia colectiva nacional. Según ella, cualquiera puede adquirir una casa heredando dinero y pagándola al contado; ahorrando durante diez, quince o veinte años para comprarla; o consiguiendo un préstamo bancario y abonando mensualmente más de lo establecido para bajar así sus intereses. ¡Vaya gangas! En qué cabeza cabe que nuestras mayorías populares pobres y descendientes de pobres, percibiendo un mínimo salarial que en el “mejor de los casos” apenas supera los 400 dólares estadounidenses, puedan optar por alguna de esas “alternativas”. ¿Y quienes no ganan ni siquiera eso?

    Las otras posibilidades serían la de ocupar un sillón en la Asamblea Legislativa bajo la bandera del partido oficialista, ser integrante del gabinete gubernamental o pertenecer al “Olimpo” de Nuevas Ideas. Más sueños guajiros, pues quienes forman parte de esa casta no dejarán sus privilegios así nomás; los personajes de la politiquería vernácula que ya consiguieron jugosos préstamos con la banca nacional, necesitan considerables ingresos mensuales para pagarlos y así no perder las residencias lujosas u otros bienes que adquirieron. Mientras, quienes no pertenecemos a dicha calaña rechazamos ‒por decencia‒ ser partícipes de esas y otras vivianadas.

    “El problema, señor, será siempre sembrar amor”. Así canta Silvio. Pero nuestra realidad aún no está para eso. Vigentes están, eso sí, estas palabras de nuestro ahora santo pronunciadas a cinco meses de iniciado su corto arzobispado: “No se puede cosechar lo que no se siembra. ¿Cómo vamos a cosechar amor en nuestra república, si solo sembramos odio?” Talar árboles para encementar el Valle El Ángel es condenable, pues nos conducirá a una cosecha de desamparo entre nuestra gente; mientras, la constructora “Urbánica” incrementará el ya agrandado patrimonio de la familia Dueñas, con la construcción de un megaproyecto residencial y comercial en esa estratégica recarga acuífera.

    Acuerpado por otra familia, la inconstitucionalmente gobernante, se acaba de consagrar un suntuoso y tramposo templo de los cuestionados Heraldos del Evangelio en dicha zona. Así se está contribuyendo a abrirle las puertas al mencionado negocio ecocida que se traducirá en violaciones de derechos fundamentales generando sed, hambre, dolor y cólera entre quienes resultemos afectados. Este escenario me hace recordar otro sobresaliente cubano. “Con la espada, con la cruz y la ambición ‒cantó Pablito‒ nuestras tierras descubrieron… ante Dios. Masacraron, exterminaron, impusieron su voz y aquel indio, noble indio, a otra vida pasó”.

    No repitamos aquel pasaje doloroso de nuestra historia, sintetizado en el poema de Roque dedicado al dictador del siglo pasado: el general Hernández Martínez. “Dicen que fue buen presidente ‒escribió el bardo‒ porque repartió casas baratas a los salvadoreños que quedaron”. Ya casi se cumple un siglo de aquella matanza y ese es nuestro mayor problema: la impunidad, tanto la histórica como la reinante.

  • Manejemos con prudencia, tolerancia y responsabilidad

    Manejemos con prudencia, tolerancia y responsabilidad

    La noche del domingo pasado murieron las señoras Natividad de Jesús Flores y Dolores de Villalobos, cuando iban como pasajeras en un pick up que se estrelló contra un furgón  estacionado a la orilla de la carretera que de Sonsonate conduce a Acajutla. En el percance resultó gravemente lesionado Luis Ernesto Villalobos, esposo de Dolores,

    Tras Natividad, Dolores y Luis hay familias que sufren por la nefasta tragedia, pero desgraciadamente al final solo pasan a ser parte de las frías, duras y dolorosas estadísticas de nuestra triste realidad.

    Desde el 1 de enero hasta ayer 576 salvadoreños murieron en 8,975 accidentes de tránsito, los cuales dejaron 6,052 lesionados y millonarias pérdidas materiales, según el Observatorio Nacional de Seguridad Vial. Las cifras superan a las registradas en 2025, cuando en el mismo período hubo 457 muertos en 7,736 accidentes que produjeron 4,826 lesionados.

    Las causas siguen siendo las mismas; la distracción al volante, la invasión al carril contrario, el irrespeto a la distancia reglamentaria, no respetar  las señales de tránsito y el exceso de velocidad, a lo cual se suman  el mal estado de los vehículos, el consumo de drogas y bebidas embriagantes, así como la intolerancia, la irresponsabilidad y la falta de pericia.

    Se asume que quienes conducen un vehículo, de cualquier tipo, tiene los conocimientos teóricos y prácticos, pero muchos lo hacen sin siquiera tener una licencia para ello, especialmente miles de motociclistas que circulan de manera temeraria sin tener la licencia que los acredite. Se debe regular esta situación y decomisar los vehículos que sean conducidos por personas sin licencia, pues se ha demostrado que por costumbre o tradición una multa no es suficiente.

    Las estadísticas indican que el 36 por ciento de los fallecidos eran peatones que murieron por la imprudencia de los conductores, muchos en estado de ebriedad. Un dato muy revelador es que el 36 por ciento de los muertos resultaron en accidentes de motocicletas.

    Hoy que hay cámaras en casi todas las ciudades y en las principales carreteras, nos damos cuenta que en la mayoría de accidentes en los cuales está involucrada una motocicleta, el culpable es el motociclista que viola el reglamento de tránsito. En plenas ciudades, especialmente en San Salvador, muchos motociclistas conducen a excesiva velocidad, sobrepasan a su antojo aun en zonas peatonales y son expertos valeverguistas  formando un tercer carril inexistente, ante la desidia de las autoridades de tránsito. Lo peor es que muchos motociclistas son menores de edad sin licencia.

    Las estadísticas del Observatorio señalan que el promedio diario de  accidentes viales es de 65,  incluyendo a cualquier tipo de vehículo. Los departamentos con más cantidad de accidentes son: en su orden San Salvador, La Libertad y San Miguel. Precisamente son los departamentos con la mayor cantidad de vehículos registrados.

    Y es que la cantidad de vehículos en circulación también es un factor que incide en la accidentabilidad vial. Actualmente casi se llega a los 2.1 millones de vehículos circulando y literalmente desde las 4:00 de la madrugada  hasta las 9:00 de la noche se han convertido en horas pico del tráfico.

    Cuando salimos de nuestras casas hay que hacerlo concentrados, con tolerancia y pidiendo a Dios no sufrir un percance en el trayecto a nuestros lugares de trabajo, nuestros sitios de estudio o hacia donde nos dirijamos. Sí manejamos hay que considerarlo un privilegio y debemos tener claro que es nuestra la responsabilidad de  la seguridad del peatón, de nuestros acompañantes y de los demás conductores, Cuando salimos de casa alguien nos espera de regreso sano y salvo.

    Un vehículo mal utilizado o manejado con irresponsabilidad se convierte en un arma de fatales consecuencias que ponen en riesgo nuestra vida y la de los demás, especialmente los peatones. Tras un muerto, un lesionado o una persona que va a dar a la cárcel por consecuencia de un accidente, hay una familia y otros seres queridos que sufren.

    El Observatorio señala que hasta el sábado pasado las autoridades de tránsito y la Policía Nacional Civil (PNC) habían capturado a 848 conductores en estado de ebriedad, por lo que enfrentarán el delito de conducción peligrosa. En este mismo periodo el año pasado la cantidad de detenidos sumó 784. Aunque no hay una cifra oficial, mucho muertos y lesionados son causados por conductores ebrios, tal es el caso de Carlos Alberto Avelar Argumedo de 51 años de edad,  quien el 23 de abril pasado, en el bulevar de la Costa del Sol, arrolló la motocicleta donde se conducía Jaime Heriberto Ordóñez Molina, de 38 años y su hijo Jefferson Alexis Ordóñez, de 15. Padre e hijo murieron. La prueba de alcotest arrojó que Avelar tenía 161 centígrados de alcohol en sangre y el análisis pericial indicó que conducía a excesiva velocidad.

    Manejar cualquier tipo de vehículo es un privilegio que debemos asumir con responsabilidad, respetando las leyes, protegiendo la vida de los demás y con mucha prudencia, tolerancia y responsabilidad. Bajar las cifras es posible si conducimos con mucha conciencia,

    *Jaime Ulises Marinero es periodista

  • ¡Apuesto a que Dios existe!

    ¡Apuesto a que Dios existe!

    Tengo la plena certeza de que Dios existe y podrían presentarse numerosos argumentos racionales para sostenerlo. A lo largo de la historia, la inteligencia humana no ha permanecido indiferente ante la pregunta por el fundamento último de la realidad. Desde distintas disciplinas y sensibilidades, filósofos, científicos y teólogos han intentado mostrar que la certeza de la idea de la existencia de Dios no es un salto irracional, sino una conclusión razonable.

    Existen diversos caminos clásicos hacia el descubrimiento personal de la existencia de Dios: los argumentos ontológicos, que parten de la idea misma de un ser perfecto; los cosmológicos, que reflexionan sobre el origen y la contingencia del universo; los teleológicos, que observan el orden y la finalidad en la naturaleza; los morales, que descubren en la conciencia una ley que trasciende al individuo; e incluso argumentos históricos vinculados a la figura de Jesucristo o a las culturas. Podría afirmarse que hay tantos itinerarios intelectuales hacia Dios como personas que se han tomado en serio la pregunta por el sentido último de la existencia.

    Para los cristianos, la cuestión no es únicamente filosófica. Creemos que Dios entró en la historia concreta: que Cristo -Dios y hombre- nació en tiempos de César Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria, y fue crucificado bajo Poncio Pilato. La fe cristiana no se apoya en una idea abstracta, sino en un acontecimiento histórico que reclama ser examinado con la misma seriedad que cualquier otro hecho del pasado.

    Sin embargo, quisiera detenerme en un argumento que, por su sencillez y profundidad, sigue interpelando a creyentes y no creyentes. Me refiero a la célebre “apuesta” de Blaise Pascal. Este pensador francés del siglo XVII no solo fue filósofo y teólogo, sino también un brillante matemático y científico.

    El planteamiento de Pascal, recogido en su obra póstuma Pensées (1670), no pretende ofrecer una demostración estricta de la existencia de Dios. Parte de un reconocimiento honesto: la razón humana, por sí sola, no alcanza una certeza matemática en esta cuestión. Pero, lejos de concluir en la indiferencia, Pascal sostiene que el ser humano está inevitablemente obligado a elegir. No decidir también es decidir.

    Su razonamiento puede expresarse así: existen dos posibilidades reales —Dios existe o Dios no existe— y dos actitudes posibles —creer o no creer—. Si Dios existe y creemos en Él, la ganancia es infinita: la comunión eterna con el Bien supremo. Si Dios existe y no creemos, la pérdida es igualmente infinita. En cambio, si Dios no existe, tanto creer como no creer comportan únicamente consecuencias finitas, limitadas a esta vida.

    Desde el punto de vista de la teoría de la probabilidad, cuando lo que está en juego es infinito, incluso una probabilidad pequeña adquiere un peso decisivo. En términos actuales diríamos que el “valor esperado” de creer resulta incomparablemente superior. Por ello Pascal concluye: “Si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Apostad, pues, sin vacilar que Dios existe”. (Fragmento 233)

    Naturalmente, este argumento ha sido objeto de críticas. Se le ha reprochado que la fe no puede reducirse a un cálculo interesado o que el planteamiento simplifica las múltiples concepciones posibles de Dios. Y es cierto que la apuesta no sustituye a la experiencia religiosa ni agota la reflexión metafísica. Pero su fuerza no radica en ofrecer una demostración lógicamente impecable, sino en obligarnos a reconocer que la vida misma es una apuesta.

    La neutralidad absoluta es imposible. Incluso el agnosticismo práctico es ya una opción existencial. Además, la cuestión no es solo lógica, sino profundamente humana. El corazón del hombre está abierto al infinito. Buscamos verdad, justicia, amor pleno, felicidad sin término. Ningún bien limitado logra saciar del todo ese deseo. La apuesta de Pascal pone en evidencia esa desproporción entre nuestras aspiraciones y las realidades finitas que nos rodean.

    La apuesta es la forma concreta que toma nuestra libertad frente al misterio. Creer es el acto más lúcido de la inteligencia y el gesto más valiente del corazón. ¡Apuesto mi vida por Dios!

    *Fernando Armas Faris, Sacerdote católico y doctor en Filosofía 

     

     

     

  • Independentistas, anexionistas e integristas

    Independentistas, anexionistas e integristas

    Según parece indicar un sector de la población cubana, tanto dentro, como fuera de la Isla, está confrontando una severa crisis de identidad nacional, situación que se evidencia por la presencia activa de quienes están a favor de que Cuba retorne a ser parte del reino de España y otros, que promueven anexar la tierra de José Martí y Antonio Maceo a la Unión americana.

    Estas tres corrientes han estado presentes en mayor o menor grado en nuestra historia nacional, aunque podemos afirmar con orgullo que la vertiente independentista siempre ha sido mayoritaria porque ha contado indefectiblemente con una pléyade de hombres y mujeres listos a darlo todo para alcanzar sus ideales.

    Si creemos vehementemente en que “La libertad es el derecho de todo hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía” Jose Marti, estamos obligados a respetar los derechos de quienes promueven ideas completamente opuestas a los valores que defendemos y obligados, a investigar qué factores políticos, sociales y hasta económico han conducido a estas personas a inducir propuestas contrarias a la historia de Cuba.

    Por otra parte, que respetemos otras ideas y propuestas, no significa que abandonemos las nuestras y que no luchemos por el progreso de lo que creemos. Tolerancia y respeto no significan contemplación.

    La formación de un pensamiento nacional cubano se inició con el padre Félix Varela y se fue concretando a través de todo el siglo XIX, llegando a su culminación con la obra de vida de José Martí, que, aunque fue un hombre universal, fue y será por siempre el más cubano de todos los cubanos.

    Tal vez Cuba sea uno de los pocos países en el que partes connacionales disientan del advenimiento de la Independencia, 20 de mayo de 1902, pero eso no pone en riesgo el sentido de nación, todo lo contrario, los que adversan esa fecha arguyen que el país no arribó a la soberanía plena a la que tenía derecho, por los 30 años que lo mejor de los cubanos consumieron en la lucha por la independencia.

    La nación está por encima de la propia independencia, puesto que esta es consecuencia de la formación de ese concepto.

    Nuestra comunidad nacional según Lydia Cabrera “era mestiza profunda y esencialmente afrocubana” para Marti, nación es sinónimo de independencia y para Fernando Ortiz la cubanidad y la nación son un proceso dinámico de transculturización, un mestizaje cultural constante, definido metafóricamente como un «ajiaco», de componentes europeos y africanos, considerando,  que la cubanidad es una mezcla cambiante y la «cubanía» es la voluntad consciente de ser cubano.

    La realidad es que propuestas anexionistas e integristas, que creíamos extintas, han resurgido con relativa intensidad, al extremo, que los mismo que le entregaron la soberanía de Cuba a la desaparecida Union Sovietica, los que concedieron la nación al Kremlin por tal de conservar el poder, los hermanos Castro y los moncadistas, están mostrando preocupación por el surgimiento de corrientes contrarias a nuestros valores como nación.

    El órgano oficial del castrismo, Granma, que como afirma el escritor Jose Antonio Albertini, es un monumento a la memoria del ministro preferido de Hitler, Joseph Goebbels, ya que cuenta con una infinita capacidad para mentir y tergiversar la verdad, ha publicado un trabajo que muestra preocupación por la presencia de personas que expresan abiertamente su apoyo a otras alternativas en detrimento de la cubanía, sentir que los propios gestores del libelo traicionaron.

    Los únicos responsables de que la cubanía esté en conflicto son los que instauraron en la Isla el sistema totalitario. Los Castro y sus secuaces pretendieron refundar la Nación y el Estado, arrasaron con nuestras tradiciones más arraigadas, iniciaron una campaña de descrédito contra los valores más trascendentes, desmontaron la obra y vida de la mayoría de nuestros patricios y hasta denostaron de todas las religiones. Por último, instituyeron en la población un sentimiento de indefensión ante el poder totalitario, extinguiendo así las esperanzas de una vida libre.

    El castrismo ha sido un enemigo acérrimo de la nación cubana. La represión como parte fundamental del sistema totalitario ha afectado la iniciativa de la mayoría ciudadana y robado la capacidad de imaginar una vida mejor por propias acciones, lo que potencia la afirmación de que, si la “cubanía” está en peligro, es responsabilidad de Fidel Castro.

    *Pedro Corzo es periodista cubano

     

  • Hantavirus Andes: ¿Estamos Subestimando el Riesgo de una Nueva Epidemia?

    Hantavirus Andes: ¿Estamos Subestimando el Riesgo de una Nueva Epidemia?

    La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha determinado que el riesgo de pandemia asociado al reciente brote de hantavirus en el crucero Hondius es bajo. Se trata de la misma organización —de la cual Estados Unidos y Argentina se han retirado— que, para muchos críticos, manejó de manera deficiente la pandemia de COVID-19. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿qué tan segura está realmente la OMS de que el riesgo de pandemia por hantavirus es bajo? Y, en consecuencia, ¿qué tan creíbles resultan hoy sus evaluaciones?

    Según un artículo publicado en The New England Journal of Medicine, en 2018 ocurrió en Epuyén, Argentina, un brote de hantavirus de la cepa Andes —la misma vinculada ahora al crucero Hondius. Todo comenzó cuando una persona infectada asistió a una fiesta de cumpleaños con alrededor de 100 invitados. Presentaba fiebre y malestar general, por lo que se retiró aproximadamente una hora y media después de haber llegado. Posteriormente, cinco personas que se encontraban en el lugar —aunque no necesariamente sentadas cerca de él— desarrollaron la enfermedad.

    Se considera muy probable que uno de esos cinco asistentes haya contagiado posteriormente a otras seis personas, entre ellas su cónyuge, antes de fallecer 16 días después del inicio de los síntomas. Durante el velorio, otras diez personas se habrían contagiado a través de su pareja. Fue entonces cuando las autoridades sanitarias, al percibir la magnitud y peligrosidad de la situación, comenzaron a aplicar medidas estrictas de cuarentena. Todo indica que esas intervenciones fueron determinantes para extinguir el brote.

    La OMS sostiene que la transmisión de este virus requiere “contacto estrecho y prolongado”. Sin embargo, al revisar la descripción epidemiológica del brote de Epuyén, resulta difícil concluir que todos los contagios ocurrieron bajo esas condiciones. No se trata de promover alarmismo, pero sí de reconocer que varios aspectos observados durante ese brote parecen no encajar completamente con las actuales afirmaciones oficiales.

    “El virus parece mucho más difícil de contraer”, afirmó recientemente el presidente Trump, coincidiendo con la postura de la OMS y de las autoridades sanitarias estadounidenses. “No parece propagarse fácilmente”. Resulta llamativo que, en esta ocasión, Trump y la OMS coincidan plenamente en el mensaje.

    La realidad es que todavía sabemos relativamente poco sobre la epidemiología de la cepa Andes del hantavirus. No se ha investigado suficientemente si, tras múltiples transmisiones humanas, el virus podría haber desarrollado cambios genéticos que favorezcan una transmisión más eficiente. El Dr. Gustavo Palacios, quien estudió el brote de Epuyén, declaró recientemente que él y su equipo consideraban probable que el virus se propagara a través de secreciones respiratorias. Por su parte, Linsey Marr, reconocida experta en transmisión aérea, declaró a CBC/Radio Canada que existen “indicios claros” de transmisión aérea en ese brote. Además, estimaciones epidemiológicas realizadas durante el episodio de Epuyén calcularon un número de reproducción promedio (R₀) de 2.1; es decir, cada persona infectada transmitía el virus a aproximadamente otras dos personas. Esa cifra es suficiente para sostener una cadena de transmisión humana continua y no es muy inferior a las estimaciones iniciales realizadas para la cepa original del SARS-CoV-2 a comienzos de 2020.

    Otro factor epidemiológico relevante es el largo periodo de incubación atribuido a esta cepa de hantavirus, estimado en hasta 40 días, con posibilidad de transmisión desde aproximadamente dos días antes del inicio de síntomas. En epidemiología, los periodos de incubación prolongados incrementan el riesgo de propagación epidémica, ya que las personas infectadas mantienen su movilidad habitual, aumentan las oportunidades de contacto, dificultan la detección temprana y complican significativamente el rastreo de contactos. El problema se agrava aún más si existe transmisión durante la fase asintomática.

    El 25 de abril, un pasajero holandés procedente de un crucero viajó desde Santa Elena hacia Sudáfrica mientras ya se encontraba enfermo. Colapsó al llegar al aeropuerto y falleció poco después. Aunque la OMS ha señalado que el riesgo de transmisión durante el vuelo o dentro del barco era bajo, apenas han transcurrido 17 días desde ese evento. Si el periodo de incubación puede extenderse hasta 40 días, todavía faltarían más de tres semanas para saber con mayor certeza si todas las personas que estuvieron en contacto con él realmente se encuentran fuera de peligro.

    Aunque las autoridades sanitarias internacionales insisten en que el riesgo de pandemia por la cepa Andes del Hantavirus es bajo, existen antecedentes epidemiológicos y características biológicas del virus que justifican prudencia y vigilancia estrecha. La experiencia de Epuyén demostró que puede ocurrir transmisión humana sostenida, posiblemente aérea, con un periodo de incubación lo suficientemente largo como para dificultar el control temprano de brotes. Más que alarmismo, lo que corresponde es reconocer que todavía existen importantes vacíos de conocimiento y evitar repetir los errores de exceso de confianza observados al inicio de la pandemia de COVID-19.

    *El Dr. Alfonso Rosales es médico epidemiólogo y consultor internacional. 

  • El trinomio fundamental: víctima, delincuente y sociedad

    El trinomio fundamental: víctima, delincuente y sociedad

    A través de la historia, las ciencias y el derecho penal han manifestado un desinterés general por la víctima. La escuela clásica centró su atención en el delito y el positivismo se obsesionó con estudiar, clasificar y sancionar al criminal. En medio de esta situación penal, el ofendido ha quedado marginado como un testigo silencioso y olvidado. Al analizar la realidad social latinoamericana en pleno año 2026 y, particularmente, contextos complejos de postviolencia, corremos el riesgo de cometer el mismo error histórico si reducimos la pacificación a lo que el sociólogo Johan Galtung denomina «paz negativa»: la mera ausencia de violencia física directa. 

    La semana anterior un grupo de empresarios y comerciantes me compartían experiencia de reducción de servicio de seguridad privada y otros servicios relacionados a seguridad de instalaciones porque según ellos «ahora ya no existen pandillas, y ya no corremos riesgos, quitamos los custodios de las rutas, y nos hemos ahorrado miles de dólares anuales» Cuando una sociedad celebra la caída de los índices de homicidios o el repliegue de los grupos criminales, asume que ha alcanzado la tranquilidad y la paz. Sin embargo, como bien sabemos los criminólogos, cuando el despertador de la historia suena, la víctima todavía está allí. La paz negativa es una ilusión incompleta. Si el Estado concentra toda su estrategia en la persecución penal y en el encarcelamiento masivo del delincuente,  se puede terminar desatendiendo el trinomio fundamental: víctima, delincuente y sociedad. 

    Desde una perspectiva técnica, el delito no es una abstracción jurídica; es una conducta antisocial que lesiona y fractura dinámicas humanas. Aunque las armas y las balas callen, se silencien, si las causas estructurales y los factores victimógenos exógenos, como la marginación, la injusticia social, la ausencia de servicios básicos asistenciales del Estado y el abuso de poder permanecen intactos, la población sigue sumida en un estado de vulnerabilidad permanente, y más si las víctimas no conocieron la verdad y se encontró justicia

    La criminalidad deja tras de sí un rastro devastador de victimización primaria que son los daños físicos, psicológicos y patrimoniales directos. Pero el verdadero peligro de la «paz negativa» radica en la cronicidad de la victimización secundaria y terciaria. Cuando las instituciones formales de control social en una sociedad como las latinoamericanas actúan con indiferencia, no informan a los familiares de los procesos, no los consideran victimas, o carecen de sensibilidad a las necesidades del afectado, provocan un daño institucional que perpetúa el sufrimiento. Asimismo, la victimización terciaria se manifiesta en una comunidad que, por miedo a la misma ley o a la arbitrariedad del sistema, altera drásticamente su conducta, autolimitándose y destruyendo el tejido solidario del vecindario y generando etiquetas.

    Una sociedad no está verdaderamente en paz si sus ciudadanos viven en una pesadilla de angustia latente. Para transitar hacia una paz auténtica y positiva, la política criminológica debe evolucionar hacia una verdadera Política Victimal e interdisciplinaria. Esto exige que los sistemas de justicia penal dejen de ver a la víctima como un simple instrumento de castigo estatal y la sitúen en el centro de la reparación integral. 

    Necesitamos transitar hacia modelos de justicia restaurativa y terapéutica que devuelvan el protagonismo a los afectados, exigiendo del ofensor un esfuerzo personal relevante para enmendar el mal causado y pedir perdón, Asimismo, los Estados debe asumir su responsabilidad subsidiaria mediante fondos de indemnización pública, reconociendo que cuando no logra proteger al ciudadano, tiene la obligación ética y legal de reparar sus fallas. 

    Espero que en América Latina se pueda entender que la paz no debe de evaluarse y clasificarse por las cárceles llenas o la disminución de enfrentamientos, la baja de homicidios, o delitos de alto impacto. La Criminología continua su avance en el presente siglo, y de cara a la próxima década será relevante en la toma de decisiones en los sectores de Justicia, ya no estará en el olvido. La verdadera paz se mide por las víctimas que logran sanar, recuperar su dignidad, activar su resiliencia y reincorporarse de forma óptima a su medio social sin ser humilladas ni olvidadas nunca más.

    *Por Ricardo Sosa / Doctor en Criminología/ Doctorante en Justicia Criminal /@jricardososa

  • Hay que desintoxicarse de los antivalores

    Hay que desintoxicarse de los antivalores

    Por doquier observamos a una sociedad enfermiza que practica los antivalores; una sociedad a la que le hace falta analizar el detrimento de los valores que se han ido perdiendo. Mientras tanto, las leyes terrenales son las que están transformando a una sociedad más convulsionada, sin sentimientos y sin fe. Evidentemente, no hay religión perfecta; sin embargo, la sociedad ha dejado los valores a un lado, el temor a Dios no existe para muchos seres humanos y cada vez se evidencia que están vacíos. En ocasiones no creen ni en ellos mismos. La globalización, los gobernantes y algunas oenegés; son los primeros que contribuyen a difundir los antivalores.

    El contexto de mi análisis se puede referir a dos momentos importantes en la vida; los valores aprendidos en el hogar y en la escuela. He preguntado a mis alumnos si creen en Dios. Algunos dicen que no son religiosos, que la religión es para manipular las masas, es para idiotizar, nada más sirve para darnos órdenes. Creo que leyeron a Carlos Marx con su burda frase: “La religión es el opio del pueblo”. Y, para variar, los mismos padres de familia no brindan la enseñanza de los valores religiosos. Además, es oportuno que, los centros educativos enseñen ética, civismo y urbanidad.

    El hogar es el principal responsable de inculcar valores; empero, en algunos países observamos leyes que están a favor del casamiento entre parejas del mismo sexo, leyes que permiten el aborto, el consumo de drogas legalmente, etc. Mientras más se les brinde leyes o protección a este tipo de personas o asociaciones, más aumentarán estas preferencias y adicciones. En El Salvador los diputados no han aprobado ese tipo de leyes; sería un revés para los que creemos en los valores.

    Un alumno me preguntó: ¿Cree usted, que Dios está molesto al observar tanta depravación y pérdida de valores? Una respuesta bastante compleja de contestar. Se sabe que el mismo ser humano ha cambiado muchas cosas, ha tergiversado lo que dice la Biblia. En la actualidad, los narcotraficantes son más, los yerros de los humanos aumentan, los asesinatos son más frecuentes y se realizan con barbarie. Todo esto lo observa Dios, muchos no creen en él, por eso hacen lo que quieran. Hasta se burlan de las leyes terrenales.

    Según estadísticas, los países desarrollados son los que tienen los índices de mayor depravación. A esto se le suma el poder de la internet y las redes sociales para atacar más rápida y eficazmente a los valores. Hace veinte años, aproximadamente, la televisión, era el medio principal para inculcar antivalores; en la actualidad, observe a un joven con un smartphone y se dará cuenta de todo lo que hace con el mal uso de la internet o las redes sociales. Lo primero que se evidencia es la pornografía que circula como bomba atómica.

    El papa Francisco manifestó: “La globalización en sí –como se ha recordado con razón– trae consigo aspectos de posible confusión y desorientación, como cuando se convierte en vehículo para introducir costumbres, concepciones e incluso normas ajenas al tejido social, con el consiguiente deterioro de las raíces culturales de la realidad que deben ser respetadas… ”.

    En Facebook realicé una interrogante: ¿Cuáles son los valores que se han perdido en esta sociedad convulsionada? Las respuestas fueron todas a favor de los valores; obviamente, contestaron personas que están hartas de presenciar en la sociedad una decadencia total de estos. Son muchas las respuestas; una que me impresionó es que los seres humanos se están volviendo bestias, padres y abuelos violando a sus propios hijos, religiosos cometiendo actos inmorales (…), hijos asesinando a sus padres y viceversa. Y, así, una lista catastrófica de antivalores.

    Soluciones a estas problemáticas son muchas; la más importante es enseñar valores en el hogar y en la escuela. Al practicarlos, el ser humano circularía por el mundo sin problema alguno. En conclusión, debemos desintoxicarnos de los antivalores.

    *Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv