Categoría: Opinión

  • Homicidios por alcoholismo en El Salvador, la cifra nefasta en 2025

    Homicidios por alcoholismo en El Salvador, la cifra nefasta en 2025

    A eso de las 8:00 de la noche del jueves 11 de diciembre del año pasado Walter Sánchez, de 28 años de edad, compartía bebidas embriagantes con su padre Miguel Ángel Sánchez, de 51 años, cuando comenzaron una acalorada discusión que terminó cuando el progenitor atacó con arma blanca a su hijo hasta quitarle la vida. El suceso, en el que también resultó con lesiones en sus manos la esposa del hechor y madrastra de la víctima, ocurrió en el caserío La Garduña del cantón Apancoyo, en el distrito de Santa Isabel Ishuatán, en Sonsonate Este.

    En Ataco, Ahuachapán, el 22 de agosto pasado la Policía Nacional Civil (PNC) capturó a Carlos Alfonso Jiménez Arévalo, de 66 años, acusado de asesinar de un balazo a su hijo Carlos Jiménez de 44 años. El homicida consumía bebidas embriagantes y cuando su hijo le llamó la atención sacó un arma de fuego y le hizo un disparo en la cabeza.

    El 8 de octubre de 2025 la PNC detuvo en flagrancia a Juan Pablo Mancía, de 41 años, quien en estado de ebriedad mató a machetazos a un “amigo” suyo con quien compartía bebidas alcohólicas en el cantón Casa de Piedra, distrito de  San Marcos.

    Estos tres  homicidios, solo son una  muestra de los 43 que hubo en 2025, producto de la intolerancia social, que es una de las manifestaciones del alcoholismo. Según el Ministerio de Seguridad en 2025 El Salvador reportó 82 homicidios, de los cuales más del 52 por ciento fueron cometidos por sujetos intolerantes bajo los efectos de las bebidas embriagantes. Los otros homicidios (48 por ciento) fueron  producto de la intolerancia familiar y la delincuencia común.

    La cifra es bastante reducida si se compara con años atrás cuando el promedio de muertes diarias pasaba de los diez. El resultado para 2025 da un promedio de 6.8 homicidios por mes. Si a los 82 homicidios le quitamos los 43 cometidos bajo los efectos del alcohol nos deja 39 muertes, que dividido entre los 12 meses nos arroja un resultado de 3.25 homicidios al mes.  Lo ideal es que los homicidios desaparezcan en todas sus formas.

    En la mayoría de estos homicidios por intolerancia víctima y victimario se conocían y se encontraban departiendo alcohol cuando tras una acalorada discusión se dio el hecho criminal. En algunos casos los involucrados eran parientes inclusos de primer grado: Padre e hijo o viceversa.

    Para no variar mucho el primer homicidio del presente año ocurrió el  viernes 2 de enero en el distrito de El Paisnal, San Salvador Norte, donde Armando Chacón Guerra, de 42 años, mató con arma blanca a un hombre de 59 años, con quien departía bebidas alcohólicas, Dos días después, en el distrito de  Ilopango Ana Esther Hernández, de 36 años, bajo los efectos del alcohol y tras discutir por celos mató de una puñalada en el corazón a su pareja de 39 años.

    El alcohol embrutece a las personas y les genera una falsa valentía que a muchos los tiene en la cárcel, en el hospital o en el cementerio. A otros los tiene tremendamente arrepentidos de sus acciones, pero por desgracia las acciones negativas del alcoholismo no tienen marcha atrás, por ejemplo Migue Ángel Sánchez no puede dar marcha atrás al tiempo para revivir a su hijo Juan. Ninguna persona que bajo embriaguez haya matado a su esposa, a un hijo o a un ser querido, podrá devolverle la vida con su arrepentimiento.

    El fin último del alcoholismo es la muerte, tarde o temprano el alcohólico morirá como producto de la ingesta alcohólica, ya sea que muera en la calle, en un hospital o en su cama. Pero antes de su muerte física ha matado la tranquilidad y seguridad de los suyos y eso equivale a infelicidad. El alcohólico, cualquiera sea su condición, de manera injusta e ingrata se encarga de llevar angustia, sufrimiento y desilusión a los suyos.

    Como persona irresponsable el alcohólico genera sufrimiento a su entorno y en ocasiones provoca daños irreparables. El alcoholismo, una enfermedad mental, puede ser controlada y superada a través de procesos de recuperación y superación. Se requiere humildad y de fe ciega en un Ser Superior para alcanzar niveles de tolerancia, talante, talento y templanza para sobrepasar la enfermedad y pasar del ser irresponsable a ser un ente responsable.

    En El Salvador y en 180 países del mundo existe Alcohólicos Anónimos (AA) como una comunidad de hombres y mujeres dispuestos a someterse al proceso de recuperación y superación del alcoholismo mediante el método de compartir experiencias y el dolor de la angustiante y destructiva enfermedad  del alma. Para ser parte de AA no se requiere más requisito que aceptar ser alcohólico y estar dispuesto a someterse con humildad al proceso de recuperación. Ahí nadie sobra y todos son bienvenidos, cualquiera sea su condición.

    Seguramente la mayoría de los 43 homicidas que actuaron bajo la influencia del alcoholismo hoy estén arrepentidos en sus celdas, pero también odiados o rechazados por sus propios parientes que tras el dolor por el luto siente vergüenza por los homicidas y reclaman justicia.

    Decir que en 2025 hubo 39 homicidios suena mejor que decir que hubo 82 muertes violentas, de los cuales, 43 fueron cometidos por personas alcoholizadas, sin contar los homicidios culposos cometidos por ebrios al volante. Maldito alcohol que tanto luto y dolor le causa al pueblo salvadoreño.

    * Jaime Ulises Marinero es periodista

  • Cuando las palabras unen: la literatura como puente de comunicación en la empresa


    Cuando las palabras unen: la literatura como puente de comunicación en la empresa


    En el mundo empresarial solemos hablar de comunicación interna como si fuera un asunto puramente técnico: correos claros, reuniones cortas, instrucciones precisas. Todo eso es importante, sin duda. Pero pocas veces nos detenemos a pensar que la comunicación es, antes que nada, un acto humano.

    Detrás de cada mensaje hay emociones, expectativas, temores, ilusiones y sueños. Y ahí es donde la literatura, silenciosa y poderosa, puede convertirse en una gran aliada.

    La literatura no es solo cultura, ni un lujo para quienes aman los libros. Es una escuela de sensibilidad, de escucha y de expresión. Leer cuentos, novelas o relatos nos entrena para comprender mejor al otro, para elegir mejor las palabras y para construir puentes en lugar de muros. En la empresa, eso se traduce en equipos más unidos, conversaciones más honestas y un clima laboral más sano.

    He aprendido que leer nos enseña a escuchar. Parece una paradoja, pero es verdad. Cuando leemos una buena historia, aprendemos a poner atención a los detalles, a los silencios, a lo que el autor no dice directamente.

    Obras como El Principito nos recuerdan que “lo esencial es invisible a los ojos”. En la vida empresarial, esto se vuelve una lección práctica: escuchar no es solo oír palabras, es entender lo que el otro siente, piensa o necesita.

    Imaginemos una reunión donde un colaborador habla poco, pero su lenguaje corporal muestra preocupación. Quien ha cultivado la lectura suele estar más atento a esos matices. La literatura educa la sensibilidad para percibir lo que no siempre se expresa con claridad. Y cuando en una empresa se escucha con atención, se fortalecen la confianza y el respeto mutuo.

    También la literatura nos enseña a expresarnos mejor. Gabriel García Márquez tenía la capacidad de decir cosas profundas con palabras sencillas. Muy similar es el estilo del escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué, SALARRUÉ.

    En la empresa, eso es una virtud inmensa. Un correo mal redactado puede causar confusión, tensión o incluso conflictos innecesarios. En cambio, un mensaje claro, respetuoso y bien pensado agiliza procesos y fortalece las relaciones.

    Leer mejora el vocabulario, ordena el pensamiento y nos da herramientas para explicar ideas complejas de manera simple. Un líder que lee suele comunicar mejor, porque aprende que las palabras no son adornos, sino instrumentos para construir acuerdos y motivar a su equipo.

    La empatía es otro regalo maravilloso de la literatura. Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, nos muestra que cada ser humano es un universo de luchas internas. Cuando llevamos esta enseñanza a la empresa, comprendemos que no todos viven las mismas circunstancias.

    Hay quien llega preocupado por un problema familiar, quien carga una enfermedad, quien vive presiones económicas o emocionales. La literatura nos vuelve más humanos y menos duros en nuestros juicios.

    Y cuando la comunicación se da desde la empatía, el ambiente laboral cambia. Las correcciones se vuelven más respetuosas, los desacuerdos se manejan con más madurez y la colaboración fluye con mayor naturalidad.

    La narrativa también tiene un poder especial: motiva. Alicia en el país de las maravillas nos muestra cómo la imaginación transforma lo ordinario en extraordinario. En la empresa pasa algo parecido cuando los líderes saben contar historias. No basta con decir “hay que cumplir una meta”; es distinto decir “vamos juntos hacia un propósito”. La literatura nos enseña que las historias movilizan el corazón, no solo la mente.

    Un jefe que sabe narrar, que explica el sentido de un proyecto como una historia en construcción, logra mayor compromiso. El talento humano no solo ejecuta tareas: participa en una misión que tiene significado.

    Además, la literatura crea un lenguaje común. Cuando en una empresa se comparten lecturas, aunque sean sencillas, se genera una referencia compartida. Un cuento comentado en un café, una frase recordada en una reunión, una historia mencionada en una capacitación, van creando identidad. La empresa deja de ser solo un lugar de trabajo y se convierte en una comunidad que comparte valores.

    Incluso ejemplos cotidianos muestran esto. Un equipo que lee aprende a redactar mejor sus informes. Un supervisor lector suele explicar con más calma. Un colaborador lector escribe correos más respetuosos. Un gerente lector entiende que comunicar no es imponer, sino orientar.

    La Biblia nos recuerda una verdad profunda: “LA RESPUESTA SUAVE APLACA LA IRA, MÁS LA PALABRA ÁSPERA HACE SUBIR EL FUROR” (Proverbios 15:1). La literatura educa precisamente esa suavidad: la capacidad de elegir palabras que construyen, no que hieren; que animan, no que destruyen.

    Por eso, promover la lectura en la empresa no es una pérdida de tiempo. Es una inversión en el alma de la organización. No se trata de obligar a nadie a leer grandes novelas, sino de abrir espacios: un libro recomendado, una pequeña biblioteca, un club de lectura mensual, una frase compartida al inicio de una reunión.

    Leer fortalece la comunicación interna porque forma personas más conscientes, más respetuosas y más claras al expresarse. Y cuando la comunicación mejora, mejora todo: el clima laboral, la productividad, la confianza y el sentido de pertenencia.

    La literatura nos recuerda algo esencial: las empresas están hechas de personas, no solo de procesos. Y las personas crecen cuando aprenden a escuchar, a hablar con verdad y a mirar al otro con compasión.

    Al final, cada libro leído es una semilla.

    Una semilla de diálogo.

    Una semilla de respeto.

    Una semilla de unidad.

    Y una empresa que cuida sus palabras, cuida su futuro.

    *Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. 

    alfredocaballero.consultor@gmail.com

     

     

     

     

  • La intolerancia social y los homicidios intencionales en El Salvador 

    La intolerancia social y los homicidios intencionales en El Salvador 

    Al cerrar el balance de seguridad pública y delictivo del año 2025, El Salvador se enfrenta a una paradoja criminológica interesante y a la vez preocupante. Mientras el país celebra, con justa razón, el desmantelamiento de las estructuras criminales que nos asfixiaron por décadas, las salas de emergencia, escenas del delito, las morgues, y de manera pública en las redes sociales de la PNC reportan una tipología de asesinatos que no es novedosa, pero que ahora resalta ante el combate efectivo a las pandillas criminales. Ya no es el homicidio instrumental aquel ordenado por una clica por territorio, extorsión o por absurdos de las pandillas, sino el homicidio expresivo: el crimen nacido de la intolerancia social.

    En El Salvador, donde caminar por la calle es seguro y real, demostrable, el peligro parece haberse trasladado a la intimidad de la convivencia. La intolerancia social, en nuestro contexto actual, se define como la incapacidad colectiva para gestionar la frustración sin recurrir a la violencia y agresión física. Es el salvadoreño que lo conocemos como «mecha corta» contexto cultural que ha quedado expuesta una vez que la marea de los asesinatos de las pandillas bajó y se encuentran erradicados.

    Para entender por qué nos seguimos matando, aunque ya no sea por rifarse el «barrio», debemos diseccionar tres factores criminógenos precipitantes que han marcado la pauta en el año 2025:

    La cultura etílica como detonante: Las estadísticas de 2025 son claras. Un porcentaje alarmante de homicidios y lesiones graves ocurre durante los fines de semana y en contextos de ocio aun en días que no son fines de semana o asuetos. El alcohol en nuestra sociedad no es solo un lubricante social, es un desinhibidor de una agresividad latente. La mezcla de alcohol con una cultura que valida el «no dejarse de nadie» convierte una discusión de cantina, bar, tiendita o en la comunidad en una escena del crimen.
    El estrés vial y la territorialidad urbana: Ante la reconfiguración urbana y el aumento del parque vehicular, el tráfico se ha convertido en una olla de presión. El vehículo se percibe como una extensión del cuerpo y el espacio privado; invadir ese carril se interpreta como una ofensa al honor. Hemos visto casos donde una pequeña colisión vehicular termina en golpes, lesiones leves o graves con arma blanca un fenómeno de pura impulsividad criminal.
    La normalización de la violencia como resolución: Décadas de conflicto armado y violencia pandilleril nos dejaron una secuela psicológica: la validación de la fuerza. Aunque el ciudadano promedio detesta al pandillero, ha interiorizado su método: el conflicto se resuelve eliminando al oponente, no dialogando. Es una violencia reactiva, no planificada, pero igualmente letal. Con raíces en el machismo y cultura patriarcal.
    La estrategia de seguridad del gobierno ha sido impecable en la represión del crimen organizado. Sin embargo, el reto para este 2026 es la prevención primaria y secundaria. La criminología moderna nos dicta que, para combatir la intolerancia, debemos intervenir en la cognición social. Necesitamos campañas masivas de salud mental y desarticulación de la «masculinidad frágil» que asocia la negociación con la debilidad. Necesitamos mecanismos de justicia de paz que sean más rápidos que la ira de un ciudadano armado. Como resolución alterna de conflictos, mediación y los facilitadores judiciales en las comunidades.

    El Salvador sigue ganando la guerra contra las pandillas, pero ahora enfrenta la batalla contra la intolerancia social, la falta de amor, empatía y respeto por el más próximo. La seguridad pública ya no depende solo del gobierno, sino de la capacidad de cada salvadoreño de respirar hondo, hacer una pausa y entender que ninguna ofensa verbal vale una vida. Si no desactivamos el gatillo de la intolerancia, seguiremos llorando muertos, esta vez, a manos de nosotros mismos. De los 82 homicidios intencionales registrados en el 2025, 43 corresponden a intolerancia social y 31 a intolerancia familiar. Esto significa que el 90.2% de esos homicidios en El Salvador ya no son producto del crimen organizado, sino de la incapacidad ciudadana para gestionar conflictos de manera pacífica.  Para disminuir la tasa de homicidios en el año 2026 debemos como sociedad colaborar y contribuir de lo contrario será imposible llegar a una tasa de homicidios inferior a uno por cada 100,000 habitantes.

    • Ricardo Sosa / Doctor y máster en Criminología  @jricardososa 

  • Orden sin deliberación: cuando la eficacia reemplaza a la democracia

    Orden sin deliberación: cuando la eficacia reemplaza a la democracia

    En sociedades cansadas del conflicto, la promesa de orden tiene un poder casi hipnótico. Orden significa previsibilidad, seguridad, normalidad. Frente al caos —real o percibido—, cualquier autoridad que ofrezca resultados rápidos suele recibir un amplio margen de confianza. El problema comienza cuando esa confianza se transforma en cheque en blanco y la eficacia se usa como argumento para prescindir de la deliberación democrática.

    En El Salvador, el discurso del orden ha ganado centralidad. Se presenta como una solución técnica a problemas históricos: crimen, ineficiencia estatal, corrupción, lentitud institucional. El mensaje es claro y seductor: menos discusión, más acción. Sin embargo, toda política que reduce el espacio para el debate público no elimina los conflictos; simplemente los desplaza fuera de la conversación.

    La democracia, por definición, es lenta. No porque sea ineficiente, sino porque incorpora voces distintas, intereses contradictorios y procesos de control. La deliberación no es un defecto del sistema democrático: es su mecanismo de corrección. Cuando se la reemplaza por decisiones verticales justificadas en la urgencia o en la popularidad, se abre una puerta difícil de cerrar.

    La eficacia, en sí misma, no es un valor negativo. Un Estado incapaz de ejecutar políticas públicas pierde legitimidad. Pero cuando la eficacia se convierte en el único criterio, se vuelve peligrosa. Un gobierno puede ser eficaz encarcelando sin debido proceso, silenciando opositores o concentrando poder. La historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos de regímenes que “funcionaron” durante un tiempo y dejaron, a largo plazo, instituciones debilitadas y sociedades fragmentadas.

    El problema no es el orden, sino el orden sin reglas compartidas. Cuando las normas se subordinan a la voluntad del poder, dejan de ser garantías y se transforman en instrumentos. Hoy se aplican contra “los otros”; mañana pueden aplicarse contra cualquiera. La excepcionalidad, una vez normalizada, deja de ser excepción.

    Otro rasgo preocupante es la confusión entre popularidad y legitimidad. Un gobierno con amplio respaldo electoral no está exento de límites. Las mayorías no sustituyen a la Constitución ni a los derechos fundamentales. Sin embargo, en el discurso público contemporáneo se insinúa con frecuencia que cuestionar decisiones del poder es ir en contra de la voluntad popular, como si el voto autorizara cualquier medida posterior.

    Este razonamiento erosiona uno de los pilares de la democracia: el control ciudadano permanente. Elegir gobernantes no equivale a renunciar a la crítica. Por el contrario, una ciudadanía madura es aquella que apoya cuando corresponde y cuestiona cuando es necesario, incluso —y sobre todo— cuando el poder goza de altos niveles de aprobación.

    La reducción del debate también tiene consecuencias culturales. Se instala una lógica binaria: a favor o en contra, patriota o enemigo, orden o caos. En ese esquema, el matiz desaparece y la complejidad se percibe como debilidad. Pero los problemas estructurales no se resuelven con consignas; requieren diagnósticos incómodos y soluciones imperfectas, discutidas colectivamente.

    Además, el silenciamiento no siempre adopta formas explícitas. No hace falta censura abierta cuando basta con deslegitimar la crítica, ridiculizar al disidente o saturar el espacio público con una narrativa única. La autocensura suele ser más eficaz que la represión directa, porque no deja huellas visibles.

    El riesgo mayor de este modelo es su fragilidad. Un sistema sostenido únicamente por la eficacia inmediata carece de amortiguadores cuando las cosas salen mal. Sin instituciones fuertes, sin prensa crítica, sin espacios de deliberación, los errores se acumulan hasta volverse crisis. Y entonces, paradójicamente, el orden prometido se vuelve insostenible.

    Defender la deliberación no es defender el desorden. Es defender la idea de que el poder debe explicarse, justificarse y someterse a límites. Que la rapidez no sustituye a la legalidad y que la popularidad no reemplaza a la ética pública.

    El verdadero desafío para El Salvador no es elegir entre orden o democracia, sino comprender que sin deliberación no hay orden duradero. Lo demás es eficacia momentánea, políticamente rentable, pero institucionalmente costosa. Y la factura, como suele ocurrir, no la paga el poder: la paga la sociedad.

  • Venezuela, Trump y la geopolítica

    Venezuela, Trump y la geopolítica

    En la gran mayoría de los análisis que circulan sobre la extracción de Nicolás Maduro, poco espacio se otorga a la observación de esta radical acción desde la perspectiva de la seguridad nacional de Estados Unidos. Y en parte es lógico que así sea. Además de la inveterada narrativa antinorteamericana, tan arraigada en el continente, el régimen venezolano supo ocultar por largo tiempo el hecho de que su territorio era la base de extranjeros peligrosos para su vecino del norte.

    Aunque Chávez y Maduro insistían en negarlo, igual que la dictadura cubana, era conocido que militares procedentes de la Isla desarrollaban diversas actividades en Venezuela. Ahora no tuvieron más remedio que admitirlo. Pero mucha mayor importancia dio Washington a la detección de amenazadores elementos rusos, chinos e iraníes, en particular tras el golpe propinado a plantas nucleares de estos últimos en junio de 2025. El pasado 3 de enero, el mismo día que se descabezaba a la tiranía chavista, se cumplían exactos seis años del mortal ataque con drones a Qasem Soleimani, el general iraní que comandaba la división de inteligencia de los Guardianes de la Revolución Islámica, ejecución también ordenada por Trump.

    Hoy se entiende mejor por qué el aparatoso despliegue marítimo estadounidense no podía limitarse a atacar pequeñas embarcaciones de supuestos narcotraficantes. Se trataba de algo más significativo, incluyendo cortar el flujo de uranio, tritio y otros ingredientes estratégicos hacia Irán, cuyo Gobierno teocrático aún no abandona su deseo de contraatacar a EE UU. De este preciado objetivo, por cierto, la Casa Blanca se guarda de hablar mucho.

    Se sabe que Hugo Chávez ya trasegaba estas codiciadas materias primas desde el año 2005, si no antes. A ello debe sumarse la disposición del dictador bolivariano a alinear esfuerzos operativos con Rusia, China y otras naciones adversarias de Estados Unidos. Bajo estos términos –los de la defensa táctica–, el prendimiento de Maduro estaba tan lejos del radar de Trump como podía estarlo de Barack Obama el ajusticiamiento de Osama bin Laden.

    En la dirección de disputar la creciente influencia china en América, Trump también envía un mensaje claro a su homólogo en Pekín, consistente en hacerle ver el riesgo que supone apostar sus recursos en países americanos de naturaleza inestable. La expansión geopolítica del gigante asiático se encuentra de pronto con una línea pintada en el piso, haciéndole prescindir del crudo que sacaba mensualmente de Venezuela.

    Sin embargo, para dar más fuerza al argumentario “antiimperialista”, ciertas posturas se enfocan en repetir y repetir que el gran propósito de EE UU detrás de su ataque es el petróleo venezolano. Esta afirmación carece de sentido práctico por varias razones. La primera es que ese país posee suficiente petróleo en su propio subsuelo. Texas por sí solo puede producir cinco millones de barriles diarios de crudo, muy por encima de los 3,7 millones de barriles que Venezuela llegó a extraer al día, allá por 1997, cuando todavía el chavismo no barría con todo.

    En segundo lugar, la debacle bolivariana ha reducido tanto la producción de crudo, que hoy apenas llega (y con serias dificultades) a menos de un millón de barriles diarios. Rehabilitar esta industria destrozada podría requerir, de acuerdo a los expertos, más de 100.000 millones de dólares en inversión sostenida por una década, contando además con las garantías políticas, jurídicas y fiscales que la vuelvan atractiva. Aunque lo vocifere desde el Salón Oval, Trump no tiene forma de garantizar eso a ninguna compañía petrolera, ni siquiera de su país. Esto explica por qué los grandes consorcios productores siguen sin entusiasmarse con la idea de aventurarse en Venezuela, aunque saliven las refinadoras en el golfo de México.

    Pero incluso si las realidades anteriores no supusieran en sí mismas un desafío titánico, ¿quién es capaz de predecir el comportamiento del petróleo en el mercado internacional? Cuando se especula sobre el control del precio del combustible como el incentivo real detrás de la maniobra militar en Caracas, suele ignorarse la cantidad de factores que Trump tendría que dominar para que tal cosa fuera posible, a saber: influir en las votaciones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep), dirigir el tránsito del crudo (por mar y tierra) en todo el globo, eliminar el mercado negro, evitar y sofocar las crisis políticas y económicas mundiales, y, de paso, ejercer un control cuasi divino sobre el clima. Absurdo.

    Siendo entonces el petróleo un objetivo más bien circunstancial, hay que preguntarse con seriedad si en el horizonte geoestratégico de Trump, aparte de la neutralización de Irán y China, existe la opción de democratizar Venezuela. Y en este tema, como en todos los que salen de su boca, debemos ir siempre más allá de las palabras del republicano, que no se distingue precisamente por ser un hombre de sólidos principios democráticos.

    En la mente de alguien como Trump, ¿existen incentivos suficientes para quebrar lanzas en favor de la recuperación del Estado de derecho, la separación de poderes y la prosperidad de Venezuela? La respuesta es sí. La estabilidad en la tierra de Bolívar tiene el potencial de ser un triunfo político en toda regla, exhibe el fracaso del multilateralismo burocrático y promete un legado perdurable. La única condición es hacerlo bien. ¿Cómo? Veremos más adelante cuáles son las opciones.

  • Adrián, no te lloré

    Adrián, no te lloré

    En la primera de las siete páginas de su resolución, la Sala de lo Constitucional de hace más de treinta años concluyó “que el Organo (sic) judicial” carecía “de competencia para avocarse al conocimiento de las cuestiones puramente políticas, cuya naturaleza es por completo ajena a la esencia de la función jurisdiccional: y, por consiguiente, su dilucidación está exclusivamente librada a los poderes políticos: el legislativo y [el] ejecutivo”. Esa fue la decisión tomada el 20 de mayo de 1993 en respuesta a la demanda de inconstitucionalidad contra la amnistía aprobada dos meses antes; demanda que –junto con Ana Mercedes Valladares, directora del Socorro Jurídico Cristiano– habíamos presentado nueve días antes. El resto del fallo, ese sí absolutamente político, era un intento inútil de “justificación” pues debían  proteger a los responsables del dolor de las víctimas. ¡Ni dos semanas esperaron! Ello, pese a que nuestro alegato central era claro: con esa ley general, absoluta e incondicional se violaban derechos consagrados en nuestra carta magna.

    ¿Qué hacer? Esa fue la lógica e ineludible interrogante a responder. Había que quitar esa lápida colocada sobre tan terrible pedazo de nuestra historia, pretendiendo sepultarlo: el de la dolorosa preguerra y la cruenta guerra. Si no, difícilmente se podría pacificar el país ya que en lugar de superar la impunidad así la estaban fortaleciendo. Tras darle vueltas y vueltas, allá por 1996 terminó de concretarse en mi cabeza una idea: impulsar un evento anual convocante, aglutinador y desafiante.

    Entonces nació el Festival Verdad en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas en 1998, como una iniciativa promovida desde su Instituto de Derechos Humanos: el IDHUCA. Con dicho esfuerzo pretendíamos rescatar ese pasado y lograr que nuestra población, sobre todo aquella afectada por la barbarie, impulsara las acciones necesarias hasta lograr justicia y reparación para las víctimas. Asimismo, buscábamos hacer todo lo posible por derrotar la amnistía y conseguir que los criminales principales de uno y otro bando rindieran cuentas ante las instituciones correspondientes, las cuales debían funcionar hasta lograr que el Estado salvadoreño realmente reconociera a la persona humana como el origen y el fin de su actividad en aras de avanzar hacia el ansiado bien común, con base en la seguridad jurídica. 

    Más que un proyecto que agradara a la cooperación internacional y lograra su financiamiento, que escasamente conseguimos, el Festival Verdad estaba concebido como un proceso que contribuyera a transformar nuestra injusta realidad. Una expresión de los impulsos que formaron parte de esta conjunción de actividades diversas, fue la creación y el funcionamiento del Tribunal internacional para aplicación de la justicia restaurativa en El Salvador. Pero mucha gente identificaba y aún identifica el Festival Verdad con su concierto de cierre, al cual asistían millares de personas convocadas por la participación comprometida de artistas de nuestro continente y –en más de alguna ocasión– de Europa.

    Uno de estos fue Adrián Goizueta. Nacido en Argentina pero “vivido” durante décadas en Costa Rica, adonde lo escuché por primera vez en la década de 1980, con el Grupo Experimental fue figura esencial entre esa constelación de estrellas que desfilaron por la tarima de la universidad jesuita; él y Luis Enrique Mejía Godoy, creadores de bellas obras inspiradas en las causas justas y entrañables de la humanidad, fueron quienes más veces nos acompañaron en ese afán. Desde dicho espacio, pues, Adrián derrochó y nos obsequió su compromiso con la dignidad del pueblo salvadoreño en su lucha contra la impunidad. Así, “dicen que dicen” que lo vimos pasar por lo que el llamó “un acto de amor a los demás”. Porque ‒parafraseándolo‒ lo dijo y lo pensó, lo sintió y lo ejerció así: “el amor es la vida; lo demás es mentira”. Esa fue su verdad y también es la nuestra; porque, en su poesía, afirmó convencido que “a pesar de la guerra el amor está creciendo”.

    “Con los brazos abiertos nos despedimos” del siempre querido Adrián por su canto a Farabundo. Pero no lo voy a llorar. Y es que, aunque con empeños como el del Festival Verdad derrotamos la infame amnistía, casi diez años después de la sentencia de inconstitucionalidad de la misma aún no se aprueba la normativa ordenada para reivindicar integralmente a las víctimas de la preguerra y la guerra. Ni las legislaturas anteriores lo hicieron; las del “bukelato”, que ya están por completar un quinquenio, tampoco lo han hecho. 

    Moriste “de muerte suave y tranquila”, durmiendo, pero todavía “hay bronca”; “todavía hay compañeros perseguidos por hacer de la alegría su bandera”. “Si no hay puños en alto, sino no hay flores y risas” ‒nos pediste‒ “no me llores amor”. Por eso, Adrián amigo del alma, no te lloré.

  • La deserción estudiantil universitaria en El Salvador

    La deserción estudiantil universitaria en El Salvador

    Un problema latente que enfrentan las universidades salvadoreñas, es la deserción estudiantil. En las carreras de pregrado es en donde más se verifica esa dificultad.

    Cada universidad tiene sus estadísticas y datos. Los factores endógenos y exógenos sobre la deserción son varios. Según datos, el principal problema de la deserción es el económico.

    Los estudiantes en su vida universitaria presentan déficit de atención y en ocasiones traen una decadente formación académica desde estudios de Educación Media (Véase los resultados de la PAES y Avanzo). Es necesario que las universidades le presten más atención a la problemática de la deserción escolar desde el momento de la inscripción. De no ser así, los alumnos irán desertando desde el primer ciclo académico. Es importante que las Instituciones de Educación Superior (IES) realicen estudios o tengan investigaciones en donde se aborde el tema de la deserción. Es relevante que las IES cuenten con estrategias para disminuir la deserción, además de tener archivos de los alumnos que han desertado por diferentes causas.

    Existen muchos factores que llevan a que los estudiantes piensen en desertar, estos son influenciados por factores endógenos y exógenos, los cuales son variables difíciles de identificar. Otro factor es cuando los estudiantes encuentran trabajo, inscriben dos o tres asignaturas. Eso hace que el plan de estudios se alargue más y se desmotiven a seguir estudiando. Los docentes, en ocasiones, son los primeros en darse cuenta de los alumnos que anhelan desertar por uno u otro motivo.

    Para analizar la problemática de la deserción estudiantil en el ámbito universitario, se debe hacer un esbozo sobre la deserción en los niveles inferiores. Según la Dirección General de Planificación, gerencia de estadísticas del Ministerio de Educación, la mayor caída de matrícula entre 2019 y 2022 fue en los niveles de tercer ciclo, bachillerato y en básica nocturna. Mientras tanto, según Oscar Picardo Joao, “de cada 10 niños que terminan sexto grado solo cuatro terminan bachillerato, solo dos ingresan a la universidad y solo uno se gradúa de la universidad”.

    En el periódico El Mundo: (27, de septiembre de 2022) “La educación superior ha perdido al menos 20,000 estudiantes, debido a la pandemia y a la crisis económica, según el presidente de la Asociación del Consejo Nacional de Rectores de El Salvador y rector de la Universidad Luterana, Fidel Nieto”.

    Según Pérez, 2015, “La mayoría de los jóvenes provienen de familias donde el ingreso familiar es menor al salario mínimo del país, ello implica que no todos tienen la posibilidad de costearse un estudio universitario. Por ello, a veces se retiran un tiempo, mientras trabajan y ahorran para obtener ingresos suficientes para reingresar y continuar sus estudios. También, hay casos en los que, si comienzan a trabajar, disminuyen la carga académica que cursan. En lugar de cursar 5 o 6 asignaturas de su pensum por ciclo, solo inscriben 2 o 3. Eso implica que su plan de estudios de 5 años se alarga un poco más”. Esto quiere decir que los pénsums de las carreras deben tener menos años de estudios.

    Si las remesas, que superan los nueve mil millones de dólares al año, se utilizaran para que los jóvenes estudien, tendríamos a un El Salvador con mejores índices de desarrollo. Sin embargo, el 72% de esas remesas se utilizan para subsistir y gastos cotidianos.

    Según la Universidad Católica de Occidente (2013), entre las causas de la deserción están: Insatisfacción  de las prácticas educativas, la modalidad presencial no reúne sus expectativas, no tuvo una orientación adecuada en el curso propedéutico o eligió una carrera equivocada  o no acorde al examen vocacional, desmotivación hacia el estudio, inseguridad de culminar la carrera debido a las oportunidades laborales, no tuvo bases del bachillerato adecuadas o acordes para proseguir estudios universitarios, etc. Además, hay causas personales como: viajes, migración, matrimonio, trabajo, problemas de salud, etc.

    En conclusión, las universidades deben contar con programas que identifiquen la deserción estudiantil, principalmente en el primer año, aunque es un problema incontrolable; asimismo de realizar estudios vocacionales y psicopedagógicos.

    *Fidel López Eguizábal. Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

  • Viejas mediciones injustas sobre riqueza y bienestar

    Viejas mediciones injustas sobre riqueza y bienestar

    El proceso de globalización de este mundo nuevo, nos llama al entendimiento, ofreciéndonos la posibilidad de una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria, lo que requiere de todos nosotros una buena gestión, comenzando por un total desprendimiento de lo mundano. Por desgracia, la realidad suele llamarnos al orden, siendo testigos del incremento de la pobreza y la desigualdad, contagiando asimismo con una crisis a todo el mundo. A poco que nos adentremos en las diversas situaciones, seremos testigos de las consecuencias de nuestro fracaso actual, sobre todo a la hora de equilibrar las dimensiones económicas, sociales y medioambientales del desarrollo. Comencemos a darle valor al bienestar humano, siendo más éticos y responsables.

    Lógicamente, esto significa que los dinamismos del progreso deben gestionarse, superando la idolatría del beneficio y poniendo siempre al individuo y a su impulso sistémico en el centro. Lo frágil es lo que debe importarnos y ponernos en movimiento, con una actitud más benigna y solidaria, jamás egoísta o excluyente. En efecto, porque todos compartimos idénticos espacios; en consecuencia, hemos de asegurarnos que las novedades sean tratadas con hálito colectivo y desvelo amistoso. Reconocer nuestra común humanidad nos insta a ser más alma que armadura, para sustentar la savia y sostener el aliento viviente, sin andares interesados, para no agotar los recursos del planeta, de los que todos somos parte.

    Despoblémonos de mediciones injustas y poblémonos de amor verdadero; ese que se dona sin esperar recompensa alguna, pero que aminora tensiones e incertidumbres, sobre todo ante el deterioro de los ecosistemas y la pérdida de biodiversidad, el aumento de los conflictos y la inseguridad alimentaria, sumado todo ello a las desigualdades históricas, que nos dejan sin conciencia para hacer propósito de enmienda. La vida no es para que la vivan los privilegiados, es para que la disfrutemos todos los seres, lo que nos demanda a implicarnos mutuamente. La cuestión, por tanto, no debe quedar únicamente en manos de las élites políticas, científicas o académicas.  Jamás olvidemos, pues, que nadie es más que nadie, para colaborar y cooperar por un orbe más justo.

    La creatividad nos regenera realmente, conectando pulsos y pausas diversas, es más celeste que mundana. Trabajarla en comunión y en comunidad es como se avanza. Muchas veces es cuestión de estar en guardia como auténticos cultivadores del edén poético, sobre todo para asegurarnos de que, cuando se satisfagan las necesidades más complejas, no se descuiden las vitales. Este atropello general hace que las personas se vean privadas de lo necesario y sumergidas en las cosas accesorias. Hoy más que nunca, tenemos que mostrar empeño en que un mayor adelanto de la civilización, pasa por universalizar la salud, el capital social y la calidad del medio ambiente; contribuyendo de manera integral, a la realización de la persona, como ser pensante con libre voluntad.

    En el fondo, todos somos cantautores de belleza, lo importante es conseguir expresar lo creado, el níveo reflejo del esplendor que durante unos instantes brilla ante los ojos del espíritu condescendiente. Así, mientras cada contienda nos destruye mar adentro y no deja a nadie preservado, el amor y el deseo son las hélices del soplo de las magnas hazañas. La grandeza para poder sentirse uno embellecido, no se enseña ni se adquiere, se cultiva internamente con aire donante y místico horizonte. Esto se consigue, con más poética que política; es decir, avivando el calor de hogar como brío cooperante y con una educación en familia, que nos despierte hacia el fraterno cambio.  Porque el vigor no lo da sólo el dinero, que también, pero aún más soñar; como no es sólo existir, es además asistir.

  • Sobre cascos certificados y sillas de retención infantil

    Sobre cascos certificados y sillas de retención infantil

    Desde el 29 de diciembre de 2025 entró en vigencia la reforma a la Ley del Transporte Terrestre, Tránsito y Seguridad Vial, que obliga a que los niños menores de cinco años sean transportados en una silla de retención infantil so pena de una sanción de $150 para el conductor que incumpla la normativa, la cual también prohíbe que los menores de 12 años puedan ir en el asiento delantero.

    En esa misma fecha entró en vigencia la reforma referida a la obligatoriedad para que todos los motociclistas y sus acompañantes utilicen un casco certificado, de lo contrario se hacen acreedores a una multa de 5150.

    Las reformas, aprobadas en diciembre de 2024, buscan generar más seguridad vial y proteger la vida de los niños y los motociclistas.  Es decir que transcurrió un año de gracia para que las familias se abastecieran de sillas de retención infantil y los motociclistas de cascos certificados, a efecto de evitar contratiempos y acaparamientos o especulación por los precios de los referidos dispositivos. Sin embargo, hubo muy poca difusión de las reformas y hasta la fecha la mayoría de motociclistas no usan cascos certificados (algunos ni siquiera tienen licencia para conducir motocicletas) y muy pocos niños son transportados en las mencionadas sillas.

    Como medida de protección ambas reformas son fabulosas. Recordemos que la mayor cantidad de accidentes de tránsito se ven involucrados motociclistas. En 2025 hubo 1,238 muertos y 13,285 lesionados producto de 22,265 accidentes viales. Del total de muertos 499 fueron peatones, 498 motociclistas, 35 ciclistas y 206 conductores o pasajeros (acompañantes) de vehículos particulares o transporte público de pasajeros.

    La mayoría de víctimas mortales son los peatones y los motociclistas, que también aportan la mayor cantidad de lesionados. En los motociclistas muchos muertos y lesionados con severas secuelas pudieron haberse evitado con la debida prudencia, el respeto a la normativa de tránsito y con el uso de un casco certificado.

    Sin embargo, creo que la reforma que obliga al uso de las sillas de retención infantil  y a la prohibición que menores de 12 años vayan en el asiento delantero es muy ambigua y se presta para que haya incertidumbre. Veamos, el viceministro de Transporte Nelson Reyes, consultado por periodistas de diferentes medios señala que los padres de familia están obligados a poseer esa silla para movilizar a sus hijos (lo cual es lógico y entendible), pero también señala que en el caso del transporte privado (taxis, microbuses escolares, uber o cualquier otra plataforma) es obligación del padre, la madre o la persona adulta que se acompañe de un menor de cinco años llevar consigo una silla para abordar un vehículo de transporte particular, de lo contrario “quien recibirá la multa es el conductor”.

    Imaginemos a una madre de familia que por emergencia tenga que salir con dos hijos, uno de dos años y el otro de cuatro. Ella debe cargar dos sillas u obligadamente abordar un autobús o microbús  donde no existen esas sillas de retención. Lo más probable es que salga sin las sillas y que ningún conductor privado quiera hacerle el viaje para no exponerse a ser sancionado. Lo más lógico es que el conductor privado lleve consigo las sillas  de su propiedad en el baúl para atender estas situaciones.

    Veamos otro ejemplo, si el vehículo es un pick up de cabina simple y el conductor debe llevar a su hijo de diez años a pasar consulta o a su centro de estudios, pues no está obligado a llevarlo en silla de retención infantil, pero la ley le prohíbe llevarlo en el asiento delantero porque es menor de doce años, entonces ¿Debe llevarlo en la cama del pick up?

    Hay sillas para recién nacidos, para niños de un año hasta para menores de cinco. Eso, desde la lógica del viceministro Reyes, implicaría que cada año los padres de familia deben comprar una silla, si acaso pretenden usar transporte parricular concesionado.

    Es además, incongruente, que en buses y microbuses no esté  vigente la disposición de las sillas de retención infantil, cuando muchas personas adultas acompañadas sus niños menores de cinco años se movilizan en esos medios. El hecho de no andar o tener esas sillas obligará a mucho, especialmente madres de familia a movilizarse en transporte colectivo.

    A diferencia de los cascos para motociclistas, no existen certificaciones para esas sillas. Cada quien es libre de adquirir o poseer la silla que más se ajuste a su presupuesto o la que considere a su gusto, lo cual no es  recomendable, porque se debe tener la certeza de la efectividad de las sillas, si lo que se pretende proteger vidas.

    Cuando se aprobó la reforma en diciembre de 2024 no se presentaron datos de niños menores de doce años fallecidos en accidentes de tránsito. Fue una reforma muy interesante y necesaria, aunque poco publicitada, pero sin argumentos en su momento. Hasta ahora se desconoce, verbigracia, cuántos de los 1,238 muertos en accidentes en 2025 eran menores de cinco o doce años. Tampoco se conoce cuántos de los 13,285  lesionados  del año pasado eran menores de  12 años.  A pesar de ello la reforma es positiva, pero se requiere eliminar la incertidumbre y actuar con lógica y talante estatal.

    Las multas no pueden dejarse al libre albedrío de los agentes de tránsito, quienes no siempre actúan con base a la ley. Ellos tienen que salir a las calles bien instruidos y hacer cumplir las reformas, pero antes  se necesita que las autoridades ejecutivas tengan claro el alcance de las reformas y sus consecuencias.

    Si yo fuera taxista, conductor de cualquier aplicación o conductor de transporte escolar me hiciera de esas sillas para mis clientes, con ello me evitaría sanciones y mantuviera satisfecha a mi clientela que merece viajar con seguridad.

    *Jaime Ulises Marinero es periodista

  • Leer para crecer: cuando los libros fortalecen el talento humano en la empresa

    Leer para crecer: cuando los libros fortalecen el talento humano en la empresa

    En la empresa solemos hablar de metas, números, resultados y eficiencia. Eso es necesario. Pero pocas veces pensamos en algo muy sencillo que puede transformar la forma en que trabajamos: la lectura. Muchos creen que leer es solo un pasatiempo o un lujo cultural. Yo creo todo lo contrario. Leer es una herramienta poderosa para fortalecer el talento humano, mejorar la comunicación y aumentar la productividad.

    Lo digo desde mi experiencia. A veces, como Alfredo, he llegado a una reunión con la mente cansada y he descubierto que un buen libro leído la noche anterior me ordenó las ideas, me dio calma y me ayudó a pensar con mayor claridad. Un libro no solo deja una historia; deja una forma distinta de mirar la vida y de enfrentar los problemas.

    Leer nos enseña a pensar con más serenidad. En las empresas los desafíos no llegan con instrucciones claras. No dicen: “haga esto y todo se resolverá”. Llegan confusos, mezclados, con presión y con poco tiempo. La lectura entrena la mente para analizar, observar y tomar decisiones con más criterio.

    Un ejemplo sencillo lo encontramos en las historias de SHERLOCK HOLMES. Estos libros no son solo de misterio; cuentan cómo un detective, usando la observación y la lógica, resuelve casos que parecen imposibles. Holmes mira lo que otros no ven, une pequeños detalles y llega a conclusiones claras. Cuando alguien lee estas historias, aprende sin darse cuenta a observar mejor, a no precipitarse y a pensar con orden.

    En la empresa, eso se traduce en personas que detectan errores a tiempo, que analizan procesos con calma y que no toman decisiones a la ligera.

    La lectura también nos ayuda a comprender mejor el entorno. Los cuentos de EDGAR ALLAN POE nos enseñan a leer entre líneas, a descubrir lo que está oculto, a entender que no todo es tan simple como parece. En la vida laboral, esto es clave: ayuda a anticipar riesgos, a comprender conflictos internos y a buscar soluciones más creativas.

    Pero no todo es mente. La literatura también toca el corazón. En LOS HERMANOS KARAMAZOV, de Dostoyevski, se muestran las luchas internas, el dolor, el perdón y la búsqueda de sentido. Leer este tipo de obras despierta empatía. Y la empatía es una de las herramientas más valiosas dentro de una empresa.

    Un talento humano que comprende al otro trabaja mejor, dialoga mejor y construye mejores equipos.

    Más de una vez, como Alfredo, he visto que muchos conflictos en las empresas no nacen por falta de capacidad técnica, sino por falta de sensibilidad humana. Y la literatura, sin hacer ruido, va educando esa sensibilidad.

    Nuestra propia literatura salvadoreña también tiene mucho que aportar. CUENTOS DE BARRO, de SALARRUÉ, nos enseña a leer despacio, a observar los detalles, a valorar lo sencillo. Esa paciencia es fundamental en cualquier proyecto empresarial. Leer desarrolla la capacidad de concentrarnos sin desesperarnos y de mantener el enfoque aun cuando el proceso es largo.

    Y no podemos olvidar la creatividad. Alicia en el país de las maravillas nos invita a pensar diferente, a cuestionar lo establecido, a imaginar caminos nuevos. En la empresa, la innovación nace de esa misma actitud: no conformarse con lo de siempre, sino atreverse a pensar distinto. La lectura despierta esa chispa interior que luego se convierte en ideas útiles.

    La Biblia lo expresa con palabras sencillas y profundas: “En el corazón del entendido reposa la sabiduría” (Proverbios 14:33). La lectura ayuda justamente a formar ese corazón entendido, capaz de pensar con equilibrio y actuar con responsabilidad.

    Por eso, la literatura no es un lujo reservado para académicos. Es una herramienta práctica para cualquier organización que quiera crecer con salud. Leer fortalece el pensamiento crítico, mejora la comunicación, fomenta la empatía, desarrolla la concentración y despierta la creatividad. Todo eso impacta directamente en la productividad.

    Hoy estoy convencido, y lo digo con serenidad como Alfredo, de que una empresa que promueve la lectura está invirtiendo en su mayor tesoro: su talento humano. No se trata de obligar a nadie a leer, sino de crear una cultura donde el libro sea visto como un aliado, no como algo lejano o complicado.

    A veces basta un pequeño gesto: recomendar un libro sencillo, abrir un espacio de conversación, compartir una frase que inspire. Poco a poco, la lectura deja de ser algo individual y se convierte en parte de la vida de la empresa.

    Leer también es una invitación a crecer como personas.

    Quien lee piensa mejor.

    Quien lee se comunica mejor.

    Quien lee comprende mejor a los demás.

    Y una empresa formada por personas que piensan, dialogan y comprenden mejor, es una empresa más fuerte, más creativa y más humana.

    La literatura no solo cuenta historias. Forma carácter. Forma criterio. Forma sensibilidad.

    Y cuando una organización apuesta por la lectura, no solo mejora sus resultados: construye un ambiente de trabajo más sano, más equilibrado y con mayor sentido de propósito.

    Leer, al final, es una forma silenciosa pero poderosa de producir mejor… empezando por dentro.

    • Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.  alfredocaballero.consultor@gmail.com