Categoría: Opinión

  • Decepción en estilos de vida

    Decepción en estilos de vida

    Solemos andar decaídos y con un aluvión de resentimientos en nuestros pasos. Está visto, que nos puede la tristeza individualista, más que el coraje comunitario, con una búsqueda achacosa posesiva. Los intereses de la avaricia son tan reales, que nadie se entusiasma por donarse, más bien el desvelo brota de un órgano acaparador y resentido, ¡desesperado a más no poder! El rescate no es fácil, máxime en un momento, de endiosamiento social; porque, además, la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero percibe muy complicado engendrar regocijo de verdad, al no haber sobre la tierra más que lágrimas. Por desgracia, aún no hemos aprendido a morar, a darnos energía, con un latir desprendido. Pensar que, cada día, puede ser el último; es ya un avance.

    Nadie, por su lógico movimiento mundano, empieza a ser ciudadano de bien, sino conectado entre sí, corazón a corazón y con la naturaleza, que es lo que sustenta el espíritu de conservación. Por cierto, uno de los gozos más sublimes es saber en quien fiarse. La satisfacción es inocente por naturaleza. Ahora bien, desconfiar instintivamente de todo y de todos, es un mal pronóstico existencial. Nada puede hacerse sin esperanza y menos aún rehacerse sin naturalidad; pues, aunque sabemos que la vida no es fácil para ninguno de nosotros, ¡tampoco importa!, hay que perseverar y, sobre todo, tener confianza en uno mismo. Consecuentemente, una ciudadanía comprometida con el bien colectivo, debería desistir de tener permanentemente cara de funeral.

    Lo importante es el amor vertido en nuestro transitar por aquí abajo, que es lo que nos renueva mar adentro y nos sorprende con su constante creatividad inspiradora; haciéndonos que impulsemos nuevos horizontes conjuntos, al menos para no correr el riesgo de crear una generación marcada por la amargura y la radicalización. El problema no es la ley, sino que violarla no tenga consecuencias. Indudablemente, hay que reforzar la rendición de cuentas y revitalizar los apegos, con espíritu consolador y entrega solidaria, cuestión que no se compra en el mercado, se cultiva internamente, en medio de las cosas del relato cotidiano. Reconozco, que no es fácil esta labor en un orbe lacerado por las guerras y la violencia, con multitud de absurdos enfrentamientos.

    Sin embargo, jamás nos vengamos abajo. La única primavera que nos florece, son los comienzos. Es hermoso vivir y desvivirse por vivir. Cuando falta esta sensación uno quisiera morir. Por otra parte, con demasiada frecuencia, nos olvidamos que estamos en la misma barca y que vamos hacia idéntico puerto. Alegrémonos con los frutos ajenos, compartámoslos con los propios y hagámoslos universales, a pesar de nuestras simpatías y antipatías, de modo que tampoco nos quedemos anclados en la ambición. Desde luego, a poco que nos adentremos en nuestro hábitat, percibiremos que los desdichados son egoístas, abusivos, crueles e incapaces de comprender al otro. En consecuencia, en vez de unir, los funestos separan y no reparan.

    Nos toca, pues, mirar la crónica con la dicha de la alegría y el anhelo juntos, incluso cuando pasamos por tribulaciones, tenemos problemas y cuando sufrimos. Tampoco se trata de anestesiarnos, la angustia es angustia siempre, pero vivida con otro aire más efectivo y afectivo también, te abre la puerta a la euforia de un producto nuevo. Mejoremos las coyunturas, entonces; hagamos de los instantes, soplos fraternos. El alborozo nace precisamente de la gratuidad del encuentro, nunca del encontronazo. Es la auténtica cultura humanitaria, llamada a servir constantemente a la humanidad en todas sus vertientes, la que nos injerta lozanía, afán y desvelo por ser caritativos, pacientes y humildes. La arrogancia del orgulloso, nos tritura el alma de la sencillez. ¡Restemos dolor!

     

  • Las calles y aceras; bienes de uso público

    Las calles y aceras; bienes de uso público

    Nadie es propietario de una calle o vía pública porque estas son un bien de uso público que todos, sin excepción, podemos utilizar de la mejor forma. El artículo 571 del Código Civil de El Salvador define los bienes nacionales de uso público al ser del dominio de la Nación en su totalidad. Puntualmente se refiere a calles, plazas, puentes y playas.

    A mí ni a ningún compatriota, salvo ciertas regulaciones, me pueden prohibir que yo haga uso de una playa, de un puente, de una plaza o parque, de una calle o de cualquier sitio nacional, salvo que incumpla alguna normativa o  que atente contra la moralidad o los intereses o derechos de los demás. Por ejemplo, no puedo andar desnudo en la playa, en los parques o en la vía pública o no puedo estacionarme a media calle o en un sitio donde infrinja las leyes o normativas de tránsito las cuales son de estricto cumplimiento.

    Entonces, si no está normado, nadie puede prohibirme que yo me estacione en cualquier calle o avenida, salvo en ocasiones o situaciones especiales. No puedo ni debo estacionarme en lugares donde interfiero una procesión, un entierro, un acto público, un desfile, mucho menos frente a una cochera o en una salida o entrada de emergencia de un centro hospitalario, una clínica, un centro escolar, una iglesia, un lugar protegido o  un sitio prestablecido temporal o definitivamente.

    La realidad en todo el país es que personas particulares se han adueñado de las aceras y las calles, impidiendo o limitando el libre tránsito de los ciudadanos. Muchas personas particulares y comerciantes han llenado de obstáculos las calles al colocar barriles, conos, piedras y cualquier tipo de objeto para no permitir el estacionamiento. Algunos hasta escriben “exclusivo para clientes” atribuyéndose como suyos un bien común.

    Últimamente se conocen muchos casos de personas que han puesto rejas en las aceras para colocar sus negocios, afectando el paso peatonal, pues obliga a todas las personas a bajarse a la calle y exponerse a ser atropellados. Otros hasta se han tomado parte de las calles para exponer los productos que ofrecen a los transeúntes.

    El colmo es que en muchos sitios principalmente en las grandes ciudades, hay personas que han hecho de las calle y avenidas su negocio, pues colocan obstáculos y les cobran a las personas que han hecho uso de eso espacios públicos. En lugares próximos a las playas, en las zonas de abundante comercio o sitios de diversión es imposible encontrar espacios donde estacionarse porque los “dueños de las calles” han colocado obstáculos que retiran solo si la persona les paga por horas.

    El problema es serio y mucho más lo es en los municipios turísticos en los cuales hallar espacio para estacionarse es sumamente complicado, pues los obstáculos en las calles son parte del paisaje y para tener derecho a parquearse en la vía pública hay que pagar. Uno va a los distritos de la Ruta de Las Flores o a las zonas costera y si no pagamos no encontramos sitios disponibles.

    En los pueblos del interior del país el problema es complejo porque culturalmente los vecinos han considerado como suya la calle que pasa frente a sus viviendas. Constantemente se originan pleitos porque alguien se estacionó frente a la vivienda, sin obstruir ninguna cochera o salida de emergencia.

    Las alcaldías, amparadas en su autonomía, deben crear ordenanzas para darle vida al artículo 571 del Código Civil y prohibir todo obstáculo en la vía pública, asimismo debe evitar que los propietarios de viviendas, predios o edificios a la orilla de calles o avenidas se apropien para ellos el uso exclusivo de estacionarse frente a sus propiedades. También debe prohibir que se tomen tramos de las aceras o que impidan el libre tránsito de los peatones.

    Las ordenanzas deben ser permanentes y de estricto cumplimiento. Los Cuerpos de Agentes Municipales y la Policía Nacional Civil (PNC) deben garantizar los derechos de todos los ciudadanos y proceder al retiro inmediato de todo obstáculo en calles y aceras. Deben multar a quienes violen las leyes y  sancionar con base a la legislación nacional.

    La alcaldía de San Salvador Centro realiza operativos esporádicos para retirar los obstáculos y prohibir que algunas personas se apoderen de las calles y cobren, con un tarifario ilegal, por permitir el estacionamiento en la vía pública. Estas personas pueden ser sancionadas con multas de hasta $900. Recientemente hasta procedieron a retirar vehículos chatarra o abandonados en las calles porque interfieren con el libre tránsito vial y peatonal.

    Los otros 43 municipios deben emular a San Salvador Centro y crear ordenanzas o contravencionales que abusen de la vía pública y expongan a peatones y conductores. Nadie es dueños de las calles o aceras y salvo en situaciones reguladas temporal o definitivamente, todos podemos hacer uso peatonal de las aceras y uso vial de las calles en todo momento.

    * Jaime Ulises Marinero es periodista

  • Un año de cambios: una forma sencilla de volver a la lectura diaria

    Un año de cambios: una forma sencilla de volver a la lectura diaria

    En medio de tantas ocupaciones, del ruido constante y de la prisa que parece no detenerse, muchos nos hacemos una pregunta sencilla, pero profunda: ¿cómo volver a leer cada día?

    Buscando una respuesta, llegó a mis manos un libro completo y profundamente inspirador: “UN AÑO DE CAMBIOS”, de Nicolás Tranchini. Y debo decirlo con sinceridad: no es solo un libro, es una invitación. Una invitación a detenernos. A pensar. A volver al alma.

    Una lectura para cada día

    Este libro tiene una propuesta sencilla y poderosa: una página por día. Son 365 reflexiones, una para cada jornada del año. No abruma. No exige. No compite con el tiempo. Al contrario, se adapta a la vida.

    Cada lectura es breve, pero directa. Habla de lo cotidiano, de lo que vivimos todos: decisiones, dudas, metas, temores, anhelos. Y lo hace con un lenguaje claro, cercano, humano. Por eso me llamó la atención. Porque no se queda en lo teórico; toca la vida real.

    Leer también es volver al corazón

    Algo que me impactó desde el inicio es que este libro no solo busca informar, sino transformar. Cada página está escrita como si alguien hablara directamente al lector. Como una conversación sincera, sin rodeos, “de corazón a corazón”.

    Y eso tiene un valor enorme. Porque hoy leemos mucho… pero reflexionamos poco. Consumimos contenido… pero pocas veces nos detenemos a pensar en lo que realmente importa. Este libro rompe ese ritmo. Nos obliga, con suavidad, a hacer una pausa.

    Una pregunta que cambia la vida

    Quiero detenerme en el primer capítulo, que me pareció un ejemplo claro del espíritu del libro. Se titula: “Mi objetivo de vida: ¿Qué quiero?” Parece una pregunta sencilla. Pero no lo es.

    Tranchini toma como base un texto profundo del Salmo 27:4, donde el rey David expresa un deseo central: habitar en la presencia de Dios, contemplar su hermosura, vivir en comunión con Él. A partir de allí, el autor lanza una pregunta directa al lector: ¿Qué es lo que realmente quieres en la vida?

    Y no se trata de responder rápido. Se trata de detenerse.

    Elegir lo verdaderamente importante

    La reflexión lleva a una idea poderosa: David eligió bien. Eligió lo esencial. No eligió riquezas, poder o reconocimiento. Eligió a Dios. Y Tranchini lo traduce de una forma muy actual: “Quiero disfrutar a Dios”.

    Esa frase, Alfredo, me hizo pensar profundamente. Porque en medio de nuestras metas, nuestros proyectos, nuestras luchas diarias… muchas veces olvidamos lo esencial. Queremos muchas cosas. Pero pocas veces sabemos realmente qué queremos.

    Una lectura que ordena la vida

    El libro invita a algo muy sencillo, pero transformador: leer un poco cada día y reflexionar. No se trata de correr. Se trata de caminar. En medio del trabajo, del estudio, de las decisiones diarias, detenerse unos minutos para leer y pensar puede cambiar el rumbo del día… y, poco a poco, el rumbo de la vida.

    Como bien señala el autor, cuando Dios se convierte en nuestra mayor aspiración, todo comienza a tomar su lugar.

    Leer para vivir mejor

    Esta experiencia me confirma algo que he dicho muchas veces: la lectura no es solo un hábito intelectual, es una herramienta de vida. Leer desarrolla el lenguaje, sí. Pero también ordena el pensamiento. Fortalece el carácter. Y nos ayuda a tomar mejores decisiones.

    Una persona que lee con intención… vive con mayor claridad. Por eso recomiendo este libro. Y también cualquier otro que invite a reflexionar, a crecer, a detenerse.

    Una invitación sencilla, pero urgente

    Hoy vivimos en un mundo donde el dedo no se detiene: deslizamos la pantalla sin fin, buscando algo que muchas veces no encontramos. Pero tal vez lo que necesitamos no está en la siguiente publicación… sino en una página bien leída.

    Este libro y otros similares, pueden ser una puerta de entrada. No exige mucho tiempo. Pero ofrece mucho valor.

    Epílogo: volver a lo esencial

    Al cerrar este libro, uno no termina… comienza. Comienza a pensar distinto. A priorizar mejor.
    A buscar con más sentido. Porque al final, la vida no se trata de hacer más cosas, sino de elegir mejor. Y quizás, como decía Kierkegaard, “lo que necesitamos es ser personas de un solo deseo: vivir con propósito”. La lectura puede ser ese camino silencioso que nos guía.

    Como dice el libro de Proverbios: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).

    Leer bien también es guardar el corazón. Es cuidar lo que entra en nuestra mente y en nuestra alma. Y cuando eso ocurre, algo empieza a cambiar… no en el libro, sino en nosotros.

    *Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. 

    alfredocaballero.consultor@gmail.com 

     

     

     

  • Los profetas del despeñadero

    Los profetas del despeñadero

    El extraño ‘nuevo intento’ de atentar contra Donald Trump (si es que ese era el objetivo), amerita que se reflexione con cuidado.

    Trump, está claro, es solo un accidente en este proceso enrevesado y alucinado de llevar al planeta a un cuadro de desquiciamiento. Mañana, Vance, el actual vicepresidente, u otro personaje del fantasmagórico MAGA, podría tomar la estafeta y seguir desarrollando el libreto. Es lo de menos.

    Lo que hay detrás de todo esto es a lo que resulta necesario prestarle atención: la ‘fusión comercial’ de la industria militar con algunas de las empresas tecnológicas residentes en Silicon Valley.

    Muy pocos han analizado la fotografía del momento en que se realizó el juramento al ingresar a las fuerzas armadas norteamericanos de los representantes de Silicon Valley (Andrew Boz Bosworth, director de Tecnología de Meta y escudero de Mark Zuckerberg; Bob McGrew, exdirector de investigación de OpenAI y asesor en Thinking Machines Lab; Shyam Sankar, director de Tecnología de Palanti y Kevin Weil, director de Producto de OpenAI).

    En un mes fueron graduados como tenientes coroneles de la Reserva del Ejército de Estados Unidos, lo que a otros les lleva décadas… Parecen inocentes ‘patriotas’ tomando sus lugares en las trincheras, sin embargo, no es así: se trata de una convergencia de intereses corporativos donde cada quien pone lo suyo. ¡Las fieras olfateando la sangre fresca!

    Lo ocurrido en el hotel Washington Hilton, donde el 25 de abril se encontraba Donald Trump, es nada comparado con esta operación de fusión del complejo militar-industrial y las corporaciones tecnológicas. Sin embargo, por lo que se observa en las imágenes que han circulado segundos antes y después del ‘nuevo intento’ de atentado contra Trump al parecer  ni la seguridad del presidente (el Servicio Secreto) ni las otras agencias de seguridad ni las corporaciones tecnológicas (que dicen controlar a millones de personas en Estados Unidos y en todo el mundo por medio de Facebook, Instagram, X…) pudieron prever la incursión de Cole Tomas Allen, el supuesto tirador, en el hotel Washington Hilton.

    Si es verídico este ‘nuevo intento’ de atentar contra Trump (desconfiar de un mentiroso compulsivo como Trump no es apelar a teorías de la conspiración), en realidad todo ese dispositivo de seguridad que rodea al presidente norteamericano es una ruina.

    Por las imágenes que se han difundido, es posible observar lo siguiente: 1) el supuesto tirador contra Turmp (aunque se dice que hizo un único disparo a un oficial de seguridad, pero no a Trump, porque no accedió al salón donde se celebraba el cónclave con la prensa) pasó raudo frente a un control de seguridad y después de eso, se asegura, disparó; 2) Cole Tomas Allen se ‘tropezó’ (¿cómo?), pero no le dispararon aunque lo tuvieron a tiro; 3) cuando el escándalo llegó al salón donde se encontraba Trump (el supuesto tirador,  Cole Tomas Allen, de 31 años), lo que se distingue en las imágenes disponibles al público es curioso. En primer lugar, el Servicio Secreto, a quien primero evacuó es al vicepresidente Vance. En segundo lugar, la esposa de Trump, Melania, se metió debajo de una mesa. En tercer lugar, cuando los del Servicio Secreto llegaron por Trump, este estaba como alelado tratando de procesar la escena y hacía unos pocos segundos alguien había estado enseñándole algo en un papel (¿distrayéndolo?), lo levantaron de la silla y el señor casi octogenario se cayó al suelo, lo alzaron y se lo llevaron (después Trump dijo que él no se levantó porque observaba la escena, pero no es así, las imágenes lo contradicen).

    En verdad, se trata de hechos extraños que, por descontado, nadie va aclarar.

    Entonces, si la seguridad del presidente norteamericano es pura chapuza (¡Cole Tomas Allen era huésped del Washington Hilton!), en tanto que un ciudadano medio, harto del despelote que ha armado Donald Trump en Estados Unidos y en el mundo se decidió a ir tras el cordero, pues las cosas están muy mal en la potencia militar más poderosa en este momento.

    La situación para esta administración norteamericana es complicada, porque no solo ha decrecido la simpatía por Donald Trump y el Partido Republicano con elecciones a la vista en noviembre, sino que la economía corre el riesgo de ‘la destrucción de la demanda’, como consecuencia de la guerra contra Irán, en la que Estados Unidos lleva gastados por lo menos ¡25 000 millones de dólares!

    A los profetas del despeñadero les tiene sin cuidado los costos materiales y humanos que toda esta absurda guerra acarreará. Su mirada está puesta en las ganancias y en las utilidades que el desorden mundial genera.

    Y para blindar esto, los nuevos tenientes coroneles de Silicon Valley están allí

    *Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

     

  • ​El fútbol salvadoreño:  Entre el tráfico de influencias y el hambre del jugador

    ​El fútbol salvadoreño:  Entre el tráfico de influencias y el hambre del jugador

    El fútbol en El Salvador ha vivido durante décadas bajo una sombra espesa. Cuando no eran los escándalos de amaños que avergonzaron al país, eran los rumores pasilleros sobre cómo se conforman nuestras selecciones menores. Por años, el secreto a voces ha sido el mismo: que para que un joven llegue a ponerse la azul y blanco en categorías inferiores, a veces pesa más el «tráfico de influencias», el ser «hijo de» o el pago de favores, que el talento puro.

    ​Recientemente, el despido de un técnico de ligas menores bajo el rótulo de «faltas a la ética» nos recuerda que esos vicios siguen ahí, enquistados. Y aunque no se hagan públicos los detalles, los que hemos tenido hijos en estas ligas sabemos que el barro viene de lejos. Si el mérito se subasta o se transa por influencias, estamos matando el fútbol desde la raíz.

    ​Pero hay un problema más profundo y cruel del que poco se habla: el maltrato laboral. Se nos olvida que el futbolista es un empleado. Es un padre de familia que tiene facturas que no esperan. Es indignante ver cómo directivas y dueños de equipos deciden, unilateralmente, que no pagan porque «no hubo resultados».

    ​¿En qué otra profesión se acepta que si no «ganas el partido» no comes ese mes? A la distribuidora de energía, a la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) o al colegio de los hijos no se les puede decir: «espérenme diez días a que la directiva quiera pagar». El hambre no tiene calendario y las facturas no saben de tácticas de juego. Que los jugadores hoy se atrevan a denunciar estos impagos no es indisciplina; es el ejercicio mínimo de su dignidad frente a un sistema que los ha tratado como mercancía desechable.

    ​El cambio real que debe impulsar esta nueva gestión en la federación no solo es limpiar las finanzas, sino profesionalizar la vida del jugador. No podemos seguir obligando a nuestros jóvenes de 14 o 15 años a elegir entre el estudio o el balón. Esa dicotomía es una condena a la pobreza.

    ​La carrera del futbolista es corta, termina a los 30 o 34 años. Si no les permitimos formarse, si no adaptamos los entrenos para que saquen carreras universitarias, los estamos enviando directo al olvido o a la migración forzada. Ya hemos visto a grandes talentos, como los hermanos Corrales y tantos otros, terminar trabajando en Estados Unidos en oficios ajenos al deporte o sobreviviendo con pequeñas academias porque el sistema les cerró las puertas del conocimiento mientras les exigía sudar la camiseta.

    ​Sanear el fútbol salvadoreño no es solo ganar partidos con la mayor. Es erradicar el tráfico de influencias en las ligas menores, asegurar que el jugador reciba su salario a tiempo como cualquier trabajador y permitir que el atleta sea también un profesional académico.

    ​Yamil Bukele ha tomado las riendas en un momento crítico y es evidente que un par de meses no bastan para limpiar décadas de basura, pero el rumbo debe ser claro: ni un centavo más al corrupto, ni un día más de hambre para el jugador, y ni un joven más obligado a elegir entre su talento y su futuro.

  • León XIV golpea a Trump sin subirse al ring

    León XIV golpea a Trump sin subirse al ring

    “Viéndolo bien mirado”, como diría el mexicano Pedro Infante en una de sus canciones, tal vez solo un Papa esté en capacidad de hacer lo que León XIV ha hecho con el presidente de EE UU: golpearlo fuerte, sin siquiera haberse subido al mismo ring.

    Donald J. Trump es y ha sido siempre un bully, un acosador, alguien acostumbrado a abusar –al menos verbalmente– de quienes cree inferiores a él. En la historia de EE UU, pese a la personalidad volátil que tuvo Andrew Jackson (1829-1837) o el vigor avasallante que caracterizó a Teddy Roosevelt (1901-1909), nadie como el actual inquilino de la Casa Blanca había embadurnado con tanta superflua testosterona la agenda política, económica y social del país más poderoso de la tierra.

    Es posible que muchos de quienes hoy apoyan a ojos cerrados a Trump un día lleguen a preguntarse, con honestidad intelectual, cómo pudieron ser capaces de creer y seguir a alguien con estos rasgos patológicos tan marcados. Y acaso suceda, como en su día ocurrió con el régimen de Adolf Hitler, que ciertos líderes del espíritu –de la talla del pastor protestante Dietrich Bonhoeffer (1909-1945), asesinado por los nazis– nos ayuden a reflexionar sobre las razones que llevaron a tantas personas a apoyar, hasta sus últimas consecuencias, un movimiento político tan claramente antidemocrático como el trumpismo.

    Mientras ese día llega, sin embargo, quienes defendemos principios de libertad debemos insistir en señalar el tipo de conflictos que Trump ha ido desatando, para bien y para mal, en este su controversial segundo mandato. Es evidente, por ejemplo, que extraer a Nicolás Maduro o presionar a la tiranía castrista son medidas que muchos esperábamos desde hacía tiempo. La caída de ambas dictaduras, si en verdad se quiere lo mejor para venezolanos y cubanos, es deseable casi desde cualquier ángulo.

    El problema con el presidente de EE UU es que no termina de cerrar los ciclos que inicia. La libertad se vislumbra –cómo no– en las patrias de Bolívar y Martí, ofreciendo esperanza, pero los días pasan sin que el chavismo inicie oficialmente su retiro definitivo o que el castrismo empiece a abandonar el poder.

    Los innecesarios alargues de Washington solo producirán frustración y agotamiento, pues la falta de avances reales termina siendo contraproducente cuando se tiene a una ciudadanía opositora sufriendo desde hace décadas. Paradójicamente, los alzamientos populares que Trump quiere ver en las calles de Teherán no los ha exigido igual en Caracas, y jugar con estas expectativas demuestra cuán lejos se encuentra Washington de los anhelos liberales de esos países que interviene.

    La situación de Irán ya lo hemos comentado ampliamente en esta columna. Se trata de un despropósito mayúsculo en un momento inadecuado. Por supuesto que era importante poner fin a la carrera nuclear chiita y debilitar a un régimen tan despiadado, pero atacar a los ayatolás de la manera en que se ha hecho, sin una estrategia de corto y mediano plazo y sin medir las consecuencias para el resto del mundo, amenaza con convertirse en el peor error de la era Trump.

    Cualquiera entiende que abrir más frentes de combate es lo que menos necesita la Casa Blanca en estos momentos; pero pareciera que el presidente tiene el secreto propósito de pelearse con la mitad del planeta. Y así, quizá por las mismas razones psicológicas esbozadas arriba, alguien en Washington creyó una buena idea insultar al Papa, líder espiritual de casi 1.500 millones de personas.

    “Dios no bendice ningún conflicto”, había escrito León XIV en su cuenta de X a principios de abril, justo al inicio de la Pascua, saliendo al paso de posibles confusiones generadas por ciertos funcionarios republicanos que aludían a la doctrina católica de la “guerra justa” para justificar los ataques a Irán. “Quien sea discípulo de Cristo, Príncipe de la Paz, jamás estará del lado de aquellos que una vez empuñaron la espada y hoy lanzan bombas”.

    Palabras demasiado directas para el frágil ego de Trump, que, fiel a su estilo, respondió de la única forma que sabe: con ofensas personales y olvidándose del fondo de la cuestión. Acusó al pontífice de “débil en materia de delincuencia” y de ser “terrible en política exterior”, le colocó delante de una disyuntiva falsa –“No quiero un papa que piense que está bien que Irán tenga un arma nuclear”– y aludió a que León era complaciente “con la izquierda radical”. Una andanada, en fin, de necedades.

    ¿Cómo respondió el Vicario de Cristo? Con su habitual serenidad y hasta una dosis de gracia. Recordó al mandatario, compatriota suyo, que la labor que ejerce al frente de la Iglesia no es política –en el sentido en que suele entenderse el término–, que iba a continuar pronunciándose “con fuerza” contra la guerra y que no le animaba ninguna intención de “entrar en un debate” con Trump, de cuya administración dijo no albergar temores. “Demasiadas personas están sufriendo en el mundo”, concluyó, restándole importancia al cruce de posturas. Suficiente.

    Una reacción controlada frente a una arremetida descontrolada es la mejor forma de golpear a un matón sin ingresar al perímetro de su cuadrilátero. El daño que se causa a sí mismo el presidente norteamericano, arremetiendo contra León XIV, ya se refleja en las encuestas y tendrá sus efectos electorales en noviembre. Pero la historia ofrecerá, como es habitual, el mejor veredicto… y no creo que quien termine en la lona sea el Papa.

  • Justicia y verdad para las víctimas de las pandillas criminales en los macrojuicios 

    Justicia y verdad para las víctimas de las pandillas criminales en los macrojuicios 

    Por años, en el escenario del drama penal, el protagonismo fue casi exclusivamente al victimario. El delincuente, con su parafernalia de violencia y poder, ha secuestrado no solo la paz social, sino también la narrativa de la justicia. Sin embargo, como bien hemos sostenido en la tradición de la victimología, la verdadera medida de una sociedad no se encuentra en la severidad de sus prisiones, sino en la capacidad de mirar a los ojos a quienes sufrieron el daño y devolverles su dignidad, el no fallarles.

    El Salvador desarrolla durante este año 2026 las audiencias únicas abiertas que ya son varias en diferentes tribunales especializados. La apertura de la audiencia única abierta contra la estructura de mando de la MS-13, desde sus cabecillas hasta sus mandos medios, por crímenes cometidos en el decenio de 2012 a 2022, no debemos comentarlo como un trámite procesal más; es un acto de exhumación de la verdad, de crímenes atroces contra la sociedad salvadoreña en especial para los sectores más vulnerables en comunidades, cantones, caseríos entre ellos la micro y pequeña empresa.

    Desde la perspectiva criminológica, la víctima ha sido, históricamente, el «invitado de piedra» en el proceso penal. Durante la década en cuestión, miles de salvadoreños vivieron bajo un régimen de terror donde la denuncia era una sentencia de muerte. Ese silencio forzado constituye en parte lo que denominamos victimización secundaria: el Estado no pudo protegerles y el sistema les condenó al anonimato, incluso al olvido.

    Visibilizar a las víctimas en este macroproceso contra la MS-13 es fundamental por la ruptura del estigma, ya que, durante años, se intentó criminalizar a las comunidades enteras bajo el control de pandillas. Darle rostro a la víctima permite diferenciar al ciudadano vulnerable del actor criminal, rompiendo el ciclo de prejuicios que les cometía otra victimización a los sectores más pobres. Estas audiencias en mi opinión deben servir para reconstruir el itinerario criminal de la pandilla. No basta con saber «quién mató», sino «cómo» se estructuró un sistema de victimización sistemática que incluyó entre otros homicidios, desapariciones, extorsiones, violaciones sexuales y desplazamientos forzados internos y externos entre 2012 y 2022 al menos en este proceso que se desarrolla en varios centros penitenciarios del país siendo el centro de atención el CECOT.

    Para una madre que buscó a su hijo durante diez años, ver al cabecilla en el banquillo de los imputados por crímenes que dañan a la humanidad no sirve de consuelo; es la validación estatal de su dolor y de conocer a dónde se encuentran esas fosas clandestinas. Estamos ante un fenómeno de macrocriminalidad. Los delitos imputados no son hechos aislados, sino parte de una política de grupo criminal terrorista. Por ello, la victimología moderna nos exige que este proceso no se agote en la condena punitiva. La visibilidad es el primer paso hacia una reparación integral.

    Si el proceso penal solo se enfoca en castigar al imputado, habremos cumplido con el Derecho Penal, pero habremos fracasado con la Criminología y Victimología. Es imperativo que esta y otras audiencias únicas abiertas permitan que los relatos de las víctimas permeen la conciencia colectiva. Solo así el «nunca más» dejará de ser una consigna para convertirse en una realidad estructural.

    Como profesional del control social y el estudio del crimen, observo con rigor este avance, lo sigo, lo estoy midiendo. El Salvador tiene la oportunidad de transitar de una «justicia del espectáculo» que se desarrolló en ese mismo periodo donde no se les abrieron las causas, por el contrario, hubo impunidad, a una justicia de la memoria. Visibilizar a las víctimas de la MS-13 es la única vía para sanar y restaurar el tejido social. Sin ellas, el juicio es solo un expediente; con ellas, es un acto de redención nacional.

    La justicia que llega tarde sigue siendo justicia, pero solo si es capaz de recordar los nombres de aquellos a quienes el terror intentó borrar y hacerles invisibles por siempre. Es momento que ya no podemos continuar retrasando que el sistema de justicia y penal deje de ser un monólogo sobre el delincuente con todas las garantías para protegerle, y se convierta en un momento de sanidad y restauración para las víctimas de las pandillas. Los cabecillas de la MS13 pensaron que sus graves crímenes de ese período seguirían en la impunidad, pero por fin llego el momento de la justicia, queda esperar la sentencia de esta macrojuicio.

    *Por Ricardo Sosa / Doctor en Criminología / Egresado doctorado en Justicia Criminal / @jricardososa 

  • La protección de datos en la era digital: del derecho a la responsabilidad

    La protección de datos en la era digital: del derecho a la responsabilidad

    Millones de personas publican -a diario- aspectos de su vida privada en redes sociales, aceptan condiciones de uso sin leerlas, permiten el rastreo de su actividad en buscadores y aplicaciones, y proporcionan datos sensibles a cambio de servicios aparentemente gratuitos. Los pagos digitales, la banca en línea y los trámites por internet se han convertido en fuentes constantes de cesión de datos. La huella digital que cada individuo deja tras de sí no es solo extensa, sino también profunda: permite reconstruir hábitos, preferencias, relaciones e incluso estados emocionales.

    La protección de datos —información personal, cuentas bancarias, historial médico, hábitos, etc.— es hoy un tema especialmente sensible y objeto de creciente reflexión jurídica, en la medida en que obliga a replantear qué pertenece al ámbito de lo público y qué debe permanecer en lo privado.

    En las últimas décadas se ha producido un cambio profundo en la forma de entender la intimidad. Tradicionalmente, el derecho a la vida privada se concebía como un espacio de reserva frente a injerencias externas: cada persona tenía derecho a impedir que otros accedieran a su ámbito personal sin su consentimiento. Sin embargo, la irrupción de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial ha transformado radicalmente este escenario.

    En respuesta a esta transformación, el derecho a la protección de datos personales ha sido reconocido en diversas legislaciones como una forma de garantizar el control sobre la propia información. En principio, cada individuo debería poder decidir qué datos proporciona, a quién, con qué finalidad y durante cuánto tiempo. Este derecho incluye también la posibilidad de acceder a esa información, rectificarla o eliminarla. Se trata, por tanto, de un derecho personal que, aunque deriva de la intimidad, adquiere una dimensión nueva.

    Sin embargo, este avance jurídico convive con una paradoja inquietante: nunca antes los individuos han compartido tanta información de forma voluntaria.

    La aparición de la inteligencia artificial intensifica aún más este desafío. A diferencia de tecnologías anteriores, la IA no solo almacena información, sino que es capaz de analizarla, relacionarla e inferir nuevos datos a partir de ella. El trabajo de filtrar y procesar información, que antes recaía en personas, ha sido asumido por sistemas automatizados. Esto implica que incluso datos aparentemente inocuos pueden revelar aspectos muy significativos de una persona. Las conversaciones, las búsquedas y los patrones de uso se convierten así en materia prima para la construcción de perfiles cada vez más precisos.

    Esta exposición masiva no es casual, sino estructural. Responde a un ecosistema digital diseñado para fomentar la participación constante. Las plataformas recompensan la visibilidad con reconocimiento social, mientras que la inmediatez reduce los espacios de reflexión. En este contexto, el consentimiento, aunque formalmente presente, suele ser débil, cuando no meramente ficticio.

    Cabe entonces preguntarse: ¿tiene sentido seguir hablando de un derecho fundamental a la protección de datos cuando somos nosotros mismos quienes, en gran medida y muchas veces sin plena conciencia, cedemos nuestra información? La respuesta es afirmativa, pero el enfoque debe matizarse. Este derecho sigue siendo imprescindible como límite frente a abusos y como garantía ante el poder de empresas y Estados. Sin él, el individuo quedaría completamente expuesto.

    Ante este panorama, resulta imprescindible promover una verdadera cultura de la intimidad. La libertad en el entorno digital no consiste en compartir sin límites, sino en hacerlo con criterio. La protección de datos, en última instancia, no es solo un derecho que se ejerce frente a otros, sino una responsabilidad que cada individuo asume respecto de sí mismo.

    Conviene, por tanto, revalorizar el concepto de intimidad en un mundo hiperconectado. Cada acción digital deja una huella y contribuye a configurar quiénes somos. El simple gesto de hacer clic no es neutral: tiene una dimensión moral. El riesgo ya no es solo la posible invasión de la privacidad, sino la progresiva pérdida de la interioridad. Porque quien lo expone todo hacia afuera, termina, poco a poco, por vaciarse por dentro.

    El problema, por tanto, ya no es únicamente jurídico, sino también antropológico. La protección legal, siendo necesaria, resulta insuficiente si no va acompañada de una toma de conciencia personal. Existe una dimensión ética de la intimidad que no puede ser delegada en la ley. Proteger los datos personales no consiste únicamente en exigir derechos, sino también en ejercer un criterio prudente sobre lo que se comparte. En este sentido, la intimidad deja de ser solo una obligación de los Estados y pasa a convertirse en una forma de autogobierno. No se trata de ocultarse, sino de decidir conscientemente qué aspectos de la vida deben permanecer en el ámbito personal.

    *El padre Fernando Armas Faris es sacerdote y Doctor en Filosofía 

  • ¿Para qué estudiar en la Universidad?

    ¿Para qué estudiar en la Universidad?

    Mientras muchos jóvenes anhelan estudiar una carrera universitaria, otros se desencantan y comentan que estudiar una carrera universitaria ya no vale la pena. Sin embargo, nos hacemos una interrogante que nunca pasará de moda: ¿Podrá la humanidad vivir sin profesionales?

    En publicación en La Prensa Gráfica (3 de enero de 2024) comenté: Estudiar permite entrar a oportunidades laborales, ayuda al ser humano a tener mejores relaciones humanas y comunicativas, se logra potenciar las habilidades técnicas e intelectuales. En sí, estudiar no solo sirve para tener estabilidad económica, sirve para lograr desarrollar la variedad de inteligencias múltiples.

    En todos los países, sean o no desarrollados, siempre habrá profesionales que lograron encontrar el éxito a través de una carrera universitaria. No se estancaron; la misma vida les dijo que buscaran otras oportunidades o que se hicieran emprendedores.

    La inteligencia artificial está haciendo que algunas carreras universitarias ya no tengan el mismo auge; aunque, eso no quiere decir que las universidades desaparecerán. Es importante que las universidades sigan realizando transformaciones en su currículo. Que innoven e incorporen carreras universitarias acordes a la realidad global.

    Según Oscar Picardo Joao, “de cada 10 niños que terminan sexto grado, solo cuatro terminan bachillerato, solo dos ingresan a la universidad y solo uno se gradúa de la universidad”. Es un privilegio, un honor, el que logra inscribirse en una universidad. Más, si logra graduarse y poner en práctica todo lo aprendido.

    Siempre se los he dicho a mis alumnos: la universidad les ayuda a cultivar el pensamiento crítico, a aportar nuevos conocimientos; les ayuda a cimentar su vida como profesional. Sin profesionales una nación no avanza hacia el desarrollo.

    Hay muchos distractores y personas con pensamiento retrógrados que manifiestan que estudiar en la universidad es una pérdida de tiempo; que ahora se gana más siendo influencer, tiktoker o youtuber. Siempre tendremos a personas con esas ideas. También hay muchos profesionales en el mundo de los influencers (llámese emprendimiento).

    A través de la historia, las universidades han sido la piedra angular para que muchos jóvenes logren cumplir sus sueños y sean útiles en la sociedad. Ser profesional no es para todos; se necesita agalla, esfuerzo y dedicación para cumplir la meta: graduarse.

    En las universidades también se inscriben muchos jóvenes que no culminan su carrera universitaria. Eso no quiere decir que son fracasados. Algo útil aprendieron. Todo lo que se aprende en la vida nunca se olvida.

    Aclaro, no todos los jóvenes (…) tienen la oportunidad de estudiar en la universidad, razones hay muchas, especialmente la económica. Aunque se evidencia, según estadísticas, que la mayoría de estudiantes universitarios también tienen una plaza laboral. Con ese trabajo pagan su carrera universitaria.

    En otro contexto, ya he recomendado que los recintos universitarios que se encuentran en la Universidad de El Salvador, edificios que están en desuso, pudieran ser refugio de estudiantes de escasos recursos económicos. Las autoridades deberían acomodar las habitaciones para que muchos jóvenes tengan techo y puedan estudiar en la única universidad pública del país. Muchos sueños se truncan al no proporcionar oportunidades.

    Es importante estudiar en la universidad; ya que, se logra salir adelante, se empodera el grupo familiar y un país tiene mejor visualización de progresar con profesionales comprometidos en forjar una mejor nación. En algún lugar del planeta, un joven está estudiando una carrera universitaria en modalidad presencial o virtual. Su destino lo ha escogido. Otros se encaminarán a llevar a cabo otras actividades o trabajos en la vida. Cada ser humano labra su propio destino.

    El que estudió y triunfó podrá contestarse la interrogante de este artículo; el que no lo hizo también debe preguntarse cuál es la importancia de estudiar en la universidad. Eso sí, tener un título a veces no es garantía total de triunfos.

    * Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

  • Marranos

    Marranos

    Al vivir en México una especie de autoexilio desde el 31 de octubre de 1983 hasta el 5 de enero de 1992, se me abrió un mundo lleno de nuevas e importantes experiencias. Además de la solidaridad recibida y las amistades cultivadas en un país en el cual los derechos humanos valían “del esmog para arriba” ‒en palabras de un salvadoreño pionero en su defensa dentro de El Salvador‒ descubrí sabores, olores y lugares; me metí en la academia y la investigación; disfruté del arte y la cultura como nunca siendo flechado por su literatura, pintura y música. Dentro de este último ámbito conocí artistas entonces emergentes, como Armando Rosas y la Camerata Rupestre; de quienes ya tenían cartel, entre algunos nombres, puedo mencionar a Los Folcloristas y Tania Libertad. Ambos ensambles musicales y la solista peruana mexicana, participaron solidariamente en algunos de los eventos públicos que organizamos cada noviembre en el Centro “Fray Francisco de Vitoria”.

    Asimismo, tuve la suerte de que la oficina de dicho organismo perteneciente a los frailes dominicos estuviera ubicada en el Centro Universitario Cultural que se encontraba ‒pasaje de por medio‒ contiguo a la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México. ¿Por qué la suerte? Pues porque cerca del edificio de los religiosos aludidos había dos librerías de vanguardia, famosas en aquella época: la “Gandhi” y la “Salvador Allende”. No recuerdo en cual encontré un casete imperdible cuyas rolas eran parte del primer disco de “El Personal”, grupo surgido en Guadalajara durante la segunda mitad de la década de 1980. Al día de hoy se asegura que “sigue siendo la banda de culto que marcó la escena local y nacional desde entonces, con una historia llena de mitos y leyendas marcadas por éxitos musicales como ‘No me hallo’ y ‘La tapatía’”.

    Pero no son ese par de canciones las que me interesa traer a cuenta, sino una titulada con la primera de sus frases. “Nosotros somos los marranos”, dice y continúa así: “nos divertimos como enanos; nosotros somos los cochinos, nos divertimos como chinos”. Luego se escucha lo central de su mensaje sarcástico. “Hay que acabar con esta tierra, ¡sí!, desde la playa hasta la sierra, ¡sí!; hay que acabar con el ambiente, ¡sí!, para que vean lo que se siente, ¡sí!”.

    ¿A cuenta de qué esta ocurrencia? Pues porque recién se conmemoró, precisamente, el Día Mundial de la Tierra que desde el 21 de diciembre del 2009 quedó establecido por la Organización de las Naciones Unidas. Y acá, en este paisito, la tierra nunca se ha protegido adecuadamente; tampoco se ha repartido justamente. Pero ahora, las cosas van para peor. Siendo arzobispo de San Salvador, monseñor Romero se refirió ‒en su homilía del 11 de marzo de 1979‒ al “gran problema ecológico”. Y pidió cuidar “que no se siga empobreciendo y muriendo nuestra naturaleza”. Años después, el 24 de mayo del 2015, el papa Francisco publicó su encíclica denominada “Alabado seas” que finalizó con una oración al “Dios de amor”, rogándole iluminar “a los dueños del poder y del dinero para que se guarden del pecado de la indiferencia, amen el bien común, promuevan a los débiles y cuiden este mundo que habitamos”.

    Pero, ¿por qué afirmo que la situación ha empeorado? Pues porque están por cumplirse siete años desde aquel 10 de junio del 2019; entonces, Nayib Bukele le ordenó públicamente a su ministro de Medio Ambiente y Recursos Naturales –su “compañerito” de bachillerato, Fernando López– agilizar el proceso para tramitar y emitir los permisos ambientales requeridos en el ámbito de la construcción. Ese fue el banderazo de salida oficial para que, junto a otras medidas y diversos estímulos para la inversión privada, comenzara la loca carrera por agravar la crisis en nuestro terruño.

    Ello pese a que el mentado López sostuvo en diciembre del mismo año ‒durante un evento organizado por el Sistema de Integración Centroamericana (SICA)‒ que El Salvador experimentaba “una degradación ambiental determinada por la deforestación, el deterioro de los suelos, el desarrollo territorial desordenado, la inseguridad hídrica y la alteración climática”. Pero la orden ya estaba dada y en casi siete años hemos visto cómo se erigen altas torres para oficinas y apartamentos; también cómo proliferan colonias construidas hasta encima de lava volcánica.

    Y al ver lo que ha venido ocurriendo desde hace décadas en la finca El Espino, agudizado durante la administración Bukele, volvamos a la referida rola de “El Personal” cuando sus integrantes corean que “hay que acabar con las especies, ¡sí!, con las aves y los peces, ¡ajá!, ¡sí!; que ya no quede nada vivo, ¡no!, el bosque es nuestro enemigo… ¡ay, ay, ay, ay!”.