Categoría: Opinión

  • El café y su legado en El Salvador

    El café y su legado en El Salvador

    Gracias a la Organización Internacional del Café (OIC), cada 1 de octubre se celebra el Día internacional del café. En esta ocasión hago reflexión sobre la importancia del café en el territorio salvadoreño.

    Es de reflexionar que los cafetales representan uno de los pocos bosques que nos quedan. Si fuimos uno de los exportadores pujantes de la región, sería recomendable que haya políticas públicas para empoderar más a la caficultura salvadoreña. El gobierno actual está haciendo su esfuerzo. Sin embargo, ¿qué se puede hacer si un finquero decide vender su finca o termina lotificándola?

    La caficultura ha tenido discursos de odio y de bonanzas, exhorto de odio debido a que hubo un momento histórico en el que pocas familias, exactamente 14, tenían el control político y económico en todo el territorio nacional. Luego, con las reformas políticas, vino la reforma agraria y todo cambió. De una forma u otra, la caficultura significó y continúa, aunque en menor escala, siendo el bastión del desarrollo económico del país.

    Gracias al café se construyó el emblemático Palacio Nacional, el Teatro de Santa Ana, el hospital Rosales, entre otros. La economía salvadoreña estaba bien, especialmente en los años en el que se bautizó al café como “Grano de oro”. Lástima que muchos cafetales estén desapareciendo.

    Son seis cordilleras cafetaleras que serpentean con su magia el territorio salvadoreño. Cuando visitaba La Unión; ya que, mi esposa es de esa ciudad, pregunté si en las faldas del volcán de Conchagua cultivaban café, eso debido a la altura. Me comentaron los oriundos del lugar que existió una finca grande en ese lugar.

    No soy ingeniero agrónomo; sin embargo, estudié un diplomado en Mayordomo de fincas cafetaleras en el extinto PROCAFÉ; además, realicé una investigación titulada: La caficultura de El Salvador y su resiliencia ante el cambio climático, precios internacionales y la falta de apoyo. Una crisis anunciada que se debe superar, la cual está en el repositorio del Instituto Salvadoreño del Café y en el repositorio de la Universidad de Sevilla (https://idus.us.es/items/f9a074f3-7e1d-45c2-9dec-b7d1b2f5b6ff).

    Quizá en estos momentos los precios del café a nivel internacional dan un respiro para los que nos dedicamos a la caficultura; aunque, hay factores como: las plagas, el encarecimiento de los pesticidas y fertilizantes, y el cambio climático que dificultan tener una finca bien cuidada. Nos ha tocado ser resilientes.

    Vuelvo a felicitar al Ministerio de Agricultura y Ganadería por el programa de Resiliencia Climática el cual beneficia a miles de pequeños agricultores, caficultores y hortícolas. Muchos cafetaleros con fincas pequeñas han revitalizado sus propiedades.

    En otro contexto, es de preocuparse el impacto negativo que está haciendo el cambio climático, en LA PRENSA GRÁFICA (3/04/2025) publiqué lo siguiente: El cambio climático está avisando que, en el futuro, será difícil cultivar café en las zonas bajas del país. Según Coffee Under Pressure (CUP): “… para 2050 las áreas aptas para el cultivo se concentrarán entre los 1,200 y 1,700 metros sobre el nivel del mar.…”.

    Cada año se va perdiendo el bosque cafetalero, somos menos de 19 mil caficultores según la Asociación Cafetalera de El Salvador. Lo importante es que contribuimos al medio ambiente, a la protección de la flora y fauna. En conclusión, ayudamos al ecosistema. Según datos, el café va perdiendo terreno, en el 2010, se cultivaban 217,000 manzanas. En el ciclo 2022-2023, el Instituto Salvadoreño del Café reportaba que el parque cafetalero era de 170,569 manzanas.

    Es momento de creer en la caficultura, en darle la oportunidad para que vuelva a ser uno de los principales rubros de la economía del país. Hemos sido resilientes, y todos los que estamos en el rubro de la caficultura sabemos de la importancia que tiene (…); además, el Gobierno está colaborando y, sin ver colores políticos y los diferentes sectores de la caficultura, le está dando respiro a este sector.

    Felicidades a todos los caficultores salvadoreños que hacen un gran esfuerzo para mantener uno de los pocos bosques que nos quedan.

    *Fidel López Eguizábal es docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

     

  • Ante un mundo cambiante, la fragilidad nos vuelve humanos

    Ante un mundo cambiante, la fragilidad nos vuelve humanos

    Todo está cambiando, nada permanece, es norma de vida. Por sí mismo, vivir es mudar de aires. Está bien anidar recuerdos que potencian la cátedra viviente, pero tampoco podemos quedarnos en el pasado, hay que hallarse en el presente para reencontrarnos con el futuro. Ciertamente, somos frágiles, pero el potencial es inmenso, además de que podemos compartir mutuamente las debilidades con nuestros análogos. Este acompañamiento puede ser fructífero sí, todas las partes, han experimentado la filiación y la fraternidad de pulsos. Por cierto, cuidar a los cuidadores va a ser esencial, ante el cúmulo de soledades impuestas; precisamente, es el darse y el donarse lo que nos hace actuar bien y sentirnos mejor.

    La sociedad debe apresurarse a atenderse y a entenderse, sobre todo a sus ancianos y niños. Indudablemente, estamos llamados a acoger el magisterio de la fragilidad, al menos para realizar una reforma indispensable en nuestra civilización, pues la exclusión afecta a todas las etapas de la vida. Sin duda, tenemos que ser más corazón que coraza y, de igual forma, más poesía que poder. Únicamente así, podremos reivindicar la necesidad de invertir en una economía del cuidado resiliente e inclusiva, incluido en el desarrollo de sistemas de cuidados y apoyo sólidos. En efecto, el crecimiento de la población y su envejecimiento, cuando menos debe hacernos repensar sobre la prestación de asistencia y acogida, favoreciendo una promoción humana integral de la persona.

    Ojalá nos ponga en acción el gesto humilde de la donación, un espíritu donante que parte y comparte. Tal vez, sería curativo, volvernos poetas en guardia permanente para revolvernos contra el egoísmo, poder salir de nosotros mismos e inclinarnos con amor hacia toda fragilidad. Desde luego, a poco que nos adentremos en nuestro interior, percibiremos que, si damos aliento, nosotros incluso hallaremos níveos soplos en los desalientos. De hecho, precisamente en la flaqueza, descubrimos quién nos vela y quién está con nosotros; máxime en un momento en que la impunidad ha permitido décadas de atrocidades. Bajo esta sombra nos hacemos fuertes, no con la ilusoria pretensión dominadora o de autosuficiencia, sino con la fortaleza de hacer humanidad y de sentirnos humanitarios.

    No tengamos miedo a la novedad, tan sólo ama, y verás que el mundo es distinto. Si a esta innata pasión auténtica, la completamos con reformular la enseñanza como una profesión colaborativa, respaldada por políticas, prácticas y entornos que valoran el apoyo mutuo, la experiencia participada y la responsabilidad conjunta, además de percibir que el ser humano vive de los cambios, nos daremos cuenta de que el mayor hallazgo pasa por hacer familia. Por ello, es vital conocerse y reconocerse en los lazos de unidad, porque ninguno puede desligarse realmente de nadie. Nada, por consiguiente, de lo que ocurra a las personas nos debe resultar ajeno, en un orbe cada vez más dominado por la dimensión tecnológica, desfigurando el encuentro entre corazones.

    Quizás debamos volver a la mar a reparar las redes vivenciales, volverlas menos virtuales y más físicas, para que nuestras propias miradas acaricien los vocablos del alma y donen luz, que nos liberen de las sombras. Hoy más que nunca, nos hacen falta mallas, que nos hagan redescubrir la belleza de lo auténtico, por vías menos digitales y más de escucha, donde ninguna burbuja de filtros pueda apagar la voz de los más indefensos. No olvidemos que el trabajo humanitario es una obligación moral, que todos debemos ejercitarlo, como hoja de servicio, de nuestro paso por este mundo injusto, que arde de inhumanidad y deshumaniza vínculos. Hacerse cargo, pues, del presente en su situación más angustiante, y ser capaz de injertarle dignidad, es la mejor opción a cultivar. ¡Hagámoslo!

  • Día del Niño

    Día del Niño

    La infancia no solo es la mejor época de nuestra existencia, sino también es la etapa que marca para siempre nuestras vidas. Los psicólogos aseguran que es en la (primera) infancia cuando los niños comienzan a moldear su personalidad y a acumular experiencias y recuerdos inolvidables, por lo cual sus vivencias deben ser positivas e idealmente llenas de amor y comprensión en un contexto social idóneo.

    Técnicamente la infancia llega hasta los 17 años. Desde que somos concebidos hasta el fin de nuestra niñez, la familia, la sociedad y el Estado están obligados a proteger y llenar de valores a los futuros ciudadanos, garantizando el acceso a la salud, educación, alimentación, techo, abrigo y sano esparcimiento.

    Los adultos estamos obligados por deber y humanidad a llenar de gratos momentos la vida de los niños. El periodista y pensador estadounidense Robert Brault dijo alguna vez: “La risa de un niño es la música más hermosa del mundo” y vaya que tuvo razón. Los adultos estamos obligados a convertir en un carrusel de alegría la vida de los niños para que ellos, como futuros ciudadanos, lleguen a ser personas valiosas para la sociedad.

    La destacada novelista de suspenso, la inglesa, Agatha Christie señaló que a todo adulto útil lo mejor que le sucedió es haber tenido una afortunada infancia feliz, lo cual es un derecho con el que nacemos.  Idealmente ningún niño debe vivir la frustración de ser infeliz. Su mundo debe estar lleno de sueños e ilusiones, deben desarrollarse sin preocupaciones y con la seguridad de un futuro promisorio, donde prevalezca la paz, la libertad, la justicia y las oportunidades de una vida llena de calidad.

    El dramaturgo de origen checo Tom Stoppard asegura que la infancia es un estado de ser y no un mero preludio del futuro, e insta a los adultos a no perder la capacidad de asombrarse y alegrarse ni perder la perspectiva de la infancia, pues se debe de llevar siempre la vitalidad y la esencia de uno mismo. “Si se lleva la infancia consigo, nunca se envejece”, acotó.

    Todo adulto debe recordar su infancia con una sonrisa y amor por los suyos. Sacar del baúl de los recuerdos un abanico de experiencias y revivirlas con una mueca de alegría y satisfacción, eso es sinónimo de felicidad vinculada a una sana convivencia. Todo adulto debe recordar los consejos y el trato primoroso de nuestros padres, abuelos y los adultos de entonces, las aventuras fantásticas de nuestro mundo de juegos y creativo, nuestros compañeros y maestros de nuestra primaria y la libertad de nuestros sueños.

    Muchos tuvimos el privilegio de criarnos en hogares estables, con el primor y la protección de nuestros padres y con acceso a la salud, educación, alimentación y todo lo básico. Con carencias, algunas más que otras, pero fuimos felices deseando llegar a adultos. Crecimos con la intrepidez de nuestro ignorancia y atrevimiento. Y sobrevivimos. Fuimos felices y hoy añoramos aquella época que no volverá pero que estamos obligados a replicar en nuestros hijos, nietos y la niñez en general.

    La niñez merece todo lo mejor, nuestro esfuerzo como Estado, sociedad, familia y ciudadanos debe encaminarse a generar mejores las condiciones de vida para estos seres que más que el presente, son nuestro futuro, un futuro inmediato que debemos garantizarles próspero, justo, libre, pacífico, tolerante y con un medio ambiente propicio para vivir.

    En El Salvador, por decreto legislativo, cada 1 de octubre se celebra el día del niño (niñez y adolescencia). La fecha coincide con la conmemoración de la Declaración de los Derechos de los Infantes, aprobada por la Organización de las Naciones Unidos (ONU) el 1 de octubre de 1959. La declaración es el instrumento jurídico de mayor alcance al ser suscrita por 193 países, entre ellos el nuestro.

    Un cartel llevado en una marcha por los derechos de la niñez textualmente nos recordaba “La niñez es para jugar y estudiar… no al trabajo infantil”. A eso yo le agregaría que tampoco es para sufrir discriminación o cualquier forma de maltrato. Los niños no deben ser maltratados por nadie de ninguna forma. El trabajo infantil es un modo de maltrato y en el país, aunque en el sector de la construcción y azucarero ya desapareció el trabajo infantil, todavía hay decenas de miles de niños y adolescentes que viven en el mundo laboral.

    Un informe del Ministerio de Trabajo y del Sistema de Información del Mercado Laboral (SIMEL) señala que hasta 2023 en el país había 79,094 niños y niñas trabajando. De esa cantidad el 70 por ciento en la zona rural. La cifra, según lo estima el mismo informe, está desestimado en el sector del trabajo doméstico. Los datos indican un crecimiento sostenido, ya que alrededor de 3,000 trabajos infantiles se suman por año. Esto hay que revertirlo.

    Obviamente es la pobreza el principal factor que promueve el trabajo infantil. Los niños que trabajan tienen dificultades para acceder a la educación formal y muchos se exponen a los peligros de la actividad que realizan, sin tomar en cuenta la discriminación salarial, el abuso en todo sentido y la pérdida al derecho del sano esparcimiento.

    Hoy, cuando en el país celebramos el Día del Niño (niñez y adolescencia) debemos reflexionar si realmente estamos garantizando a nuestros niños un presente bonancible para un futuro mejor. Los adultos también fuimos niños y nunca debemos dejar de serlo. Recordemos que un adulto que sigue nutriendo a su niño interior trae consigo una luz.

    Un abrazo hoy y siempre a todos los niños de mi país, especialmente a Mateo, Rosita, Matías, Hecmar, Lucca, Angie, Isaac, Fernando, Douglas, Aaron, Estefany, Michelle, Lizzi y Andrea, así como a todos los adultos que nunca dejamos de ser niños… solo evolucionamos.

    *Jaime Ulises Marinero es periodista.

     

     

     

  • Zonas industriales e infraestructura: otro requisito indispensable para la reindustrialización salvadoreña

    Zonas industriales e infraestructura: otro requisito indispensable para la reindustrialización salvadoreña

    La discusión sobre la reindustrialización de El Salvador no puede verse como un ejercicio retórico ni como una aspiración lejana. Se trata de una necesidad concreta en un país que enfrenta el reto de superar un modelo económico centrado en la exportación de mano de obra y la dependencia de remesas, incapaz de generar suficientes empleos de calidad y de impulsar una senda sostenida de crecimiento. No sorprende, por tanto, que en junio la Asociación Salvadoreña de Industriales (ASI) presentara su Plan de Desarrollo Industrial El Salvador 2025-2029, en el que se destacan diez ejes estratégicos. Entre ellos, hay dos estrechamente relacionados: la creación de nuevas zonas industriales y la modernización de la infraestructura de apoyo a la producción, incluyendo carreteras, puertos y aeropuertos. Estos componentes no son novedosos, sino que remiten a un pasado en el que El Salvador logró consolidar un proceso de industrialización con impactos reales en la estructura productiva y en la generación de empleos.

    Entre 1949 y 1979, bajo el modelo de industrialización por sustitución de importaciones, el país avanzó en la construcción de un aparato industrial que, aunque limitado en términos de diversificación y autonomía, transformó de manera significativa la economía salvadoreña. Una de sus principales estrategias fue la creación del polo de desarrollo de Ilopango/Soyapango, complementado con la ampliación de la infraestructura de apoyo a la producción. Este polo no surgió de manera espontánea. Su localización obedeció a factores determinantes: la cercanía con la capital, la proximidad del aeropuerto internacional de Ilopango inaugurado en 1949, el acceso inmediato a la carretera Panamericana y a la vía férrea.

    A estos elementos se sumó una inversión pública decidida en ampliar la red vial, telecomunicaciones, energía eléctrica y vivienda para trabajadores. La construcción del bulevar del Ejército y la prioridad otorgada a la zona en los planes de expansión de servicios crearon un entorno favorable para la instalación de empresas industriales nacionales y extranjeras. En pocas décadas, el área se convirtió en el parque industrial más grande del país, albergando compañías como Productos Alimenticios Diana, Embotelladora Salvadoreña, Laboratorios López, ADOC, Lido, MOLSA, Cartonera Salvadoreña, Baterías Récord, UNISOLA y decenas más que marcaron la historia productiva del país.

    La estrategia también apostó a la internacionalización temprana. En 1974 se aprobó la construcción de la primera zona franca de exportación en San Bartolo, Ilopango, que inició operaciones dos años después. Para finales de los años setenta ya alojaba catorce maquilas que generaban más de cuatro mil empleos y exportaban ensamblajes de componentes importados. Con ello, El Salvador se insertaba de manera incipiente en cadenas de valor globales.

    Al mismo tiempo, la inversión pública se desplegó en grandes proyectos de infraestructura vial: la carretera del Litoral, la modernización de la Panamericana, la construcción de la Troncal del Norte, los accesos fronterizos de Las Chinamas, San Cristóbal y Anguiatú, y la carretera hacia Comalapa, que conectó a la capital con el nuevo aeropuerto internacional. Esta red transformó la movilidad de bienes y personas, redujo costos logísticos y fortaleció la integración territorial.

    En el ámbito energético, los avances fueron igualmente decisivos. La Comisión Ejecutiva Hidroeléctrica del Río Lempa (CEL) construyó la central 5 de Noviembre en 1954. A este hito se sumaron las centrales hidroeléctricas de Guajoyo y Cerrón Grande, la planta térmica de Acajutla y la planta geotérmica de Ahuachapán. El suministro eléctrico estable y a menor costo se convirtió en un factor clave para la competitividad industrial. Paralelamente, la creación de ANDA en 1961 permitió unificar la provisión de agua potable y alcantarillados en la mayor parte del territorio, mientras que la fundación de ANTEL en 1963 transformó las telecomunicaciones al pasar de menos de 10 000 líneas telefónicas a más de 70 000 en apenas 16 años.

    La infraestructura portuaria y aeroportuaria no quedó atrás. La creación de CEPA en 1952 y la construcción sucesiva de muelles en Acajutla ampliaron la capacidad de comercio exterior. Para 1980, la inauguración del aeropuerto internacional en Comalapa cerraba una etapa de expansión que había dotado al país de la base logística necesaria para consolidar su industria. La evidencia histórica es contundente: cuando el Estado invierte en infraestructura y crea condiciones para el establecimiento de polos industriales, la inversión privada responde, se generan economías de escala, se multiplican los empleos y se fortalece la capacidad productiva.

    El presente obliga a recuperar esa visión. Hoy El Salvador enfrenta déficits estructurales en inversión pública y privada, una productividad estancada y oportunidades laborales insuficientes. Incentivos fiscales o financieros pueden ser útiles, pero carecen de efecto si no existen entornos industriales modernos, servicios confiables y redes de transporte competitivas. Las zonas industriales concentran servicios, reducen costos de operación, fomentan encadenamientos productivos y ofrecen certeza jurídica para nuevas inversiones. La modernización de carreteras, puertos y aeropuertos es indispensable en un contexto regional en el que países vecinos avanzan agresivamente en mejorar su logística. A ello debe sumarse la ampliación de redes de energía renovable, agua potable y conectividad digital, condiciones esenciales para integrar a las micro y pequeñas empresas en cadenas de valor nacionales e internacionales.

    El Salvador ya demostró que puede articular un proyecto industrial sólido si combina planificación estratégica, inversión pública y alianzas con el sector privado. Retomar esa ruta no significa nostalgia, sino pragmatismo.

     

    *William Pleites es director de FLACSO El Salvador

  • Las mulas financieras

    Las mulas financieras

    En el escenario actual de la criminalidad económica en El Salvador, el fenómeno de las llamadas mulas financieras ha dejado de ser un asunto marginal para convertirse en un eje central de la discusión penal y social. Quienes prestan sus cuentas bancarias, ya sea por necesidad, descuido o codicia, se transforman en engranajes indispensables para la ejecución de delitos como el hurto informático, la estafa digital y, de manera ineludible, el lavado de dinero y de activos.

    Ahora bien, conviene precisar que el hurto informático constituye una modalidad novedosa del apoderamiento ilícito en la cual el sujeto activo no sustrae físicamente el bien, sino que engaña y manipula a otras personas para que presten sus cuentas bancarias para desviar fondos hacia su propio beneficio o el de terceros. En este sentido, el artículo 10 de la Ley Especial contra los Delitos Informáticos y Conexos sanciona con penas de dos a cinco años a quienes manipulen sistemas para obtener ventajas indebidas, aumentando la sanción a cinco a ocho años cuando la conducta recae sobre instituciones bancarias o financieras. De ahí que cada transacción irregular ejecutada por medio de una cuenta bancaria prestada pueda constituir una modalidad agravada de hurto informático.

    Todo ello afecta directamente la confianza del sistema financiero. Asimismo, la estafa digital merece atención particular. Conforme a la misma ley, se considera estafa aquella acción en que, valiéndose de artificios electrónicos o digitales, se induce a error a una persona para que disponga de su patrimonio en beneficio de otro. En consecuencia, las víctimas, seducidas por promesas de empleo, créditos o inversiones ficticias, transfieren dinero que, posteriormente, es canalizado a cuentas de mulas financieras. De esta forma, el prestador de la cuenta no es un mero observador, sino que se convierte en un intermediario esencial para consumar la apropiación ilícita.

    No obstante, los delitos no se agotan en el hurto o la estafa. Por el contrario, los fondos obtenidos ilícitamente necesitan un proceso de blanqueo para ingresar al sistema formal. Aquí se vincula directamente la Ley contra el Lavado de Dinero y de Activos, que sanciona con penas severas a quienes, por sí mismos o por interpuesta persona, introduzcan, conviertan, transfieran, oculten o encubran bienes provenientes de actividades ilícitas. Las mulas financieras encajan en esta tipología, puesto que, al recibir en sus cuentas los fondos estafados, contribuyen a dar apariencia de legalidad a recursos ilícitos.

    En otras palabras, son eslabones indispensables para la fase de colocación y estratificación que caracteriza el proceso de lavado de activos. De manera ejemplificativa, puede señalarse que los estafadores internacionales que operan desde plataformas digitales no podrían concretar sus ilícitos sin la participación de operadores locales que faciliten cuentas para el ingreso y la dispersión de fondos. Así, las mulas financieras se convierten en la interfaz entre el fraude digital y el sistema bancario formal. Por lo tanto, se vuelven un blanco para investigar por delitos informáticos.

    En este punto, resulta oportuno retomar las declaraciones del Fiscal General de la República, Rodolfo Delgado, quien ha advertido que las personas que prestaron sus cuentas no deben considerarse víctimas ingenuas, sino cómplices activos de organizaciones criminales. Por esa razón, se ha otorgado un plazo hasta el 30 de septiembre para que comparezcan voluntariamente ante la Fiscalía. Este ultimátum reviste relevancia no solo como política criminal, sino también como una medida de oportunidad para identificar los que fueron engañados y llegar así al núcleo de los cabecillas.

    De manera, que el papel de las denominadas mulas financieras debe ser analizado con el rigor jurídico que exige la protección del orden económico, pero también con la sensibilidad social que demanda una sociedad marcada por la desigualdad, la necesidad y, en muchos casos, la falta de oportunidades. No cabe duda de que estas personas se encuentran en el punto de convergencia de delitos graves como el hurto informático y la estafa informática (art. 10 y 14 de la Ley Especial contra los Delitos Informáticos y Conexos), y el lavado de dinero y de activos, cerrando así el círculo de la criminalidad económica contemporánea.

    En este punto, el derecho no puede confundirse en su misión: criminalizar al débil equivale a oscurecer el verdadero objetivo de la justicia, que es desmantelar las estructuras delictivas y proteger a la sociedad. El ultimátum fijado por la Fiscalía, que exige la comparecencia voluntaria antes del 30 de septiembre, debe interpretarse en clave de prudencia procesal: es, a la vez, un llamado a la responsabilidad ciudadana y una invitación a la transparencia. La cooperación voluntaria, lejos de ser una admisión de culpabilidad, puede convertirse en la llave maestra para reivindicar la dignidad de quienes fueron utilizados como instrumentos del fraude y, al mismo tiempo, en un mecanismo eficaz para la desarticulación de redes delictivas transnacionales.

    Por ello, la justicia salvadoreña se enfrenta a un reto sofístico: mantener la firmeza sin perder la humanidad; castigar al culpable sin herir al inocente; perseguir al delincuente sin arrastrar a la víctima. En efecto, la necesidad y la ingenuidad pueden explicar la participación involuntaria; la colaboración voluntaria puede reivindicar a quienes fueron víctimas; y solo una justicia capaz de distinguir entre quienes engañaron y quienes fueron engañados será digna de ese nombre.

    En definitiva, el mensaje debe ser diplomático pero categórico: la ley debe actuar como espada frente al dolo, pero como escudo frente a la vulnerabilidad. Así, El Salvador no solo mostrará su compromiso con el combate a la criminalidad económica, sino también con los valores más elevados de un Estado de Derecho: la proporcionalidad, la equidad y, sobre todo, la humanidad.

  • El Alzheimer

    El Alzheimer

    Recuerdo aquel día, me decía Julia, en que de repente aparecí en Multiplaza sin saber cómo había llegado. La confusión y el terror que sentí fue atroz. Fue el miedo a perder mi independencia, mi dignidad, mi humanidad.

    Julia es una mujer de 74 años, viviendo sola desde hace más de 15 años. Mujer independiente durante todos estos años. Desde hace un año comenzó a notar que olvidaba dónde guardaba las cosas, y sus hijos empezaron a notar que repetía preguntas varias veces al día. Luego se le comenzó a dificultar el manejo de su dinero, y tareas como cocinar se volvieron un infierno. Algo estaba pasando dentro de su cerebro que no podía concebir.

    Estos síntomas narrados por Julia reflejan los primeros signos del Alzheimer temprano: la pérdida de memoria que interfiere con la vida diaria; la confusión en lugares familiares; el olvido frecuente de objetos y la repetición de preguntas; dificultades para manejar finanzas y realizar tareas cotidianas; y el impacto emocional de la desorientación y el miedo a perder la propia autonomía. Es necesario que, ante estos cambios, se busque orientación médica cuanto antes, pues existen formas de diagnosticar y apoyar a las personas que inician este proceso.

    Dos de cada tres pacientes con Alzheimer son mujeres en los Estados Unidos, donde aproximadamente el 11% de personas mayores de 65 años la padecen. En El Salvador, por supuesto que el MINSAL no tiene ni la más mínima idea de la magnitud del problema o no lo reportan, pero medios locales y asociaciones hablan de aproximadamente 69 mil personas con Alzheimer en El Salvador en 2024.

    ¿Qué es el Alzheimer?

    El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa progresiva y la causa más común de demencia en adultos mayores. Se caracteriza por la destrucción gradual de las células cerebrales, lo que lleva a un deterioro de la memoria, el pensamiento, el lenguaje, el comportamiento y, finalmente, la capacidad para realizar actividades cotidianas. La enfermedad avanza lentamente, comenzando con olvidos leves y desorientación, hasta una pérdida severa de la memoria, la autonomía y la función física. El Alzheimer produce acumulación de placas amiloides y ovillos neurofibrilares en el cerebro, que dañan y matan las neuronas. No es una parte normal del envejecimiento, aunque la edad avanzada es el principal factor de riesgo. Es incurable y terminal, con una duración media de 8 a 10 años tras el diagnóstico, aunque puede variar según la persona. Además de la memoria, afecta funciones como la orientación, el juicio, la habilidad para planificar y ejecutar tareas, y finalmente la capacidad para valerse por sí mismo.

    ¿Cómo se diagnostica?

    El diagnóstico comienza con la observación de síntomas tempranos. En el caso de Julia, fue ella misma quien comenzó a sospechar que algo anormal ocurría en su cerebro, por lo que acudió a una evaluación clínica.

    Esta evaluación incluye una entrevista médica detallada con el paciente y una persona cercana para documentar el historial de síntomas, cambios en el comportamiento y dificultades en las actividades cotidianas. Se realizan pruebas neuropsicológicas que valoran la memoria, atención, lenguaje, razonamiento y habilidades espaciales.

    Posteriormente, se llevan a cabo pruebas complementarias, que consisten en exámenes de sangre y orina para descartar otras causas de deterioro como deficiencias, infecciones o desbalances hormonales. También se realizan estudios de imágenes cerebrales, como resonancia magnética, tomografía computarizada o tomografía por emisión de positrones (PET), para observar cambios estructurales en el cerebro y descartar otras patologías.

    Finalmente, cuando está disponible, se analizan biomarcadores en el líquido cefalorraquídeo o en sangre para detectar la presencia de proteínas asociadas al Alzheimer, como la beta amiloide y la proteína tau.

    Este enfoque multidisciplinario permite un diagnóstico más certero y temprano de la enfermedad, facilitando la planificación y el inicio de tratamientos adecuados.

    ¿En qué consiste el tratamiento?

    El tratamiento de la enfermedad de Alzheimer se enfoca en aliviar los síntomas, ralentizar su progresión y mejorar la calidad de vida de la persona afectada y sus cuidadores. Los principales medicamentos para aliviar los síntomas son los inhibidores de la colinesterasa (donepezilo, galantamina, rivastigmina); pero últimamente, se están utilizando otro tipo de medicamento para ralentizar el deterioro cognitivo y funcional. Lecanemab (Leqembi) y donanemab (Kisunla) son anticuerpos monoclonales aprobados recientemente para Alzheimer temprano. Actúan eliminando las placas beta-amiloides del cerebro. Además de medicamentos, el tratamiento incluye terapias no farmacológicas: ejercicios cognitivos, manejo conductual, apoyo psicológico y educación para cuidadores. No tiene cura, pero hay esperanzas en el retraso de su progreso y perdida de la independencia.

    * El Dr. Alfonso Rosales es epidemiólogo y consultor internacional.

  • Cuba en la memoria

    Cuba en la memoria

    La memoria puede hacernos trampas, pero hay situaciones, experiencias, que no se olvidan, aunque te lo propongas.
    Tengo las vivencias de los primeros años de triunfo de la insurrección castrista muy frescas, por eso, cuando en Radio Martí me propusieron hacer un programa y dijeron como se llamaría, me dije que escribiría un artículo con ese nombre y abordaría temas que las nuevas generaciones de cubanos probablemente ignoren.

    Las primeras semanas de 1959 el populismo sangriento del castrismo recurrió a la división de la población entre revolucionarios y no revolucionarios. Se confiscaron medios de prensa que pasaron al control absoluto de los nuevos funcionarios y se desplegó una campaña propagandística a favor de Fidel Castro, en un país que contaba con amplios recursos en ese sector.

    Con el pasar del tiempo las religiones, particularmente la Iglesia Católica, antigua aliada, pasó a ser un enemigo mortal. Castro no quería más Dios que él, siempre se vio como el supremo, dueño de vidas y haciendas, condición que le confirieron muchos de sus compatriotas y extranjeros.

    El sectarismo cundió, fue una especie de aviso que se complementó con mítines de repudio contra quienes abandonaban el país, practicaban una religión, o eran contrarios de las propuestas castristas. Meses más tarde, se institucionalizo la delación con una intensa campaña a favor de los diabólicos Comités de Defensa de la Revolución como paradigmas, paralelo a una campaña de victimización del gobierno para justificar las masivas confiscaciones de las grandes industrias y empresas que habían conducido al país a un progreso innegable.

    Por supuesto, todas las ocurrencias que recuerdo estaban enmarcadas en mítines multitudinarios que empezaban y concluían adorando a Fidel Castro y la revolución, con consignas repetidas en las calles y los medios, como, “Esta es tu casa Fidel”, “Si Fidel es comunista que me pongan en la lista” y la más indignante de todas, “Elecciones para que”, simultáneo, con una campaña de intimidación sistemática y permanente, basada en una represión masiva que se ha extendido por más de 66 años sin atisbos de concluir.

    La libertad de información y expresión, amenazada desde el mismo primero de enero de 1959, fue abolida en el simbólico entierro del periódico Diario de la Marina, vergüenza protagonizada por estudiantes universitarios bajo orientación de los hermanos Fidel y Raúl Castro, cuyos partidarios hacían fogatas de libros como la que presencio el escritor Jose Antonio Albertini en el Paseo de la Paz de la ciudad de Santa Clara.

    El trasfondo de aquella vocinglería de esbirros adorando al nuevo amo, muy pocos querían escuchar, era el sonido de la descarga de fusiles frente al paredón de fusilamientos cuyas proximidades estaban cubiertas de sangre como me relato en una entrevista la exprisionera política Olga Morgan, cuando arrestada, fue conducida al paredón de fusilamiento de La Cabaña, donde su esposo, el comandante William Morgan, había sido muerto unos días antes.

    Fidel Castro inundó el país con una política populista y demagógica en la que una falsa justicia social era la meta. Mientras dictaba leyes como la 270, rápidamente revocada, o entregaba gratuitamente ropa y zapato a los obreros, las personas que abandonaban el país eran objeto de confiscaciones que incluían viviendas, vehículos y cuentas bancarias, sin que faltara el decomiso de un anillo, cadena o cualquier bien personal que pudiera tener algún valor.

    El proceso, demandaba un control absoluto de la economía para imponer el sistema totalitario, así que el 13 de marzo de 1968, en la titulada Ofensiva Revolucionaria, cumpliendo el mandato de Fidel Castro, fueron expropiados por el estado casi 80,000 establecimientos comerciales, muchos de los cuales fueron clausurados, pasando los cubanos por mandato de la enjundia divina del máximo líder, a ser única y exclusivamente empleados del estado.

    Esta acción gubernamental condujo al país a una ineficiencia económica absoluta. La disminución de la oferta de productos y servicios golpeo fuertemente a la población. La miseria se extendió y profundizó, la dependencia de la URSS y el bloque socialista en general se acentuó mientras los hermanos Castro enviaban a morir como mercenarios a miles de compatriotas en las guerras imperiales de Moscú que Fidel hizo suyas para pagar con sangre cubana su deuda con la Unión Soviética.

    *Pedro Corzo es periodista cubano

  • La próxima evolución de la ayuda humanitaria: ¿elefante M&E o tigre de Bengala?

    La próxima evolución de la ayuda humanitaria: ¿elefante M&E o tigre de Bengala?

    El reciente discurso de Trump en Naciones Unidas, en el que cuestionó el desempeño de la ONU, no es un episodio aislado, sino el reflejo de una tendencia que probablemente continuará en la política internacional durante la próxima década: el cuestionamiento sistemático al valor de la ayuda exterior, al sector humanitario y a los organismos multilaterales que han sostenido la arquitectura global de la cooperación desde la Segunda Guerra Mundial. En este contexto, el sector humanitario enfrenta un reto fundamental: demostrar con hechos y cifras verificables por terceros —y no únicamente con principios— su impacto y relevancia.

    Presentada como una defensa de los contribuyentes, la narrativa de que la cooperación internacional constituye un gasto inútil o poco transparente derivó en el cierre de USAID, la institución que más fondos destinaba a la ayuda humanitaria y al desarrollo a nivel mundial. En materia de salud, un artículo publicado en la prestigiosa revista científica “The Lancet” estimó que los programas de USAID habrían prevenido más de 91 millones de muertes en países de ingresos bajos y medianos entre 2001 y 2021. A ello se suman otros logros importantes, aunque no siempre verificables con el mismo rigor, en ámbitos como la educación, el crecimiento económico o la gobernanza. Sin embargo, los opositores de USAID argumentaban que la inversión respondía a agendas políticas contrarias a Trump, como la equidad de género o la atención al cambio climático, e incluso acusaban a la agencia de despilfarro o de ineficacia para frenar la migración irregular hacia Estados Unidos.

    Esta narrativa probablemente persistirá en el espectro político de los países que actualmente asignan más recursos a la cooperación internacional. En Estados Unidos, Elon Musk, quien hoy aparece como el principal contrapeso a Trump dentro del Partido Republicano, estuvo personalmente detrás del recorte a USAID. En Europa y otras regiones, partidos populistas también cuestionan los compromisos globales en nombre de la prioridad de atender necesidades internas, poniendo en riesgo su disponibilidad futura de fondos de cooperación. En este clima, el sector humanitario corre el riesgo de perder legitimidad y financiamiento si no responde con pruebas contundentes de su utilidad y eficacia. Tradicionalmente, estas pruebas provienen de equipos de monitoreo y evaluación que trabajan para los proyectos, con la supervisión y orientación técnica de los donantes de fondos o las organizaciones ejecutoras.

    No obstante, el reciente caso de USAID demuestra que la manera en que muchos donantes supervisan y distribuyen recursos necesita corregir problemas de asimetría de información derivados de un fenómeno conocido por los economistas como “riesgo moral”. Esto ocurre cuando un grupo con más información (los ejecutores de proyectos) tiene un incentivo (asegurar la continuidad de fondos) o un mecanismo de protección (el amparo de la agencia) que lo lleva a priorizar “resultados” medibles, pero no necesariamente significativos para un tercero (el congreso estadounidense). Los economistas utilizan este término no para juzgar la moralidad de los actores, sino para mostrar cómo la falta de alineación de objetivos entre ellos conduce a ineficiencias.

    En otras palabras, es posible que más estadounidenses hubieran protestado contra el cierre de USAID si la agencia hubiese contado con más resultados verificables de efectos reales. Lamentablemente, muchos de sus proyectos se evaluaban mediante indicadores superficiales vinculados a acciones —como el número de vacunas administradas o las capacitaciones impartidas— en lugar de resultados finales, como la reducción de la mortalidad o el aumento de la alfabetización. Así, mientras era sencillo reportar cuántas personas asistieron a un curso, era mucho más difícil demostrar cuántas aprendieron realmente a leer o a escribir.

    En defensa de las entidades ejecutoras, también es cierto que ninguna habría aceptado comprometerse a medir impacto sin contar con fondos suficientes para llevar a cabo evaluaciones que suelen ser onerosas, haciendo inviables proyectos altamente focalizados, pero de gran potencial. De ahí que la solución no pase por sustituir agencias ni demonizar a los ejecutores, sino por incorporar un nuevo actor que cierre las asimetrías de información y otorgue credibilidad a las evaluaciones.

    La academia es un candidato natural para asumir ese rol, pues dispone de las competencias para que investigadores independientes desarrollen indicadores y validen datos confiables sobre el desempeño y los logros de los proyectos humanitarios e incluso de infraestructura. La responsabilidad de financiar este esfuerzo no debería recaer únicamente en los donantes, que ya enfrentan la presión de ajustar presupuestos limitados para atender múltiples crisis. Los gobiernos de los países en desarrollo, principales beneficiarios de la cooperación y al mismo tiempo quienes más arriesgan perder recursos, deben asumir un papel más activo. Una vía es la creación de oficinas nacionales de M&E con participación del Estado, la academia, el sector privado y la cooperación internacional. Estas oficinas generarían la evidencia que demandan los contribuyentes de los países desarrollados, aumentarían la transparencia en el uso de fondos y mejorarían la calidad de los proyectos futuros. Además, sus hallazgos podrían orientar con mayor eficacia la inversión pública interna hacia las comunidades que reportan mayores resultados.

    La lección es clara: los cuestionamientos a la cooperación no desaparecerán. La respuesta no puede limitarse a la defensa retórica de principios humanitarios, sino a la construcción de evidencia sólida que demuestre su valor real. Solo una apuesta decidida por sistemas de monitoreo y evaluación robustos, capital humano especializado y mecanismos de validación internacional permitirá que la cooperación internacional evolucione y conserve legitimidad en un mundo polarizado que cada vez se asemeja más a una sabana.

    En la naturaleza, el elefante ha sobrevivido gracias a una evolución que fortaleció su memoria colectiva y su capacidad de transmitir conocimiento entre generaciones. Esa herencia —recordar rutas de agua en sequías, identificar amenazas y sostener la cohesión de la manada— lo convirtió en un símbolo de resiliencia y de fuerza paciente en entornos cambiantes. El tigre de Bengala, por su parte, evolucionó hacia la agilidad y la potencia individual, perfeccionando la capacidad de imponerse sin depender de vínculos colectivos.

    La cooperación internacional enfrenta hoy una disyuntiva semejante. Puede optar por el camino del elefante, evolucionando hacia una memoria institucional más sólida mediante sistemas de monitoreo y evaluación robustos, transparentes y validados por terceros, que refuercen su legitimidad en un entorno de escepticismo creciente. O, si fracasa en esta evolución, puede ser desplazada por modelos de ayuda más parecidos al tigre: veloces y eficaces en apariencia, pero menos comprometidos con la rendición de cuentas y con los principios democráticos que históricamente han sostenido el orden internacional.

    *Gabriel Pleités, Ph.D. en economía por la Universidad de Utah.

  • Diálogos medievales, desafíos actuales…

    Diálogos medievales, desafíos actuales…

    Recientemente, el mundo se conmocionó con el asesinato de un activista norteamericano durante una presentación universitaria. La noticia inundó las redes sociales y se convirtió en tema de conversación para millones de personas en todo el mundo. Las reacciones no se hicieron esperar y, como los temas que abordaba el activista, la polarización ha sido extrema.

    Este hecho me llevó a reflexionar sobre el verdadero objetivo de un diálogo. Con frecuencia, las discusiones cotidianas se reducen a defender posturas preconcebidas o puntos de vista opuestos, donde lo único que se logra es levantar la voz y, en el peor de los casos, llegar a episodios violentos.

    Sin necesidad de recurrir a casos tan extremos, he observado que muchas discusiones ordinarias surgen por malentendidos o por asuntos poco relevantes. Sin embargo, los ánimos se caldean, se pierde la perspectiva del tema y las conversaciones derivan en agresiones personales o en intentos de desacreditar al interlocutor. Es lo que se denomina la falacia ad hominem que es un tipo de argumento lógico que ocurre cuando alguien ataca a la persona que hace un argumento en lugar de atacar el argumento en sí. Es decir, en lugar de analizar la validez o evidencia de lo que se dice, se descalifica al interlocutor para debilitar su posición.

    A menudo, las personas que discuten piensan tener la razón absoluta y, al sentirse en posesión de la verdad, la defienden con vehemencia sin detenerse a escuchar el punto de partida de quien tienen delante. Muchas veces se está defendiendo el mismo argumento, pero desde perspectivas distintas.

    Al reflexionar sobre esto, recordé lo que alguna vez leí acerca del método escolástico o las discusiones medievales, especialmente en el ámbito académico y filosófico, que marcaron el desarrollo intelectual de Europa en universidades y escuelas monásticas. A estas se les denominaba disputationes.

    Estas disputationes eran debates formales, cuidadosamente estructurados, cuyo fin era buscar la verdad a través de la lógica, la argumentación y la autoridad de los textos clásicos. No se trataba de “ganar” una discusión, sino de esclarecer la verdad sobre la cual se dialogaba.

    El proceso comenzaba con la formulación de la quaestioquodlibetalis, o status quo de la cuestión presentada por un maestro o moderador. Este exponía brevemente el tema y ofrecía los antecedentes necesarios, apoyándose en distintos argumentos. Una vez acabada la disertación, el respondens, que había escuchado con atención y comprendido lo expuesto, debía resumir fielmente lo dicho por el ponente, pidiendo su confirmación: “Lo que has querido decir es…”. Solo cuando el ponente principal validaba el resumen y certificaba que se había comprendido correctamente lo argumentado, se permitía iniciar la contraargumentación. En caso contrario, el ponente repetía o aclaraba sus argumentos.

    Solo con la venia del ponente se le permitía al respondens rebatir lo expuesto. Antes de eso, cualquier discusión carecería de sentido, pues se hablaría de temas distintos.

    El intercambio de razones y objeciones se hacía mediante silogismos y reglas de lógica formal, con intervenciones claras y fundamentadas. Lo esencial no era defender ideas previas, sino iluminar la verdad. Al final, el moderador ofrecía una determinatio, es decir, una resolución definitiva que explicaba por qué ciertos argumentos era más sólidos y, cuando era posible, conciliaba las posturas enfrentadas.

    Un ejemplo clásico de este método se encuentra en la Summa Theologica de Tomás de Aquino, donde cada cuestión se desarrolla presentando primero el tema a tratar, luego las objeciones que se han presentado a lo largo de la historia, seguidas de la exposición de cada objeción (sed contra), la propuesta de una solución que tenía en cuenta todas las objeciones previas y, finalmente, una respuesta cuidadosamente argumentada.

    Las disputationes medievales fueron un ejercicio riguroso que combinaba lógica, autoridad y fe en la búsqueda de la verdad. Su legado perdura en la filosofía, la teología y la educación, recordándonos que discutir no debería ser un acto de confrontación, sino un camino compartido hacia la claridad.

    Si nos acostumbráramos a escuchar y entender el punto de vista de la otra persona, muchas discusiones podrían evitarse, y descubriríamos que muchas veces estamos de acuerdo más de lo que creemos.

    *El padre Fernando Armas Faris es sacerdote católico y doctor en filosofía 

  • Análisis criminológico de la vulnerabilidad digital en la Operación Escudo Virtual

    Análisis criminológico de la vulnerabilidad digital en la Operación Escudo Virtual

    Desde una perspectiva criminológica y a la luz del caso denominado como «Escudo Virtual» en El Salvador, que apuntan a desarticular redes de estafa transnacionales por parte de la FGR y PNC, es imperativo señalar que el ciberdelincuente ya no ataca fallas técnicas, sino la «falta de higiene digital» y la confianza humana. En la Estafa 4.0, la tecnología es solo la herramienta; la verdadera vulnerabilidad reside en el comportamiento del usuario en las redes sociales y plataformas de información.

    A continuación, detallo los principales aspectos vulnerables que son explotados por los estafadores en el marco de las nuevas tecnologías:

    1. La hiper exposición en redes sociales (El factor OSINT Criminal)

    El error más grave de la víctima es la sobreexposición voluntaria de información (OSINT: Open Source Intelligence) que el estafador utiliza para hacer creíble el engaño.

    Geolocalización y rutinas: publicar fotos etiquetadas en casa, en el trabajo, o durante unas vacaciones («Estoy en la playa toda la semana») es una «invitación al riesgo». Permite al estafador suplantar la identidad de un ser querido con un relato de urgencia («Mamá tuvo un accidente y necesito una transferencia inmediata»), sabiendo que la víctima no puede verificarlo al estar lejos.

    Datos de seguridad clásicos: la mayoría de las preguntas de seguridad de los bancos (nombre de la primera mascota, fecha de aniversario, ciudad de nacimiento, nombre de soltera de la madre) se encuentran en biografías, hashtags de celebración o encuestas virales de Facebook. El estafador solo tiene que recolectar estos datos para facilitar el restablecimiento de contraseñas o el acceso remoto a las cuentas.

    Vínculos familiares y emocionales: al publicar fotos con familiares, la víctima crea un mapa de relaciones que es explotado por la técnica del «vishing» (estafa telefónica). Al conocer el nombre de un hijo o cónyuge, el estafador gana inmediatamente una capa de credibilidad al iniciar la llamada o el mensaje.

    2. La Manipulación Emocional y la Urgencia Artificial

    Los ciberdelincuentes explotan dos pilares de la psicología humana en el entorno digital:

    Miedo y coerción (suplantación institucional): el delincuente se hace pasar por una entidad con autoridad (FGR, PNC, un banco o una Fintech). Genera un sentido de urgencia desmedido («Su cuenta será bloqueada en 5 minutos si no verifica aquí», «Tiene una multa pendiente con el MH»). Esta presión psicológica anula la pausa reflexiva, llevando a la víctima a hacer clic en enlaces de phishing o proporcionar datos sensibles sin pensarlo.

    Codicia y oportunidad (fraude de inversión): en El Salvador se ha observado el auge de fraudes con criptomonedas o falsas oportunidades de inversión. Se promete un retorno «demasiado bueno para ser verdad» o un «empleo fácil» (Money Mule). La víctima, ante la promesa de una ganancia rápida y simple, desactiva su escepticismo y entrega dinero o sus datos de cuenta para «recibir el pago».

    3. El eslabón humano de la Red Criminal (las mulas bancarias)

    Este es un aspecto crucial revelado por el caso denominado Escudo Virtual:

    Cuentas de mulas: Los estafadores se aprovechan de la necesidad económica de jóvenes o adultos para reclutarlos como «mulas de dinero». Estas personas, a menudo sin experiencia criminal previa, prestan o alquilan sus cuentas bancarias personales a cambio de una comisión “por no hacer mucho”

    Vulnerabilidad legal: Al permitir el depósito y la transferencia rápida de fondos robados, estas personas se convierten en el eslabón más rastreable y vulnerable de la cadena de lavado de dinero, exponiéndose a cargos penales severos por facilitar el fraude o el lavado, tal como se ha visto en las capturas masivas de la operación.

    Conclusión Criminológica

    La Estafa 4.0 triunfa porque combina el poder de la tecnología (automatización y deepfakes) con la debilidad humana (la urgencia, la codicia y el exceso de confianza). La defensa ya no es solo técnica, sino cultural. Reducir la vulnerabilidad pasa por aplicar la «regla del escepticismo cero»: dudar de toda comunicación no iniciada por uno mismo y tratar la información personal en redes sociales como munición para el crimen organizado.

    Mis felicitaciones a las autoridades fiscales, policiales, ministerios de seguridad pública y justicia y el ministerio de defensa que han trabajado en equipo y con alto compartimentaje durante muchos meses hasta llegar a esta etapa de éxito.

    *Ricardo Sosa es doctor y master en Criminología

    @jricardososa