Categoría: Opinión

  • A esperar mejores tiempos para soluciones migratorias

    Un migrante es un ser humano enfrentado a muy complejos dramas. El desarraigo social y cultural, la nostalgia por la tierra que se ha dejado atrás, el desempleo o falta de estabilidad laboral, la ansiedad ante la incertidumbre y los efectos perniciosos de la discriminación, son todos factores que convierten a los migrantes en personas altamente vulnerables. A lo anterior se suman las realidades políticas que contribuyen al aumento exponencial de los flujos migratorios, principalmente las guerras, la violencia endémica y esos regímenes autoritarios que expulsan de sus países de origen a numerosas personas.

    En el último medio siglo, las tiranías de Cuba, Venezuela y Nicaragua han sido las principales “productoras” de exiliados en el continente americano. Estados Unidos, sin embargo, era hasta hace poco el generoso destino al que la migración forzada podía aspirar, con esa promesa de libertad y trabajo distintiva del sueño americano que se proponía a quienes desearan abrirse camino —legalmente— desde la obligada expatriación hacia el éxito.

    El regreso a la Casa Blanca de Donald Trump ha significado una radicalización del discurso antiinmigrante, pero también una reacción práctica al desorden que se gestó y creció durante la administración de Joe Biden. El más reciente Gobierno demócrata se esforzó, ciertamente, en ofrecer un rostro humano a las políticas fronterizas estadounidenses, pero también estimuló un flujo irregular de proporciones mayúsculas, criticado en su día hasta por las comunidades hispanas que ahora resienten, con razón, el extremismo policial del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

    El problema se ha agravado, sobre todo, porque el desordenado arribo de indocumentados se ha transformado, andando el tiempo, en una subcultura de la ilegalidad. Muchas de estas personas, con motivos fundados, dejaron de pretender la ciudadanía para medrar en ambientes que les facilitaran la opción de vivir entre las sombras, fuera de la mirada de la ley. Para todos ellos, claro, la actual relación con el Estado americano ya no está más basada en la aspiración a encajar en otra sociedad y absorber determinados valores, sino en el miedo aterrador a ser deportados. Y en este tipo de escenarios, ya se sabe, la miseria se agrava, las tensiones aumentan y el crimen florece.

    Varias oleadas de inmigrantes mexicanos, cubanos, venezolanos, salvadoreños y hondureños han recibido de las autoridades federales de EE UU, en apenas un lustro —de 2021 a 2025—, mensajes tan confusos como contradictorios. Las más de 600 acciones ejecutivas firmadas por Biden, aperturistas en el discurso pero enmarañadas en su aplicación, no contribuyeron a consolidar una agenda que favoreciera la legalidad. Del otro lado, la vuelta al poder de Trump ha acercado la cerilla a la mecha, con redadas infames que han terminado por destrozar los nervios de legales e ilegales por igual.

    Luego de hacerles promesas ilusorias, Estados Unidos ha pasado a cerrar las puertas, con fuerza y sin opciones, a miles de hombres y mujeres que han cruzado sus fronteras impulsados por la esperanza. Procesar estas violentas oscilaciones pendulares, entre la mano abierta y el cerrojazo, es un desafío enorme para cualquier ser humano que escapa de su realidad y trata de adaptarse a una distinta. El analista cubano Martín Gurri ha sentenciado al respecto: “Un sistema que oscila entre la laxitud total y la represión severa no es realmente un sistema”.

    Llegamos así al punto neurálgico del problema migratorio en EE UU: ante dos extremos que han probado sus efectos negativos, ¿es posible diseñar una alternativa funcional? Y si esa opción de equilibrio fuera viable, ¿cómo construir, por amplio consenso, vías humanistas de legalización y mitigación de riesgos que a la vez pongan control sobre el flujo de personas pero simplifiquen los procesos de entrada y naturalización?

    De momento, el público estadounidense brinda un veredicto de apoyo a la moderación y una apuesta por la legalidad. En la primera medición de YouGov después de las protestas de Los Ángeles, si bien solo uno de cada tres ciudadanos dijo respaldar esas manifestaciones, la mayoría se expresó en contra de que el Gobierno federal sustituyera a las autoridades locales en la tarea de enfrentar los disturbios (56%) o que los marines fueran desplegados por orden de Washington para controlar la situación (47% versus 34%). Los encuestados no parecen justificar ningún tipo de violencia, ni la que exhibieron algunos inconformes en las calles ni la que ejerce la Administración de Trump contra los indocumentados.

    Tal parece que solo un gran acuerdo nacional sobre migración puede salir al encuentro de las razonables inquietudes que despierta tan delicado tema. Y ese acuerdo tendría que conducir al abandono (total o parcial) de posturas partidarias excluyentes entre sí. Porque tan contraproducente es ilegalizar a todo inmigrante como pretender que cualquier persona, sin importar sus antecedentes, pueda entrar libremente a Estados Unidos.

    Pero el sistema debe cambiar, no hay duda, optando por marcos legales simples, claros y que establezcan los límites deseables: cifras máximas anuales de flujo migratorio, priorización de talentos de acuerdo a las necesidades de las comunidades receptoras y una urgente transparencia a lo largo de todo el proceso de ciudadanización.

    La asimilación nunca ha sido producto de la magia; para fomentarla, sin embargo, se requiere de liderazgos políticos capaces de neutralizar las posturas extremas. ¿Acaso es Trump esa clase líder? ¿No será más bien que el diálogo y la sensatez deberán esperar mejores tiempos?

  • Alcohol en los Estadios de El Salvador: ¿Un Gol en contra de la Seguridad?

    Desde esta columna, donde la lupa de la criminología y la seguridad pública se posa sobre las decisiones que impactan nuestro tejido social, la reciente noticia sobre la venta de cerveza en los estadios de la Primera División del fútbol salvadoreño nuevamente es, a todas luces, una espada de doble filo. Si bien puede ser vista como una medida para modernizar la experiencia del aficionado y generar ingresos para los clubes, desde nuestra perspectiva, introduce una variable de riesgo que exige un análisis meticuloso y no la podemos tomar a la ligera.

    Es un hecho demostrado que la violencia en el deporte, especialmente en el fútbol, no es un fenómeno exclusivo de las aficiones, sino un complejo problema que se nutre de factores situacionales, culturales, antropológicos, sociológicos, de una violencia estructural en la sociedad entre otros. En este escenario, el alcohol es, sin duda, un catalizador de la violencia. La criminología nos ha enseñado que el consumo de bebidas alcohólicas provoca un efecto de desinhibición: reduce la capacidad del individuo para controlar sus impulsos y para evaluar las consecuencias de sus acciones. En un entorno cargado de pasión, rivalidad, cánticos, emociones colectivas, y lamentablemente en muchos casos de fanatismo, esta desinhibición puede ser el detonante de una escalada de conflictos.

    No es lo mismo tomarse una cerveza en un bar tranquilo, en un restaurante, que hacerlo en una grada donde el grito y la provocación son parte de la «fiesta» y a eso agregue en muchos casos altas temperaturas por la hora que se programan los partidos, la provocación entre semana previo a los partidos, el morbo, absurdas rivalidades. El alcohol en el contexto de un partido donde existe una historia y antecedentes de actos de violencia, especialmente en la proximidad de las denominadas barras bravas, puede transformar la rivalidad en hostilidad y la frustración de un resultado adverso en una reacción violenta. La violencia situacional, que ocurre en un momento y lugar específicos, se ve magnificada por la influencia del alcohol, convirtiendo un altercado menor en un disturbio masivo que pone en riesgo la vida de los aficionados, incluyendo familias, mujeres, niños y adultos mayores que han regresado a los estadios bajo la promesa de seguridad. Solo en expresiones de violencia contra la mujer se generan posibles delitos en los escenarios deportivos por el efecto del alcohol y una cultura machista en los estadios.

    Si bien es cierto que El Salvador ha logrado relevantes avances en la seguridad pública y en el control de las pandillas, la memoria de las riñas y disturbios en los estadios está aún fresca. Permitir nuevamente la venta de alcohol en este contexto no es un gol de la tranquilidad; es un retorno a una zona de riesgo que ya conocíamos. La experiencia internacional, desde Europa hasta Suramérica, ha demostrado que las medidas de seguridad más efectivas van de la mano con una regulación estricta del alcohol, llegando en muchos casos a la prohibición total en los recintos deportivos.

    Por ello, la decisión de permitir la venta de cerveza debe venir acompañada de un plan de seguridad integral y detallado, que continua sin existir, y tampoco el ente rector ha tomado la responsabilidad y autoridad que le corresponde, por el contrario, autorizan la venta de alcohol. Una vez más desde esta tribuna recomiendo a las autoridades federativas y a los clubes de la Liga Mayor de Fútbol que consideren revertir esta disposición que en nada contribuye hacia una cultura de paz y sana convivencia dentro y fuera de los estadios. Las condiciones de la sociedad salvadoreña y de nuestra afición no es de otras latitudes y culturas La manera de ingerir bebidas alcohólicas en nuestro país es diferente incluso que en América Latina.

    Es más lamentable escuchar al presidente de la comisión de regularización el panameño Rolando González establecer que hasta el minuto 60 van a vender la cerveza, sin ningún criterio técnico científico forense, desconociendo la realidad de la violencia en los estadios de nuestro país y las lesiones, amenazas, daños y otros delitos por la violencia de algunos aficionados e incluso de delincuentes camuflajeandose en las barras. Ni como opera el alcohol etílico al ingresar al cuerpo, ni las fases de la ebriedad.

    El fútbol es una pasión, no una excusa para la violencia. El éxito de esta nueva disposición no se medirá por los ingresos generados, sino por la ausencia de incidentes violentos. La responsabilidad ahora recae sin duda sobre los presidentes y juntas directivas de los equipos de la primera división y las autoridades de la FESFUT, en espera que asuman ante los actos de violencia que se van a presentar; así como asegurar que esta medida no se convierta en una victoria pírrica donde el gol de la rentabilidad termine costando la paz de la afición.

    *Por Ricardo Sosa, Doctor y máster en Criminología. Experto en seguridad de estadios

  • Ante la guerra cultural

    Todo comenzó el 9 de noviembre de 1989 y culminó un 25 de diciembre de 1991; es decir, dos años después de la caída del muro de Berlín, cuando se disolvió la Unión Soviética, y las 15 repúblicas que la integraban, declaraban su independencia.

    No fue tan sencillo así, como comprar un ticket para ver un filme laureado en cualquier sala de cine de moda; hoy en vía de extinción ante los embates de Netflix, Hulu o PrimeVideo donde se puede ver cómodamente sentados en nuestras butacas, infinidad de series o películas con nuestras más admiradas actrices o actores, de hoy y del pasado.

    Fue un proceso de descomposición interna de un modelo económico y social, tan rígido como cualquier religión existente de las provenientes del Medio Oriente y el Mediterráneo. Con el agravante que este modelo estatista en lo económico, cultural y convivencia social producía tristeza, decepción y desgano. Y los dioses no eran los dioses griegos, romanos, cristianos o islamitas, sino simples hombres y mujeres con bajezas, envidias, limitaciones, pasiones, complejos y desviaciones psiquiátricas.

    Por supuesto obviaban un factor consubstancial al homínido cuando decidió caminar erguido: el sentido de la libertad. Y luego, cuando optó por vivir en comunidad con tantas libertades como cuantos humanos constituían la constituían; y decidieron crear normas comunes para todos y lograr vivir en convivencia, sin atropellarse unos a otros ni perder su libertad.

    Normas tan antiguas como las dadas por Moisés a su pueblo cuando salió de Egipto en busca de la tierra prometida, o las del rey Hammurabi de Babilonia, escritas unos 1700 años de nuestra era.

    La batalla ha sido interminable, paso a paso, a medida que el hombre (en sentido universal) fue adquiriendo conocimientos. La Carta Magna inglesa firmada por el rey inglés Juan sin Tierra en 1215 bajo presión de los Barones, lo convirtió en «el primero entre los pares» colocándole límites a su autoridad. Y así, pasando por la Ilustración, la Constitución escrita de los Estados Unidos, la Revolución francesa, los Derechos Humanos y un sin número de avances en el mundo occidental que se extiende hacia otros continentes, tendientes todos a salvaguardar la libertad individual, los derechos humanos y la protección de la naturaleza, hasta el presente.

    Al derrumbarse la concepción marxista de la sociedad, el estatismo, comunismo, socialismo científico en 1991, lo que quedó de ello fue una multitud de viudas y huérfanos en un erial espiritual sin retorno.

    En lo económico no había cómo mirar hacia atrás, dado que el estatismo pretendió sustituir la libertad individual, su inventiva, aspiraciones y limitaciones en un túnel interminable e inescapable. Mientras afuera los valores humanos, la libertad de comercio, la libertades individuales avanzaban con tropiezos, incomprensiones y privilegios indebidos, pero avanzaba con resultados concretos en todas las expresiones humanas.

    De modo que ese ejército sin alternativas lo que generó fue un vacío moral, conceptual y reivindicativo que hoy, se podría conceptualizar como el wokismo (progresismo sin alma), dirigido consciente o inconscientemente a derrumbar el modelo de economía de mercado y la llamada moral burguesa, en una búsqueda del poder desde donde se pudiere, de nuevo, imponer desde el estado, el control total de la ciudadanía.

    Así surgió o se mimetizó una vulgar y tradicional rebelión militar como la dirigida por Hugo Chávez en Venezuela, a la cual Fidel Castro le dio sentido político continental el llamado Socialismo del Siglo XXI, que arropaba todas las posturas antiestadounidenses, capitalistas, de libre mercado y electorales democráticas.

    Podemos de España con Pablo Iglesias a la cabeza, el PSOE de Zapatero y Pedro Sánchez, Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, Mujica en Uruguay, Evo Morales en Bolivia, Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua, Salvador Sánchez Cerén y Mauricio Funes en El Salvador, Zelaya de Honduras, Martín Torrijos de Panamá, Fernando Lugo en Paraguay, Umala en Perú, Bachelet en Chile, Lula en Brasil. Y por supuesto todo el Medio Oriente y africano contrario al modelo democrático de libre mercado, desde Libia hasta Siria. Y por supuesto Rusia, China y Turquía, por otros motivos.

    Al final, como la interpretación de Raphael, «Todo se derrumbó».

    Lo que quedó fue un reguero de inadaptados, delincuentes y malvivientes saqueadores del erario espiritual y material. Perseguidores sanguinarios de quienes les impiden el libre disfrute del poder mal habido o mal utilizado.

    Lo que se observa en Venezuela no tiene referencia histórica. No ha existido en la historia de la gobernanza un caso cuyo gobierno se haya dedicado a destruir su propia nación en lo material, territorial e histórica como la banda criminal que oprime y dispersa a sus ciudadanos, en propio interés y en el de intereses extranjeros.

    En España, Pedro Sánchez y sus aliados disociados ha auspiciado al fragmentación nacional, como el caso de Cataluña, han dividido la nación regresando al pasado, introduciendo y valorizando los movimientos Lgbt, feminazis, transexualidad, aborto libre, el islamismo radical y la inmigración descontrolada. Los escándalos de sobornos, cargos inexistentes remunerados, coimas, contrabando, asociaciones ilícitas desde el gobierno, amenaza en convertir a España en un país paria dentro de la Unión Europea.

    En Argentina el triunfo de un liberal en lo económico y libertario en lo conceptual como Javier Milei, la rama más corrupta nacida del otrora peronismo, hoy conocida como el Kirchnerismo, conspira libremente todos los días contra un gobierno atento a devolver al ciudadano su libertad, entre ellas, el retiro paulatino del Estado en todas las actividades personales y nacionales, para substraerle al ciudadano el tutelaje estatal.

    Hoy, desde su prisión domiciliaria, Cristina Kirchner, luego de un juicio por malversación y desviación de dinero público a su favor, iniciado en el 2008, finalmente recibió una condena que por su edad, pudo optar a la prisión domiciliaria, y la obligación de devolver al estado más de 1.300 millones de dólares mal habidos. Queda pendiente otra de traición a la patria, por su componenda con Irán, en el atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 1994 donde murieron 85 personas.

    Es claro que el siglo XXI, se inició con un proceso político planetario, que nos conduce directamente no al fin de la historia, sino a una guerra cultural abierta y sin reservas que no debemos evadir, por el contrario, debemos asumir sin complejos.

  • La confianza en el ser humano y en la fuerza colectiva transformadora

    La esperanza es lo último que debe perderse. Tanto es así, que no hay concordia sin anhelo, como tampoco impulso sin familiaridad; y, aún menos, futuro sin creer en uno mismo. Hay que ilusionarse para poder cerrar brechas, promover el avance y elevar el espíritu creativo. Sin duda, nos merecemos otras situaciones y otros entornos, que reduzcan la polarización y refuerce el sentido de pertenencia armónica. Esto debe generar una concienciación global inclusiva, de respeto hacia todo, con la escucha permanente y el sincero abrazo; para llevar a buen término actividades comunitarias conciliadoras, que nos aviven el deseo de renovarnos, no sobre la desesperanza o la división, sino sobre nuestra humanidad compartida y la firme creencia en un mañana sin contiendas.

    La población tiene que dejar de herirse, de chismorrear, haciéndolo con valentía y tesón. El porvenir es nuestro, no hay que tenerle miedo. Será bueno extender pulsos y latidos, activar entre los jóvenes el anhelo de procrear y de crear otras atmosferas más fecundas. Factores económicos como el acceso a la vivienda, el costo del cuidado infantil o la inestabilidad laboral son limitaciones a la hora de decidir el número de descendientes que pueden tener las familias. El momento no es fácil, nunca lo ha sido. Ahora creo que debemos priorizar las necesidades y las opiniones de los jóvenes, pero también hay que dejarse asesorar por nuestros mayores; su cátedra viviente está ahí, para ponernos alas y reponernos de tantas inhumanidades vertidas por nosotros mismos.

    Será bueno, regresar a la autenticidad del ser que somos, adentrarnos en nuestros valores, para activar otras moradas más seguras y tranquilas. No hay que desfallecer en los intentos de cambio, entonces el desierto será un vergel y el jardín volverá a ser ese poema que nos trasciende e ilumina. Hemos de repoblarnos, sin duda, de fortaleza. Las personas están perdiendo la capacidad de tomar sus propias decisiones; y, esto es grave, se trata de una crisis de libertad. No olvidemos que, nuestra vida personal, tiene más valor que cualquier hazaña posesiva o de poder. Son las propias relaciones activadas de corazón a corazón, como servicio humanitario, las que realmente nos hacen despertar y tomar el camino del entusiasmo, hacia otros horizontes más níveos y mensos usureros.

    Lo sustancial es despojarse de mundo, situar a la persona humana en su integridad inviolable, en el centro de la exploración de la evidencia, con el único símbolo de hermanamiento que conozco, el de la bondad; ya que, tan solo buscando el bien de nuestros análogos, encontramos el nuestro. Un simple acto de clemencia es, por sí mismo, un acto de felicidad. ¡Practiquémoslo! Lo mismo sucede con la tecnología, ha de servir a todas las gentes y al planeta. Lo esencial es darle un cauce seguro, responsable y que no deje a nadie atrás. Indudablemente, cada pequeño gesto cuenta, al menos para que predomine el sentido de ser familia, de compartir las alegrías y las tristezas existenciales, junto con los valores humanos y los principios que los animan.

    En consecuencia, uno debe estar abierto a todas las preguntas, esto nos ayuda a conocernos y a reconocernos en nuestro diario vivencial; sin obviar que el entendimiento intergeneracional es crucial, al menos para generar franqueza y fortalecer la solidaridad y la equidad. Únicamente aquellas soluciones compartidas, sustentadas en los derechos humanos, repararán las heridas. En efecto, todos nos necesitamos en esta época de cambios radicales. Demos prioridad, pues, a estos modelos de actuación hogareña, sin perder nunca la paciencia, incluso cuando nos sintamos deshabitados y caídos, porque levantar la cabeza para recobrar nuestra dignidad es algo natural, que contrarresta toda adversidad. Nos salva la expectativa de no desesperarse. ¡Hagámoslo!

    • Víctor Corcoba Herrero es escritor español

  • La xenofobia hacia los migrantes

    Para iniciar el presente escrito, es oportuno definir qué es xenofobia: «Rechazo u odio al extranjero o inmigrante». A nivel mundial, algunos líderes están promulgando sacar a todos los migrantes, hasta a sus hijos; eso se conoció recientemente en España. Según el periódico español El País, el partido político VOX defiende abiertamente deportar a ocho millones de inmigrantes.

    Lo anterior se suma a la cacería de inmigrantes que ha abierto desde que llegó a su segundo mandato el presidente estadounidense Donald Trump. El pecado es ser inmigrante. Es más, si alguien tiene piel morena o es latino, rápidamente la policía le pide documentos. Muchos están en estos momentos pensando en el futuro cercano llegarán a sus casas o fábricas a deportarlos.

    Estados Unidos ha sido, desde la conquista de los europeos un país de migrantes. Su multiculturalidad es característico casi en toda su región. Los migrantes son los que construyeron y lo hicieron un país de las oportunidades.

    Recientemente hubo manifestaciones en Los Ángeles, California, esos disturbios fueron por las redadas contra inmigrantes sin documentos. Los migrantes anhelan mejores condiciones, las cuales no pudieron cumplir en su país de origen.

    Recordemos que, sin migrantes, especialmente en los Estados Unidos, ¿quiénes cultivarán las tierras, quiénes irán a pescar, quiénes limpiarán las casas y los jardines, quiénes trabajarán en restaurantes, etc. Quizá «el sueño americano» se esté esfumando para muchos que desean ir a ese gran país.

    En los Estados Unidos, todos sabemos que es un país de inmigrantes, ya mencioné en otra ocasión que los únicos ciudadanos originales son las tribus indígenas que habitaban, como: cherokee, choctaw, chickasaw, creek (muscogee) y seminole. Con la llegada de los europeos todo cambió.

    Mientras tanto, Trump continúa arremetiendo contra los inmigrantes, ha eliminado para algunos ciudadanos el Estatus de Protección Temporal (TPS). El cual permite trabajar sin ningún problema a los migrantes. Además, el TPS se crearon para migrantes en donde hay conflictos armados, desastres naturales u otros conflictos.

    A nivel mundial, la xenofobia hacia los migrantes sigue dando de qué hablar. En países donde no se respetan los derechos humanos, seguirá viéndose en las noticias cómo mandan de vuelta a los migrantes a su país de origen. Siempre se observa a los migrantes bajarse del avión con una bolsa en su mano.

    En el contexto salvadoreño las cosas no son de color de rosa, es más, para los centroamericanos, la situación ha empeorado. Según los medios de comunicación, ha bajado la migración de salvadoreños hacia el país del norte. La situación en El Salvador está difícil, la canasta básica ha aumentado y las plazas laborales no cubren para los que la necesitan.

    Es lamentable ver a millones de personas que desean cambiar su rumbo de vida. El problema con el que se enfrentan es con gobiernos que les cierran las fronteras. Lo más triste es ver a niños que son separados de sus padres. Muchos padres arriesgan la vida de sus hijos, algunos son menores de edad.

    ¿Hasta cuándo podremos ver las fronteras sin murallas? Eso es difícil, a nivel mundial cada vez emigran más personas. La xenofobia hacia los migrantes está mezclada con el racismo. Por ejemplo, en países europeos odian a los que son de raza negra.

    La sociedad y los gobiernos, deben ser más tolerantes hacia los migrantes. Son ellos los que hacen el trabajo duro; por lo tanto, es recomendable verlos como personas útiles y no como si fuesen asesinos o personas mal habidas. No todos los migrantes son malas personas. Lástima que por unos paguen todos.

    • Fidel López Eguizábal, Docente
    fidel.flopez@gmail.com

  • Mala salud

    Si vamos a hablar de la situación de la gente que puebla el abajo y adentro de nuestro terruño, no hay duda que es esa y no otra la calificación de la atención que recibe. Exceptuando a los sectores privilegiados que pueden costearse para sí y su parentela un seguro privado o pagar las consultas, los medicamentos y de ser necesaria la hospitalización con o sin intervención quirúrgica, el resto de personas y familias –principalmente aquellas pertenecientes a las mayorías populares– se las ven a palitos cuando padecen alguna enfermedad o enfrentan emergencias que les afectan su condición física o mental. En el peor escenario, de plano, no les queda más que dejarse morir. Esa es la realidad en tan importante tema y no aquella de la cual presumen algunas figuras de la farándula gubernamental.

    Al respecto, para valorar someramente las jerarquías actuales de esta última, veamos algunas asignaciones incluidas en el Presupuesto General de la Nación aprobado por la Asamblea Legislativa para este año y comparemos. La determinación sobre la destinada para la cartera correspondiente al ámbito de la salud pública, fue reducirla por más de 90 millones de dólares; en cambio, al ramo de la Defensa Nacional le incrementaron arriba de los 53 y a la Presidencia de la República se la elevaron inicialmente en alrededor de veintiocho millones, pero le acaban de autorizar casi dieciocho más. Finalmente, el alza que le recetaron al lnstituto de Bienestar Animal por una nada llega a los nueve.

    Así las cosas, podría suponerse que en la agenda oficialista la salud de quienes recurren al sistema público existente para su atención importa menos que el armamento militar para combatir un enemigo que –luego de que Nayib Bukele asegurara el 1 de junio del 2022 que estaba «cerca de ganar» la batalla contra las maras– hoy «resucita» de la nada una de estas bautizada como «La raza»; asimismo, 1500 soldados y cinco centenares de policías cercaron recientemente un rincón del departamento de San Salvador para dizque combatir otro supuesto intento pandilleril por volver a las andadas. También es menos valiosa que la publicidad generada por una Casa Presidencial usurpada, promocionando lo anterior y otros contenidos que giran alrededor de quien la usurpa; igualmente, la atención sanitaria de los animales pareciera más apreciada que la de nuestra población necesitada de alivio.

    Pero el problema de la salud salvadoreña va más allá. Tiene que ver además con la de su sistema de justicia, que incluye no solamente al órgano judicial encabezado por la Sala de lo Constitucional de una Corte nada «Suprema» sino también a la Fiscalía General de la República y el resto del Ministerio Público; es decir, las dos procuradurías existentes solo en la forma pues en el fondo no pasan de ser un par de entidades genuflexas: la General y la de Derechos Humanos. De la corporación policial y la milicia, que de hecho anda metida donde constitucionalmente no le corresponde, ni hablar; a las pruebas me remito, en el marco del régimen de excepción.

    Y un país en el cual se encuentra vigente dicho régimen ininterrumpido y vuelto normalidad durante casi 40 meses, en cuyo marco ‒según la directora del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas– el 2.6 % del total de su población adulta se encuentra privada de libertad, en el que un buen número de esas personas no ha cometido delito alguno y en el que muchas de estas han muerto, no es un país vigoroso. No está sano, pues.

    Pero además, para bien, contemplamos el deterioro de la salud política de quienes se han sentido omnipotentes e intocables. El escenario está cambiando no porque se les haya aparecido la Virgen y estén convirtiéndose a la decencia, la bondad o la generosidad; es porque ha comenzado a temblarles el piso que creían granítico y estable, tal como le está pasando al «padrino» del norte continental.

    Mientras tanto, además, El Salvador continúa padeciendo una enfermedad terminal tradicional agravada. Los acuerdos que frenaron la guerra, en el mejor de los casos terminaron siendo cuidados paliativos y no la cura del mal histórico prevaleciente más jodido: la impunidad. Sus firmantes se envolvieron con el trapo chuco de una amnistía mutua y ese padecimiento no se superó; más bien alcanzó hasta la actualidad y empeoró. Ahora, desde hace más de seis años, con total arbitrariedad las cosas no siguen igual sino que están peor. ¡Basta ya, entonces! Curemos de raíz a este nuestro atropellado país.

  • Estachas unidas

    Hay dos cultos globales que superficialmente han reflejado cierta autonomía, dos instituciones malleras con las sensibles fibras de la pasión. Una, bastante más reciente, ha tejido lúdicamente un rico planeta paralelo, en tanto que la otra genera admiración mediante su perdurabilidad: el Estado más pequeño del mundo proyecta una sombra ubicua.

    De esta forma, la más joven exhibe un hipnótico espectáculo sencillo, al tiempo que la vetusta otro deslumbrantemente intangible. Sin embargo, con la superpotencia americana se han topado.

    La Iglesia católica, la más experimentada de las dos, para esta extraordinaria durabilidad, se sigue acomodando a los tiempos: los más conservadores acusan cualquier posible cambio y los menos conservadores la señalan por todo, pero los pontífices continúan siendo la encarnación del astuto juego de la conservación; con una entonación diferente del mismo discurso atraen más o menos a través de una cosechadora que, aunque se atasca, marcha.

    Además de los fieles, muchos críticos con la Iglesia quedan fascinados con el discurso cristiano del difunto papa Francisco. Hace unos años, otros menos críticos se derretían ante el discurso cristiano del bastante más carismático, e infinitamente más decisivo en lo político, Juan Pablo II. En el medio, unos y otros se aburrían con el discurso cristiano de Benedicto XVI.

    El Estado de la Ciudad del Vaticano sigue siendo la única monarquía absoluta y teocrática de Europa: el celibato de los sacerdotes se mantiene intocable y la mujer permanece como un auxiliar a la sombra. Por su parte, el aborto, la eutanasia, los anticonceptivos o el matrimonio homosexual son considerados aberraciones.

    Los «avances» de Francisco se apoyan en su reproche hacia los sacerdotes que no bautizan a los niños nacidos de parejas no casadas y en una actitud más benévola con respecto a los homosexuales. No obstante, su tenaz denuncia de la desigualdad es lo que encandiló a tantos. Un papa latinoamericano para recuperar la sangría causada por el protestantismo evangélico en toda América.

    Ahora, la Iglesia sube la apuesta y, manteniendo el enlace con Latinoamérica, se conecta directamente con la primera potencia de la tierra, el país con mayor proporción de evangélicos, a través de un papa estadounidense con un fuerte vínculo con Perú. León XIV refleja otra personificación católica de los símbolos que tantea y recolecta la permanencia.

    Por otro lado, la FIFA, la institución principiante, explotó en su descarada inflamación corrupta por un picotazo de Washington; del FBI destapando en 2015 el FIFA Gate a la organización de la 2026 FIFA World Cup se consolida una realidad sólidamente estadounidense del deporte rey, del fútbol americano a América futbolística.

    Por si fuera poco, ya con la Copa Mundial de 2026 junto a la Copa Mundial Femenina de 2031, y los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, en el bolsillo, Estados Unidos ha organizado la primera gran competición global de clubes: la Copa Mundial de Clubes de la FIFA 2025. Asimismo, se ha vuelto prácticamente la sede fija de los dos campeonatos continentales que reúnen a las selecciones de Centroamérica y Norteamérica: la Copa Oro de la Concacaf y la Liga de Naciones de la Concacaf. Por último, sin siquiera formar parte de la confederación responsable (la sudamericana), ha organizado la Copa América en 2016, en 2024 y presenta su candidatura para albergarla otra vez en 2028.

    Por añadidura, el capital norteamericano se hace con el 20% de la propiedad de los clubes de las cinco grandes ligas de Europa (Premier League, LaLiga, Serie A, Bundesliga y Ligue 1). La Premier, considerada la más importante del mundo, ya tiene a la mitad de sus clubes con dueños estadounidenses.

    El peso orgánico del fútbol y del catolicismo no es el del baloncesto y del evangelicalismo. Por lo tanto, es lógico que cualquier gran despliegue de poder deba acercarse de buena gana a estos fenómenos. Al fin y al cabo, de eso se trata esto: de creer y jugar.

    Según Edward Luttwak, los principales damnificados por el turbocapitalismo están «ávidos por entretenerse con algo que les haga olvidar sus frustraciones, como la religiosidad vehemente o los deportes televisados». Los Estados, en cambio, están ansiosos por embeberse hasta el hastío con estas fuerzas para que sus triunfos sean recordados.

    • Augusto Manzanal Ciancaglini es politólogo

  • El mal uso de las tarjetas de crédito ocasiona deudas

    Si una persona gana mil dólares mensuales por ningún motivo debería gastar más de esa cantidad al mes. Inclusive, debe ahorrar aunque sea una mínima cantidad, a efecto de poder subsanar alguna emergencia o eventualidad. Mi padre siempre nos aconsejaba en el sentido de no gastar más de nuestros ingresos y de tener el hábito del ahorro sin caer en la austeridad o avaricia.

    Sin embargo, en el sistema educativo nunca nos enseñaron, ni se enseña, lo básico de la economía doméstica, por eso muchos, alguna vez, hemos caído en deudas y en ocasiones hemos tenido que pagar mucho más de lo que hemos gastado porque hemos caído en préstamos, en deudas y en el pago de intereses sobre mora.

    Sobre la marcha de la vida hemos aprendido, algunos tras amargas experiencias, a manejar tarjetas de crédito. En mi caso personal viví una experiencia que me hizo pagar miles de dólares que nunca gasté. Resulta que hace unos 15 años de un banco me llamaron para decirme que por mi buena trayectoria crediticia tenía derecho a solicitar una tarjeta de crédito ejecutiva con la cual podía hacer retiros o pagos de compra por hasta 1,000 dólares semanales.

    Durante tres años hice uso de ella casi de manera indiscriminado. Cada fin de mes depositaba el monto de lo que había gastado o retirado más otra cantidad extra. A los tres años comenzaron a acosarme los despachos de cobranzas porque supuestamente no había realizado algunos pagos. Con «voucher» fui al banco para demostrarles que no debía nada, pero según ellos yo había comprado un traje en un prestigioso almacén y había pagado con la tarjeta de crédito un boleto de ida y vuelta para Panamá, lo cual nunca ocurrió. Fui al almacén y a la agencia de viajes donde me dijeron que esas compras no estaban registradas a mi nombre.

    Puse la denuncia en la Defensoría del Consumidor y casi doce años después nunca me dieron solución. El asunto es que les pague todo al banco y les solicité anular la tarjeta, pero me pidieron esperar unos meses más hasta que la tarjeta se venciera. Ya no la volví a usar y el día que se vencía me presenté a una agencia para que la anularán. Mi sorpresa era que ya me tenían una tarjeta renovada y que les debía cerca de 75 dólares por manejo de la misma en los últimos cuatro meses. Obviamente pagué, no acepté la nueva tarjeta y con una tijera que le presté al mismo empleado rompí la tarjeta. Jamás he vuelto a manejar tarjetas de crédito y prefiero manejar efectivo.

    Manejas tarjetas de crédito requiere mucha responsabilidad y por supuesto saber usarlas. Los usuarios deben llevar un control de su uso y no exceder los ingresos personales para pagar en las fechas establecidas, porque de lo contrario se cae en mora y el sistema financiero abusa de los intereses sobre la mora.

    Según el Observatorio de Tarjetas de Crédito (OTC) de la Defensoría del Consumidor en El Salvador en promedio uno de cada siete salvadoreños es deudor de tarjeta de crédito, pues hay 937,312 personas que poseen tarjeta. Las cifras señalan que desde enero de 2024 hasta el 30 de junio pasado hubo un incremento de más de 170 mil deudores. Es decir que a diario alrededor de 353 salvadoreños se suman al uso y manejo de tarjetas de crédito, por tanto son deudores que pagan intereses y algunos caen en mora.

    Los datos de la OTC señalan que hasta junio pasado en el país circulaban 1,511,202 tarjetas de crédito o unidades de dinero plástico. Muchas personas se entusiasman con su uso y lo hacen sin criterios de economía doméstica y consumen ese dinero autorizado sin medir consecuencias. Al final del mes deben pagar lo consumido y sus ingresos son insuficientes, cayendo en una mora que se vuelve perdurable y angustiante, la cual es agravada por el acoso de las oficinas de cobro.

    No nos educaron sobre economía doméstica, pero nos formaron para vivir en una sociedad en extremo consumista, donde adquirimos productos y objetos que no necesitamos, pero que solemos pagar con tarjetas de crédito, porque de esa manera percibimos que el gasto es más bonancible. «Usar tarjetas para pagar todo es una forma de aliviar mentalmente el gasto y de creer que aunque innecesario el producto, al menos no se pagó en efectivo», dice m amigo psicólogo Orlando Zavaleta.

    El psicólogo afirma que muchas personas creen que poseer y usar tarjetas de crédito les de reconocimiento social y les eleva el ego, sin darse cuenta del peligro de endeudamiento que corren, si usan con desorden y sin criterio financiero el dinero plástico.

    «Ser tarjetahabiente conlleva responsabilidad y por más inteligente que se maneje una tarjeta siempre genera algún interés beneficioso para la entidad financiera, pues de otra forma no se extendieran», dice el economista y docente universitario Jaime Mauricio Meléndez.

    Personalmente pienso que las tarjetas de crédito generan la falsa sensación de estabilidad económica, pues muchos tarjetahabientes gastan más de sus ingresos y repentinamente caen en moras que se transforman en espirales de las que difícilmente se sale sin daños personales y muchas veces daños familiares.

    Mi consejo es que si nos ofrecen una tarjeta que no hemos solicitado, no la aceptemos. Nadie nos puede obligar a hacerlo. La falsa sensación de estabilidad económica es un espejismo que nos lleva al consumismo y el endeudamiento no deseado. Las tarjetas de crédito son parte de la cotidianidad, pero hay que saber manejarlas, de lo contrario lo mejor es no poseerlas.

    • Jaime Ulises Marinero es periodista

  • Suchitoto y Ciudad Vieja en 1528

    Esta ocasión es propicia para resaltar la grandeza de Suchitoto, porque hace «casi» 500 años, se fundó, en un área ubicada en lo que hoy es su jurisdicción, la entonces villa de San Salvador. Según algunos historiadores, en el año de 1528 los conquistadores establecieron un asentamiento 10 kilómetros al sur de lo que hoy es Suchitoto, en el valle de La Bermuda. Aunque hay datos de que en 1525 los españoles ya habrían establecido un primer asentamiento en territorio nacional, sin haber un dato certero de la ubicación exacta, ni hay mayor información debido a su existencia efímera, de casi un año, y a la entonces problemática que enfrentaron (ocurrió hace 500 años y es parte de la historia de la capital de El Salvador).

    Desde 1528 hasta 1545 permanecieron los conquistadores en ese núcleo poblacional, funcionando como la capital del país, sirviendo de bastión para concluir con la conquista del «Señorío de Cuzcatlán». Por diversas razones ese asentamiento tuvo que ser trasladado hasta donde está hoy San Salvador. Una de esas posibles razones, según algunos historiadores, era el asedio de los nativos en contra de la nueva capital. Lo que permite deducir la existencia de poblaciones indígenas en el área general del ahora Suchitoto. Sus orígenes precolombinos le dan un alto valor histórico al linaje suchitotense. Nótese ese enriquecimiento cultural en la zona, españoles e indígenas en la comarca en mención.

    Ahora, se conoce como Ciudad Vieja, a los vestigios encontrados en donde estuvo ese asentamiento por casi 17 años aproximadamente. Su cercanía a Suchitoto, a solamente 10 kilómetros de la ciudad Pájaro-Flor, genera a dicha ciudad la responsabilidad de rememorar en el 2028 los 500 años de ese hecho histórico. Un reto cultural para las autoridades municipales, así como para los sectores educativo, cultural y turístico. Artistas, artesanos, comerciantes y población en general, darían también realce al esfuerzo para que sea una magna conmemoración.

    Sobre este tema de los 500 años hay diversas opiniones en cuanto a la certeza de la información, lo cual es muy enriquecedor. Son aproximaciones variadas que llevan a lo mismo, a la valoración histórica de Suchitoto en ese período, con pasajes propios del descubrimiento y conquista, pasando por las etapas de la colonización y las gestas que propiciaron el periodo republicano. Son muy notables los eventos que hasta la fecha se han realizado para revisar, discutir y valorar esa historia que es vital para la identidad nacional.

    En este 15 de julio del 2025, Suchitoto celebrará el centésimo sexagésimo séptimo aniversario de haber recibido el título de ciudad. Hecho ocurrido en 1858 durante la presidencia del Capitán General Gerardo Barrios. Fue un reconocimiento a la tenacidad de los pobladores de esa época (además, era la cabecera departamental de Cuscatlán desde 1835 a 1861). Como dato adicional en 1836 había recibido el título de villa.

    Pero, las glorias de Suchitoto no vienen solamente por ser ciudad desde hace 167 años. Desde 1821 desempeñó un papel primordial en la evolución del nuevo Estado de El Salvador. Durante el periodo colonial, fue parte del desarrollo político, económico, social y cultural, que se administraba desde Suchitoto. En el descubrimiento y conquista en sus alrededores, hubo interacción con los indígenas de la zona, quienes desde siglos atrás (año 1000 d.C.) ya poblaban la zona. Por tanto, las glorias de Suchitoto no vienen de hace 167 años, van más allá y viajan en los tiempos precolombino, colonial y republicano. Logros con un denominador común, la tenacidad de su gente.

    Llámese municipio, distrito, ciudad, villa o pueblo, es indiferente; su nombre es Suchitoto y tiene un capital peculiar, sus pobladores (nacionales y extranjeros), todos orgullosos de ser suchitotenses, trabajando por preservar el pasado glorioso, fortalecer el presente y preparar las condiciones para un mejor futuro. Hoy, se pueden mencionar y homenajear como hijos meritísimos a muchos suchitotenses, extensa es la lista, y miles los logros en favor del pueblo, pero sería imposible nombrarlos en esta ocasión. Loor a cada uno de ellos. Gracias por su esfuerzo.

    Finalmente, hay un hecho indiscutible sobre el valor histórico de Suchitoto; en sus alrededores hay dos tipos de vestigios culturales: Ciudad Vieja, que data de 1528, de influencia española, y el Sitio Arqueológico de Cihuatán, del periodo prehispánico, a 10 y 24 kilómetros respectivamente. Su evolución como la capital cultural de El Salvador, tiene raíces profundas, tiene su origen con la base indígena y la influencia de los conquistadores, que no viene de hace 167 años. Es un reto para las nuevas generaciones, «escanear la historia», y así, descubrir las glorias del pasado, valorar los logros del presente y construir un futuro prometedor para cada suchitotense. Viva Suchitoto.

    • Eduardo Mendoza es general retirado.

  • Infracciones

    La ciudad es proveedora de historias infinitas. Cada día, a cada hora, a cada minuto sucede ‘algo’. Pero el habitante urbano, común y corriente, a veces se desentiende de lo que acontece, de lo que le pasa, porque sabe que le pasa, e imbuido de un conformismo inaudito deja que le pase sin más.

    Pero que en un par de horas sucedan varias cosas relacionadas con el transporte urbano, no deja de ser extraordinario. Caldo de cultivo para un cuento de los de Julio Cortázar.

    Quienes son usuarios habituales de las rutas de buses urbanos están tan acostumbrados a estos extraños sucesos, que no hay asombro posible.

    La ruta 30, que tiene su recorrido del centro de la ciudad hasta el noroccidente de San Salvador y de Mejicanos, es un buen ejemplo de lo que sucede hoy por hoy.

    En esas horas prodigiosas (y de pronto se viene a mi mente ‘El prodigioso miligramo’, un cuento de Juan José Arreola) lo primero fue, a las 19 y 45 horas, con exactitud frente al semáforo que queda en la esquina del restaurante llamado Mamá Chuz, el motorista, un señor obeso, gritó: Alguien va para la Satélite. Dos dijimos que sí íbamos. El total de los pasajeros éramos unos veinte, y supongo que el motorista evaluó que dos eran una absoluta minoría, así que se desvió de la ruta y siguió recto. Los dos que habíamos dicho que sí íbamos para la Satélite, protestamos, pero el sujeto continuó tan campante. Entonces hice algo inadecuado, según el canon de comportamiento del usuario de buses urbanos, es decir, me levanté a increpar de buen modo al ‘mono estresado’ que iba al volante. Mire, le dije, debe retomar la ruta, está cometiendo una infracción. El señor (quizá pesaba unas 275 libras), detuvo el autobús, me vio (o eso me pareció) con sus ojos inflados y no contestó. Continuó su marcha.

    Fui terco y di un paso más: si lo ven los del Viceministerio de Transporte (VMT) lo van a infraccionar. Volvió a detener la marcha. Giró su cuerpo (o intentó hacerlo, porque su volumen no le permite mucho margen de maniobra) y con un gesto de manos que todo mundo entiende como ‘me vale’, siguió en su discurrir.

    Entonces, como decía mi abuela, se me calentó la cabeza y le lancé mi última carta con una interrogación: ¿qué tal si el presidente se entera?, ¿qué no vio lo que les pasó la otra vez a los transportistas con lo de la carretera a Los Chorros? El hombre dio un frenazo que casi me caigo, pero me logré agarrar de uno de los barrotes que para variar iba flojo ―porque esa unidad ya está para chatarra―. Me vio fijo a los ojos, noté que los tenía enrojecidos, y habló: A mí qué me cuenta, llame hasta a Donald Trump si quiere, pero en esta unidad mando yo. Y dio un grito espantoso: Los que se van a bajar, háganlo ahorita. Se bajaron casi todos, incluso los que iban en la dirección que llevaba el motorista mandón.

    Yo iba a tomar la 30-B, porque mi destino era la colonia Miramonte y me bajaría cerca de Metrocentro. Así que de la Mamá Chuz hasta la gasolinera Texaco, sobre la avenida Bernal, me fui caminando junto a otros que decidieron irse por ahí también. En silencio. Como si fuera una procesión fúnebre. El pinche motorista nos había maltratado y expulsado de la unidad de transporte y parecía que nosotros cargábamos con una culpa.

    Llegué a la gasolinera Texaco y me senté a esperar en la banca de metal que hay en ese sitio. Posé mi vista al frente y pasados unos segundos me levanté asustado, porque enfrente de esa parada de buses siempre ha habido una estructura metálica igual a la que estaba donde yo me encontraba. Pero ya no había nada. Me pasé la calle y fui a constatar. En efecto, la habían destrabado. Regresé a la parada a esperar la 30-B, aunque con mi mente dándole vuelta a la ‘desaparición’ de la banca metálica de la parada de buses. Y no me aguanté, y fui a preguntarle a uno de los muchachos dispensadores de gasolina. Ah, me dijo, ayer vinieron unas personas en un camioncito Kia blanco, la destrabaron rápido y se llevaron la banca metálica. Le agradecí la información y regresé a la parada de buses.

    Me senté, apesadumbrado. Y recordé que, en ese mismo lugar, hacía meses, había presenciado otra infracción: los trabajadores que estaban ‘destruyendo’ la acera para hacer un estacionamiento del edificio que ahora es para alquiler de apartamentos (pero que antes fue una bodega de materiales de construcción; ¿cómo hicieron esa mutación de uso del suelo urbano?), vi (¡y fotografié!) cuando movieron el rótulo de ‘no estacionar’ a 10 metros adelante.

    ¿Qué es esto?, me pregunté. La respuesta era obvia: la selva urbana.

    • Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones