Categoría: Opinión

  • Literatura y Medicina (II)

    En Centroamérica no ha habido muchos médicos-escritores, pero uno de ellos fue el salvadoreño Melitón Barba (‘Puta vieja’, 1987), quien nació en 1925.
    A mediados de la década de 1940 inició sus estudios de medicina en la universidad estatal y el 12 de noviembre de 1954 se graduó de médico con la tesis ‘Cuarenta casos de eclampsia, su estudio y su terapéutica’. A partir de ahí no dejó de escribir, aunque por un tiempo sus temas fueron de estricto rigor médico. Entre mayo de 1955 y agosto de 1956 fue a especializarse al Instituto Ortopédico Rizzoli, en Bolonia, Italia.

    Ya de regreso, publicó en Archivos del Colegio Médico de El Salvador (vol. II, No. 4, diciembre de 1958) un trabajo de su especialidad, pero que ya tenía una sonoridad literaria: ‘Banco de huesos’.

    Aunque es hasta la publicación de su primer libro de cuentos, ‘Todo tiro a jon’ (Managua, 1984) que se cree que Melitón Barba comenzó a escribir, lo cierto es que en las décadas de 1960 y de1970 hay registro bibliográfico de su labor de escritura. Hay un par de ficciones (aún no reunidas en libro) y lo que más abunda son los artículos de opinión (en El Diario de Hoy, sobre todo) y los ensayos de enfoque médico-social.

    Además, a mediados de la década de 1960 inicia su actividad política como uno de los fundadores del Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), una pequeña formación partidaria de corte ‘radical-democrático’ y quizás un tanto inspirada en la experiencia de la primavera guatemalteca de 1944-1954, con los gobiernos de Juan José Arévalo primero y de Jacobo Árbenz, después.

    En ningún momento dejó de ejercer la medicina y más bien la amplió porque pasó a ser profesor de la Facultad de Medicina en una época marcada por la reforma universitaria, circunstancia que sacudió para bien al establecimiento universitario.

    En 1972, un año marcado por tres hechos decisivos (en febrero, fraude electoral contra la candidatura opositora; en marzo, frustrado golpe de Estado de inspiración constitucionalista y, en julio, intervención militar de la Universidad de El Salvador) impactaron de forma directa ―o como él gustaba decir: en el puro plexo― al médico-escritor Melitón Barba.

    La elección presidencial del 20 de febrero fue amañada por el ‘partido oficial’ de aquel entonces (el Partido de Conciliación Nacional, PCN) y arrebatada la victoria a la coalición opositora, la Unión Nacional Opositora (UNO), que la integraban tres partidos políticos de diferente orientación ideológica. El Partido Demócrata Cristiano (PDC), el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR, que después de esa fecha se declararía socialdemócrata) y la Unión Democrática Nacionalista (UDN, con vasos comunicantes con el Partido Comunista de El Salvador). La UNO era algo más o menos parecido a la Unidad Popular, de Chile, que llevó al médico Salvador Allende a la presidencia, solo que en El Salvador esa coalición estaba retobada por una red de sectores cristianos de base (sacerdotes diocesanos y seglares), una red de militares retirados y por la relevante organización magisterial denominada Asociación Nacional de Educadores Salvadoreños ―ANDES― ’21 de Junio’.

    En la conducción de aquel empeño electoral hubo un organismo al que se integraron dirigentes de cada uno de los tres partidos políticos. Melitón Barba formaba parte de ese organismo en representación del MNR. El candidato presidencial (Napoleón Duarte) le correspondió al PDC, que contaba con el caudal electoral mayoritario. El candidato a la vicepresidencia fue adjudicado al MNR (Guillermo Manuel Ungo) y el programa de la UNO, una oferta política moderada y realista de cambio, fue hechura de los tres partidos políticos y demás adherentes.

    Al producirse el fraude electoral contra la UNO el mapa político del país se complicó, y ahora, años vista, está claro que con esa desatinada acción se abrió la posibilidad de la guerra que a partir de 1981 se generalizó.

    En un esfuerzo, desesperado y descoordinado, un grupo de militares constitucionalistas y civiles, encabezados por Benjamín Mejía (coronel, y ‘masferrereano’ de toda la vida) el 25 de marzo de 1972 intentaron restablecer la legalidad rota, pero en menos de 24 horas aquello fue aplastado. El golpe de Estado del 25 de marzo no fue una respuesta fraguada desde la UNO, sino una iniciativa tangencial, pero a título personal, el candidato opositor, Napoleón Duarte, por medio de la radio hizo un llamado a la población en general a que se sumara a respaldar la acción restauradora de la constitucionalidad. También, a título personal, el vocero de ese golpe de Estado, René Glower Valdivieso (teniente retirado ―quien se salvó de la pena de muerte por su participación en el levantamiento militar contra Maximiliano Hernández Martínez en abril de 1944― e ingeniero civil) era miembro activo del MNR. Y activistas de la UDN realizaron acciones de calle para impedir el paso en diversos puntos de la capital.

    Abril y mayo de 1972 fueron meses de calma chicha. La represión comenzó a articularse contra toda tentativa opositora y solo esperaba el banderillazo de salida con un hecho simbólico que mostrara su hoja de ruta.

    • Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

  • Controversia

    Leo con interés una confrontación de ideas, conceptos y afirmaciones y sentencias que se emiten en torno a la calificación de la gestión gubernamental del presidente Nayib Armando Bukele Ortez, quién aparentemente se ha venido inclinando hacia el ejercicio de un régimen autoritario. Esto nos plantea varias interrogantes sobre qué se entiende por régimen autoritario, si se ejerce en este caso, si se ha optado por darle la espalda el régimen legal establecido, visualizado en la Constitución Nacional. Venezuela, por ejemplo, no es un régimen autoritario, tampoco lo es Nicaragua, Cuba o Irán. Estos países están gobernados por tiranos, donde la ley, la Constitución son ellos, sus ideas políticas y religiosas.

    No existe en ellos seguridad jurídica civil, penal o administrativa; ni siquiera la elemental de sus ciudadanías y terceros, por aparentar un orden legal común para todos y cada uno de sus habitantes. En consecuencia, el Estado de Derecho, con lo que ello conlleva en su alcance y significado concreto, simplemente es inexistente.

    La pirámide de Kelsen que describe tan bien el orden y prevalencia de la norma jurídica una e igual para todos, que parte de una ordenanza municipal, por ejemplo, y llega la hasta cúspide de esa pirámide donde se encuentra la Constitución, nos otorga la seguridad jurídica necesaria para la convivencia humana, y entre las instituciones públicas o privadas, laicas o religiosas.

    Por ello la Constitución es tan importante en la vida común y diaria de los ciudadanos entre sí y, entre estos y la estructura legal, sea en una república como El Salvador o en una monarquía constitucional como en España.

    La Constitución salvadoreña del 20 de diciembre de 1983, fue una de las más avanzadas del continente; quizá por su fecha de presentación, que pauta un equilibrio total y adecuando entre los tres poderes (no tuvo la necesidad de crear tres o cuatro poderes más, como hizo Chávez en su Constitución del 2001, realizada a su imagen y semejanza, donde el poder el Poder Ejecutivo tiene prevalencia sobre el resto de los poderes, de una manera abierta o encubierta.

    Los siete primeros artículos de la Constitución salvadoreña prácticamente define los fines inherentes a su espíritu, propósito y razón. Y este no es otro que la protección de su ciudadanía, de su pueblo, en todos los aspecto. En el 168, ordinal 3, se le atribuye al Presidente la obligación de «Procurar la armonía social, y conservar la paz y tranquilidad interiores y la seguridad de la persona humana como miembro de la sociedad».

    Esta es una atribución mandatoria que se encuentra escrita en todas la constituciones existentes en el orbe, pues la primera obligación de un presidente es la protección de su pueblo. De ella se derivan todas las otras atribuciones para sí o por medio de las organizaciones administrativas. En ese mismo sentido se alinean los tres clásicos poderes republicanos: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial; en sistema conocido de pesos y contrapesos.

    Luego de una de las guerras internas más cruentas que haya conocido el continente hispanoamericano, la de El Salvador, culminada en los Acuerdos de Paz de Chapultepec firmados el 16 de enero de 1992, entre el FMLN y el gobierno salvadoreño, representado por Alfredo Cristiani, presidente del país por aquél entonces, se inició a partir de esa fecha, un lento pero constante y creciente conflagración interna tan cruenta, pero más tenebrosa, como la que acababa de concluirse.

    Fue una curiosa guerra civil innecesaria, injusta y destructiva, que tuvo su origen en el hecho mismo de la guerra pasada, y en la exteriorización de bandas criminales organizadas de altísimo nivel de efectividad, graduadas en el exterior, concretamente Estados Unidos, donde emigrantes salvadoreños se vieron en la necesidad de agruparse para defenderse de bandas locales.

    A su regreso, trasladaron a El Salvador sus operaciones criminales organizadas en carteles denominadas localmente como «maras». No hay mucho que decir, las conocí. De hecho asesinaron, desaparecieron a un buen amigo en los alrededores de Ilopango. Leí sobre sus crímenes horrendos, supe de los sitios donde no se debía circular, conocí los diferentes diálogos del gobierno con las maras; incluso el fatídico y ridículo presenciado y firmado por el inefable Secretario General de la OEA, de ingrata recordación, José Miguel Insulza. Donde prácticamente el gobierno negoció su soberanía territorial y jurídica.

    De allí que el haber rescatado el ejercicio de la soberanía nacional, para el pueblo salvadoreños; garantizar la libre circulación por el territorio nacional a propios y extraños ha sido uno de los logros indiscutibles, del actual presidente. Ya no solo los domiciliados en el país pueden ir y venir, con sus hijos y familia por sus Departamentos, sino que inversionistas extranjeros se sienten tentados invertir en un país que asegura sus inversiones, la libertad y seguridad del personal instalado en el país.

    Hasta el presente, observo que hubo una ruptura generacional con el languideciente y acartonado pasado; recuperado la libre circulación no solo en la capital sino en las regiones y, un hecho intangible: el respeto, el amor propio, el orgullo sustentado del ser salvadoreño, que forma parte de un algo, de un proyecto histórico compartido.

    No dudo que pueden aparecer manifestaciones que pudieren asimilarse a autoritarias, pero debemos asumir, reconocer que la totalidad de la Asamblea Nacional ha sida elegida por el electorado salvadoreño, quien le otorgó no solo legalidad sino legitimidad a las actuaciones presidenciales. Poder Legislativo, donde reposa la soberanía nacional que designa sus jueces y autoridades pertinentes.

    Esta realidad, por supuesto que trae consigo la tentación autoritaria, es una debilidad humana que todos poseemos, y la sociedad debe estar atenta para evitarla. Lo que debemos en no caer en la tentación, por diversos motivos, de sembrar dudas en el futuro, porque la búsqueda de la inclusión, de la superación nacional en todos los rincones del territorio, la puesta al día de las instituciones, y visiones sobre el deber ser de la sociedad nacional e internacional, es un hecho irreversible.

    El solo hecho de haber sacado del juego político real a un partido comprometido ideológicamente con organizaciones y países totalitarios, terroristas, unipartidistas como Venezuela, Cuba, Nicaragua, Irán, Hamás, Hezbollá, ETA, el Socialismo del Siglo XXI, donde no existen derechos humanos, entre ellos la libertad, ha sido un paso gigantesco para la paz y el desarrollo interno.

    Los partidos tienen la obligación, al igual que las organizaciones republicanas de diversas índoles, la obligación dentro la realidad y autenticidad, de mantener ese equilibrio, ese control que se exige de los pesos y contrapesos en cualquier actividad humana pero no perder la objetividad ni los fines nacionales propuestos. Así como interiorizar que el pasado, tal como lo conocimos está en plena salida tanto en lo humano como en lo institucional. Los partidos políticos tal como los conocimos y luchamos por ellos, ya no es suficiente, la actitud ante la ciencia y la tecnología, los medios de comunicación son diferentes y de un alcance inimaginables.

    Es lo que conocemos como «cambio epocal», en una dimensión tan intensa y generalizada como lo fue la Edad Media del Renacimiento; hay que estar alertas, abiertos para entender y guiar la conducción de nuestras vidas y la de las sociedades, sin perder nuestra personalidad, ni valores. Es asumir para contrapesar.

    • Juan José Monsant Aristimuño, diplomático venezolano, exembajador en El Salvador

  • Literatura y Medicina (I)

    La literatura y la medicina han estado siempre vinculadas. Son islas paralelas con puentes discretos por los que algunos escritores han ido y venido. No todos los médicos podrían ser escritores, no, ni mucho menos. Pero si hay escritores en ciernes entre los médicos, el territorio de la medicina les es propicio para la ficción.

    El contacto diario y ‘profundo’ (cuando el médico se compromete con la situación de sus pacientes) depara muchas sorpresas para los médicos que aspiran a ser escritores.

    El médico es un conversador nato, habría que precisar, o debería serlo, porque por esa puerta puede llegar con mayor precisión al diagnóstico, herramienta clave de la intervención médica. Muchos médicos quizá no lo sepan, pero su cercanía con el paciente se asemeja mucho a la labor del antropólogo. Ambos escuchan, observan, ponderan, evalúan en un cara a cara.

    Las historias están ahí, pasando y pasando, hasta que un médico se pone ‘la bata’ de escritor y empieza a emborronar cuartillas.

    A veces los médicos-escritores estrenan armas literarias de forma temprana como el francés Ferdinand Céline (‘Viaje al final de la noche’, 1932), el ruso Antón Chéjov (‘La sala No. 6’, 1893), el brasileño João Guimarães Rosa (‘Gran Sertón: Veredas’, 1956).

    Y hay casos de casos, por ejemplo, el británico William Somerset Maugham (‘El filo de la navaja’, 1944), que se graduó de médico, pero nunca ejerció. O el estadounidense William Carlos Williams (‘Los relatos de médicos’), que siempre estuvo en ejercicio de su profesión y de su especialidad, la pediatría.

    También está el caso del polaco Stanislaw Lem (‘Memorias halladas en una bañera’, 1971), quien comenzó a estudiar medicina, abandonó esos estudios, los retomó después de la segunda guerra mundial y al final se graduó, pero nunca ejerció.

    El argentino Ernesto Guevara (conocido como ‘Che’ Guevara) fue médico y ejerció la profesión un tiempo y cuando la acción política se interpuso en su camino pues la literatura, sin que fuera un plan deliberado, se hizo presente en sus escritos. Sus distintos diarios (en motocicleta por Suramérica, en la guerra en Cuba de 1956 a 1959, en Congo en 1966 y en Bolivia en 1967) son unos de los textos narrativo-testimoniales de mayor calado que se han escrito.

    La rusa Vera Ignátievna Gedroitz, fue médico-cirujana y escritora. También está la egipcia Nawal El Saadawi (‘Memorias de una joven doctora’, 2008).

    Cuando un escritor o una escritora que ejerce la medicina pasa al terreno de las ficciones a veces se cree que trasladan sin más sus experiencias clínicas a la literatura, y quizás eso no es así en todos los casos.

    El privilegio de quien practica la medicina, al tener las confesiones íntimas de sus pacientes, al observarlos en crisis, al evaluar sus mejorías, al constatar sus fobias, sus alegrías y un sinnúmero de factores hace que, al momento de escribir ficciones, esos textos estén ‘bañados’ por ese conocimiento de primera mano.

    En algunas ocasiones del mismo canapé salen personajes a las páginas de un libro de cuentos. Otras, los temas del mundo médico se posesionan de una pieza de teatro o una novela. En la novela ‘Corazón de perro’, del ruso Mijaíl Bulgákov (médico ruso), hay todo un entramado que lleva a que a un perro callejero se le trepane el cráneo, se le implante una glándula pituitaria humana y se le implanten testículos humanos. Una alegoría extraordinaria que en los tiempos de la Unión Soviética fue por supuesto censurada.

    Sin embargo, la literatura de quienes practican la medicina no se reduce a los temas médicos. También tocan otros tópicos, pero no puede negarse que el conocimiento detallado de la naturaleza humana les permite transitar por honduras y recovecos que otros escritores no exploran.

    Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis, era médico y su voluminosa obra ensayística podría acreditarlo como un escritor también, a su pesar.

    La relación entre la medicina y la literatura, sin embargo, también es problemática, porque no siempre es posible sostenerse en los dos territorios, el de la ficción y el de la cruel realidad médica, y muchas veces vence la literatura y la profesión médica queda ahí, aparcada, como lo que le pasó al portugués António Lobo Antunes (‘El orden natural de las cosas’, 1985), que solo ejerció como psiquiatra un par de años antes de entregarse por entero a la actividad literaria.

    • Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

  • La lingüística salvadoreña

    Cuando impartí la cátedra Comunicación Lingüística analizamos los diferentes niveles lingüísticos en donde el ser humano se desarrolla. Estos son: Nivel fonético-fonológico (estudia los sonidos), nivel morfológico (estructura interna de las palabras), nivel sintáctico (combinación de palabras para formar oraciones), nivel semántico (significado de las palabras), nivel léxico y nivel pragmático (el lenguaje en contexto).

    Crecí en Tacuba, Ahuachapán, y en mi léxico logro comprender que tuve influencias del náhuat, en donde, al expresarme, cruzaba algunas palabras provenientes del náhuat. Por ejemplo, huachuma, que significa piscucha, elotasca: rigua; papalota: mariposa, currunco: palabra que se refiere a una especie de escarabajo, etc.

    Para escribir este artículo es importante mencionar que se retoman aspectos sobre la lingüística y la filología; ambas estudian el lenguaje. La lingüística analiza el lenguaje de una forma científica, investiga su estructura, funcionamiento y evolución. Mientras que la filología estudia los textos literarios, históricos y culturales. En El Salvador hay variedad de expresiones, las cuales, son parte de la cotidianeidad. Una cosa es saber cómo hablamos y otra es qué decimos.

    Analizar la lingüística salvadoreña es escudriñar la forma de hablar y de escribir. Un aspecto particular es que los salvadoreños, en su mayoría, ocupan el voseo; además, hay una variedad de modismos, los cuales, a un extranjero, se les debe explicar qué significan. Otro aspecto importante de destacar sobre la lingüística es que, en algunos lugares, donde aún se habla náhuat, como: Santo Domingo de Guzmán, Izalco, Tacuba y Cuisnahuat, Caluco, la entonación es diferente. Se incluye también San Salvador, en donde algunas universidades como: UTEC, UES, UDB y UCA apoyan el náhuat.

    El lingüista salvadoreño Raúl Azcúnaga estudió aspectos sobre el yeísmo y seseo, y otros aspectos en las zonas del oriente del país. El docente Azcúnaga es autor del libro «Atlas lingüístico-etnográfico pluridimensional de El Salvador (ALPES) Nivel fonético», en donde analiza elementos culturales como: hábitos, tradiciones, formas de vida. El resumen del libro es preservar la diversidad lingüística del español salvadoreño, en donde lingüistas, antropólogos y docentes lo pueden tomar de referencia. Es interesante saber que el aspecto social y cultural influye en estas diferencias. Por ejemplo, el seseo se evidencia más en el Oriente de El Salvador. Acá la ese la pronuncian con j.

    ¿Por qué razón en la zona oriental difiere la pronunciación del resto del país? Algunos lingüistas investigaron que pudo haber influencia del español andaluz o canario, que también tiene aspiración de la «s», traído por colonizadores. Podrá decirse que es incorrecto hablar de esa manera; sin embargo, es considerada una variante dialectal válida. Somos un país pequeño, pero con variantes en la forma de hablar. En el área rural es en donde también observamos una variante a la hora de hablar, eso, como se mencionó, se debe a aspectos culturales y sociales. Cabe mencionar que existe, en la lingüística, el aspecto vulgar y culto a la hora de hablar y escribir. Como ejemplos, a la hora de hablar algunos dicen haiga, en vez de haya; más peor, en vez de peor; algotro en vez de algún otro.

    En El Salvador, se tiene la lengua materna, náhuat, la cual ha hecho que el castellano, traído por los españoles, tenga variaciones en su pronunciación y en el vocabulario. Recordemos que; ni el mismo castellano es puro; ya que, hay raíces latinas, griegas, entre otras. Algo muy importante de destacar es que, el idioma náhuat es una lengua pura, no tiene intervenciones o fusiones con otras lenguas.

    Con respecto a los modismos y salvadoreñismos, es preciso analizar la riqueza cultural que tiene El Salvador con respecto a otros países. Se han realizado variedad de estudios sobre el uso de salvadoreñismos; en el libro Diccionario de Salvadoreñismos de Matías Romero, se destaca la creatividad lingüística popular de la lengua salvadoreña, la cual tiene infinidad de matices propios.

    • Fidel López Eguizábal, Docente
    fidel.flopez@gmail.com

  • Carta abierta desde una voz femenina: una invitación al mundo masculino

    Hay palabras que no solo se pronuncian. Se habitan. Se heredan. Se discuten. Se transforman. Y hay tres, en particular, que me han acompañado —con mayor o menor conciencia— durante toda mi vida: machismo, feminismo e igualdad de género.

    La primera de ellas la escuché desde siempre. La segunda la fui aprendiendo, escuchando y asimilando observando a mujeres que luchaban (y aún continúan esa lucha) por ser oídas, por abrir caminos. Y la tercera, hace ya algunos años, empezó a sonar con más fuerza, impulsada —entre otros espacios— por la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, que la hizo parte de una conversación más amplia, más global, más urgente.

    Si vuelvo a las dos primeras, las defino desde donde no hay subjetividad: La Real Academia Española:

    • Machismo: Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.
    • Feminismo: Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre.

    Dos definiciones claras. La primera no sufre cuestionamiento alguno. Arraigadísimo a la sociedad. La segunda ha sido manipulada, manoseada, prostituida, malentendida anque temida. Ambas profundamente necesarias para abrir este diálogo.

    Soy Mariana. 58 años. Madre, emprendedora, trabajadora. Aventurera. Desafiante permanente del status quo, en todos los órdenes de la vida: social, político, económico. Soy católica creyente, feminista, convencida de la dignidad compartida entre los seres humanos. Creo firmemente también, que el mundo se transforma cuando hay intención genuina, conciencia despierta y coraje para mirar más allá de lo dado.

    Cuestionadora comprometida de la distribución desigual de oportunidades en un mundo desbordado de recursos. Y también soy una incansable buscadora: de blueprints, de personas con vocación genuina. De hombres y mujeres que luchan desde la paz. Que regeneran. Que no se rinden. Que intentan, todos los días, crear un mundo más justo.

    Viví en países profundamente machistas y en otros con mayores avances en igualdad. Y desde este lugar, con esta voz que traigo —vivida, sentida, aprendida— es que hoy hago esta reflexión:

    Como cada vez más defensora del feminismo en su más pura expresión, siempre me pregunto por qué cuesta tanto aceptar esta igualdad. Y creo que es porque aún no se logra interiorizar verdaderamente lo que representa. No es una idea, ni un concepto académico, ni un eslogan de campaña. Es una forma de mirar la vida y a la humanidad. Y si no se la habita desde adentro, con honestidad, con preguntas reales, con coraje emocional, no puede transformarse en una verdad compartida.

    Tal vez el mayor desafío es que las mujeres en general hemos evolucionado —sin dejar de lado nuestra esencia, sin perder ternura ni profundidad—, mientras muchos hombres siguen arraigados a costumbres, mandatos, mitos y superficialidades que no logran soltar, porque hacerlo implicaría, creo yo, cuestionar el modelo en el que fueron criados y adentrarse a un espacio que no es fácil. Y personalmente siento que esta bifurcación de caminos de estancamiento y crecimiento nos está apartando abismalmente.

    No escribo esto para enseñar, corregir ni liderar desde arriba. Escribo desde una voz que nace de lo vivido, de lo sentido, de lo transformado. Una voz femenina que no quiere imponer, pero sí decir. Que no busca convencer, pero sí invitar.

    Porque algo profundo ha cambiado en nosotras. No solo en nuestras decisiones laborales o en cómo criamos a nuestros hijos. Cambió la forma de mirar la vida. Cambió el centro. Nos corrimos del hacer constante, del deber ser, de los modelos heredados. Fuimos hacia adentro. Y allí descubrimos otra manera de habitar el mundo: más conectada, más consciente, más espiritual. Mas seguras de nuestras capacidades y de que junto a lo ya logrado podemos ayudar a construir una sociedad más justa, más equitativa, más humana y con mejores oportunidades para todos. Siendo también protagonistas. No ya actrices de reparto.

    Y desde ese lugar, sentimos que llegó el momento de compartir este nuevo lenguaje con quienes han sido educados bajo el mandato de lo masculino. No para que se adapten a nosotras. No para que se repriman ni se culpen. Sino para que despierten, también, a una nueva forma de vivir y estar en el mundo.

    Porque, aunque la sociedad ha evolucionado, muchos hombres aún llevan sobre sus hombros mandatos que los estancan y los frenan de evolucionar hacia una vida más auténtica, más genuina: — el deber de ser fuertes siempre, de no mostrar dudas, de tener el control, de no necesitar a nadie, de jamás mostrarse como son, sin miedo a ser tildados de débiles, de medir su valor por el éxito material y donde no conseguirlo implica ser rotulados como fracasados. Estos mandatos que vienen de siglos pasados, sin duda también duelen. También agotan. Y alejan de lo real.

    Y quizás lo más profundo de todo esto es que, al estar tan atados a esas expectativas externas durante gran parte de sus vidas, quedan tan desconectados de sí mismos: De su verdadero yo, de su sensibilidad, de una espiritualidad que no tiene que ver con religión, sino con sentido, propósito, y con el valor de habitar la vida desde un lugar más verdadero. Y en este paradigma esa conexión interior ya no es una opción: es una necesidad.

    Y estoy convencida que esta nueva autenticidad y desmitificación del verdadero sentido del hombre, puede ser el puente hacia una igualdad más real, más profunda.

    Queremos abrir un espacio nuevo. Donde puedan dejar caer esas capas sin sentir que pierden su dignidad. Donde puedan habitar su sensibilidad, su ternura, sus miedos, sin vergüenza. Que entiendan de una vez por todas que ser vulnerables no es debilidad. Es el acto más valiente de quien se atreve a ser verdadero. Que finalmente entiendan que en la vida puedan sostener y también ser sostenidos. Que puedan liderar y a veces ser guiados. Que visualicen el hogar, esa primera escuela de humanidad, como un proyecto compartido. Porque en un hogar un padre y una madre tienen el mismo valor. Ninguno es más importante que el otro. Cada uno, desde su singularidad, es imprescindible.

    Y donde amar, acompañar, enseñar valores… no sea «ayudar», sino ser parte.

    La verdadera igualdad de género no se alcanza simplemente al darnos acceso a nuevos puestos laborales ni al prohibir gestos que ya no representan este tiempo. Eso es apenas la superficie. La transformación no es sólo legal o laboral, es cultural y cotidiana.

    No queremos que desaparezca lo masculino, ni que se apague su fuerza. Queremos que esa fuerza se conecte con algo más profundo: con la conciencia, con el alma, con la capacidad de sentir y de darse con autenticidad. Queremos personas verdaderas, completas, con profundidad, no modelos repitiendo guiones antiguos.

    Porque esta nueva etapa no es un enfrentamiento entre géneros. Es una reconciliación. Es el momento de dejar atrás mitos, mandatos, tradiciones que ya no nos representan. Es momento de salir juntos a crear nuevos hitos, nuevas formas, nuevas verdades, nuevos diálogos y nuevos espacios compartidos.

    Desde esta voz femenina —que representa, creo yo, el sentir de muchas mujeres — sin duda estamos listas para construir lo nuevo. Pero como menciono, esto es una tarea compartida.

    La igualdad real, no es un destino que una parte concede y otra alcanza. Es un camino que solo se puede recorrer todos juntos como sociedad, pero nace desde la individualidad de cada uno, desde el convencimiento, con respeto mutuo, con escucha, con coraje.

    Aclaro nuevamente esto no es una lucha, es una invitación a despertar.

  • La insoportable levedad del profesional: ¿Por qué la academia parece valer menos? 

    En la novela de Milan Kundera que inspira el título de este artículo, la «levedad» representa la libertad, el desapego amoroso y la renuncia al compromiso, mientras que la «pesadez» encarna la responsabilidad, el sufrimiento y la necesidad insoportable de buscar sentido. Esta tensión plantea una pregunta fundamental: ¿es preferible una existencia ligera, sin cargas ni anclas, o es precisamente el peso lo que otorga profundidad y significado a la vida? Trasladándonos al ámbito profesional, se manifiesta una dualidad parecida en el ejercicio de las ciencias sociales. La «levedad» puede entenderse como apertura a nuevas ideas, flexibilidad e irreverencia intelectual; la «pesadez», como el compromiso con el rigor académico y la aspiración de conferir un sentido trascendente a nuestra labor. El problema surge cuando adoptamos las formas más degradadasde ambos extremos: una levedad banal, sin fundamentos, y una pesadez dogmática, impermeable al diálogo, que debilita la credibilidad del quehacer profesional.

    Aunque es difícil cuantificar la pérdida de confianza en la academia a nivel nacional, hay evidencia internacional que respalda esta preocupación. Datos del Pew Research Center, muestran que el porcentaje de estadounidenses que consideran que las universidades tienen un impacto positivo en el país cayó del 61% al 53% entre 2021 y 2024; además, durante este último año, un 45% expresó una opinión negativa. Esta disminución refleja, en parte, una creciente desconexión entre las instituciones académicas y las expectativas de la sociedad, así como su vulnerabilidad frente a discursos políticos que las presentan como adversarias. Al mismo tiempo, creadores de contenido sin formación especializada —los llamados «influencers»— han ganado terreno como referentes incluso en temas financieros. Un artículo del Wall Street Journal de 2025 señala que más del 40% de los estadounidenses menores de 35 años consideran los consejos de redes sociales como una fuente válida para tomar decisiones de ahorro e inversión. Esto refleja desconexión entre la voz tradicional del experto y las nuevas formas de autoridad en el espacio público.

    La proliferación de los «influencers» no especializados trae consigo riesgos evidentes: desinformación, falsas correlaciones disfrazadas de causalidad, y una narrativa polarizante que simplifica la complejidad en eslóganes virales y, en algunos casos, fomenta actitudes intolerantes o agresivas en el debate. No obstante, el auge del internet y los creadores de contenido también ha traído al menos dos transformaciones altamente positivas. Por un lado, ha democratizado el acceso al conocimiento: millones de personas se sienten hoy habilitadas para participar en discusiones antes reservadas a élites académicas. Por otro, ha fomentado una desconfianza, en muchos casos saludable, hacia las verdades establecidas, alentando la búsqueda activa de perspectivas alternativas. Ambas transformaciones son relevantes pues la popularización del conocimiento ha sido, históricamente, el motor del progreso científico; mientras que el escepticismo crítico, su combustible más fértil.

    Lamentablemente, desde el interior de la academia, muchas veces hemos respondido a la democratización del conocimiento con soberbia. En lugar de reconocer las limitaciones de nuestros marcos teóricos y asumir con humildad el reto de convencer a nuevas audiencias mediante argumentos sólidos y bien estructurados, preferimos atrincherarnos en la «pesadez» y descalificar opiniones contrarias como ignorantes o populistas. En no pocos casos, incluso llegamos a cancelar voces disidentes —por considerarlas reaccionarias o inconvenientes— sin detenernos a examinar las preguntas legítimas que planteaban. Con ello, lejos de fortalecer el sentido de nuestro quehacer académico, contribuimos a sembrar resentimiento, erosionamos el diálogo y devaluamos la profesión ante quienes buscaban razones, no decretos.

    Bajo esta lógica, creímos que nuestro mensaje sería más persuasivo si lo envolvíamos en una retórica cargada de adjetivos políticamente correctos, subestimando los costos de una comunicación densa, reiterativa y fatigosa. En otras ocasiones, caímos en el automatismo de los diagnósticos-denuncia, asumiendo —sin evidencia suficiente— que nuestras consignas preferidas (llámense género, desigualdad, pobreza o libertad, por mencionar algunas) explican el origen y la solución de todos los problemas. En ese proceso, olvidamos el valor de la «ligereza» en su mejor expresión: la capacidad de distanciarse, dudar y desafiar nuestras propias certezas.

    La lucha por el sentido —personal, profesional, académico— no se gana con irreverencia ni con el aprovechamiento de cualquier oportunidad para promover las agendas que más nos apasionan. La lucha por el sentido requiere buscar el equilibrio entre la»ligereza» y la «pesadez», entre la duda y la convicción, entre la sensibilidad crítica y el conocimiento técnico. Recuperar la credibilidad de la academia no implica ignorar los grandes problemas del mundo, sino resistir la tentación de degradar el abordaje científico por avanzar una consigna.

    • Gabriel Pleités es doctor en Economía por la Universidad de Utah y consultor en temas de desarrollo y política pública.

  • Güegüenses

    Hace más de 45 años, en Centroamérica tomaron el poder unas fuerzas revolucionarias agrupadas en un solo puño. Ocurrió en Nicaragua, cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional derrocó el 19 de julio de 1979 al dictador Anastasio Somoza Debayle, conocido como «Tachito», tercero y último eslabón de la odiada dinastía instaurada por su padre: el también general Anastasio «Tacho» Somoza García. Este fue presidente entre 1950 y 1956, hasta el atentado que culminó con su muerte. Su hijo Luis lo sustituyó durante siete años; «Tachito» ocupó el cargo de 1967 a 1972 y de 1974 hasta su caída. Larga historia familiar despótica, superada por la que después se le vino encima al pueblo chocho: la de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

    Aquella revolución, que al inicio enamoró a buena parte del mundo, fue maleada progresivamente hasta convertirse en la dictadura feroz y asesina que es ahora. Tras el desplome de «Tachito» ‒ultimado catorce meses después en Paraguay‒ nació la llamada Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional encabezada por Ortega. Dos de sus integrantes, la recién fallecida Violeta Barrios viuda de Chamorro y el empresario Alfonso Robelo, dimitieron en abril de 1980; años después, Sergio Ramírez Mercado y Moisés Hassan abandonaron el sandinismo oficialista.

    A día de hoy, la «Chayo» y Daniel son «copresidentes». Eso a ninguno de los Somoza se le ocurrió, pero este par salió corregido y aumentado. Tras ganar las elecciones del 2006 y reelegirse en el 2011, el 2016 y el 2021, él ha permanecido en el puesto –ahora en mancuerna con su esposa– durante casi dos décadas. Pero antes había ocupado la silla presidencial desde 1984 hasta 1990, año en el cual perdió las elecciones. También fue derrotado en 1996 y en el 2001. De esos eventos, centraré mi atención en el de 1990.

    Entonces, en la inmensa mayoría de las encuestas aparecía triunfante el candidato sandinista por mucho. El «Gallo ennavajado» se autonombró; destacaba de su campaña proselitista una producción musical así titulada y algo bayunca. La rival que más se le «acercaba» era la ya mencionada doña Violeta, quien siendo apuesta de la Unión Nacional Opositora a final de cuentas resultó ganadora con alrededor del 55 % de los votos emitidos. Casi casi lo que Borge y Asociados pronosticó. No obstante, esta encuestadora costarricense fue cuestionada por no revelar su metodología. Sin embargo, en esos días oí decir que había instalado cabinas dentro de las cuales la gente respondía en secreto la batería de preguntas que depositaba en una urna.

    No puedo dar fe de esto último; pero si ocurrió, resultó ser un mecanismo efectivo y útil. Aclaro que lo escuché en aquel país, hermano en las buenas y las malas, porque viajé al mismo para participar en dichos comicios como observador internacional, integrando una iniciativa de los frailes dominicos. Lo que sí me consta es aquella multitud congregada el miércoles 21 de febrero en la entonces Plaza Carlos Fonseca Amador, presenciando el cierre de campaña sandinista y ‒de paso‒ deleitándose con el mejor reggae de la época: el de Jimmy Cliff. Más noche, cenando en un restaurante, escuché a un envalentonado y triunfalista comandante orteguista diciendo: «¡La plaza ya votó!».

    Entre esa fecha y la del domingo decisivo, circulaba un día por las calles managüenses con un funcionario del sistema interamericano; íbamos en un vehículo identificado con el escudo de la Organización de Estados Americanos. Mientras esperábamos la luz verde del semáforo, se nos acercaron dos jóvenes engalanados con los coloridos distintivos del «Gallo ennavajado». Nos preguntaron si pertenecíamos a dicha entidad. Para no complicarse, mi colega dijo que sí. Inmediatamente, uno de ellos nos pidió que hiciéramos algo para que Ortega no ganara. Al preguntarle extrañados por qué, la respuesta fue un contundente «no queremos ir a la guerra». Entendible: ese par de adolescentes hacían propaganda para el orteguismo, pero les aterraba ir a combatir a los «contras» financiados por Estados Unidos.

    ¿Por qué recordar estos hechos? Pues porque en guerra, dictadura u otro tipo de situación social anómala, la opinión real de mucha gente tiende a esconderse; en tales escenarios, sus verdaderas valoraciones están condicionadas. Típico del Güegüense nica. Parafraseando a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, este es el personaje mítico que en la época colonial no enfrentaba directamente al dominio español; más bien, se mostraba «cooperativo y conciliador» mientras taimadamente ingeniaba formas para socavarlo. No hay que culpar, pues, a quienes allá o acá hoy ocultan su real sentir político; se debe condenar a quien en su ambición desmedida controla, hostiga, atemoriza, reprime, miente y militariza la sociedad. En fin, aquel que siembra terror.

  • El ejercicio diario del amor y el valor de estar juntos

    Quien es verídico, asume la responsabilidad de ser lo que es y se reconoce libre activando los andares auténticos. Además, se predispone a salir de este mundo de falsedades, a retomar otros cultos más seguros, que aminoren las tensiones y acrecienten el abrazo sincero entre culturas diversas, frente a la tentación de huir a espacios virtuales, que no entienden de corazón y menos aún de espíritu donante. En una sociedad, en la que las tecnologías parecen acercarnos, no suele ser así, distanciando a los que viven próximos. En ocasiones, esa sintonía de miradas adheridas a la palpitación del corazón, como lenguaje de acompañamiento vivo, permanecen ausentes. Desde luego, no hay mejor arma que un te quiero dicho con toda el alma, para sofocar el grito de la humanidad.

    Por otra parte, el ser humano en su esencia no debe ser esclavo, de nadie ni de sí mismo, sino un entusiasta de los latidos. Su única misión reside en el amor, que es lo que nos nutre y nos eleva el verbo en verso. De ahí, lo vital que es ser poesía y no poder, que todo lo apodera de intereses mezquinos. Nuestro deber, sin duda, es huir de este hábitat alocado que incita permanentemente al conflicto. Dejemos de cultivar batallas absurdas que no resuelven los problemas, al contrario, los agrava hasta el extremo de impedir que cicatricen. Lo transcendental es no dejarse torturar por el miedo, como individuo vinculado a rehacerse en cada despertar, al menos para que la alegría sea conjunta y el reencuentro tan efectivo como afectivo.

    Indudablemente, hemos de regresar al universo de la cercanía, para que la humanidad deje de deshumanizarse y de volverse inhumana. Nada nos asusta más que la inmovilidad y el individualismo. El entrenamiento cotidiano y conjunto es el que nos pone alas. Ahora, claro, lo sustancial es orientarse en todos los contextos afablemente, predominando siempre el sentido de comunión y comunidad, de ser familia. No hay otra verdad más grande, que todos dependemos de todos, por eso cuesta creer en nuestro propio afán destructivo. Al cuidar de nosotros mismos, comenzamos a cuidar de la tierra, reflejando lo importante que es alcanzar ese espacio interior, tanto del aprender a reprendernos, como del querernos para poder querer a los demás y a lo que nos rodea.

    Con lo que está sucediendo en el planeta, con la agitación y las hostilidades que hay, me parece de suma influencia, el ejercicio diario del acercamiento y la práctica del corazón, como un enfoque contemplativo del bienestar físico, mental y espiritual, de cada cual consigo mismo, para mantenerse armónicamente saludable y superar la depresión y la ansiedad. Entrar en sanación, pues, es trascender. Utilicemos el poder del amor, ya no sólo para amarnos, sino también para ser amables y colindantes. Desde luego, nunca es tarde para reiniciar el diálogo y renovar modos y maneras de vivir, antes de que el terrible sufrimiento humano que originan las luchas, nos deje sin palabras; y, lo que es peor, sin confianza alguna.

    El futuro siempre está ahí, entre nosotros, y no como una expectativa para vengarse, sino como un instante más; que debe contribuir a superar los errores del pasado, reconstruyendo nuevos caminos de paz. Ojalá aprendamos a poner la estima y el respeto en acción, seguro que generamos entonces un mundo más fraterno, concienciado en las alianzas, para fomentar habilidades entre sus poblaciones como la empatía, el trabajo colaborativo, el liderazgo compartido y la creatividad para solucionar problemas. En efecto, si nos dejamos ablandar el corazón, levantando al que está caído, acariciando al que ha sido maltratado, atendiendo el alarido de la gente atemorizada, seguramente una esperanza reavivará otra esperanza; y, el barco de la vida, será la mejor sonrisa en la marea existencial.

    • Víctor Corcoba Herrero es escritor español

  • Alto a las deportaciones porque nadie es ilegal

    Alto a las deportaciones porque nadie es ilegal

    Nadie, absolutamente nadie, es ilegal por existir o estar en cualquier país con problemas migratorios o sin documentos en regla. Un salvadoreño, mexicano, hondureño, nicaragüense, guatemalteco o de cualquier nacionalidad que viva en cualquier ciudad o condado de los Estados Unidos, es tan legal como cualquier estadounidense.

    Las palabras correctas pueden ser indocumentado o ciudadano con problemas de regularidad migratoria, pero nunca ilegal, porque migrar no es delito alguno. Buscan migrar los seres humanos que tienen anhelos y sueños de mejores condiciones de vida en un territorio que no pertenece a su país. Se migra por temor a la inseguridad, los conflictos armados, la pobreza, la búsqueda de mejores oportunidades laborales, la persecución de un sueño, la búsqueda de mejores condiciones de vida y de la superación personal y de los suyos. Son pocos, poquísimos, los que migran huyendo (por la comisión de un delito o por la persecución política) o por placer.

    Por lo anterior a ningún extranjero que resida en cualquier nación se le debe llamar o considerar ilegal, haber nacido en un país pobre, inseguro y sin oportunidades no puede considerarse nunca como una acción delictiva. La mayoría de gente que migra procede de países tercermundistas, donde se carece de condiciones necesarias para generar desarrollo para todos.

    Se migra hacia naciones en desarrollo en mejores condiciones. Los centroamericanos, principalmente los salvadoreños, hondureños, nicaragüenses y guatemaltecos, al igual que los haitianos y mexicanos, históricamente siempre han tenido el “sueño americano” como ilusión o alternativa para mejorar sus vidas. Estados Unidos siempre ha sido el destino de los migrantes, muchos de los cuales han logrado mejorar las condiciones de vida de los suyos y han aportado al desarrollo de esa gran nación de Norte América.

    Las estadísticas señalan que en Estados Unidos, el 19 por ciento de los habitantes son latinos, es decir unos 65 millones. La mayoría son mexicanos y centroamericanos que han aportado grandemente al crecimiento de ese país. El aporte de los latinos va en todo sentido, en las áreas de economía, cultura, ciencias, agricultura, política, deportes y otros rubros.

    Se calcula que más de 10 millones de ciudadanos latinos viven en Estados Unidos de manera irregular al carecer de documentos que normalicen su permanencia en esa nación. Precisamente es esta cantidad de gente la que corre el riesgo de ser deportados, por la administración del presidente Donald Trump. A esos millones de ciudadanos el presidente Trump los llama ilegales y ordena redadas para capturarlos e iniciar sus procesos de deportación, sin importa su aporte al desarrollo estadounidense, mucho menos factores humanos como la segregación familiar o las condiciones de vida.

    Por supuesto que Estados Unidos como nación soberana puede deportar a cualquier ciudadano que haya cometido una acción delictiva, pero los que están siendo deportados en su mayoría no son delincuentes, sino ciudadanos que hasta antes de esa política nefasta eran trabajadores que desde aquella nación aportan a la economía de sus respectivas familias a través de las remesas.

    A los latinos y ciudadanos de cualquier parte del mundo que cometan delitos en Estados Unidos que los persigan, los encarcelen y una vez cumplida sus sentencias que los deporten a sus países de origen. Igual que deporten a aquellos que llegaron a esa nación huyendo por los ilícitos que cometieron en sus respectivos países. La gran nación estadounidense no puede ser escondite de delincuentes consumados y si en ese territorio no han cometido delito, pues con toda autoridad moral, ética, legal y soberana, que deporten. Sin embargo, no pueden ni deben deportar personas que se fajan trabajando y aportando en un país que no es el suyo.

    Recordemos que el crecimiento exponencial de Estados Unidos, en todos los ámbitos, ha sido determinado por migrantes que llegaron y aislaron a las tribus originarias, incluso haciendo uso de la violencia. Estados Unidos es una nación de arraigos migratorios que vio su vida y y fortaleza como nación a partir del aporte, la pujanza y la entereza de un conglomerado de diferentes razas, entre ellas la latina.

    Muchos hombre y mujeres abandonaron su país, se separaron de su familia, se expusieron al peligro y la incertidumbre para llegar a territorio estadounidense, donde se dedicaron a las peores labores o a las faenas que los ciudadanos de ese país despreciaban por riesgosas o inhumanas. Quienes recogen la nieve, las cosechas y se dedican a la construcción y a los trabajos más peligrosos son los migrantes, la mayoría latinos, entre ellos cientos de miles de salvadoreños que hoy viven atemorizados porque en cualquier momento y lugar del territorio estadounidense pueden ser capturados y deportados sin haber cometido delito alguno.

    No hay ciudadanos ilegales. Hay personas que sin documentos regulares hacen su mejor esfuerzo. Los aproximadamente más de 750 mil salvadoreños que no tienen sus documentos en regla no son delincuentes y no hay razón legal ni humanitaria para perseguirlos. Ojalá y Trump recapacite. Que deporte a los delincuentes, pero que trate con dignidad y respeto a quienes con su trabajo aportan a esa nación, a sus países de origen y a sus familias. Todos los ciudadanos somos legales.

    • Jaime Ulises Marinero es periodista

  • Cuba: Estudiantes, a la carga, la Patria es de todos.

    Cuba: Estudiantes, a la carga, la Patria es de todos.

    Las recientes protestas de los estudiantes en Cuba hacen soñar por el retorno de los tiempos en que ese sector transitorio de la sociedad cubana era un demandante constante y justiciero de sus derechos.

    El estudiantado cubano, particularmente los de secundaria y universitarios, están hartos de las restricciones y conculcación de sus prerrogativas ciudadanas por parte del totalitarismo, de ahí, que encarecimiento de los servicios telefónicos que provee el estado a través de una de sus entidades, Empresa de Telecomunicaciones de Cuba Sociedad Anónima, ETECSA, haya sido un detonante de la frustración y falta de esperanzas de una vida mejor de toda la población, particularmente, los jóvenes.

    El monopolio de ETECSA, según artículo publicado por El Nuevo Herald, es propiedad, al menos parcial, de empresas militares cubanas, los verdaderos dueños de la Isla.

    Estos esbirros uniformados, han ganado millones de dólares vendiendo servicios telefónicos a cubanos que residen en el extranjero para sus familiares que viven en Cuba, más aún, afirma la columnista Nora Gámez, “documentos financieros secretos obtenidos por el Miami Herald muestran que RAFIN S.A., una empresa controlada por los militares con una participación importante en ETECSA, tenía 407 millones de dólares en efectivo en agosto del año pasado”.

    La ineficiencia y voracidad del sistema totalitario cubano son equivalentes. Sus funcionarios rechazan desarrollar actividades productivas que rindan beneficios, pero adoran los medios que les permitan disfrutar a ellos y su prole de una vida mejor como lo evidencia el hecho de que Manuel Anido Cuesta, el hijastro de Miguel Diaz Canel con la titulada primera dama de Cuba, Lis Cuesta, graduado en Derecho por la Universidad de La Habana, está matriculado en el Programa de fiscalidad nacional para Profesionales del IE University Business School en Madrid.

    La suma acumulada por estos socios de ETECSA es tan notable, que no es posible que Diaz Canel la haya gastado inscribiendo al hijo de su esposa en la universidad madrileña o los hijos de otras damas en diferentes alto centros de estudios, a pesar, de que los estudiantes de a pie de la Isla no puedan acceder a los servicios de la única telefonía celular existente por sus altos precios.

    Las protestas de los estudiantes y del resto de la población son muy importante. No sabemos por cuanto tiempo se extenderán, pero aun así muestran el agotamiento masivo de la población que se refleja con máxima idoneidad en el alto número de prisioneros políticos más de seis décadas y media después de la llegada de los Castro al gobierno.

    Cuba es una pradera extremadamente seca, han sido 66 años en los que el fracaso gubernamental ha ido acumulando los malignos residuos de sus errores, mentiras, planes malogrados, miseria y muerte, lo que hace muy posible que el más humilde de los reproches desate una cadena de acontecimientos que desplace a la clase gobernante y abra paso a cambios trascendentales.

    Provocar la chispa redentora que prenda los campos insulares, áridos por el totalitarismo, está en manos de los cubanos. Ejemplos en la tierra en la que nacimos sobran, como fue el caso del 12 de enero, vísperas del asalto a la ciudad de Bayamo, Oriente, cuando un grupo de bayameses encabezados por Pedro Figueredo «Perucho», autor de la letra de La Bayamesa, decidió prenderles fuego a sus hogares.

    Los estudiantes cubanos, particularmente los universitarios, tuvieron un rol particularmente justiciero en los tiempos republicanos, condición contestaria que Fidel Castro se apresuró en neutralizar en los meses iniciales del triunfo de la insurrección cuando decidió asumir el control de la Federación Estudiantil Universitaria entidad que se ha plegado por décadas a la voluntad totalitaria como lo evidencia la declaración del presidente nacional de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), Ricardo Rodríguez González, quien identifico “a supuestos enemigos de manipular las recientes expresiones de malestar en universidades del país, tras el aumento de tarifas anunciado por la estatal”.

    Lo que Rodríguez Gonzáles no reconoce es que es otro funcionario al igual que los de ETECSA. Obligado a responderle a la dictadura totalitaria con su respaldo. Los estudiantes como el resto de la población están forzados a reclamar sus derechos. El general Antonio Maceo lo dijo, “La libertad se conquista con el filo del machete, no se pide; pues mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos».

    • Pedro Corzo es periodista cubano