Categoría: Opinión

  • Sobrevivir sobreendeudado: cuando el crédito se vuelve una trampa para los más vulnerables

    Sobrevivir sobreendeudado: cuando el crédito se vuelve una trampa para los más vulnerables

    Para miles de microempresarios, el acceso al crédito no es una herramienta para crecer, sino una condición mínima para seguir operando. Sin financiamiento, el negocio se detiene; sin ingresos, el hogar colapsa. Sin embargo, según los datos del informe El estado de la MYPE 2025. La otra cara de la economía, preparado conjuntamente por el Observatorio MYPE de FUSAI y FLACSO, este vínculo vital entre crédito y supervivencia se ha vuelto cada vez más frágil durante los últimos años. A partir de 2023, el fuerte aumento de los microcréditos castigados revela un deterioro profundo en la salud financiera del segmento de microempresarios de subsistencia, consecuencia directa de los efectos acumulados de la pospandemia y del encarecimiento sostenido de los alimentos entre 2021 y 2024.

    Durante la emergencia sanitaria, las medidas de alivio financiero proporcionadas por el gobierno ofrecieron un respiro inmediato y necesario. Pero ese alivio tuvo un costo oculto: postergó el reconocimiento del daño real sobre la viabilidad de miles de negocios. Hoy, la oleada de créditos castigados muestra que el sistema financiero formal está empezando a asumir pérdidas que se habían acumulado silenciosamente. La recuperación de muchos microempresarios de subsistencia nunca llegó, y la fragilidad estructural de sus actividades quedó expuesta cuando el entorno económico se volvió más adverso.

    La exclusión financiera de estos microempresarios emproblemados, sin embargo, no ocurre de manera repentina. Es un proceso progresivo y, en muchos casos, invisible. El microempresario no es expulsado de inmediato del crédito formal; primero enfrenta un deterioro gradual de su perfil, lo que lo obliga a migrar hacia otras instituciones formales aceptando condiciones más costosas. Cuando esas opciones también se agotan, la puerta que queda abierta es la del crédito informal. Lejos de ser una decisión libre, se trata de una respuesta desesperada para sostener la operación diaria del negocio.

    Esta transición no implica necesariamente una ruptura total con el sistema formal. Muchos microempresarios combinan préstamos de bancos, cooperativas, cajas de crédito, sociedades de ahorro y crédito, con financiamiento informal, construyendo un patrón de sobreendeudamiento diversificado. Esta coexistencia refleja una lógica de supervivencia, no de planificación. La urgencia por pagar proveedores, cubrir gastos básicos o refinanciar deudas previas empuja a asumir obligaciones simultáneas, sin acceso a mecanismos de alivio estructurado ni acompañamiento técnico.

    En ese contexto, el crédito informal opera como última opción, pero también como una trampa. Las tasas abusivas, la ausencia de contratos formales y la falta de protección legal exponen a los prestatarios a prácticas de acoso, amenazas e incluso violencia. Más allá del impacto económico, esta dinámica deteriora la estabilidad emocional y física de los microempresarios, profundizando su vulnerabilidad y reduciendo sus posibilidades reales de recuperación.

    La persistencia de estas prácticas revela el fracaso de la Ley contra la Usura. La falta de control efectivo ha consolidado un mercado distorsionado en el que el crédito informal opera sin límites, mientras el sistema formal, regulado y restringido, se retira de los segmentos más vulnerables, dejándolos atrapados entre la exclusión financiera y la usura.

    A ello se suma la fragmentación del mercado crediticio. Las instituciones evalúan el riesgo con información parcial o desactualizada, lo que permite que un mismo prestatario acceda a múltiples fuentes de financiamiento sin que ninguna tenga una visión completa de su carga financiera. La falta de trazabilidad no solo incrementa el riesgo individual, sino que erosiona la calidad de cartera y eleva el riesgo sistémico.

    En este contexto, la deserción del crédito formal no debe interpretarse como una simple pérdida operativa. Es un síntoma estructural que revela fallas en la regulación, en la protección al cliente, en el diseño de productos y en la gestión del riesgo. Sin una estrategia coordinada de inclusión financiera, la deserción seguirá funcionando como un mecanismo de exclusión permanente, empujando a los microempresarios hacia circuitos cada vez más precarios.

    Frente a este escenario, la respuesta institucional no puede seguir siendo fragmentada ni reactiva. Los hallazgos del informe El estado de la MYPE 2025. La otra cara de la economía reclaman una agenda nacional de inclusión financiera centrada en la sostenibilidad del cliente. Esto implica programas de reestructuración y saneamiento financiero, sistemas unificados de información crediticia, regulación más eficaz del crédito informal, educación financiera con acompañamiento continuo y una revisión profunda del marco legal contra la usura. Sin estas reformas, el microcrédito seguirá siendo un instrumento de sobrevivencia de corto plazo, pero también un factor que empuja a los microempresarios más vulnerables fuera del sistema, del mercado y, en muchos casos, del país.

     

  • Los dolorosos 25 años previos a la caída de Maduro

    Los dolorosos 25 años previos a la caída de Maduro

    El llamado Socialismo del Siglo XXI enamoró a mucha gente hace 25 años. Su narrativa era atractiva, sus liderazgos exudaban carisma y sus promesas estaban dirigidas a pueblos que desconocían las terribles historias de la China maoísta o la Unión Soviética estalinista. Pero a estas alturas, luego de ver los pavorosos resultados, la conclusión sencilla es que ninguna “modernización” del socialismo funciona. El del siglo XXI también destruyó economías, dividió sociedades e implantó tiranías, exacto como lo hicieron todas las formas de socialismo real tras la Revolución Bolchevique.

    El proceso venezolano es particularmente doloroso porque hemos asistido a él —su inicio, su esplendor y su fracaso— casi en vivo y en directo. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, es decir, a lo largo de un cuarto de siglo, vimos la destrucción de un país por etapas, sin paliativos ni interrupciones. Esto no nos había sido posible en el caso cubano, porque no existía la tecnología para contemplar a Fidel Castro, a todo color, ejecutar sus inmensos errores. Nuestra generación en cambio, gracias a los adelantos comunicacionales, fue testigo de lo que Chávez primero, y Nicolás Maduro después, le hicieron a una de las naciones más ricas del planeta.

    El fallo del socialismo venezolano (como sucedió con el soviético, el chino o el cubano) fue de origen, de diseño. Cuando un gobierno llega a creerse en la capacidad omnímoda de asignar los recursos, sustituyendo en esa función a millones de personas interactuando en libertad, el camino a la debacle económica es un efecto consustancial, predecible e inevitable. La perversión subyace en el viejo embuste de pensar que el Estado, al controlar cada rincón de la economía, conseguirá que la riqueza llegue a todos los ciudadanos. Y eso se ha probado falso siempre, una y otra vez, con puntualidad matemática.

    El Estado no es ninguna entidad magnánima abstracta que pueda lograr la proeza de ocuparse de lo que cada individuo produce, intercambia o consume: es una estructura concreta conformada por seres humanos que, volviéndose burócratas, concentran en sus falibles manos el destino de la riqueza, en lugar de dejarla en manos de miles de productores, vendedores y compradores tomando sus propias decisiones económicas.

    El fracaso material y moral del chavismo es el fracaso del Estado todopoderoso y omnipresente. Cuando Chávez gritaba “¡Socialismo o muerte!” no proclamaba una antinomia, una incompatibilidad entre dos términos, sino una secuencia de hechos, una causa seguida de un efecto. Quizá sin saberlo, estaba anunciando la promesa verdadera —la ruina— detrás de la idea socialista que impuso a su país.

    Los daños incontables están al alcance de cualquier mirada objetiva. Represión, censura, encarcelamientos masivos, asesinatos selectivos y tortura sistemática, todo eso junto, es solo una parte del desastre humanitario. Alrededor de ocho millones de venezolanos se vieron obligados a salir de su patria, expulsados por el hambre y el miedo. El Producto Interno Bruto de la nación redujo su valor en un 55%, la pobreza casi se triplicó y el salario mínimo es hoy menor a cinco dólares. La confiscación de más de 1.500 empresas se convirtió en una alegre fiesta de corrupción, despilfarro y exportación ideológica. Aparte del agujero fiscal que generó el desembolso millonario en compensaciones forzadas, la operación deficitaria de los activos estatales destrozó la productividad del país que en 1999 se enorgullecía de ser la quinta economía de Latinoamérica.

    La oportuna bonanza petrolera que permitió a Chávez gastar a manos llenas sirvió por un tiempo para subsidiar la ineficiencia e incrementar el más grosero asistencialismo; empero, cuando esa gallina dejó de poner huevos de oro, el fallo de origen del sistema produjo la consecuente y devastadora contracción. La disminución de ingresos alcanzó a más del 80% de los habitantes, mientras la hiperinflación llegó a restarle tantos ceros al bolívar que perdió su valor de cambio. En 2019, un solo huevo llegó a costar la astronómica cifra de mil bolívares en el supermercado.

    Los datos son fríos, pero su equivalente en penuria humana no lo es. El chavismo convirtió una nación fértil en una sociedad de indigentes, desesperados por un cambio que jamás llegaba. Los descarados fraudes electorales solo fueron eslabones de una larga cadena de atropellos a la dignidad del pueblo venezolano. El régimen socialista cruzó todas las fronteras imaginables, hasta que Donald Trump, con su característica forma de enfrentar los problemas, envió soldados para llevar a Nicolás Maduro y a su esposa ante un tribunal neoyorquino.

    Se esboza aquí un resumen apretado de las ingenuidades teóricas y las bestialidades operativas que hicieron colapsar el chavismo. En una columna anterior se ha hecho referencia a la ineptitud globalista que supone la reciente captura de Maduro. Llega el momento de hablar de las alternativas que se abren a la Administración de Trump después de este paso agresivo.

    El actual inquilino de la Casa Blanca es esencialmente impredecible, pero sí vale la pena realizar un esbozo de las acciones que un verdadero estadista, con genuino pensamiento liberal, realizaría en Venezuela para contribuir a su recuperación política, económica, institucional y social. De ello hablaremos más adelante.

    *Federico Hernández Aguilar es escritor.

  • Una transición a pausas hacia la democracia venezolana 

    Una transición a pausas hacia la democracia venezolana 

    En el momento que escribo, cualquier cosa puede suceder en las noticias referentes a Venezuela. En el justo momento de la captura de Maduro de parte del gobierno de Trump, diferentes voces dieron su veredicto. Los venezolanos están contentos, pero aún no pueden gritar con euforia la frase: “Venezuela libre”.

    Lo de invadir no es nuevo; hemos leído tantas historias sobre invasiones de países poderosos hacia los más pequeños. Estados Unidos tiene una lista para recordar; una de las más emblemáticas en América Latina fue la que realizó en Panamá. Noriega fue apresado y llevado a juicio. Igual lo que le está sucediendo en estos momentos a Nicolás Maduro.

    Lo anterior es alusivo cuando un país tiene soberanía y Estado de derecho como principios fundamentales del derecho internacional. En el caso de Venezuela —no existe el Estado de derecho—. El pueblo sufre el autoritarismo chavista. El gobierno de Trump irrumpió a la fuerza y se llevó a juicio a Estados Unidos a Maduro. Muchos han aplaudido, especialmente los venezolanos. Sin embargo, hay una incertidumbre en el interior de Venezuela. Este tipo de intervención puede conllevar un conflicto armado internacional.

    Les escribí a las amistades que tengo; por obvias razones, no diré nombres de los que me mandaron su opinión sobre lo suscitado en Venezuela. Mercedes, nombre ficticio, me contestó al preguntarle qué piensa sobre la captura de Maduro: “Es lo que la mayoría esperábamos; aún estoy pasando el susto, fue inesperado. Vivo cerca de una zona militar. Hasta ahora es que tengo energía eléctrica. Toca tener paciencia; estamos en estado de conmoción. No se puede hablar mucho; yo que vivo en la capital, la cual está en silencio, hay pocas personas en la calle. Hay que esperar cómo se desenvuelve todo con ayuda de Trump, porque aquí quedaron unos radicales. Ellos tienen armas, no podemos celebrar ni protestar. Son momentos difíciles y de incertidumbre”.

    Claudia (nombre ficticio) manifiesta: “Nadie puede ir en estos momentos a la calle a protestar o celebrar. Muchos han ido a comprar a los supermercados alimentos. En estos momentos, hasta en redes sociales hay miedo de opinar. Los venezolanos queremos que ese régimen se termine; hay una gran alegría de que hayan sacado a Maduro y a su mujer del país. Ellos son unos sinvergüenzas. Los chavistas no han respetado la voz del pueblo, por el hecho de que hubo elecciones libres. Sin embargo, hay un control total de parte de las fuerzas militares. La gente está cansada, hay nueve millones de venezolanos afuera. Es una lástima que la Corte Penal Internacional no hiciera nada en estos años. Por el momento, los venezolanos estamos reprimidos, no podemos expresarnos. Con respecto a los términos jurídicos, lo que hizo Trump fue una invasión, pero si no es así, esta situación caótica no se acaba. Solo una instancia así podía enfrentarse a esa dictadura”.

    Muchos, especialmente los que viven en el interior de Venezuela, esperaban que hubiese inmediatamente una transición democrática. De la tiranía, autoritarismo y corrupción hacia una verdadera democracia. Sin embargo, se vislumbra que Trump solo tenía en sus planes atrapar, encarcelar y enjuiciar a Maduro. Venezuela está en un limbo, hay dudas e incertidumbre. Nadie sabe lo que pasará.

    El país de las barras y estrellas llega a rescatar a un país, pero a medias. Esa transición no será fácil. Poco a poco, cada ciudadano irá respirando la tan ansiada democracia, irá percibiendo el progreso, la estabilidad económica y un Estado de derecho restaurado.

    El supuesto guion de un final feliz es que llegasen inmediatamente a Venezuela, Edmundo González y María Corina Machado, para dialogar con las diferentes autoridades y realizar una transición a un nuevo gobierno democrático. Mientras tanto, hay que esperar.  Sin duda alguna, Trump está modificando la geopolítica. La transición venezolana apenas empieza.

    * Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

  • Matonería imperial

    Matonería imperial

    Aún no se habían enfriado los abrazos de la gente despidiendo el 2025 y expresando sus buenos deseos para el año que iniciaba, cuando nos desayunamos con la noticia de los bombardeos focalizados en Venezuela y la captura del hasta entonces cuestionado “presidente” de ese país –Nicolás Maduro Moro– junto con su esposa. Todo ello, a manos de fuerzas armadas estadounidenses en el marco de un operativo más parecido a una puesta en escena tragicómica. Trágica porque hubo personas fallecidas violentamente; alrededor de 80 según un importante medio de comunicación gringo, entre las cuales se cuentan más de 30 de origen cubano. A eso debe agregarse el haber presenciado en este país caribeño, sobre todo a través de las llamadas “redes sociales”, la combinación de un viejo y nuevo modo de agresión rocambolesca del todo condenable.

    Nadie debería extrañarse ante esta acción, que es la más reciente intromisión violenta directa ordenada por un gobernante yanqui en los asuntos internos de otros países; en nuestra América tenemos, entre muchos, antecedentes terribles tales como los de Granada en 1983 y Panamá en 1989. Sin embargo, nadie debería dejar de indignarse.

    En cuanto a lo novedoso y al menos para mí inesperado, por el despliegue militar y las acciones criminales previas ejecutadas, eso tiene que ver con la “extracción” sin mayor resistencia de la pareja mencionada que inmediatamente fue trasladada a la capital federal del país del norte. La misma fue consumada, dicen, “quirúrgicamente”; es decir, de forma precisa y sin mayores complicaciones para sus responsables materiales e intelectuales.

    Pero pese a las víctimas mortales referidas, se antoja pensar en una especie de comedia mal montada al ver las imágenes de Maduro saludando con las manos esposadas y al escuchar las declaraciones de Marco Rubio asegurando que dejarían que Delcy Rodríguez –vicepresidenta del déspota secuestrado– ocupe la silla vacía siempre y cuando se porte bien; eso sí, le advirtió que la tendrán en la mira desde la Casa Blanca. Antes, su jefe había dicho que ellos administrarían el país. A lo anterior se suma el caso de quien se perfilaba como importante protagonista y que, al menos por el momento, se ha quedado “chiflando en la loma”: María Corina Machado, recién galardonada con el Nobel de la Paz no obstante haber solicitado abiertamente que se consumara un asalto a mano armada como el del sábado 3 de enero recién pasado o aún peor.

    Al momento de escribir estas líneas, casi las ocho de la noche del lunes 5 de enero, la noticia que circulaba en vivo a través de los medios era la de los aparentemente fuertes combates en las afueras del caraqueño Palacio de Miraflores. ¿Qué estaba ocurriendo? ¡Quién sabe! Lo único que se escuchaba y veía eran ráfagas nutridas junto al espectáculo de las balas trazadoras brillando en la oscurana; en las calles se observaban soldados y tanques. Antes de estallar el refuego, la señora Rodríguez ya había asumido la jefatura de Estado; entre los asistentes al evento se encontraba uno de los hombres fuertes del régimen chavista: el mal encarado Diosdado Cabello, por quien Donald Trump también ofrecía una recompensa millonaria para la persona que lo entregara. Las especulaciones sobre lo que estaba ocurriendo, iban desde un intento del bocón de Diosdado por derrocar a la elegida de Washington hasta la de un nuevo ataque estadounidense.

    Lo que sí no admite suposiciones, chambres y demás patrañas es la causa central de la embestida estadounidenses bautizada como “Operación Resolución Absoluta”. Más allá del secuestro de quien se mantuvo durante casi trece años ejerciendo el poder dictatorial y violando derechos humanos, el ansiado trofeo es el petróleo nacionalizado hace exactamente 50 años por Carlos Andrés Pérez. ¡Pura rapiña! “A confesión de parte, relevo de pruebas” reza el axioma jurídico y eso es lo que ocurrió con esta acción propia de la matonería imperialista. Así lo declaró obscenamente Trump. Habrá que ver qué dice y hace China, principal importadora del crudo venezolano. Pero queda claro que no son ni los derechos humanos violados ni la ausencia de democracia, lo que lo empujó a desafiar a las patéticas e inoperantes organizaciones de las Naciones Unidas y de los Estados Americanos.

    En medio del trance continental y mundial presente, me acaban de recordar estas palabras de Pancho Villa: “¡Ánimo, cabrones que más adelante está más feo!”. Que las consideren su paisana Sheinbaum junto a Petro y Lula. Otros, como aquel que ya duró más de seis años en el trono y piensa seguir, estarán tranquilos… ¡mientras permanezca Trump en la Casa Blanca!  Cómo no pues, si están cortados con la misma tijera.

     

  • El cielo gobierna: una lectura para el alma y la vida diaria

    El cielo gobierna: una lectura para el alma y la vida diaria

    En estos días finales del año 2025, cuando uno vuelve la vista atrás y se pregunta qué fue de los meses que pasaron, llegó en mis manos un libro reciente y valioso que tiene un enorme mensaje. Se titula “EL CIELO GOBIERNA”, de Nancy DeMoss Wolgemuth. (Editorial Portavoz, 2022).

    No es literatura salvadoreña, ni novela, ni ensayo académico. Es un libro espiritual. Y, sin embargo, mientras lo leía, sentía que me hablaba de mi vida, de la vida de cualquiera, de los días buenos y de los días que nos quitan el sueño.

    Leí este libro detenidamente, enfatizando frases, cerrándolo por momentos para meditar y pensando internamente: “Esto es cierto”. Y decidí escribir estas líneas porque estoy convencido de que a más de alguno le puede ayudar tanto como a mí.

    El corazón del libro se resume en una sola frase: “EL CIELO GOBIERNA”. Tres palabras sencillas, pero profundas. Significan que nada de lo que sucede en este mundo, en la historia, en nuestras familias o en nuestro interior, está fuera del conocimiento y del poder de Dios.

    Él gobierna, aunque nosotros no lo entendamos todo. Él gobierna, aunque parezca que el caos manda. Además, él gobierna incluso cuando nuestras fuerzas se terminan.

    El cielo gobierna, es una frase que expresó Daniel, autor de su propio libro, cuando trataba de explicarle a un rey idólatra llamado Nabucodonosor lo que Dios estaba haciendo, en la vida del rey, cuando le llevó a vagar por el campo y a comer hierba, como una bestia, durante 7 años (Daniel 4:26).

    La autora comenta y desarrolla, especialmente, el capítulo 4 del libro de Daniel que se encuentra en las Sagradas Escrituras. Allí se narra la historia de Daniel, en la Babilonia antigua, enfrentado a este rey poderoso, lleno de orgullo y prepotencia.

    Dios detuvo a Nabucodonosor en forma muy particular: Le quitó su soberbia y le enseñó algo que cambió su vida: que el poder humano tiene límites, pero el poder de Dios no. Y en medio de esa lección aparece esa expresión que recorre todo el libro: “el cielo gobierna”, que, por cierto, DeMoss, lo acentúa con la expresión, “CG”.

    Mientras leía, no me quedé pensando solo en el rey antiguo. Pensé en nosotros, en mí, en cuántas veces creemos que tenemos el control de todo: planes, proyectos, agendas, economía, salud, trabajo, viajes. Y, de repente, algo se rompe, algo cambia, algo se nos cae de las manos… y comprendemos que no somos tan grandes como imaginábamos.

    La enseñanza de este excepcional libro se centra en la vida de Daniel. Este hombre de Dios, como se ve en el desarrollo del libro, no fue libre de problemas. No vivió en un paraíso. No tuvo una vida exitosa y digna de imitar. Fue llevado cautivo, arrancado de su tierra, Israel, obligado a vivir en una cultura que no compartía su fe. Por cierto, en el Libro de Daniel 1:20 dice que Daniel fue encontrado 10 veces más sabio que los sabios de Babilonia.

    Vivió en medio del poder político, de idolatrías al máximo, lleno de injusticias, de peligros, de voracidad e inmisericordia. Y, sin embargo, permaneció firme en su fe, íntegro, confiado, celoso de su fe. No porque él fuera invencible, sino porque tenía claro algo esencial: Dios manda, aunque el mundo parezca desordenado.

    Alfredo, me dije a mí mismo mientras leía, Daniel no fue librado de Babilonia… pero fue sostenido dentro de Babilonia. Y eso cambia la perspectiva totalmente. No siempre se trata de huir del problema. A veces se trata de atravesarlo acompañado de Dios. Eso impactó mi corazón y sentía que me hablaba directamente

    El libro insiste una y otra vez en que esta verdad no es teórica. No es frase bonita para ponerla en un cuadro. Toca lo real, lo que duele, lo que asusta, lo que no entendemos.

    El cielo gobierna cuando llega una enfermedad inesperada.
    El cielo gobierna cuando un ser amado se va.
    El cielo gobierna cuando el trabajo se pierde o la economía se hunde.
    El cielo gobierna cuando los planes no salen como habíamos soñado.
    El cielo gobierna cuando te fallan aún los más cercanos.
    El cielo gobierna cuando la vida cambia de un día para otro.

    Eso no significa que todo sea fácil. No significa que el dolor desaparezca en un instante, en forma milagrosa. Significa algo más profundo: no estamos a la deriva. No somos hijos del azar. Nuestra historia no es un accidente. Hay un propósito mayor que, a veces, solo se ve con el tiempo.

    Mientras avanzaba en esas páginas, sentí que el libro me ponía un espejo enfrente. Me pregunté cuántas veces he querido controlar todo, cuántas veces he querido cargar con todo solo, cuántas veces he dicho en silencio: “Yo puedo solo, por mi experiencia, por mis títulos universitarios, por mis muchos contactos, …”

    Y cuántas veces Dios, con suavidad o con firmeza, me ha recordado: “No estás solo, pero tampoco eres el dueño del universo”.

    Este libro no invita a la pasividad, ni a cruzarse de brazos. Invita a algo mucho más exigente: a confiar. Confiar cuando no se ve, cuando la respuesta no llega; Confiar cuando el camino se oscurece. Confiar cuando no tenemos todas las explicaciones en la mano, confiar cuando todas las puertas parecen estar cerradas.

    Al terminar de leer el libro veo esta certeza que quiero compartir: la vida es distinta cuando uno cree que el cielo gobierna.

    Se vive con menos miedo.

    Se vive con más paz.

    Se vive con más gratitud.

    Se vive sabiendo que incluso las tormentas tienen límites y que no estamos abandonados.

    No escribo estas líneas como teólogo ni como predicador. Las escribo como lector, como ciudadano, como Alfredo, como alguien que también se equivoca, se preocupa, se cansa y se vuelve a levantar. Las escribo porque creo que, entre tantas voces de desesperanza, hace falta recordar que hay una voz más alta que todas: la de Dios.

    Tal vez usted está pasando hoy por algo que no entiende. O a lo mejor, perdió algo o a alguien. Posiblemente, todo se le juntó. Acaso ha percibido que todas las puertas están cerradas. Quizá sonríe por fuera y llora por dentro. Yo sé, lo sé muy bien, que hay mucha gente que está experimentando esto; lo veo y me lo cuentan a diario. Si es así, yo quisiera que al cerrar este artículo se lleve solo una frase grabada en el corazón: EL CIELO GOBIERNA.

    No sé qué está enfrentando. No tengo su respuesta exacta. Pero sé esto: nada de lo que vive lo toma por sorpresa a Dios. Y en esa certeza hay descanso.

    Con gozo terminé de leer el libro, con el deseo de decirle a otros lo mismo que me repetí a mí: confíe, aunque no lo vea claro; confíe, aunque lleve cicatrices; confíe, porque su historia está en manos más grandes que las nuestras.

    Última palabra: cuando el cielo habla al corazón

    Si algún día este libro llega a sus manos, léalo; y si no, llévese el mensaje grabado en el alma. No estamos solos. No somos azar ni juguete del destino. Hay un Dios que gobierna, sostiene y acompaña cada latido de nuestra historia. Aun cuando las nubes oscurecen el horizonte y el silencio parece definitivo, el cielo sigue gobernando. El desafío es sencillo y profundo: conocerle más, acercarnos a Él y confiar.

    AMIGOS QUERIDOS, NECESITAMOS LEER. La lectura sacude, despierta, abraza. Este libro ha sido escrito para hablarte con sencillez, para tocar no solo la mente, sino todo tu ser, por eso su lectura es amigable. Leer nos ensancha la vida, nos vuelve más humanos y más conscientes de la esperanza que nos sostiene.

    Porque, al final, aun cuando todo parezca tambalear… el cielo sigue gobernando.

    *Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. 

    alfredocaballero.consultor@gmail.com

  • Maduro, derecho internacional y negocios

    Maduro, derecho internacional y negocios

    La extracción de Nicolás Maduro – Presidente de Venezuela – por tropas de Estados Unidos, constituye sin duda alguna una violación del Derecho Internacional. Pero no es una ocupación militar de territorio extranjero por una potencia dominante; ni del cambio del régimen. Se respeta la continuidad y se legitiman las elecciones de julio 2024. Lo que no provoca un cambio de régimen y mucho menos se inicia una ocupación del territorio de Venezuela por parte de Estados Unidos. Fuera de las declaraciones de Trump sobre administración, el manejo del petróleo; y las amenazas al nuevo gobernante Delcy Rodríguez, parece una acción de Interpol.

    Lo ejecutado fue una acción punitiva que irrespetó la soberanía venezolana; pero no provocó la caída del régimen chavista. Continúa su ejecutivo, sus Fuerzas Armadas; y sus sistemas policiales y jurídicos operan con normalidad. El daño es menor. Claro con una amenaza que si Rodríguez no atiende las instrucciones de Washington, el precio a pagar será más alto que el impuesto a Maduro. Trump, está seguro que Rodríguez aceptará un “madurismo sin Maduro, “en virtud de la cual se liberará la economía y les permitirán a las petroleras estadounidenses operar exitosamente”.

    Aunque ocurrió cuando Bush padre invadió a Panamá y capturó Noriega, llevándolo preso para juzgarlo, condenarlo y sancionarlo severamente, ahora se trata de una operación diferente. Que en lo operativo se parece más con la captura de Osama bin Laden. Allí se violó la soberanía de Pakistán – igual que en el caso de Venezuela – y se ejecutó a quien se creía culpable.  Sin embargo no cambió al régimen como ocurrió en Panamá.

    Hicieron preso a Maduro, lo llevaron a territorio estadounidense; y lo presentaron ante los jueces. Pero el régimen venezolano sigue intacto, con todas sus fuerzas indemnes, — que no ha recibido daños — y que puede recuperarse militarmente; e incluso, perfeccionar su dominio en contra del pueblo venezolano, porque las instituciones políticas fruto de un fraude político, siguen intactas; y más bien fueron legitimadas.

    Maduro no quiso negociar. De allí su captura. Tuvo tiempo; pero no creyó que Estados Unidos daría un segundo paso de carácter punitivo; y que para tal eventualidad contaba con los recursos militares para defenderse. Y se equivocó. La orden de Estados Unidos, ahora para la cúpula chavista (Delcy Rodríguez, su hermano Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello y Padrino López) es: “ustedes tienen que obedecer”. Anuncia una transición política que podría incluir nuevas elecciones con amplia observación internacional; y cooperación en reformas económicas para las inversiones petroleras, e incluso apoyo en la lucha en contra del cartel de los Soles. Todos felices y contentos.

    Esta percepción explica la tibia reacción de Rusia, China y la Unión Europea, con reclamos y exigencias formales. Aunque la operación es militar, los efectos no son militares. Y en términos geopolíticos, lo único controversial, es la suerte de protectorado sobre Venezuela – a partir de las declaraciones de Trump siempre ambiguas – sin escalar moviéndose en el plano de una disputa doméstica, y en el aumento de la influencia económica de los Estados Unidos.

    Sin duda tiene efectos para la región. Estados Unidos, reasume su papel de Gendarme Regional, deslindando su espacio de influencia; y coloca en un plano de inferioridad a los gobernantes latinoamericanos. Esto es indudable; pero no irreversible. Porque no se trata de una política exterior bipartidaria estadounidense, sino que una acción unilateral del partido “trumpista” que no tiene el respaldo del Partido Demócrata, de los intelectuales y académicos; y menos del Congreso. El periodo presidencial de Trump, se acerca – poco a poco – a su final. Cada día que pasa se debilita políticamente. El Partido Demócrata – que no fue consultado ni informados sus líderes de la operación como ocurriera cuando Osama bin Laden – no respaldó la operación militar contra Venezuela, aunque no tenga una postura en favor de Maduro. Y cuya culpabilidad determinarán sin duda los jueces de Nueva York. La acusación es parecida a la que siguieron contra Juan Orlando Hernández, basada en testigos – que encabezará el “pollo” Carbajal; y  la condena igual. Eso sí, con mayores efectos para Colombia, Centroamérica y México.

     

    *Juan Ramón Martínez es un académico hondureño

  • No son buenas noticias

    No son buenas noticias

    No pueden ser buenas noticias que fuerzas especiales de los Estados Unidos ―apoyadas por todo el dispositivo de mar y de aire que está instalado en las costas del Caribe― hayan incursionado en territorio de Venezuela y capturado a Nicolás Maduro y a su esposa.

    Quienes ahora aplauden, venezolanos o no (los presidentes Milei y Noboa, en primera fila), no saben o no comprenden o no les importa el impacto que esta acción tiene en la relación de Estados Unidos con América Latina. Ahora Milei y Noboa están sentados en la estaca, pero mañana no.

    Claudia Sheinbaum, la presidenta de México, ha condenado con energía esta acción estadounidense, como era lógico de esperar. Donald Trump, el vocero, por ahora, de estas iniciativas imperiales, en su tono zumbón de siempre se ha limitado a decir que ‘algo tendrá que hacerse con México’. También Lula, el presidente brasileño, se ha pronunciado y ha señalado el peligro de que prevalezca la ley del más fuerte en las relaciones internacionales.

    El panorama está claro: la Organización de las Naciones Unidas, de facto, no existe como autoridad mundial. No existió para Ucrania ni para el genocidio de Gaza y no existirá para el caso venezolano. Pareciera que ahora los Estados Unidos tienen la cancha libre para poner y quitar y censurar y aprobar cualquier cosa en América Latina. ¿Es así?

    La debilidad mayor de Maduro y su grupo fue infravalorar las intenciones norteamericanas y haber vulnerado la constitucionalidad venezolana e imponerse de forma fraudulenta en la pasada elección presidencial. Esa ilegitimidad y la ilegalidad consecuente brindaron un pretexto espléndido a los que ahora se presentan como los llamados a regir los destinos de América Latina.

    El asunto es saber qué pasará ahora dentro de Venezuela. Eyectaron a Maduro, sí, en una espectacular operación militar al mejor estilo de Hollywood, y se lo llevaron a New York. ¿Pero eso resuelve qué? Entraron como un rayo y se fueron al instante. No han acantonado tropas en territorio de Venezuela. ¿Podrían hacerlo? Quizá sí, pero al parecer valoraron que ese desgaste sería veloz y contraproducente por la repulsa internacional, y también porque Estados Unidos no está en condiciones financieras de cargar con una ocupación territorial de gran envergadura. Es decir, tiene sus propios límites.

    Sin embargo, horas después del ataque a Venezuela Trump ha dicho que Estados Unidos ‘gobernará’ ese país mientras se da una transición, que es de suponer su administración también patrocinará. ¿Es que ya hay miles de soldados estadounidenses dentro de Venezuela para tal efecto? ¿O desde los barcos estacionados se hará esto? ¿O vendrá una nueva oleada de ataques?

    Se llevaron a Maduro, pero todos los demás dirigentes siguen en Venezuela. ¿Podrán continuar gobernando con el acecho que está ahí? ¿Los irán a traer? ¿Esperarán a que se vayan por su cuenta? ¿Qué escenario es el que se ha creado y por cuánto tiempo esto seguirá así? ¿Se desencadenará un proceso de resistencia?

    Lo cierto es que el actual gobierno de Estados Unidos ha hecho sentir su poder imperial y hasta este momento ha concretado lo que se ha planteado. Ahora vienen las consecuencias de todo esto. Tanto fuera como dentro de Estados Unidos. Y es que esta administración norteamericana de hecho está en guerra en diversos puntos del planeta y eso es complicado sobre todo cuando Estados Unidos no se encuentra en su mejor momento económico.

    Sacar de cuadro a Maduro es una cosa y tomar el control completo de Venezuela es otra. Según las palabras de Trump eso es lo que sigue a continuación. Y como lo ha aseverado en sus declaraciones después del ataque a Venezuela, el petróleo es la joya de la corona por la que van. Y también por otros materiales que están en la zona del Orinoco.

    Si llevarse a Maduro le demoró un par de horas, ¿cuánto tiempo le tomará controlar el territorio venezolano? ¿Está Estados Unidos en capacidad militar y financiera de realizar tal cosa? ¿Hay que suponer que no habrá resistencia dentro de Venezuela? Por ahora el obstáculo que tienen que derribar los norteamericanos es el actual dispositivo estatal que está en manos del equipo de Maduro. Eso es en realidad lo que sigue, antes de ‘gobernar’ Venezuela.

    Las aventuras de intervención de Estados Unidos en diferentes puntos del planeta no salieron bien en el siglo XX: Nicaragua, Vietnam, Afganistán. ¿Por qué está sí? Lo ocurrido este 3 de enero en Venezuela, de ningún modo, son buenas noticias. Puede ser el inicio de un período turbulento para América Latina.

     

     

    *Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

     

  • 24,455 días de tiranía.

    24,455 días de tiranía.

    Disculpen lo personal de esta columna, pero mi país, la patria de José Martí, acaba de cumplir 67 años bajo un sistema de oprobio que solo ha traído desgracias y pesares para los cubanos y para pueblos como los de Venezuela, Nicaragua y Bolivia que, igualmente, han sido sometidos por el odio y la envidia, encubiertos en un discurso de justicia y pan, sin olvidar que otros muchos como Colombia, Uruguay y Argentina padecieron la subversión castrista en su máxima crueldad.

    El castrismo ha sido particularmente nefasto para los cubanos, pero diversas partes del mundo padecen sus infames marcas. Varios países africanos sufrieron la ocupación militar castristas y todos los estados latinoamericanos en alguna medida, han resistido el terrorismo y narcotráfico, inspirados en la quimera del totalitarismo insular.

    A pesar de esa amarga verdad me siento muy orgulloso de haber nacido en Cuba, y haber combatido al sistema castrista prácticamente desde que tomaron el poder, sin embargo, no puedo dejar de sentirme avergonzado que la tiranía haya sometido al pueblo cubano por tanto años a pesar de los fusilados, muertos en combates, desaparecidos y encarcelados.

    Mas de seis décadas después de inaugurarse la tiranía, sigo convencido, opuesto a lo que piensan algunos compatriotas, que nosotros mismos construimos el sepulcro en el que nos encontramos, cierto que muchos han combatido el oprobio, pero tampoco han faltado cómplices de la ignominia que por míseras ventajas siguen actuando como victimarios y abusadores de profesión, sujetos miserables que se prestan a servir de verdugos en las cárceles o de jueces en los espurios tribunales de la dictadura.

    El pesar de hoy no es nuevo, se remonta al aciago 1959, cuando un número importante de cubanos pecaron de ingenuos al creer todas las promesas de un pandillero universitario, con más de un asesinato a su haber y asociado a más de un gánster, que, como colofón, nunca había trabajado en su vida. Un vago consuetudinario que después tuvo el descaro de dictar una Ley contra la Vagancia en la República que destruyó.

    El país se escindió. El odio hizo presa de mucha gente. El sectarismo y la discriminación crecieron, la perversidad y la delación fueron cosechas abundantes. El amor familiar cedió en muchos hogares sus prerrogativas y fue sustituido por un rencor desconocido.

    Un amplio sector de la población fue encantado por un discurso repetitivo que les hacía creer que solo ellos tomaban las decisiones, que Castro, a quien llamaban Fidel, era un amigo incapaz de cometer una maldad.

    Mientras, otro grupo, menos numeroso, pero más sagaz, con conocimientos y valores morales, aceptaron responsabilidades a las que renunciaron poco tiempo después cuando apreciaron que no había buenas intenciones en aquel camino al infierno, sin que faltaran terceros, faltos de escrúpulos morales, intoxicado de ambiciones y con pleno conocimiento de la realidad nacional que aceptaron las nuevas reglas dispuesta por la cofradía del Moncada.

    Fidel y Raúl Castro tomaron el poder basado en mentiras y manipulación. Ellos prometieron pan y libertad, justicia y soberanía popular, hasta hicieron que sus huestes se encubrieran como creyentes, para apagar el escándalo de los paredones y así, difundir la creencia que las pasadas iniquidades podían ser compensadas con nuevas injusticias.

    La opresión padecida por los cubanos no tiene paralelos en este hemisferio. Las seis décadas y siete años de la autocracia castrista estuvo sostenida 49 años en el decano de los dictadores del mundo, Fidel Castro, que simultaneo su poder con la instauración de una casta familiar que controla la vida y hacienda de todos los isleños, hoy, manejada por Raúl Castro y Miguel Diaz Canel, un sujeto increíblemente más inepto e incapaz que los funestos hermanos.

    Siempre habrá que decirlo, nunca han faltado cubanos en el combate a la tiranía, ciudadanos dispuestos a dar su vida por recobrar la libertad aun sin haberla disfrutado nunca, como les sucede a esos centenares de jóvenes encarcelados por reclamar sus derechos y que nacieron décadas después que la familia Castro tomo el poder.

    Mi generación esta convencida que el totalitarismo llegara a su final, tenemos una gran confianza en quienes nunca han dejado de luchar por la libertad y los derechos ciudadanos, sin embargo, muchos no estamos seguros de que podremos ver la belleza de las playas del destierro al decirles ¡Adiós!

    *Pedro Corzo es periodista cubano

     

  • El fracaso globalista en la coyuntura venezolana

    El fracaso globalista en la coyuntura venezolana

    El nuevo año inició con una Venezuela acorralada por la presencia militar de Estados Unidos. Finalmente, en la madrugada del 3 de enero, Nicolás Maduro y su esposa fueron extraídos de Caracas. La situación política y social del país sudamericano había llegado a ser tan manifiestamente indigna de cualquier defensa moral —diagnóstico extensivo a Cuba y Nicaragua—, que la intervención norteamericana se presentaba como la única salida viable del problema. Por responsabilidad histórica, sin embargo, conviene preguntarnos por qué se llegó a este escenario tan extremo.

    La amenaza de cualquier nación sobre otra rompe con uno de los principios básicos del derecho internacional: la no injerencia. Ningún país debería sentirse justificado para interferir en otro. Tanto la Carta de las Naciones Unidas (ONU) como la de la Organización de los Estados Americanos (OEA) señalan la “no intervención en los asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los Estados” como un pilar de la convivencia pacífica.

    Pese a que sendos documentos reconocen este principio, ninguno de los dos declara que sea absoluto. Se admite la existencia de razones válidas para la injerencia en la realidad doméstica de una nación, siempre y cuando quien la lleve a cabo sea una fuerza organizada multilateral a cuyo criterio se sometan las pruebas de aquellas razones: peligros reales para la paz, la defensa de un país agredido y cuando un Estado haya demostrado su incompetencia en la protección de su propio pueblo contra crímenes monumentales.

    De acuerdo al capítulo VII de la Carta de la ONU, el Consejo de Seguridad es la entidad encargada de “tomar la iniciativa” en todo lo concerniente a la búsqueda y sostenimiento de la paz en el mundo. Si la organización fuera exitosa en esta misión —justo para la que fue creada, no se olvide—, la fraternidad y la cooperación serían las características principales de las relaciones internacionales y la diplomacia preventiva estaría siempre a la vanguardia ante cualquier asomo de conflicto.

    La realidad histórica se ha mostrado muy distinta. Desde la creación de la ONU, en octubre de 1945, cientos de disputas armadas han estallado alrededor del planeta. De hecho, según la edición más reciente del Índice Global de la Paz, en la actualidad hay 59 conflictos estatales activos, “la mayor cantidad desde el final de la Segunda Guerra Mundial”. Adicionalmente, la solución pacífica de estas confrontaciones es menor que en cualquier otro momento del último medio siglo.

    La internacionalización de los pleitos también ha crecido de manera exponencial. Al menos 78 países se encuentran involucrados hoy en tensiones que superan sus fronteras territoriales y un total de 106 naciones han incrementado su capacidad militar. En 1970 solo seis países poseían una influencia sustancial en otros Estados, mientras que ahora esa cifra se ha elevado a 34. La fragmentación del poder global no solo ha debilitado la buena vecindad sino que la ha demolido.

    El evidente fracaso de la ONU es resultado de muchos factores, comenzando por la facultad de veto que tienen, dentro del Consejo de Seguridad, incluso los países que ejecutan agresiones contra otros. Rusia, por ejemplo, frena cualquier resolución sobre la guerra en Ucrania; Estados Unidos no deja avanzar ninguna decisión sobre el conflicto en Gaza, y China suele defender los intereses de sus aliados. ¿Por qué estos tres Estados tienen ese poder? Porque, junto con Reino Unido y Francia, fueron las naciones triunfadoras de la última gran guerra, adjudicándose a sí mismas un puesto perenne en el Consejo. Para colmo, entre los miembros no permanentes de esta entidad han llegado a figurar la Libia de Gadafi, el Pakistán de Musharraf, el Sudán de Al Bashir y el Egipto de Mubarak.

    La ONU habría podido resultar mucho más eficaz si el cruce de vetos entre potencias tuviera una contraparte técnica inteligente. Pero tampoco es el caso. La organización lleva décadas promoviendo e imponiendo agendas “progresistas” a gran escala, provocando más divisiones de las necesarias y alimentando a una burocracia multilateral que jamás ofrece cuentas claras sobre el trabajo que realiza. La OEA funciona con límites muy semejantes, incapaz de lograr los dos tercios de su Consejo Permanente para aplicar como Dios manda su Carta Democrática (otro reluciente modelo de papel mojado).

    En consecuencia, huérfanos de una organización mundial con la suficiente autoridad —operativa, jurídica y moral— para gestionar los conflictos, los líderes autoritarios se sienten libres de amedrentar a sus propios pueblos o atacar a sus países vecinos. Así vemos a Hugo Chávez y Nicolás Maduro implantando una dictadura de 25 años en Venezuela o a Vladimir Putin invadiendo Ucrania, todos bajo el manto de la impunidad.

    El cerco militar estadounidense al régimen de Maduro habría sido innecesario si existiera una entidad supranacional con la capacidad de actuar oportunamente contra las tiranías, con criterios definidos, acciones concretas y límites bien trazados. Pero en el caótico escenario de la humanidad, cuando quienes deberían garantizar la paz y los derechos individuales exhiben su agotamiento y venalidad, es difícil esperar que los cambios se produzcan sin trastornos.

    No se trata de librar de responsabilidades a ningún líder o nación, sino de exponer el daño que produce la ausencia de consensos objetivos y viables alrededor del eterno desafío de la paz.

  • Año 2026: La participación ciudadana es vital para profundizar los resultados en seguridad 

    Año 2026: La participación ciudadana es vital para profundizar los resultados en seguridad 

    Recibimos el año 2026 no solo con el cambio de calendario, sino con la madurez de un modelo de seguridad que en 2025 demostró que el orden no es un accidente y que produce resultados, y es parte de la determinación estratégica. Tras un año de excelentes y grandes resultados donde las métricas de victimización y los índices de criminalidad alcanzaron mínimos que muchos consideraban inalcanzables, nos encontramos en el umbral de una oportunidad definitiva: transformar la seguridad pública en una paz ciudadana inquebrantable.

    Desde el enfoque de la criminología que es el mío, el éxito del año 2025 se fundamentó en la combinación de inteligencia policial aplicada, ciencias policiales y control territorial. Sin embargo, para que el 2026 supere estas expectativas, debemos dar el salto de la «contención» a la «prevención comunitaria». La seguridad no puede depender exclusivamente de patrullajes, intervenciones y la presencia disuasiva del uniforme policial o de la Fuerza Armada de El Salvador; requiere de un ingrediente que la técnica por sí sola no puede fabricar: la fe y la participación ciudadana activa.

    No es común que un análisis técnico mencione la Fe en Dios, a muchos les molesta, lo rechazan y lo ven contradictorio, pero en la criminología moderna entendemos que los valores espirituales y éticos son el tejido que sostiene la prevención primaria. Una sociedad que pone su esperanza en Dios y busca el bienestar del prójimo es, intrínsecamente, una sociedad más difícil de corromper. La fe nos devuelve la convicción de que la paz es posible y que la justicia no es una utopía. Al iniciar este año, encomendar nuestras estrategias a la guía divina nos otorga la templanza necesaria para enfrentar los desafíos que aún persisten y es sabiduría pura. Dios es la fuente de la sabiduría, dándola a quienes la buscan (Proverbios 2:6).

    Las grandes expectativas para este 2026 solo se cumplirán si cada ciudadano asumimos nuestro rol en la seguridad ciudadana. No basta con aplaudir los resultados desde la TV o las redes sociales; la seguridad ciudadana se construye en la denuncia de todo acto que afecte mi entorno y la sociedad, en la recuperación de los espacios públicos, en el fortalecimiento de los lazos vecinales, en la participación de las actividades de mi comunidad, brindando aportes, saliendo de una zona cómoda.

    Para que este año 2026 propongo y recomiendo que como salvadoreños podamos prestar atención y esforzarnos en estos aspectos mínimos para mejorar un año más nuestros indicadores, de la manera siguiente:

    Busquemos de Dios como sociedad salvadoreña. Pongamos en práctica los principios y valores cristianos. «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová» (Proverbios 9:10).

    Cultura de legalidad: Fomentar desde el hogar el respeto a la norma como el camino más corto hacia la libertad. No a las cachadas. Mateo 22:21: Jesús establece el principio de responsabilidad civil al decir: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Juan13:34: Jesús eleva la medida del amor al decir: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros».

    Una cultura de paz y sana convivencia en casa y nuestra comunidad. El amor y respeto por cada miembro de la familia y de la colonia. «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.» — Mateo 5:9

    Mejorar los niveles de tolerancia en el hogar y en lo comunitario. La Regla de Oro: Jesús resume el trato interpersonal en Mateo 7:12, indicando que se debe tratar a los demás como uno desea ser tratado.

    Todas las niñas, niños, adolescentes a la Escuela a estudiar tiempo pleno. Proverbios 18:15: «El corazón del entendido adquiere sabiduría; y el oído de los sabios busca la ciencia».

    Mucho cuidado con el consumo de alcohol etílico en cualquiera de sus presentaciones. El alcoholismo es una enfermedad y requiere de apoyo multidisciplinario. La embriaguez nubla el juicio, causa lamentos y quita el buen motivo (Proverbios 23:33, Oseas 4:11).

    Prevención terciaria: Fortalecer los programas de reinserción para cerrar las puertas giratorias del sistema penal por delitos no relacionados con pandillas criminales. Ezequiel 34:16: «Yo buscaré la perdida, y haré volver la descarriada; vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la débil…». Representa la acción de reintegrar a quien se apartó o resultó dañado por sus errores.

    Estamos iniciando un año 2026 que debe ser bendecido y próspero. La mesa está puesta para que este año sea recordado como el tiempo en que la paz se volvió costumbre. Con la guía de Dios y el compromiso de cada ciudadano, podemos avanzar a un país que se logre el desarrollo humano y el económico y social. A esforzarnos y ser muy valientes Dios ha prometido en su palabra estar con nosotros todos los días.

    *Por Ricardo Sosa, Doctor y máster en Criminología

    @jricardososa