Categoría: Opinión

  • Isla Conejo: El espejismo nacionalista y el silencio del abandono

    Isla Conejo: El espejismo nacionalista y el silencio del abandono

    Desde el siglo pasado y el presente he podido observar como especialista en seguridad nacional y criminología, y es mi deber leer entre líneas los discursos políticos y las dinámicas sociales de nuestra región. Las recientes y desafortunadas declaraciones del presidente hondureño Asfura sobre la Isla Conejo no son un exabrupto aislado, ni el único presidente hondureño que lo ha hecho; responden a un manual político y a un guion de cajón tan antiguo como predecible. A seis meses de haber asumido el poder, la incapacidad para dar respuestas tangibles a las crisis estructurales lo ha empujado a desempolvar el desgastado discurso del nacionalismo y la soberanía nacional. Es una evidente cortina de humo, un distractor de manual diseñado para desviar la mirada de un país que exige soluciones reales, no conflictos artificiales y únicamente en la mente de dicho presidente con El Salvador.

    Sin embargo, la retórica territorial en el Golfo de Fonseca, hay un elemento en el discurso oficial que resulta infinitamente más revelador y trágico. Según relató el propio mandatario, cuando recorre sus comunidades, la gente le suplica, le implora, primero por calles transitables, carreteras y oportunidades de trabajo; después, piden educación y salud. La seguridad ni siquiera figura entre las principales exigencias de la población, según sus mismas palabras no las de la prensa o del que escribe.

    Cualquier político inexperto podría intentar vender esto como un triunfo, sugiriendo que el crimen ha dejado de ser una preocupación. Como criminólogo, afirmo categóricamente lo contrario: esto es una alerta máxima de colapso social. Nuestros hermanos hondureños se encuentran de rodillas ante las pandillas criminales y la delincuencia organizada, una sociedad en anomia.

    Un pueblo que deja de pedir seguridad no lo hace porque haya alcanzado la paz o porque las estructuras criminales hayan sido desarticuladas. Lo hace porque está tan brutalmente golpeado por la pobreza, el abandono estatal y la falta de oportunidades, que sobrevivir al día a día se ha convertido en su única prioridad, estar con vida en aquel país es un verdadero milagro. La pirámide de necesidades básicas se ha invertido de la peor manera. Cuando una familia está aislada por caminos de tierra intransitables, sin trabajo para comer hoy y sin un hospital cercano para curar una infección básica, el miedo al delincuente pasa a un trágico segundo plano. La miseria asfixia antes que la violencia.

    Por eso hemos observado como hermanos hondureños durante las últimas semanas han viajado tantas horas para llegar al Hospital Rosales de El Salvador y recibir atención médica especializada de última generación para enfermedades terminales sin costo alguno y los testimonios se encuentran en medios de comunicación y redes sociales. Encontraron vida, salud, restauración y esperanza en El Salvador, ya que en su país los desecho el gobierno de turno sin atención médica. Y otros miles nos visitan por turismo en sus días de vacación, asuetos y fines de semana porque aquí hay seguridad y tranquilidad.

    Con un enfoque de seguridad nacional, este silencio ciudadano explica la peligrosa consolidación de poderes paralelos. Cuando la población ya no exige seguridad, es porque ha asimilado la presencia del crimen organizado, el narcotráfico o las pandillas criminales como una condición inamovible de su entorno, una especie de «desastre natural» inevitable. Han perdido por completo la fe en que su Gobierno pueda protegerlos, por lo que deciden concentrar sus pocas fuerzas en pedir, al menos, un camino para poder sobrevivir por su cuenta.

    Agitar la bandera en la Isla Conejo buscando un falso patriotismo es una falta de respeto imperdonable hacia esa misma población vulnerable que exige los servicios básicos. La verdadera defensa de la soberanía no se ejerce llenado de personal militar un islote deshabitado, sino garantizando la presencia del Estado, el desarrollo y la dignidad en cada rincón del territorio que gobierna. Esa actitud de conquistador y de nacionalista la debería de utilizar para recuperar los territorios que controla los grupos de delincuencia organizada de narcotraficantes y de pandillas criminales.

    Mientras el liderazgo político prefiera inventar enemigos externos en lugar de enfrentar a los monstruos internos de la miseria y el abandono, el silencio de su gente no será un síntoma de paz, sino el eco más doloroso de un Estado fallido. En El Salvador el gobierno del presidente Nayib Bukele ha declarado guerras abiertas y sin descanso contra: la criminalidad organizada, las pandillas criminales, la corrupción, contra la impunidad, contra la pobreza extrema, sistemas obsoletos de educación y salud, así como el abandono que se encontraba la primera infancia. Y esa voluntad y decisión alcanza para ayudar a hermanos de otras nacionalidades como Venezolanos, Costa Rica, Turquía, Jamaica, Guatemala y HONDURAS.

    *Por Ricardo Sosa / Doctor en Criminología / Experto en Seguridad Nacional /  @jricardososa

  • La racionalidad del 2% en El Salvador

    La racionalidad del 2% en El Salvador

    Las democracias contemporáneas suelen evaluar el éxito político mediante el frío pragmatismo de los marcadores mayoritarios. Bajo este lente, la escena electoral salvadoreña de cara a las presidenciales de 2027 parece un escenario clausurado de antemano: un presidente, Nayib Bukele, blindado por un robusto 84% de aprobación personal, frente a un bloque opositor atomizado donde las siglas históricas como el FMLN rondan un marginal 2% de intención de voto de base. Es precisamente bajo esta bandera que emerge la precandidatura del Dr. Rafael Aguirre, médico internista y líder sindical de la salud pública.

    Para los analistas del pragmatismo más elemental, la irrupción de Aguirre constituye un ejercicio testimonial o, peor aún, un riesgo innecesario capaz de erosionar el exiguo patrimonio electoral de la izquierda tradicional. Sin embargo, un examen desde la ciencia política y la sociología electoral sugiere una lectura diametralmente opuesta: la candidatura de este médico no representa un suicidio institucional, sino un mecanismo sofisticado de supervivencia y un riguroso medidor del descontento ciudadano en contextos de hiperliderazgo.

    Para comprender la racionalidad de una candidatura del 2%, es imperativo desmontar el mito del bloque oficialista monolítico. Las encuestas revelan una profunda asimetría en El Salvador: mientras el mandatario goza de un hiperliderazgo personalista, el partido oficialista posee un suelo real de apenas el 34%. A este dato se suma un indicador sísmico: un 57.9% de la población manifiesta una total desalineación, declarando no sentirse identificado por ninguna fuerza política existente. En términos de Russell Dalton (Citizen Politics), nos encontramos ante un electorado desalineado estructuralmente. El ciudadano moderno ya no vota por dogmas ni por aparatos; vota por causas, emociones y perfiles.

    Es aquí donde el perfil del Dr. Rafael Aguirre adquiere valor estratégico. Aguirre no es un cuadro orgánico moldeado por la burocracia de los partidos tradicionales; es un outsider gremial cuya notoriedad pública deviene de su rol defensivo de la salud pública y, crucialmente, de haber enfrentado procesos de despido administrativo por parte del Estado tras denunciar las deficiencias del sistema de sanidad. Su figura opera bajo lo que el antropólogo político David Kertzer denomina un «símbolo de condensación»: Aguirre no necesita articular un complejo tratado de oposición; su sola presencia en la boleta electoral evoca la narrativa de la vulnerabilidad civil y la persecución laboral frente al poder centralizado.

    Frente a quienes argumentan que un candidato de este perfil debilita el voto de base del partido que lo cobija, la teoría electoral ofrece respuestas categóricas. La Escuela de Michigan (Campbell et al., The American Voter) demostró que la identidad partidista residual no se diluye por la presencia de un candidato externo competitivo; al contrario, es la invisibilidad lo que extingue a los partidos pequeños (un fenómeno estudiado por Maurice Duverger como el efecto de auto-eliminación de las minorías). Si el partido decide no competir, su base cae en la apatía o migra. La postulación de Aguirre, por tanto, funciona bajo la «teoría de la activación» de Paul Lazarsfeld: la campaña despierta el voto durmiente de la base y ofrece, simultáneamente, un «puente libre de culpas» para el 57.9% de los desalineados que jamás votarían por las siglas tradicionales pero que sí validarían a un médico represaliado.

    Asimismo, la postulación de un perfil médico redefine la contienda a través del concepto de Issue Ownership (Propiedad de la Agenda) de John Petrocik. Al situar a un cirujano en el centro del debate, la discusión pública se desplaza inevitablemente hacia la gestión de la salud, el desabastecimiento de medicamentos y las condiciones del funcionariado público. El oficialismo, sumamente cómodo debatiendo en sus terrenos de control, es obligado a justificar sus flancos más sensibles y humanos.

    ¿Qué busca medir, entonces, el Dr. Aguirre si las matemáticas de las encuestas le niegan la victoria ejecutiva inmediata? Busca activar lo que Karlheinz Reif y Hermann Schmitt denominaron el voto en «elecciones de segundo orden». Cuando el desenlace presidencial parece predeterminado, el electorado tiende a flexibilizar su comportamiento y a utilizar la urna como un «termómetro seguro» de castigo o advertencia, perdiendo el miedo a la inestabilidad política. En un ecosistema donde opera el sesgo de la «espiral del silencio» (Noelle-Neumann) —donde los ciudadanos descontentos ocultan su disidencia por temor al aislamiento social o político—, la boleta electoral de un candidato outsider provee un refugio institucional anónimo.

    Finalmente, bajo la teoría del «voto expresivo» de Geoffrey Brennan y Loren Lomasky, sabemos que el ciudadano minoritario no acude a las urnas únicamente con un fin instrumental para elegir al ganador, sino para registrar su propia existencia e identidad moral frente a la hegemonía.

    La candidatura del Dr. Rafael Aguirre en 2027 no debe ser leída como una ingenuidad aritmética. Es la edificación de una trinchera institucional indispensable. En la política de mediano plazo, los hiperliderazgos personalistas sufren desgastes naturales o crisis de sucesión inevitables. Cuando el cheque en blanco del actual mandatario comience a registrar los costos reales de la gestión, la disidencia técnica y social salvadoreña necesitará un vehículo previamente validado y legalmente estructurado.

    Medir el voto disidente hoy, aunque empiece en el 2%, no es un error de cálculo: es la siembra obligatoria de la alternativa del mañana.

  • Entre espinas nacen flores

    Entre espinas nacen flores

    Con solo 17 años el más insigne de todos los cubanos, escribió en la prisión, «Mírame madre, y por tu amor no llores, si esclavo de mi edad y mis doctrinas, tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores».
    José Martí, con la sabiduría que le definió, entendió a tan temprana edad lo traumático que es el presidio, sin embargo, lo enfrento con la entereza que le caracterizo, tal y como hacen, numerosos jóvenes cubanos del presente que no temen demandar sus derechos, aunque terminen en prisión.

    Este 11 de julio arribamos al quinto aniversario de una protesta nacional sin precedentes en Cuba, en la que cientos de personas fueron a prisión por reclamar derechos cercenados por el totalitarismo

    La prisión ha sido bajo el totalitarismo castrista, a pesar de los horrores que allí se padecen, una especie de oasis y crisol donde los prisioneros al forjar sus ansias de libertad vigorizan sus compromisos con la patria. Creo que la tiranía jamás se ha percatado que quienes se encuentra en prisión endurecen sus convicciones e idean nuevas formas de demandar sus derechos.

    La prisión puede ser para algunos el final de su autoestima, decoro y dignidad, para otros, un horno donde se forjan los valores que le van a guiar por el resto de la vida, una realidad que ha experimentado la mayoría de los cubanos de distintas generaciones que han pasado por las cárceles del totalitarismo castrista.

    La juventud cubana es la que más ha padecido los horrores de las cárceles y más de uno el infausto paredón de fusilamiento como fue el caso de Emeterio García Rodríguez, fusilado a los 17 años, 1962, y de su compañero de causa, Teodoro González que con 15 años fue condenado a muerte, sentencia conmutada a 30 años, el mismo veredicto que recibió a los 16 años Ricardo Vázquez, recientemente fallecido.

    La juventud ha sido la principal víctima del sistema represivo del castrismo, no solo por la gestión política que pudieran haber participado, también, han sido apresados y golpeados por la forma de vestir o llevar el cabello largo, uso que los represores castigaban con un corte a rape y brutales palizas.

    La represión cobró cotas más masivas a partir de las protestas populares del 11 de julio del 2021, como refleja un informe del pasado 30 de junio de 2026 que apunta que el número de prisioneros políticos menores de edad alcanza los 40, siendo la cifra más alta documentada hasta la fecha por la organización Prisoners Defenders, especializada en esos temas.

    Es apropiado decir que los cubanos de intramuros saben lo cruel y despiadadas que son las mazmorras del castrismo, un conocimiento en la Isla que nadie ignora. No obstante, cada día se aprecia más la disposición de la ciudadanía a reclamar los derechos que le fueron conculcados hace décadas, contrario a lo que sucedía en el pasado reciente en el que los padres les pedían a sus hijos que no se involucraran en actividades antigubernamentales, porque eso había llegado para quedarse.

    Recuerdo expresiones que lastimaban fuertemente a los que combatían al régimen, entre otras, “que lo quite quien lo puso” o la más egoísta de todas, “no voy a ser el primero que proteste”, invenciones que han sido desplazada por la dolorosa realidad de que los hijos y los nietos se están depauperando ante los ojos de padres y abuelo y que, para evitar un trágico final, es imprescindible tomar los riesgos que sean necesarios.

    La población ha dejado de creer los cuentos de la tiranía, entre ellos, la farsa leyenda urbana de que los represores lo saben todo, al ritmo que la miseria y la desesperación le hace más presa que en el pasado. Las protestas nocturnas son testimonio del hartazgo general y las cadenas pueden ser quebradas por la voluntad popular.

    Lo hemos comentado antes, pero es importante no perder de vista que los hermanos Castro le robaron al pueblo la esperanza al imponer un poder absoluto y un pensamiento único. El control de la sociedad y muy en particular de la economía, difundió la certeza de que el nuevo orden era irrevocable, percepción que empezó a cambiar el 11 de julio del 2021.

    Todos estamos conscientes que deslastrarse del miedo demanda mucho esfuerzo y voluntad, pero cuando se rompe ese cántaro que aplasta el pecho, la prisión se rompe, parafraseando nuevamente al Maestro Marti, y empieza al fin con la destrucción del totalitarismo, la vida.

  • Norte y sur. Las ideas detrás del destino

    Norte y sur. Las ideas detrás del destino

    Hace unos días, en esta columna de opinión, sostuvimos que la Declaración de Independencia aprobada el 4 de julio de 1776 constituye el embrión de las ideas humanistas y liberales que han hecho de Estados Unidos la potencia que es hoy. Ni el desarrollo económico ni la fortaleza militar, ni siquiera la unidad lingüística o la creciente expansión territorial, han sido fundamentales para entender cómo aquellas trece colonias americanas, reunidas en Filadelfia hace 250 años, pudieron llegar a transformarse en la gran nación que conocemos.

    Hablar de este proceso histórico es esencial por varias razones. Primero, porque las ideas que lo inspiraron se entienden con facilidad. De hecho, no existe nada en aquel documento fundador de EE UU, ni en su Constitución o cualquiera de sus enmiendas ulteriores, que no pueda ser comprendido, enseñado y asimilado en otras regiones del mundo. Incluso cabe hacer aquí observaciones que hablan muy bien de los sucesivos estadistas del norte y muy mal de quienes en Hispanoamérica, por ejemplo, dieron origen y orientación a nuestras respectivas naciones: los primeros se mantuvieron fieles al ideario republicano que les marcaba el rumbo, mientras que los segundos lo trastocaron en cuanto pudieron.

    Una somera comparación entre George Washington y Simón Bolívar, por mencionar a dos reconocibles padres fundadores, permite ilustrar hasta qué punto las concepciones políticas entre el norte y el sur del continente diferían en lo esencial: las formas del ejercicio del poder.

    El primer presidente de Estados Unidos se empeñó en la consolidación de un modelo de república federal moderna, enfatizando en la condición indispensable de la alternancia gubernamental; Bolívar defendió siempre la necesidad de un poder personal y vitalicio que garantizara el orden y la estabilidad, reduciendo al mínimo la fragmentación y las luchas intestinas.

    Washington, paradójicamente, heredó a sus sucesores un sistema político funcional, que con el tiempo logró librarse de los efectos más perniciosos de las pugnas facciosas y mantuvo la unión de sus estados incluso después de su única gran Guerra Civil. Por si fuera poco, nadie, en dos siglos y medio, se ha perpetuado en la Casa Blanca.

    ¿Es posible decir lo mismo del sueño de Bolívar? No, evidentemente. Las guerras internas y vecinales han marcado la trayectoria de la América hispana, y los dictadores han brotado como hongos en la práctica totalidad de nuestras naciones. Nada de esto lo deseaba, por cierto, El Libertador, que procuró establecer una urdimbre de contrapesos para evitar el absolutismo, pero su noción de entronizar liderazgos de por vida –fuertes, respetados y teóricamente sabios– echó raíces en el subconsciente colectivo sudamericano mucho más que el ejemplar republicanismo del norte. Los resultados están a la vista, a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México.

    Otra razón por la que conviene estudiar la profunda antropología escondida en las ideas que conformaron América del Norte es su contraste con el victimismo tan arraigado en el sur. Cuando los niños estadounidenses recitan de memoria, en sus salones de clase, el segundo párrafo de la Declaración de Independencia, están sosteniendo “como evidentes por sí mismas” unas “verdades” que expresan igualdad, primado de la vida, sentido de libertad y derecho a buscar la plenitud. Entienden que los gobiernos se instituyen para garantizar la protección de estas aspiraciones, no para impedirlas, y si fallan en tan loable misión el llamado que reciben los gobernados es tajante: deben poner fin a esos mandatos.

    Si el poder tiene un uso específico, su abuso es intolerable. Y quien detenta el poder, el pueblo, jamás será su víctima. De México a la Patagonia, en cambio, una aguda percepción tercermundista se ha adueñado de nuestro inconsciente colectivo. Con ella miramos al pasado para sentirnos mártires de cada tramo histórico y de cada potencia mundial. También con ella hemos erigido “héroes” que en realidad no lo fueron y “villanos” a los que recurrimos para esquivar el espejo.

    El tercermundismo –vocablo que la Real Academia de la Lengua Española registra como “doctrina política” en una de sus acepciones– surgió para ofrecer opciones discursivas al vacío teórico que los pioneros del estatismo enfrentaban a mediados del siglo XIX. Estos “brillantes” pensadores nos legaron, a manera de epidérmico silogismo, los siguientes enunciados: ¿Hay países pobres y naciones prósperas? Sí. ¿Las naciones prósperas, en algún momento de la historia, colonizaron a los países que hoy son pobres? Sí. Entonces, los únicos causantes del subdesarrollo de los países pobres… ¡son los países ricos! (Aplausos).

    Precariamente combatida, la falacia tercermundista se aferra a nuestra muy humana urgencia de justificaciones. Nos reafirma en que existen potencias (España, Inglaterra, Estados Unidos), clases sociales (la burguesía) y ciertas personas (los empresarios, los explotadores, los dueños del capital) a quienes podemos echar la culpa de todos nuestros males. Y con estos simplismos gravitando en el ambiente, el marxismo y otras ideologías se abrieron paso a zancadas en Hispanoamérica, al punto que incluso la violencia, con el honorable título de “partera de la historia”, fue reivindicada.

    Eso no ocurrió en Estados Unidos. Allá el ciudadano promedio crece con una sana idea que el poeta William Ernest Henley supo poner en musicales versos: “Soy el amo de mi destino. Soy el capitán de mi alma”. (I am the master of my fate. I am the captain of my soul).

  • MINSAL dice 96.6%, la OMS dice 71%: la brecha de datos que pone en duda la protección contra el sarampión en El Salvador

    MINSAL dice 96.6%, la OMS dice 71%: la brecha de datos que pone en duda la protección contra el sarampión en El Salvador

    El Salvador acumula 47 casos de sarampión en 2026, todos clasificados como importados, entre las Semanas epidemiológicas 1 y 26 (4 de enero al 4 de julio de 2026). Según el MINSAL, los casos se localizaron en siete departamentos: San Salvador, San Miguel, Santa Ana, La Libertad, Ahuachapán, San Vicente y Usulutan. Es importante conocer que el origen de estos contagios proviene principalmente de Guatemala y Mexico, y que el país no reporta un contagio autóctono (transmisión local) desde 1996 (hace casi 30 años).

    El ritmo de aumento de contactos ha sido importante (de 11 a 47 casos en tres meses), por lo que el MINSAL mantiene una campaña especial de vacunación iniciada el 10 de abril, dirigida a menores de 6 a 11 meses (dosis cero) y personal de salud, además del esquema regular a los 12 y 18 meses.

    Causado por el virus del sarampión, se transmite por vía respiratoria (gotículas y aerosoles) y es una de las enfermedades más contagiosas que existen: R0 de 12 a 18 (una persona infectada contagia entre 12 y 18 personas susceptibles en una población sin inmunidad). El virus puede permanecer viable en el aire o en superficies hasta 2 horas después de que la persona infectada abandonó el espacio. El periodo de incubación es por lo general de 10-14 días desde la exposición hasta el inicio de los síntomas. La contagiosidad comienza 4 días antes de la aparición de la erupción y se extiende hasta 4 días después, lo que facilita la transmisión antes de que se sospeche el diagnostico. Enfermedad autolimitada y leve en la mayoría de los niños, pero que puede complicarse en 30% de los casos en menores de 5 años, y causar la muerte por neumonía o trastornos cerebrales por una encefalitis aguda.

    Situación epidemiológica actual (2025-2026)

    La región de las Américas registró un salto de 32 veces en casos confirmados en 2025 (14,891 vs. 466 en 2024), con brotes en 57 países a nivel global reportados en el mismo período. El virus ha acelerado su circulación en el continente americano debido principalmente a las bajas coberturas de vacunación experimentadas por muchos países durante la pandemia.

    ¿Existe peligro de brote autóctono en nuestro país?

    UNICEF y la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicaron un reporte el 15 de julio de 2026 sobre estimados de cobertura de inmunización nacional (WUENIC 2025 revision). Dicho reporte sitúa a El Salvador con una cobertura de 1ª dosis de sarampión (MCV1) al 98%, y una segunda dosis (MCV2) al 71%. Estos datos en contraposición con los reportados por el MINSAL, que reporta coberturas para el 2025 de 98.4% para la primera dosis y 96.6% para la segunda dosis, señalando el MINSAL que se esta cumpliendo con las recomendaciones de mantener a la población inmunizada arriba del 95%.

    Es más, en varias ocasiones el señor ministro de salud ha reiterado que la razón del porque nuestro país solo es afectado por casos importados es precisamente por estas altas coberturas de inmunización. Ahora resulta que organismos internacionales como UNICEF y OMS contradicen la cifras del MINSAL. Datos reales, no un escenario hipotético. Y viendo la serie histórica, el 71% en MCV2 no es un evento aislado: se ha mantenido estancado en 71-72% desde 2022 (72% → 71% → 71% → 71%), mientras que MCV1 se ha recuperado con fuerza tras el bajón pandémico de 2020 (84%) hasta llegar a 98% en 2025.

    ¿Cuáles son las implicaciones para la población de nuestros niños estas discrepancias de información?

    Con una cobertura nacional como la reportada por los organizamos internacionales la inmunidad poblacional efectiva seria de aproximadamente 90-92%, lo cual estaría bajo el umbral del 95%, necesario para la inmunidad de rebaño contra el sarampión. El Salvador tiene un nivel de protección insuficiente para inmunidad de rebaño, con riesgo real de brotes si el virus se introduce (como ya ocurrió con los casos importados de 2024-2025 desde Guatemala/México). El problema no es la captación inicial —MCV1 va muy bien— sino la retención al esquema completo: algo está fallando en que los niños vuelvan a los 2 años por su segunda dosis, y esto lleva 4 años estancado.

    El sarampión es una enfermedad viral altamente contagiosa (R0 12-18) que exige coberturas de vacunación ≥95% con esquema completo (2 dosis) para lograr inmunidad de rebaño y evitar brotes. En El Salvador, los datos oficiales de UNICEF/OMS (WUENIC 2025) muestran una captación excelente de la primera dosis (MCV1: 98%) pero una retención insuficiente para la segunda (MCV2: 71%), estancada en ese nivel desde 2022. Esto deja una inmunidad poblacional efectiva de aproximadamente 90-91% — por debajo del umbral de protección colectiva — y coincide con el patrón regional que ya produjo un aumento de 32 veces en los casos de sarampión en las Américas durante 2025.

    La prioridad epidemiológica no es promover la vacunación inicial, sino cerrar la brecha de finalización del esquema, asegurando que los niños que ya recibieron la primera dosis regresen a los 2 años por la segunda.

     

     

     

  • La profesión de la Medicina en El Salvador

    La profesión de la Medicina en El Salvador

    Me atrevo a escribir sobre el mundo de la medicina; ya que, he visto en mi casa cómo una de mis hijas, Emilia Clementina, se fue formando poco a poco en las ciencias médicas. Antes de ir al ruedo para dejar un impacto significativo en la humanidad, los futuros galenos deben prepararse. En esos largos ocho años de carrera universitaria se enfrentan con vicisitudes que ya les había comentado un graduado. Deben estudiar sin importar horas de desvelo, realizan las prácticas educativas con entusiasmo; ya que saben que eso les servirá para ser profesionales de respeto.

    El pasado 14 de julio se conmemoró en El Salvador el Día del Médico, fecha relevante para todos los galenos, para los que forjaron la tarea de ayudar a la sociedad gracias a la medicina. Una carrera que no es fácil de estudiar. Como toda profesión, se necesita tener agallas y perseverancia para lograr llegar a la meta esperada.

    En El Salvador han estudiado muchos médicos, los cuales han puesto el nombre del país en alto. Cada quien con su especialidad se formó en las diferentes aulas de las universidades salvadoreñas y luego, se especializó acá o partió a otros países a continuar preparándose.

    Ser médico es una vocación, es un don, es una carrera en donde se forma a un ser humano excepcional. Es el que ayuda al prójimo sin esperar recompensas, más si ejerce la profesión en lugares paupérrimos. Por esa razón, deseo destacar el profesionalismo de un paisano originario de Tacuba, me refiero al Dr. Arturo Romero López, quien fue uno de los fundadores del Colegio de Médicos de El Salvador. Incursionó también en el mundo de la política y estuvo cerca de ser presidente de El Salvador. Sin embargo, lo que se lee de su labor como médico es lo que hizo en Costa Rica.

    En publicación que realicé en La Prensa Gráfica (25 de septiembre de 2025) “El trabajo altruista y humanitario del Dr. Romero va más allá de la medicina, pues no solo curaba enfermedades, sino que también inculcaba la necesidad de mejorar las condiciones de vida, llevar salud a los más desprotegidos y denunciar injusticias. En Costa Rica tuvo la oportunidad de ser reconocido por su corazón noble y altruista. Su misión fue llevar a comunidades rurales unidades móviles de salud. Curaba gratuitamente a muchas personas de escasos recursos económicos. En la Universidad de Costa Rica le entregaron el título de Profesor Honorario en la Facultad de Educación, por haber sido un maestro ejemplar, enseñando en aulas universitarias, escuelas públicas y comunidades. Lo consideraron ilustre, magnífica persona y hombre de generosas actitudes de servicio humano”.

    ¿Se ha puesto a pensar cómo es la vida de un médico? Al principio es un mundo lleno de valladares, desde el momento que se forma en las aulas universitarias, luego, irá aprendiendo de sus superiores para saber que es necesario tratar de llegar a la perfección para poder ejercer su profesión. Ya que, en cualquier campo de la medicina, se necesita una ardua preparación, horas de desvelo, libros devorados, bibliotecas físicas y virtuales visitadas, etc.

    Es importante recalcar el Juramento Hipocrático que realizan los médicos antes de graduarse, el cual simboliza: ser ético, no causarle daño al paciente, sigilo profesional y tener vocación de servicio. El profesional de la Medicina viste esa bata blanca y se convierte en un héroe cada vez que ayuda y salvar una vida. Loor al que cada día brilla con su talento e intelectualidad y brinda sanidad a los seres humanos.

    En alguna unidad de salud, hospital o en clínica privada, un profesional de la medicina está ejerciendo su profesión. Atrás dejó el camino de la formación, actualmente atiende a cada paciente como médico general o en su especialidad estudiada. Quisiera saludar a todos los doctores que he conocido, la lista se me hace larga; sin embargo, mencionaré a algunos: Erick Melgar, Guillermo Toledo López, Niyme Pantoja de Toledo, Guillermo Aristondo, etcétera.

    * Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv 

  • Campeón mundial

    Campeón mundial

    Sí. El Salvador posiblemente termine coronándose triunfador planetario, pero no deportivo sino en la cancha de la impunidad. Eso creo yo. Si no se habían enterado, veamos algunos pasajes de nuestra historia nacional tanto del siglo pasado como del presente; pasajes relacionados con graves violaciones de derechos humanos y la falta de castigo para sus responsables. Esta es una innegable gran verdad que, además, es objetivamente demostrable con nefastas historias ciertas y documentadas. En el centro de las mismas, se encuentra una estructura económica y social excluyente que ha provocado expresiones de protesta y otras formas de rebeldía popular que los poderes ‒tanto el político como el militar‒ han enfrentado con una violencia tal que hasta nos condujo a una prolongada guerra fratricida.

    Faltan casi cinco años para que se cumpla el primer centenario de la matanza perpetrada en enero de 1932; esta constituyó un verdadero etnocidio mediante el cual se inauguró el régimen encabezado por el dictador del siglo pasado: Maximiliano Hernández Martínez. Poco después,  en julio del mismo año, este carnicero decretó una amnistía “amplia e incondicional” para impedir la condena de “funcionarios, autoridades, empleados, agentes de la autoridad y cualquiera otra persona civil o militar” señalados como “responsables de infracciones a las leyes” que pudieran “conceptuarse como delitos de cualquier naturaleza, al proceder en todo el país, al restablecimiento del orden, represión, persecución, castigo y captura de los sindicados en el delito de rebelión”.

    Al hambre padecido por la pobrería y a su sangre derramada entonces, se sumó así la impunidad protectora de quienes ‒en teoría‒ debían brindarle seguridad. No obstante, sin importar las barbaridades de los delitos cometidos al defender los privilegios de sus amos, los perdonaron. Eso pasó entonces y con el tiempo se repitió la costumbre, hasta que el 20 de marzo de 1993 se promulgó la mal llamada Ley de amnistía general para la consolidación de la paz; eso pasó cinco días después de que la Comisión de la Verdad presentara públicamente su informe titulado “De la locura a la esperanza. La guerra de 12 años en El Salvador”.

    De todas esas amnistías, la única coherente con el derecho internacional humanitario fue la aprobada nomás terminó la guerra: el 23 de enero de 1992. Parafraseando a Rodolfo Piza Escalante, jurista costarricense ya fallecido, esta amnistiaba a los valientes y no a los cobardes; es decir, a quienes respetaron las leyes de la guerra y no a quienes las violaron en perjuicio de población civil no combatiente:niñas, niños, mujeres, personas mayores y prisioneros de guerra. Lo opuesto ocurrió con la de 1993, contra la que tuvimos que batallar más de 23 años hasta lograr su inconstitucionalidad hace una década: el 13 de julio del 2016.

    Pero, tal como lo denunciamos ante los medios,“ninguna legislatura ha cumplido con su obligación de emitir una ley para favorecer a quienes sufrieron los estragos de la barbarie. Las dos primeras, electas en el 2015 y el 2018, estuvieron mayoritariamente integradas por representantes de los partidos Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y Frente Farabundo Martí para Liberación Nacional (FMLN), principales protagonistas de la guerra. Del 2021 en adelante, con mayoría absoluta primero y mayoría aplastante después a partir del 2024, el control de lo que se decide en la Asamblea Legislativa ha estado en manos del oficialismo; es decir, de Nuevas Ideas (NI) y Nayib Bukele. Así, pues, durante todo ese tiempo siempre se mantuvo engañadas a las víctimas con iniciativas tramposas hasta que la bancada de este último partido mandó al archivo sus demandas de verdad, justicia y reparación para cerrarles aún más las puertas”.

    Por eso ‒agregamos‒ “reclamamos con valor e indignación, que se deje de jugar con los sentimientos de las víctimas del pasado y les cumplan como es debido: con verdad, justicia y reparación”. A esa amnistía decretada 33 años atrás y declarada inconstitucional hace una década, debió seguirle el acatamiento de la sentencia que la anuló; tuvo que aprobarse una normativa destinada a alcanzar una verdad esclarecida, una justicia cumplida y una reparación debida garantizando que la historia no sea repetida. Pero no. No se ha obedecido el mandato de la Sala de lo Constitucional y por la mitad temporal de dicha insolencia deben responder Bukele junto a su bancada legislativa.

    Las garantías establecidas y vigentes en nuestro país ahora, pues, son las de repetición. Se repitió la locura de la muerte violenta con la violencia pandilleril; se sigue repitiendo la de la muerte lenta, con la injusticia social ¿Se repetirá la historia de las graves violaciones de derechos humanos y de otros crímenes atroces como política de Estado? Aquella esperanza generada en 1992, pregunto, ¿terminó siendo efímera?

     

  • Una chispa de ficción

    Una chispa de ficción

    Miraba recientemente un documental donde la teoría evolucionista explica el origen de la tierra y su evolución; de la manera como los microorganismos dieron saltos progresivos hasta llegarse a convertir en especies que encontraron en su hábitat las condiciones que, propiciaron su reproducción y la variedad de las mismas. También el impacto en que las catástrofes naturales han dejado huella, exterminaron a las mismas especies, pero que de una forma u otra la vida se enlaza con la oportunidad para dar paso a un renacer. Según esta corriente científica, nosotros como humanos llegamos mucho tiempo después de iniciado, modificado, destruido, resurgido entre energía, minerales, vientos, lluvias y movimientos de tierra a un escenario llamado planeta y en el que al día de hoy habitamos bajo un mismo cielo. Por lo tanto, integramos este rompecabezas vital en donde fuerzas terrenales poderosas modifican o destruyen a su paso; independientemente de un acuerdo y menos aún, de un consenso utópico para que los organismos vivos permanezcan en esta  faz compartida.

    Ciertamente, es la ciencia la que explica de manera lógica  cualquier evento natural destructivo, por lo que no admite la palabra castigo como una consecuencia de los mismos. Puesto que estos sucesos vienen aconteciendo desde siglos antes que nosotros, los humanos, habitáramos estas tierras.

    Pero cuando suceden estos fenómenos naturales, ¿A qué nos aferramos? ¿A qué le tememos? No hay certezas aunque pareciera que si las hubiera, sin embargo, desde la realidad sensorial y de la mano de la transitoriedad, es con el velo de vulnerabilidad que nos arropamos y esperamos acurrucados que la serenidad se cuele por cualquier calado oportuno.

    Yuval Noah Harari, historiador y escritor  israelí, comparte en uno de sus libros que a los humanos nos definen ficciones colectivas. Si, probablemente somos producto de toda la información que hemos heredado, que hemos organizado según los sesgos establecidos, estructurando así nuestras creencias. Las cuales que surgieron, según Harari, a partir de una chispa divina o combinación de elementos, que dio paso a la revolución cognitiva y luego a una conciencia.

    Y es por esa revolución inevitable, la cual no se puede explicar con datos precisos aun desde la ciencia, que sufrimos desde esta ficción que llamamos vida. Pero, también creo que bendita sea esa chispa que apareció y se encontró en el momento de la revolución natural y que nos elevó a ser sentipensantes y comprender el dolor ajeno, a maravillarnos con lo extraordinario que este mundo, pese a sus asimetrías naturales o creadas por nosotros mismos,  nos permite apreciar. Empatizar y solidarizarnos cuando vemos la tragedia en nuestros semejantes como la sufrida en Venezuela, en La Guaira. Tanto o más en otras partes del mundo, desastres naturales que apagan o marcan vidas, que nos recuerdan lo frágiles que somos ante fuerzas que nadie puede enfrentar ni prever. La vida llama a poner atención, siempre está dándonos señales.

    Al final no estoy segura si entre ficciones de vida o chispas divinas, pero algo si sé que trasciende.

    *Ivette Maria Fuentes es Licenciada en Ciencias Jurídicas  

  • Suchitoto y Ciudad Vieja

    Suchitoto y Ciudad Vieja

    Hace 168 años, Suchitoto recibió el título de ciudad por el nivel de desarrollo alcanzado en esa época, por esa razón se le reconoce como ciudad de Suchitoto. En la actualidad se le denomina “distrito” por aspectos de ordenamiento territorial, siendo parte del “municipio” de Cuscatlán Norte, pero sigue siendo una ciudad. Así se le identifica por ser parte de la historia del país. Desde hace algunos años se le reconoce de diversas maneras, como capital de la cultura en El Salvador (en el ámbito del arte y la cultura), como ciudad encantadora (en el rubro de turismo), y, como ciudad colonial, siendo parte de los pueblos que integran la ruta de la conquista y la colonia en el área centroamericana.

    Antes de ser “ciudad” (1858), obtuvo el título de “villa”(1836), y años antes se le catalogó como un “pueblo”dentro del departamento de San Salvador (1824). Además, fue cabecera departamental de Cuscatlán (1835-1861). El 15 de julio de 1958, Suchitoto fue declarada “Capital Simbólica de la República de El Salvador”, en ocasión de las fiestas del centenario de ser ciudad.

    Dentro de su comarca, los orígenes de los asentamientos humanos, tienen dos momentos, en la época colonial (con españoles e indígenas entre 1528 y 1545 en el área de la Bermuda) y en la época precolombina (con indígenas que poblaron la zona allá por el año 1000 en el sitio arqueológico de Cihuatan). Lo que indica la permanente actividad en la jurisdicción de Suchitoto desde la época precolombina, en el inicio del descubrimiento, durante lo conflictivo de la conquista, en el auge de la colonización, y luego en el periodo republicano. En resumen, Suchitoto va más allá de estos 168 años de ser ciudad, implica todo un desarrollo gradual y plantea un reto generacional de conocer esa historia.

    En esta ocasión, un detalle importante a resaltar en la historia de Suchitoto, es que en 1528 los conquistadores se asentaron en el área general de lo que hoy es La Bermuda, fue el segundo asentamiento español en El Salvador (el primero fue en 1525 pero no hay certeza de donde fue su ubicación). Desde 1528 funcionó como capital hasta 1545, siendo muy útil en el proceso de la conquista y colonización. En ese año, después de un corto periodo, este asentamiento se desplazó hasta donde está el actual San Salvador. No se conocen las razones de ese traslado, pero se mencionan algunas de carácter climático, otras de carácter coyuntural de la manera en que iba avanzando la conquista, y, el asedio constante de los indígenas de la zona.

    En el 2028 serán 500 años de ese hito histórico. Por haber estado ubicado en 1528 a escasos 10 kilómetros de Suchitoto, dentro de su jurisdicción, es a ésta ciudad que le corresponde la responsabilidad de conmemorarlo. En realidad, ese asentamiento de 1528 tiene relación directa con la historia de San Salvador, sin embargo, de manera indirecta es la génesis de como la comarca fue evolucionando en los alrededores de lo que hoy es la ciudad pájaro/flor. Existen vestigios de ese asentamiento, cuyo nombre es Sitio Arqueológico Ciudad Vieja, catalogado como Sitio Histórico Nacional, según decreto legislativo 308del ocho de julio de 1975, en el cual se afirma que éste es el segundo asentamiento de la villa de San Salvador).

    Conmemorar esos 500 años, no es solamente labor de los historiadores y las autoridades municipales, es de todos los sectores: educativo, cultural, comercio y turismo. El plan maestro “Ciudad Vieja 1528-2028”, por llamarlo así, pondría a prueba la tenacidad del suchitotense (maestros, estudiantes, artesanos, intelectuales, artistas, fundaciones, comerciantes y autoridades municipales). No hay duda que será un éxito rotundo, porque el recurso más valioso en Suchitoto, es su gente, hombres y mujeres, nacionales o extranjeros, orgullosos todos de ser parte de esa ciudad hermosa, como la llaman sus habitantes a viva voz.

    Hay una diversidad de eventos que podrían resaltar esta conmemoración de 500 años, entre algunas: exposiciones, festivales, conferencias, concursos alusivos, competencias deportivas, conciertos, obras de teatro, ceremonias conmemorativas, memorabilia, actividades in situ con recorridos en Ciudad Vieja, y, de manera inicial, el concurso para definir el afiche conmemorativo de este magno evento.

    Suchitotenses: felicitaciones en este nuevo aniversario, como reza su himno: “vivirás, vivirás, vivirás”.

    *Eduardo Mendoza, general retirado.

  • El arte y el olvido de sus padres  

    El arte y el olvido de sus padres  

    En un artículo anterior propuse una imagen para comprender la historia intelectual de Occidente. Expuse que el desarrollo podría entenderse como una familia en dónde el hijo mayor era la ciencia. Pienso, por sugerencia de un colega, que a la metáfora se le puede sacar mayor rendimiento. Ya que en el seno de esta familia también creció una hija menor que se llamó Arte.

    Si la ciencia heredó de su madre, la filosofía, el método; el arte heredó de ella el sentido de la belleza. Los griegos comprendieron que lo verdadero, lo bueno y lo bello no eran realidades aisladas, sino dimensiones distintas de una misma plenitud del ser. La belleza no era un simple adorno de la realidad, sino el resplandor de la verdad. Por eso, para la tradición clásica, la estética nunca estuvo separada de la metafísica. Esta vinculación proporcionó a la hija el sentido de la armonía, la proporción, la medida, el buen gusto, cierta objetividad.

    De la teología heredó algo todavía más profundo: el contenido. El arte descubrió que el mundo entero podía convertirse en un lenguaje capaz de hablar de Dios, y la Sagrada Escritura se transformó en una fuente inagotable de inspiración. La Última Cena de Leonardo, las Estancias de Rafael, la Piedad de Miguel Ángel, las grandes catedrales góticas, la Pasión según san Mateo de Bach, el Mesías de Händel o la Divina Comedia de Dante no fueron simples expresiones religiosas, sino algunas de las cumbres de la civilización occidental. En todas ellas late un mismo anhelo: hacer visible lo invisible, dar forma a lo eterno y ofrecer, a través de la belleza, un destello de lo más divino.

    Desde su nacimiento, el arte tuvo un temperamento distinto al de su hermano. Mientras la ciencia buscaba comprender el mundo, el arte aspiraba a contemplarlo; mientras una analizaba la realidad para descubrir sus leyes, el otro la recreaba para revelar su sentido. No competían entre sí: hablaban lenguajes diferentes, pero ambos nacían del mismo asombro ante el misterio de lo real.

    Mientras la ciencia desmontaba un reloj para comprender cómo funcionaba, ella se detenía a contemplar la belleza de su esfera. Mientras la ciencia medía la intensidad de la luz, el arte se preguntaba por qué un amanecer podía conmover hasta las lágrimas. Ambos contemplaban la misma realidad, pero formulaban preguntas diferentes.

    Durante siglos caminaron juntos.

    La ciencia nos enseñó a conocer el mundo; el arte, a admirarlo. Sin embargo, también el arte comenzó a alejarse de sus padres.

    Cuando olvidó que la belleza está unida a la verdad, apareció el esteticismo: una belleza vacía, preocupada únicamente por el impacto, la novedad o el placer inmediato. Y cuando rompió definitivamente ese vínculo, surgió con frecuencia el feísmo, donde la provocación sustituyó a la contemplación y la ruptura se convirtió en un fin en sí mismo.

    No se trata de negar el inmenso valor del arte moderno ni de rechazar su legítima libertad creadora. Sería injusto reducirlo a una caricatura. El arte necesita explorar nuevos lenguajes y expresar los dramas de cada época, pero no puede quedarse en puro subjetivismo.

    La ciencia puede explicar la composición química de una rosa, pero no puede sustituir la experiencia de regalarla. Puede describir las ondas sonoras de una sinfonía, pero no puede medir el consuelo que esa música ofrece a quien acaba de perder a un ser querido. Puede analizar la actividad cerebral de quien contempla una obra maestra, pero no agota el misterio de por qué esa contemplación puede cambiar una vida. El arte habla otro lenguaje.

    Quizá haya llegado el momento de que también el arte alcance una nueva madurez.

    Madurar significa redescubrir que su vocación más profunda siempre ha sido revelar una belleza que conduce a la verdad y despierta el deseo del bien. Porque toda auténtica obra de arte posee una dimensión moral: nunca es indiferente, siempre eleva o degrada, ilumina o confunde, ennoblece o empobrece el alma.

    Siguiendo la metáfora, el arte alcanza su plena madurez cuando reconoce que no puede desligarse de sus padres. Su vocación es entusiasmar con la belleza y conducir hacia la verdad; en definitiva, abrir el corazón a la Verdad con mayúscula.

    *Fernando Armas Faris, Sacerdote y doctor en Filosofía