Categoría: Opinión

  • Maduro, derecho internacional y negocios

    Maduro, derecho internacional y negocios

    La extracción de Nicolás Maduro – Presidente de Venezuela – por tropas de Estados Unidos, constituye sin duda alguna una violación del Derecho Internacional. Pero no es una ocupación militar de territorio extranjero por una potencia dominante; ni del cambio del régimen. Se respeta la continuidad y se legitiman las elecciones de julio 2024. Lo que no provoca un cambio de régimen y mucho menos se inicia una ocupación del territorio de Venezuela por parte de Estados Unidos. Fuera de las declaraciones de Trump sobre administración, el manejo del petróleo; y las amenazas al nuevo gobernante Delcy Rodríguez, parece una acción de Interpol.

    Lo ejecutado fue una acción punitiva que irrespetó la soberanía venezolana; pero no provocó la caída del régimen chavista. Continúa su ejecutivo, sus Fuerzas Armadas; y sus sistemas policiales y jurídicos operan con normalidad. El daño es menor. Claro con una amenaza que si Rodríguez no atiende las instrucciones de Washington, el precio a pagar será más alto que el impuesto a Maduro. Trump, está seguro que Rodríguez aceptará un “madurismo sin Maduro, “en virtud de la cual se liberará la economía y les permitirán a las petroleras estadounidenses operar exitosamente”.

    Aunque ocurrió cuando Bush padre invadió a Panamá y capturó Noriega, llevándolo preso para juzgarlo, condenarlo y sancionarlo severamente, ahora se trata de una operación diferente. Que en lo operativo se parece más con la captura de Osama bin Laden. Allí se violó la soberanía de Pakistán – igual que en el caso de Venezuela – y se ejecutó a quien se creía culpable.  Sin embargo no cambió al régimen como ocurrió en Panamá.

    Hicieron preso a Maduro, lo llevaron a territorio estadounidense; y lo presentaron ante los jueces. Pero el régimen venezolano sigue intacto, con todas sus fuerzas indemnes, — que no ha recibido daños — y que puede recuperarse militarmente; e incluso, perfeccionar su dominio en contra del pueblo venezolano, porque las instituciones políticas fruto de un fraude político, siguen intactas; y más bien fueron legitimadas.

    Maduro no quiso negociar. De allí su captura. Tuvo tiempo; pero no creyó que Estados Unidos daría un segundo paso de carácter punitivo; y que para tal eventualidad contaba con los recursos militares para defenderse. Y se equivocó. La orden de Estados Unidos, ahora para la cúpula chavista (Delcy Rodríguez, su hermano Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello y Padrino López) es: “ustedes tienen que obedecer”. Anuncia una transición política que podría incluir nuevas elecciones con amplia observación internacional; y cooperación en reformas económicas para las inversiones petroleras, e incluso apoyo en la lucha en contra del cartel de los Soles. Todos felices y contentos.

    Esta percepción explica la tibia reacción de Rusia, China y la Unión Europea, con reclamos y exigencias formales. Aunque la operación es militar, los efectos no son militares. Y en términos geopolíticos, lo único controversial, es la suerte de protectorado sobre Venezuela – a partir de las declaraciones de Trump siempre ambiguas – sin escalar moviéndose en el plano de una disputa doméstica, y en el aumento de la influencia económica de los Estados Unidos.

    Sin duda tiene efectos para la región. Estados Unidos, reasume su papel de Gendarme Regional, deslindando su espacio de influencia; y coloca en un plano de inferioridad a los gobernantes latinoamericanos. Esto es indudable; pero no irreversible. Porque no se trata de una política exterior bipartidaria estadounidense, sino que una acción unilateral del partido “trumpista” que no tiene el respaldo del Partido Demócrata, de los intelectuales y académicos; y menos del Congreso. El periodo presidencial de Trump, se acerca – poco a poco – a su final. Cada día que pasa se debilita políticamente. El Partido Demócrata – que no fue consultado ni informados sus líderes de la operación como ocurriera cuando Osama bin Laden – no respaldó la operación militar contra Venezuela, aunque no tenga una postura en favor de Maduro. Y cuya culpabilidad determinarán sin duda los jueces de Nueva York. La acusación es parecida a la que siguieron contra Juan Orlando Hernández, basada en testigos – que encabezará el “pollo” Carbajal; y  la condena igual. Eso sí, con mayores efectos para Colombia, Centroamérica y México.

     

    *Juan Ramón Martínez es un académico hondureño

  • No son buenas noticias

    No son buenas noticias

    No pueden ser buenas noticias que fuerzas especiales de los Estados Unidos ―apoyadas por todo el dispositivo de mar y de aire que está instalado en las costas del Caribe― hayan incursionado en territorio de Venezuela y capturado a Nicolás Maduro y a su esposa.

    Quienes ahora aplauden, venezolanos o no (los presidentes Milei y Noboa, en primera fila), no saben o no comprenden o no les importa el impacto que esta acción tiene en la relación de Estados Unidos con América Latina. Ahora Milei y Noboa están sentados en la estaca, pero mañana no.

    Claudia Sheinbaum, la presidenta de México, ha condenado con energía esta acción estadounidense, como era lógico de esperar. Donald Trump, el vocero, por ahora, de estas iniciativas imperiales, en su tono zumbón de siempre se ha limitado a decir que ‘algo tendrá que hacerse con México’. También Lula, el presidente brasileño, se ha pronunciado y ha señalado el peligro de que prevalezca la ley del más fuerte en las relaciones internacionales.

    El panorama está claro: la Organización de las Naciones Unidas, de facto, no existe como autoridad mundial. No existió para Ucrania ni para el genocidio de Gaza y no existirá para el caso venezolano. Pareciera que ahora los Estados Unidos tienen la cancha libre para poner y quitar y censurar y aprobar cualquier cosa en América Latina. ¿Es así?

    La debilidad mayor de Maduro y su grupo fue infravalorar las intenciones norteamericanas y haber vulnerado la constitucionalidad venezolana e imponerse de forma fraudulenta en la pasada elección presidencial. Esa ilegitimidad y la ilegalidad consecuente brindaron un pretexto espléndido a los que ahora se presentan como los llamados a regir los destinos de América Latina.

    El asunto es saber qué pasará ahora dentro de Venezuela. Eyectaron a Maduro, sí, en una espectacular operación militar al mejor estilo de Hollywood, y se lo llevaron a New York. ¿Pero eso resuelve qué? Entraron como un rayo y se fueron al instante. No han acantonado tropas en territorio de Venezuela. ¿Podrían hacerlo? Quizá sí, pero al parecer valoraron que ese desgaste sería veloz y contraproducente por la repulsa internacional, y también porque Estados Unidos no está en condiciones financieras de cargar con una ocupación territorial de gran envergadura. Es decir, tiene sus propios límites.

    Sin embargo, horas después del ataque a Venezuela Trump ha dicho que Estados Unidos ‘gobernará’ ese país mientras se da una transición, que es de suponer su administración también patrocinará. ¿Es que ya hay miles de soldados estadounidenses dentro de Venezuela para tal efecto? ¿O desde los barcos estacionados se hará esto? ¿O vendrá una nueva oleada de ataques?

    Se llevaron a Maduro, pero todos los demás dirigentes siguen en Venezuela. ¿Podrán continuar gobernando con el acecho que está ahí? ¿Los irán a traer? ¿Esperarán a que se vayan por su cuenta? ¿Qué escenario es el que se ha creado y por cuánto tiempo esto seguirá así? ¿Se desencadenará un proceso de resistencia?

    Lo cierto es que el actual gobierno de Estados Unidos ha hecho sentir su poder imperial y hasta este momento ha concretado lo que se ha planteado. Ahora vienen las consecuencias de todo esto. Tanto fuera como dentro de Estados Unidos. Y es que esta administración norteamericana de hecho está en guerra en diversos puntos del planeta y eso es complicado sobre todo cuando Estados Unidos no se encuentra en su mejor momento económico.

    Sacar de cuadro a Maduro es una cosa y tomar el control completo de Venezuela es otra. Según las palabras de Trump eso es lo que sigue a continuación. Y como lo ha aseverado en sus declaraciones después del ataque a Venezuela, el petróleo es la joya de la corona por la que van. Y también por otros materiales que están en la zona del Orinoco.

    Si llevarse a Maduro le demoró un par de horas, ¿cuánto tiempo le tomará controlar el territorio venezolano? ¿Está Estados Unidos en capacidad militar y financiera de realizar tal cosa? ¿Hay que suponer que no habrá resistencia dentro de Venezuela? Por ahora el obstáculo que tienen que derribar los norteamericanos es el actual dispositivo estatal que está en manos del equipo de Maduro. Eso es en realidad lo que sigue, antes de ‘gobernar’ Venezuela.

    Las aventuras de intervención de Estados Unidos en diferentes puntos del planeta no salieron bien en el siglo XX: Nicaragua, Vietnam, Afganistán. ¿Por qué está sí? Lo ocurrido este 3 de enero en Venezuela, de ningún modo, son buenas noticias. Puede ser el inicio de un período turbulento para América Latina.

     

     

    *Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

     

  • 24,455 días de tiranía.

    24,455 días de tiranía.

    Disculpen lo personal de esta columna, pero mi país, la patria de José Martí, acaba de cumplir 67 años bajo un sistema de oprobio que solo ha traído desgracias y pesares para los cubanos y para pueblos como los de Venezuela, Nicaragua y Bolivia que, igualmente, han sido sometidos por el odio y la envidia, encubiertos en un discurso de justicia y pan, sin olvidar que otros muchos como Colombia, Uruguay y Argentina padecieron la subversión castrista en su máxima crueldad.

    El castrismo ha sido particularmente nefasto para los cubanos, pero diversas partes del mundo padecen sus infames marcas. Varios países africanos sufrieron la ocupación militar castristas y todos los estados latinoamericanos en alguna medida, han resistido el terrorismo y narcotráfico, inspirados en la quimera del totalitarismo insular.

    A pesar de esa amarga verdad me siento muy orgulloso de haber nacido en Cuba, y haber combatido al sistema castrista prácticamente desde que tomaron el poder, sin embargo, no puedo dejar de sentirme avergonzado que la tiranía haya sometido al pueblo cubano por tanto años a pesar de los fusilados, muertos en combates, desaparecidos y encarcelados.

    Mas de seis décadas después de inaugurarse la tiranía, sigo convencido, opuesto a lo que piensan algunos compatriotas, que nosotros mismos construimos el sepulcro en el que nos encontramos, cierto que muchos han combatido el oprobio, pero tampoco han faltado cómplices de la ignominia que por míseras ventajas siguen actuando como victimarios y abusadores de profesión, sujetos miserables que se prestan a servir de verdugos en las cárceles o de jueces en los espurios tribunales de la dictadura.

    El pesar de hoy no es nuevo, se remonta al aciago 1959, cuando un número importante de cubanos pecaron de ingenuos al creer todas las promesas de un pandillero universitario, con más de un asesinato a su haber y asociado a más de un gánster, que, como colofón, nunca había trabajado en su vida. Un vago consuetudinario que después tuvo el descaro de dictar una Ley contra la Vagancia en la República que destruyó.

    El país se escindió. El odio hizo presa de mucha gente. El sectarismo y la discriminación crecieron, la perversidad y la delación fueron cosechas abundantes. El amor familiar cedió en muchos hogares sus prerrogativas y fue sustituido por un rencor desconocido.

    Un amplio sector de la población fue encantado por un discurso repetitivo que les hacía creer que solo ellos tomaban las decisiones, que Castro, a quien llamaban Fidel, era un amigo incapaz de cometer una maldad.

    Mientras, otro grupo, menos numeroso, pero más sagaz, con conocimientos y valores morales, aceptaron responsabilidades a las que renunciaron poco tiempo después cuando apreciaron que no había buenas intenciones en aquel camino al infierno, sin que faltaran terceros, faltos de escrúpulos morales, intoxicado de ambiciones y con pleno conocimiento de la realidad nacional que aceptaron las nuevas reglas dispuesta por la cofradía del Moncada.

    Fidel y Raúl Castro tomaron el poder basado en mentiras y manipulación. Ellos prometieron pan y libertad, justicia y soberanía popular, hasta hicieron que sus huestes se encubrieran como creyentes, para apagar el escándalo de los paredones y así, difundir la creencia que las pasadas iniquidades podían ser compensadas con nuevas injusticias.

    La opresión padecida por los cubanos no tiene paralelos en este hemisferio. Las seis décadas y siete años de la autocracia castrista estuvo sostenida 49 años en el decano de los dictadores del mundo, Fidel Castro, que simultaneo su poder con la instauración de una casta familiar que controla la vida y hacienda de todos los isleños, hoy, manejada por Raúl Castro y Miguel Diaz Canel, un sujeto increíblemente más inepto e incapaz que los funestos hermanos.

    Siempre habrá que decirlo, nunca han faltado cubanos en el combate a la tiranía, ciudadanos dispuestos a dar su vida por recobrar la libertad aun sin haberla disfrutado nunca, como les sucede a esos centenares de jóvenes encarcelados por reclamar sus derechos y que nacieron décadas después que la familia Castro tomo el poder.

    Mi generación esta convencida que el totalitarismo llegara a su final, tenemos una gran confianza en quienes nunca han dejado de luchar por la libertad y los derechos ciudadanos, sin embargo, muchos no estamos seguros de que podremos ver la belleza de las playas del destierro al decirles ¡Adiós!

    *Pedro Corzo es periodista cubano

     

  • El fracaso globalista en la coyuntura venezolana

    El fracaso globalista en la coyuntura venezolana

    El nuevo año inició con una Venezuela acorralada por la presencia militar de Estados Unidos. Finalmente, en la madrugada del 3 de enero, Nicolás Maduro y su esposa fueron extraídos de Caracas. La situación política y social del país sudamericano había llegado a ser tan manifiestamente indigna de cualquier defensa moral —diagnóstico extensivo a Cuba y Nicaragua—, que la intervención norteamericana se presentaba como la única salida viable del problema. Por responsabilidad histórica, sin embargo, conviene preguntarnos por qué se llegó a este escenario tan extremo.

    La amenaza de cualquier nación sobre otra rompe con uno de los principios básicos del derecho internacional: la no injerencia. Ningún país debería sentirse justificado para interferir en otro. Tanto la Carta de las Naciones Unidas (ONU) como la de la Organización de los Estados Americanos (OEA) señalan la “no intervención en los asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los Estados” como un pilar de la convivencia pacífica.

    Pese a que sendos documentos reconocen este principio, ninguno de los dos declara que sea absoluto. Se admite la existencia de razones válidas para la injerencia en la realidad doméstica de una nación, siempre y cuando quien la lleve a cabo sea una fuerza organizada multilateral a cuyo criterio se sometan las pruebas de aquellas razones: peligros reales para la paz, la defensa de un país agredido y cuando un Estado haya demostrado su incompetencia en la protección de su propio pueblo contra crímenes monumentales.

    De acuerdo al capítulo VII de la Carta de la ONU, el Consejo de Seguridad es la entidad encargada de “tomar la iniciativa” en todo lo concerniente a la búsqueda y sostenimiento de la paz en el mundo. Si la organización fuera exitosa en esta misión —justo para la que fue creada, no se olvide—, la fraternidad y la cooperación serían las características principales de las relaciones internacionales y la diplomacia preventiva estaría siempre a la vanguardia ante cualquier asomo de conflicto.

    La realidad histórica se ha mostrado muy distinta. Desde la creación de la ONU, en octubre de 1945, cientos de disputas armadas han estallado alrededor del planeta. De hecho, según la edición más reciente del Índice Global de la Paz, en la actualidad hay 59 conflictos estatales activos, “la mayor cantidad desde el final de la Segunda Guerra Mundial”. Adicionalmente, la solución pacífica de estas confrontaciones es menor que en cualquier otro momento del último medio siglo.

    La internacionalización de los pleitos también ha crecido de manera exponencial. Al menos 78 países se encuentran involucrados hoy en tensiones que superan sus fronteras territoriales y un total de 106 naciones han incrementado su capacidad militar. En 1970 solo seis países poseían una influencia sustancial en otros Estados, mientras que ahora esa cifra se ha elevado a 34. La fragmentación del poder global no solo ha debilitado la buena vecindad sino que la ha demolido.

    El evidente fracaso de la ONU es resultado de muchos factores, comenzando por la facultad de veto que tienen, dentro del Consejo de Seguridad, incluso los países que ejecutan agresiones contra otros. Rusia, por ejemplo, frena cualquier resolución sobre la guerra en Ucrania; Estados Unidos no deja avanzar ninguna decisión sobre el conflicto en Gaza, y China suele defender los intereses de sus aliados. ¿Por qué estos tres Estados tienen ese poder? Porque, junto con Reino Unido y Francia, fueron las naciones triunfadoras de la última gran guerra, adjudicándose a sí mismas un puesto perenne en el Consejo. Para colmo, entre los miembros no permanentes de esta entidad han llegado a figurar la Libia de Gadafi, el Pakistán de Musharraf, el Sudán de Al Bashir y el Egipto de Mubarak.

    La ONU habría podido resultar mucho más eficaz si el cruce de vetos entre potencias tuviera una contraparte técnica inteligente. Pero tampoco es el caso. La organización lleva décadas promoviendo e imponiendo agendas “progresistas” a gran escala, provocando más divisiones de las necesarias y alimentando a una burocracia multilateral que jamás ofrece cuentas claras sobre el trabajo que realiza. La OEA funciona con límites muy semejantes, incapaz de lograr los dos tercios de su Consejo Permanente para aplicar como Dios manda su Carta Democrática (otro reluciente modelo de papel mojado).

    En consecuencia, huérfanos de una organización mundial con la suficiente autoridad —operativa, jurídica y moral— para gestionar los conflictos, los líderes autoritarios se sienten libres de amedrentar a sus propios pueblos o atacar a sus países vecinos. Así vemos a Hugo Chávez y Nicolás Maduro implantando una dictadura de 25 años en Venezuela o a Vladimir Putin invadiendo Ucrania, todos bajo el manto de la impunidad.

    El cerco militar estadounidense al régimen de Maduro habría sido innecesario si existiera una entidad supranacional con la capacidad de actuar oportunamente contra las tiranías, con criterios definidos, acciones concretas y límites bien trazados. Pero en el caótico escenario de la humanidad, cuando quienes deberían garantizar la paz y los derechos individuales exhiben su agotamiento y venalidad, es difícil esperar que los cambios se produzcan sin trastornos.

    No se trata de librar de responsabilidades a ningún líder o nación, sino de exponer el daño que produce la ausencia de consensos objetivos y viables alrededor del eterno desafío de la paz.

  • Año 2026: La participación ciudadana es vital para profundizar los resultados en seguridad 

    Año 2026: La participación ciudadana es vital para profundizar los resultados en seguridad 

    Recibimos el año 2026 no solo con el cambio de calendario, sino con la madurez de un modelo de seguridad que en 2025 demostró que el orden no es un accidente y que produce resultados, y es parte de la determinación estratégica. Tras un año de excelentes y grandes resultados donde las métricas de victimización y los índices de criminalidad alcanzaron mínimos que muchos consideraban inalcanzables, nos encontramos en el umbral de una oportunidad definitiva: transformar la seguridad pública en una paz ciudadana inquebrantable.

    Desde el enfoque de la criminología que es el mío, el éxito del año 2025 se fundamentó en la combinación de inteligencia policial aplicada, ciencias policiales y control territorial. Sin embargo, para que el 2026 supere estas expectativas, debemos dar el salto de la «contención» a la «prevención comunitaria». La seguridad no puede depender exclusivamente de patrullajes, intervenciones y la presencia disuasiva del uniforme policial o de la Fuerza Armada de El Salvador; requiere de un ingrediente que la técnica por sí sola no puede fabricar: la fe y la participación ciudadana activa.

    No es común que un análisis técnico mencione la Fe en Dios, a muchos les molesta, lo rechazan y lo ven contradictorio, pero en la criminología moderna entendemos que los valores espirituales y éticos son el tejido que sostiene la prevención primaria. Una sociedad que pone su esperanza en Dios y busca el bienestar del prójimo es, intrínsecamente, una sociedad más difícil de corromper. La fe nos devuelve la convicción de que la paz es posible y que la justicia no es una utopía. Al iniciar este año, encomendar nuestras estrategias a la guía divina nos otorga la templanza necesaria para enfrentar los desafíos que aún persisten y es sabiduría pura. Dios es la fuente de la sabiduría, dándola a quienes la buscan (Proverbios 2:6).

    Las grandes expectativas para este 2026 solo se cumplirán si cada ciudadano asumimos nuestro rol en la seguridad ciudadana. No basta con aplaudir los resultados desde la TV o las redes sociales; la seguridad ciudadana se construye en la denuncia de todo acto que afecte mi entorno y la sociedad, en la recuperación de los espacios públicos, en el fortalecimiento de los lazos vecinales, en la participación de las actividades de mi comunidad, brindando aportes, saliendo de una zona cómoda.

    Para que este año 2026 propongo y recomiendo que como salvadoreños podamos prestar atención y esforzarnos en estos aspectos mínimos para mejorar un año más nuestros indicadores, de la manera siguiente:

    Busquemos de Dios como sociedad salvadoreña. Pongamos en práctica los principios y valores cristianos. «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová» (Proverbios 9:10).

    Cultura de legalidad: Fomentar desde el hogar el respeto a la norma como el camino más corto hacia la libertad. No a las cachadas. Mateo 22:21: Jesús establece el principio de responsabilidad civil al decir: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Juan13:34: Jesús eleva la medida del amor al decir: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros».

    Una cultura de paz y sana convivencia en casa y nuestra comunidad. El amor y respeto por cada miembro de la familia y de la colonia. «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.» — Mateo 5:9

    Mejorar los niveles de tolerancia en el hogar y en lo comunitario. La Regla de Oro: Jesús resume el trato interpersonal en Mateo 7:12, indicando que se debe tratar a los demás como uno desea ser tratado.

    Todas las niñas, niños, adolescentes a la Escuela a estudiar tiempo pleno. Proverbios 18:15: «El corazón del entendido adquiere sabiduría; y el oído de los sabios busca la ciencia».

    Mucho cuidado con el consumo de alcohol etílico en cualquiera de sus presentaciones. El alcoholismo es una enfermedad y requiere de apoyo multidisciplinario. La embriaguez nubla el juicio, causa lamentos y quita el buen motivo (Proverbios 23:33, Oseas 4:11).

    Prevención terciaria: Fortalecer los programas de reinserción para cerrar las puertas giratorias del sistema penal por delitos no relacionados con pandillas criminales. Ezequiel 34:16: «Yo buscaré la perdida, y haré volver la descarriada; vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la débil…». Representa la acción de reintegrar a quien se apartó o resultó dañado por sus errores.

    Estamos iniciando un año 2026 que debe ser bendecido y próspero. La mesa está puesta para que este año sea recordado como el tiempo en que la paz se volvió costumbre. Con la guía de Dios y el compromiso de cada ciudadano, podemos avanzar a un país que se logre el desarrollo humano y el económico y social. A esforzarnos y ser muy valientes Dios ha prometido en su palabra estar con nosotros todos los días.

    *Por Ricardo Sosa, Doctor y máster en Criminología

    @jricardososa 

  • Entre la “libertad para Venezuela” y el fantasma de Londres: lo que Pinochet le recuerda a El Salvador

    Entre la “libertad para Venezuela” y el fantasma de Londres: lo que Pinochet le recuerda a El Salvador

    ¡Feliz año nuevo!, les decía a mis amigos. Mucha salud y tranquilidad, agregaba, porque a nuestra edad el dinero y el amor ya no cuentan. Como me dijo uno de ellos, el amor y el sexo, a estas alturas, ya entran en la categoría de los milagros.

    Y así llegó el sábado 3 de enero del nuevo año. La paz y la tranquilidad se volvieron remotas, distantes y, de cierta forma, angustiosamente inalcanzables. El gobierno de los Estados Unidos, mediante una operación militar-judicial, procedía a la captura extraterritorial de un jefe de Estado en funciones. Nicolás Maduro, líder venezolano, era detenido junto con su esposa por fuerzas especiales del vecino del norte y trasladado a una prisión en el estado de Nueva York.

    Pura coincidencia —o no—, el gobierno de George H. W. Bush había invadido Panamá y capturado a su jefe de Estado, Manuel Noriega, el 3 de enero de 1990. Tanto Noriega como Maduro fueron acusados por Estados Unidos de narcotráfico y ambos desataron fuertes controversias internacionales. Podríamos agregar en este recuento el caso hondureño de Juan Orlando Hernández que, aunque fue condenado por narcotráfico por un tribunal de Nueva York, terminó siendo indultado hace muy poco por el propio gobierno de Trump.

    A estos dos casos se suma el arresto de Augusto Pinochet en Londres, en 1998, un evento que marcó un punto de inflexión: por primera vez, un exjefe de Estado era detenido en un tercer país por crímenes de lesa humanidad, invocando el principio de jurisdicción universal. No hubo invasión ni captura militar. Hubo jueces.

    A diferencia de otros casos latinoamericanos, como las capturas de Noriega y Maduro, el caso Pinochet estableció un límite distinto: la soberanía nacional no podía convertirse en refugio permanente frente a crímenes considerados intolerables por la comunidad internacional. La detención en Londres no fue un acto de fuerza, sino un proceso judicial impulsado desde España y validado por los tribunales británicos.

    Un profundo silencio se cierne sobre muchos gobiernos de la región. Con excepción de Cuba, la mayoría de los líderes latinoamericanos, incluido El Salvador, han optado por el mutismo, quizás temerosos al constatar que la mal llamada soberanía no protege frente a los dueños del mundo. México, Brasil, Chile, Colombia, Uruguay y España emitieron un comunicado conjunto rechazando la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, por considerar que violan el derecho internacional y la soberanía de los Estados. Otros gobiernos que se han alineado con el discurso de “libertad para Venezuela” y el apoyo a la acción estadounidense incluyen Argentina, Paraguay, Bolivia, Ecuador, El Salvador y Panamá, según los recuentos regionales iniciales.

    El Salvador no se siente amenazado por una acción militar de una potencia extranjera, pero la figura de Pinochet sí le incomoda. La historia reciente del país, marcada por una suspensión prolongada de derechos ciudadanos desde marzo de 2022 y por una larga cultura de impunidad, hace que la justicia internacional sea vista con ambivalencia: esperanza para las víctimas, incomodidad para las élites políticas y militares.

    El gobierno salvadoreño actual goza de una legitimidad electoral indiscutible y de un respaldo popular significativo, particularmente en materia de seguridad. Sin embargo, el precedente Pinochet introduce una idea que trasciende coyunturas: la legitimidad democrática no extingue la responsabilidad jurídica futura. Estados de excepción prolongados, concentración de poder y uso intensivo de la fuerza pueden ser defendidos políticamente en el presente, pero quedan registrados históricamente. En un mundo donde los estándares internacionales de derechos humanos siguen operando, las decisiones excepcionales tienden a ser evaluadas con el paso del tiempo, no solo por tribunales nacionales, sino también por instancias externas.

    Es cierto que las medidas actuales en materia de seguridad han tenido una eficacia inmediata, pero el horizonte ético no las mide por su efectividad, sino por su compatibilidad con estándares universales. De ahí las limitaciones extremas que este gobierno ha instalado para obstaculizar la documentación y preservación de la memoria, tan importantes hoy para la sociedad civil y para el futuro de nuestra democracia.

    El caso de Pinochet nos enseña que, por más esfuerzos que se hagan para silenciar la realidad, el tiempo y la historia no siempre absuelven. Soberanía con responsabilidad o soberanía con impunidad: ese es el dilema salvadoreño actual. Como mencioné en un artículo anterior, estamos viviendo la era de la posverdad. Todo se vale hoy; está por verse si mañana seguirá siendo válido.

  • Equilibrando la brújula para el presente año

    Equilibrando la brújula para el presente año

    Un nuevo año inició y es importante que se analice el rumbo de la geopolítica, de los acontecimientos internacionales que de una forma u otra afectan a la humanidad. Como salvadoreños tenemos en nuestras manos la responsabilidad para que la brújula nos lleve a la bonanza.

    A nivel internacional, tal parece que Maduro tiene pesadillas, ya que, Donald Trump, le quiere sacar del poder por las buenas o por la fuerza. Todos sabemos que su gobierno es ilegítimo. El premio Nobel de la Paz ganado por María Corina Machado es un ejemplo para la humanidad y principalmente para los que anhelan la democracia en Venezuela.

    Este año será el Mundial de fútbol, un acontecimiento que se convertirá en una cortina de humo para paliar por un instante los problemas globales. El 2025 nos dejó la noticia sobre el cese del conflicto entre Israel y Palestina. Mientras tanto, los tambores de guerra entre Ucrania y Rusia siguen cobrando vidas inocentes.

    Con respecto a los movimientos políticos, en América Latina, la derecha es la que está liderando. Poco a poco nos acercamos a la agenda 2030, en donde algunos indicadores manifiestan que algunas cosas han mejorado; aunque, las desigualdades siempre se manifiestan, especialmente en países tercermundistas.

    En El Salvador, al finalizar el año 2025, en plena víspera de la Navidad, miles de empleados del sector salud fueron despedidos. Fue desgarrador ver los lamentos. Ahora, es de esperar la reapertura del nuevo hospital Rosales. De una forma u otra, esos cambios afectan especialmente a los pacientes. La medicina amarga ha tenido sus consecuencias.

    Con respecto al régimen de excepción, en todo el territorio se respira seguridad. Es el logro más grande realizado por el presidente Bukele. Según encuestas, la población es lo que más aplaude.

    En El Salvador podrá haber aún techos de cartón, pero los salvadoreños somos de hierro. La situación no es fácil en el ámbito económico, muchas personas comen solo dos tiempos. Se espera que la economía sea mejor para este año.

    En nuestro país, se espera que en educación se logre implementar paso a paso el modelo educativo finlandés. Todo lo que sea para mejorar un rubro como el educativo, bienvenido sea. En otro contexto, El Salvador se ha proyectado internacionalmente como un polo turístico, un rubro que ayuda mucho a la economía.

    Lo que debe mejorar es en la agricultura; ya que, hay déficit en los granos básicos. Lástima que ya no somos un país autosuficiente. La agricultura ya no es rentable por los altos costos de los insumos. No, no es fácil gobernar un país que sufrió un conflicto armado, catástrofes naturales y pandillas.

    Lo que todos los ciudadanos esperan es que la economía mejore, que haya oportunidades laborales para que haya prosperidad en los hogares. Con respecto a lo anterior, la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM), la pobreza aumentó. Problema que aqueja a muchos. Lo contrario a ese dato es el crecimiento de las remesas; ello dinamiza la economía. Sin embargo, esperemos, que Trump no obstaculice el giro de esas remesas por parte de los salvadoreños indocumentados, los cuales son muchos.

    Para este año, según indicadores, el rubro de la construcción va en ascenso, eso es un aliciente para muchos trabajadores; ya que genera un empleo directo. Por lo tanto, una ayuda directa a cada familia. Todo lo que sea para prosperar se debe de tomar en cuenta y no quitar el dedo del renglón.

    Todos debemos equilibrar la brújula para poder tener una mejor planificación y así obtener las metas propuestas. En cada hogar se deben reunir para conversar, para poder tener un año lleno de bendiciones. Esperando no se apaguen las voces de la opinión pública para mantener una verdadera democracia. Les deseo a todos un excelente año 2026. Un consejo, nunca pierdan la fe y que Dios guíe vuestros pasos.

    * Fidel López Eguizábal. Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

     

     

     

  • 2025: negativo

    2025: negativo

    En nuestra Constitución aún se contempla el principio de la pronta y cumplida justicia. No lo han tocado, por ahora, ni para reformarlo ni para suprimirlo. Quién sabe más adelante; pero, al día de hoy, no lo han manoseado. A, permanece como la quinta atribución de la Corte Suprema de Justicia. Su texto dice que esta vigilará que se administre de tal manera, “para lo cual adoptará las medidas que estime necesarias”. Acá surge el necesidad de distinguir entre administración e impartición de la misma.

    El primero de estos términos tiene que ver con la organización del sistema, para lo cual debe contar con infraestructura adecuada y el personal calificado necesario; el segundo con su materialización práctica de manera objetiva e imparcial, para hacer realidad esa repetida pero no siempre enaltecida frase: “La justicia es ciega”.

    Lo que se pretende al impartirla es satisfacer las exigencias respectivas de la población, observando a cabalidad lo contemplado en el artículo 8 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos. Por ejemplo, que toda persona señalada por su participación en el cometimiento de un delito debe ser “oída, con las debidas garantías y dentro de un plazo razonable, por un juez o tribunal competente, independiente e imparcial, establecido con anterioridad por la ley”; también cuando se trate de determinar los derechos y obligaciones de alguien en materia “civil, laboral, fiscal o de cualquier otro carácter”.

    Además están otras garantías judiciales para laspersonas, como la presunción de inocencia; el conocimiento previo y detallado de los delitos que lesimputan; la disposición del tiempo y los recursos requeridos para preparar su defensa, que deberá ser ejercida por las mismas o por “un defensor de su elección” con el cual deberá existir comunicación libre y confidencial; a ser asistidas, de ser necesario, por un defensor público; a que no las obliguen a declarar en su contra ni a declararse culpables y a apelar ante una autoridad judicial superior cuando no estén satisfecha con el fallo emitido. Se prohíbe, asimismo, el doble juzgamiento y el proceso penal siempre deberá ser público “salvo« cuando “sea necesario para preservar los intereses de la justicia”.

    Enterados de lo anterior, acá vienen algunos “peros”. En un primer momento debo referirme a cuatro capturas emblemáticas realizadas durante el 2025, en el marco de un régimen de excepción que –tras casi cuatro años de vigencia– ya se convirtió en algo normal; de excepcional ya no tiene nada. La primera es la de Ruth López, abogada defensora de derechos humanos detenida el 18 de mayo; la segunda: la de Enrique Anaya, también abogado especializado en la rama del constitucionalismo y acérrimo crítico del “bukelato”, quien permanece privado de su libertad desde el 7 de junio. A este par de juristas se sumaron el pastor José Ángel Pérez, de la Misión Cristiana Elim, y Alejandro Henríquez, también abogado y defensor de derechos humanos; ambos ingresaron a prisión el 12 y el 13 de mayo, respectivamente. 

    Ruth López ha permanecido confinada en una celda durante más de siete meses y “Quique” Anaya ya superó el medio año en la misma condición. ¿Es ese un “plazo razonable”? ¡Claro que no!, como tampoco son imparciales quienes están procesando a estas personas. De haberlo sido, debieron considerar que en el artículo 7 de la mencionada Convención Americana se indica que alguien puede ser encausado fuera de prisión, garantizando siempre las condiciones para asegurar “su comparecencia en el juicio”. Pero como ocurre en los cuarteles: en toda la “institucionalidad” actual salvadoreña las órdenes se obedecen, no se discuten.

    En cuanto a Pérez y Enríquez, en la práctica se vieron obligados a aceptar recientemente una culpabilidad inexistente para recuperar su libertad restringida de forma flagrantemente arbitraria durante un plazo también nada ecuánime; eso ocurrió mediante un proceso abreviado propuesto por la representación fiscal, que funciona de la misma forma que la señalada al final del párrafo anterior. 

    A lo anterior deben sumarse otras injusticias provocadas por ambiciones desmedidas relacionadas con el poder político y económico, la egolatría y e endiosamiento. Despidos masivos en la víspera de la recién pasada Navidad, persecución de quienes no tienen otra más que el ambulantaje para sobrevivir y tantos otros atropellos. Es esa la dura realidad de nuestras mayorías populares. Por ello, al pretender hacer un balance del 2025 bastan solo cuatropalabras: dolorosamente negativo para estas. En ese entorno de arbitrariedades, debería brillar con luz propia la procuradora de derechos humanos. Pero no tenemos; lo que existe es una “preocupadora”, por ser más bien “defensora del puesto”. Cuánta razón tiene León XIV al deciren el Ángelus del penúltimo domingo de dicho año que “el mundo, por desgracia, siempre tiene sus Herodes”.

  • Feliz y próspero 2026

    Feliz y próspero 2026

    Este 2025 habrá sido un buen o mal año, dependiendo de nuestras perspectivas y resumida en la evaluación de nuestros logros y fracasos, en todo caso cada año nuevo debemos albergar nuevas esperanzas y fortalecernos en la fe. Debemos confiar en un Ser Superior, en su voluntad y en nuestras capacidades y esperar que 20026 sea un mejor año.

    Algunos recibirán el 2026 sin trabajo, enfermos, en soledad, sin algún ser querido, con deudas y con ansiedades propias de los azares negativos de la vida, otros lo recibirán ilusiones, con anhelos y con deseos de consolidar sus metas y objetivos rumbo al éxito suyo y de quienes los rodean. Como sea, 2026 será un año de mucha esperanza.

    Los salvadoreños debemos priorizar objetivos y enrumbar nuestra vida hacia el bien común, siendo ciudadanos con un aporte positivo para nuestras familias y para la sociedad en general. Si este 2025 nos ha ido mal es posible que a nuestro alcance está que 2026 nos vaya mejor, que logremos superación personal y que eso se vea reflejado en nuestro entorno. Si mejorar nuestras condiciones no está en nuestras manos, debemos pedir iluminación para aquellos que tienen la posibilidad de tomar decisiones por los demás. Que Dios haga su voluntad.

    Dios bendice al dador alegre y al que recibe. En 2026 demos lo mejor de cada uno de nosotros y procuremos que la prosperidad sea espiritual con alcances en lo material. Feliz es aquel ser humano que disfruta lo que tiene en suficiencia y no aquel que anhela bienes que no requiere o que le sobran para su existencia.

    Pidamos a Dios que se generen fuentes de trabajo y un abanico de oportunidades para todos. Que la zozobra se diluya y que surge la certidumbre en las familias, en los puestos laborales, en las relaciones sociales, en la convivencia cotidiana, en las comunidades, que el país se enrumbe por el camino correcto.

    2026 debe ser un año en el que brille e ilumine nuestro futuro. Necesitamos salvadoreños sanos en salud y en mentalidad. Compatriotas dispuestos a dar lo mejor de sí, para que la patria sea mejor, para que reine la paz y la armonía y para que cada día a día florezca la tolerancia, la empatía, el respeto y la responsabilidad.

    En este año nuevo no nos soltemos de la mano de Jesús, que nuestra fortaleza espiritual se anteponga a lo negativo y no perdamos nunca la fe. Si nos ha ido mal este y los años pasados, algo deberá ocurrir para que nuestra suerte mejore. Si pedimos con fe y la plena convicción de la existencia divina seguramente el desempleado logrará un empleo, el enfermo sanará o mejorará en su salud, el que vive en soledad encontrará compañía, el que vive en deplorables condiciones encontrará a seres altruistas que le extenderán su mano amiga salvadora, el que sufre en indigencia hallará consuelo y el que hace el bien será premiado con paz.

    Amigos salvadoreños no perdamos la fe, 2026 por obra y gracia de Nuestro Señor Jesucristo, será un mejor año si cada quien se lo propone. Como ciudadanos rechacemos las mentiras, las injusticias y exijamos buenas obras, acciones y decisiones a nuestros gobernantes. Como personas seamos más humanos, más espirituales y mejores ciudadanos aportando para el desarrollo nacional. Feliz año nuevo y muchas bendiciones para todos.

    * Jaime Ulises Marinero/Periodista

     

     

  • Tiempo para la reflexión y los buenos deseos

    Tiempo para la reflexión y los buenos deseos

    En una época marcada por la multitud de conflictos que nos circundan, sumado al aluvión de enfermedades mentales y a los diferentes estilos de vida, ponernos a ejercitar el ojo del alma será como tomar aliento y generar esperanza, para conocerse y reconocerse activo en el tajo de la savia. Realmente, somos un continuo vivir compartiendo en un mundo globalizado. Nada se atiende, ni tampoco nadie se entiende, por sí mismo. La realidad es una viviente exposición reconcentrada de existencias, donde el acompañamiento es vital, sobre todo para gestar un concurrido futuro, de buen hacer y mejor obrar. Sin duda, el objetivo pasa por hermanarnos. Es cuestión de implicarse y de aplicarse en su consecución. El deber, pues, es colectivo.

    Hoy, como en tiempos pasados, en el que la Navidad está ya con nosotros con las mejores aspiraciones, para llevar amor donde habita el desamor, reconciliación donde hay fragmentación de vínculos, alegría donde hay tristeza y verdad donde hay error, se requiere por parte de toda la ciudadanía un momento de encuentro, para intercambiar una felicitación fraterna, dejando atrás los conflictos que dividen y redescubriendo más bien lo que nos une. Quizás lo más saludable sea hacer una pausa, un alto en el camino, para reponer fuerzas y nutrirse de lo que es realmente esencial: ¡Redescubrimos y hallarnos! Este natural recogimiento nos injertará un bienestar personal, incentivándonos el cuidado de nosotros mismos y será cuando nos demos cuenta de lo acoplados que estamos.

    A todo ser humano le es concedido escucharse a sí mismo y meditar internamente. Desde luego, el momento es vital para prepararnos y poder repararnos de nuestras miserias y debilidades. Reflexionar es la sublime toma de conciencia calmada y el glorioso arte de amar, al menos para abrir nuestro corazón al mundo de manera profunda, desenredando todos los nudos, lo que nos impulsa a repensar las sendas tomadas y a vivir con certeza, justicia y amor. Celebrar el nacimiento de Jesús en Belén, después de tantos años recapitulándolo y solemnizándolo, nos invita a transformar nuestra altanería en sencillez y en humildad, a reconocer al prójimo siempre próximo a nosotros y a vivir con espíritu donante, que es como se recupera el sentido de lo armónico.

    Por eso, la estrella está en el cielo, para encauzarnos y darnos luz inspiradora. El sueño de la mística es lo que nos transforma y nos eleva; hasta el extremo de volvernos poema sin pena y poesía sin poder. Además, cuánto bien nos hace llegar a ese soplo contemplativo, que nada tienen que ver con las luces mundanas cada vez más poderosas, que lo único que nos hacen es cegarnos, para estar menos dispuestos a entendernos, aceptarnos y a reencontrarnos en su diversidad. Déjennos seguir a los signos celestes, que son los que nos indican el viaje interior para encontrar plenamente el gozo y la alegría del verso; abierto siempre en la acogida, para que nadie quede excluido y todos participen en la trascendental poética.

    Indudablemente, caminar juntos es un gesto típico de quienes buscan rehacerse en la hondura de la vida, más allá de este océano tormentoso; lo que requiere estar vigilante, laborando y meditando todas las cosas, para que acrecienten su brío sistémico, a menudo con un costo social, ambiental y económico significativo. Los moradores no deben dar por sentado este desprendimiento generoso,  hemos de cultivarlo cada día otorgando el apoyo financiero y político necesario; puesto que sería un desastre absoluto, que los recursos para la ayuda humanitaria, lejos de crecer se aminorasen. Al fin y al cabo, sólo hay una fuerza propulsora: el buen deseo de darse, cuyos eslabones son los anhelos, con sus enlaces de curación, sustentados y sostenidos en la unión y en la unidad.