Categoría: Opinión

  • Hambre, sangre e impunidad

    Hambre, sangre e impunidad

    A la confrontación armada iniciada en nuestro país en enero de 1981, no llegamos por azares del destino. Medio siglo antes, en diciembre de 1931, el presidente constitucional –ingeniero Arturo Araujo, fundador del Partido Laborista de El Salvador– fue derrocado por su segundo: Maximiliano Hernández Martínez, quien además era ministro de Guerra de un gobierno que apenas comenzaba.

    Este dictador se estrenó con el baño de sangre consumado en enero de 1932; además, el 13 de julio del mismo año firmó el decreto en el cual se apelaba a la “armonía social” y la “perfecta paz” que “gozaba” la nación, para conceder una amplia e incondicional amnistía a “funcionarios, autoridades, empleados, agentes de la autoridad y cualquier otra persona civil o militar” que pudiesen haber participado en la matanza.

    Así sofocó aquel alzamiento casi suicida por la desventaja en armamento,  organización y experiencia para el combate; aun así, parte de la población indígena y campesina principalmente en el occidente del territorio nacional se lanzó al vacío. Su motivación principal: el hambre. Además, así se premió con la impunidad a los criminales. Y, por no aprender de esas lecciones terribles de nuestra historia, medio siglo después se nos vino encima la larga y cruenta guerra referida.

    ¿Qué cambió desde el fin de aquellos combates entre los ejércitos gubernamental y guerrillero en 1992, hasta la llegada de Nayib Bukele a Casa Presidencial en el 2019? Fueron estas casi tres décadas durante las cuales algunas transformaciones comenzaron a entreverse en la fisonomía estatal; ello, pese a los graves errores de los agrupamientos políticos que dejaron las trincheras para continuar sus pleitos en las urnas.

    A lo largo de los primeros diez años de la posguerra, además del surgimiento de nuevas instituciones esencialmente pensadas para garantizar el respeto irrestricto de los derechos humanos ‒como la Procuraduría para su defensa y la Policía Nacional Civil‒ durante la primera década de la posguerra hubo familiares de víctimas que libraron duras y conocidas batallas contra la impunidad; por ejemplo, en casos como las ejecuciones de los jóvenes Ramón Mauricio García Prieto y Adriano Vilanova Velver así como la del adolescente William Antonio Gaitán, A partir de 1999 también fue notable la lucha de Hilda María Jiménez, madre de la niña Katya Natalia Miranda Jiménez.

    En los dos primeros hechos criminales, logramos capturas y condenas de algunos autores materiales pertenecientes o vinculados a la recién creada corporación policial; no así de los intelectuales. En cuanto al caso Gaitán, conseguimos una resolución de la entonces procuradora para la defensa de los derechos humanos ‒Victoria Marina Velásquez de Avilés‒ señalando como autor material directo al motorista del vehículo policial que le asestó el “tiro de gracia” a este muchacho de apenas dieciséis años; en el de Katya no se logró ni siquiera el mínimo de justicia dentro del sistema interno, debido a su cuestionable funcionamiento; por ello, actualmente lo litigamos en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

    Traigo a cuenta lo anterior pues desde mi perspectiva, insisto, de 1992 al 2019 algún mínimo había comenzado a cambiar en el aparato estatal ‒a pesar de los pesares‒ y en la mentalidad de la gente. Pero desde el 11 de junio de ese último año, con la entrega del bastón de mando a Bukele para convertirse en comandante general de la Fuerza Armada y su discurso frente a la tropa presente a la que hizo jurar lealtad hacia él para enfrentar enemigos externos e internos, debimos haber parado nuestras antenas y prever lo que se venía: la toma de la Asamblea Legislativa el 9 de febrero del 2020, el control casi absoluto de esta en el 2021, la destitución de la Sala de lo Constitucional y el fiscal general para sustituirlos con incondicionales el 1 de mayo del mismo año, el dominio del resto del Ministerio Público y todo lo que quedaba de la administración gubernamental, incluyendo el encuadramiento del sistema educativo.

    Y el 1 de junio, también del 2021, Bukele anunció su “siguiente paso”: la batalla contra el aparato ideológico de la oligarquía materializado a través de sus “fundaciones”, “tanques de pensamiento” y “oenegés”. Una mezcolanza en la que solo se salvó casi a plenitud, precisamente, la oligarquía; un revoltijo adonde cabía todo aquello que ahora se encuentra acomodado o resignado, sometido o atemorizado, silenciado o exilado. En tal escenario, a futuro, cuando aumente el hambre de las mayorías populares y estas protesten desesperadas, ¿habrá otro derramamiento de sangre? Y si hoy la impunidad permanece más fortalecida a pesar de haber derrotado formalmente la última amnistía hace casi diez años, ¿cuál sería el “problema” para el opresor y cuál la realidad del oprimido?

  • La adolescencia y los “therians”

    La adolescencia y los “therians”

    Amar a los animales es una práctica aceptable del buen ser humano, pero de amarlos a sentirnos uno de ellos y actuar como ellos, hay una distancia de años luz, que las redes sociales y personas  mal intencionadas se han encargado de acortar y normalizar en la consciencia de los adolescentes.

    La adolescencia es la edad de la rebeldía, cuando todos creemos saber más que los adultos, porque creemos que tenemos más fuerza y siempre somos dueños de la razón. En ese proceso de consolidación de nuestra identidad y de maduración del pensamiento abstracto es cuando nos sentimos independientes y decidimos el enfoque de nuestras relaciones sociales. Los psicólogos dicen que la adolescencia es la etapa crucial para el desarrollo físico y psicosocial de nuestra madurez plena.

    Es  justo en la adolescencia cuando nos consideramos los amos del universo y los rebeldes sin causa, cuando de manera egocéntrica nos sentimos incomprendidos a pesar de que el mundo gira a nuestro alrededor. En esta edad, que generalmente oscila entre los 10 y 19 años, es cuando consideramos que quienes se equivocan son los demás porque nosotros somos el deber ser de la humanidad.

    Los adolescentes, al igual que los niños, son asimiladores de todo lo que para bien o para mal les produce su entorno. Literalmente un adolescente es una esponja que absorbe todo sin pasar los filtros del análisis y el juicio. Para ellos su verdad es absoluta y todos debemos estar de  acuerdo con ellos. Fáciles de manipular llegan objetar todo lo que según ellos no les es de utilidad.

    Es en este periodo de la vida cuando el ser humano debe tener la comprensión y el entendimiento de quienes ya pasamos por esa etapa de nuestra formación humana, para que no sean presa fácil de modas, movimientos o fenómenos, como en la actualidad miles de jóvenes de todo el mundo está siendo víctimas de “influencer” que a través de las redes sociales están aprovechándose de la indecisión y falta de carácter de los adolescentes para difundir el movimiento “therians”.

    El movimiento “therians” es un fenómeno  de invasión masiva que aprovecha las redes sociales, especialmente youtube, tik tok e instagram . Han hecho creer, a través de contenidos que generan respuestas por agitación y efectos de cascada y dominó, a muchos jóvenes que es posible ser un “transespecie” y en esencia identificarse y sentir como un animal irracional y por consiguiente tratar de vivir facetas de ese animal. Así, hay quienes absorbidos por la neuro comunicación han caído en manipulación y  dicen  auto percibirse como perros, caballos, conejos, vacas, ovejas, cerdos, serpientes, gorilas y toda suerte de animales.

    Los “therians” no son más que personas engañadas producto del mal uso de las redes sociales. El movimiento supuestamente surgido en 1992 en América Latina y expandido al mundo mediante las redes sociales es aprovechado por los”influencer” que buscan “monetizar” exhibiendo el ridículo de muchos adolescentes incomprendidos en su hogares y en sus centros de estudios, donde los procesos comunicativos son verticales, sin que haya horizontalidad o participación comprensiva de acuerdo al rol dentro de la familia y la sociedad.

    A los adolescentes hay que escucharlos para conocer sus inquietudes, sus dudas y sus posiciones. Hay que ponerles atención para detectar cuando están siendo mal influenciados para saberlos orientar y no permitirles que hagan el ridículo o que caigan en la confusión que los lleva a adoptar patrones conductuales inapropiados para la normalidad de la convivencia.

    El fenómeno “therians” es ocasional y producto de una moda manipulada. Sentirse animal irracional y pretender actuar como tal, con toda seguridad que es una enfermedad o síndrome que debe ser tratado por especialistas, pero de eso a que repentinamente miles de jóvenes, especialmente adolescentes, hay mucho trecho. Muchos jóvenes han caído en esa trampa motivados por la curiosidad, la rebeldía, un innecesario sentido de pertenencia, la masificación cotidiana de lo innecesario,  la incomprensión, la manipulación y la falta de dicernimiento, así como la falta de comprensión en el hogar y la alcahuetería generalizada del Estado y la Sociedad.

    No es inocentada salir a la calle vestido de determinado animal y tratando de emular la conducta propia de dicha especie. Es, más bien, el espejo de la sociedad en sí. Lo distorsionado de la sociedad se refleja en esa conducta. Padres de familia que no dialogan con sus hijos y por ende no los comprenden, un sistema educativo que no orienta adecuadamente sobre el uso correcto de las redes sociales lo que lleva al libertinaje, un sistema religioso que trata de pasar desapercibido en la orientación de nuestros jóvenes, la inteligencia artificial mal encausada. En fin, cada quien debe sumar desde la perspectiva de su responsabilidad para evitar que nuestros adolescentes caigan abatidos ante la mala intención de “influencer” convertidos en hacedores de contenidos basura y manipuladores de la consciencia de nuestra juventud. El sistema judicial debe evaluar la posible comisión de delitos porque manipular la mente de menores de edad no es lícito.

    Si ahora salen a la palestra pública los “therians” reclamando convenientemente que los acepten y  les den un trato como animal, mañana pueden salir varios desquiciados pidiendo que los acepten porque se sienten “cazadores” de “therians”. Cada loco con su tema.

    Los adultos tenemos que estar alertas de nuestros adolescentes.  Sin caer en intromisiones ilegales saber cuáles redes sociales visitan y que tipo de contenido consumen. Saber orientarlos y si repentinamente uno de nuestros hijos o nietos dicen ser un “transespecie” que se siente determinado animal, saber poner coto a esa actitud enfermiza producto de las redes sociales y de mentes perversas y manipuladoras que se aprovechan de los ingenuos.

    * Jaime Ulises Marinero es periodista

     

     

     

  • Morir a plazos y seguir viviendo luego

    Morir a plazos y seguir viviendo luego

    En estos días de esperanzas renovadas los sobrevivientes del presidio político cubano tendemos a recordar con mayor frecuencia a los compañeros que han partido.

    Evocaciones que se acentúan los primeros viernes de cada mes cuando nuestro hermano Ángel de Fana nos convoca a un reencuentro a través de un almuerzo en el que reforzamos identidad y compromisos, o cuando Ramiro Gómez Barrueco, nos llama para conmemorar un nuevo aniversario del cierre del Presidio de Isla de Pinos, el 59, en poco más de un mes, lo mismo ocurre cuando volvemos a tener el privilegio de escuchar cantar al hermano Mario Fajardo, un grato recuerdo de los tiempos en que nuestras vidas eran vapuleadas por la aridez.

    Debo escribir que la frase que titula esta columna la decía con mucha ironía el recientemente fallecido en la histórica ciudad de Trinidad, Oscar Esquerra Velaz, miembro de la gloriosa causa del Escambray, quien después de cumplir su sentencia fue recondenado a otros dos años de prisión porque la dictadura no creía que la cárcel lo hubiera vencido, abuso, que infligieron a otros muchos prisioneros.

    No obstante, Oscar y los demás siempre estuvieron confiados en que iban a sobrevivir los avatares del aquel infierno, a pesar, de las golpizas de los esbirros y las criminales carencias a las que eran sometidos.

    Conocí a Oscar hace más de sesenta años en la Circular #1 del presidio de Isla de Pinos, cárcel que construyo el general Gerardo Machado quien proféticamente ante el asombro de un funcionario por las dimensiones de la penitenciaría, dijo, “No te preocupes, ya llegará un loco al que le quedará chiquita”.

    Llegó el Loco, 1959, por cierto, muy endemoniado, Fidel Castro, que a tres años de su gobierno había superpoblado las prisiones y construido decenas de ergástulas, incluidas tres, en la isla en la que estaba el presidio. Edificaciones silenciadas por el estruendoso paredón y una represión insaciable que nunca ha conocido el fin.

    Cuando las circulares fueron dinamitadas con el objetivo de volarla con miles de hombres en ellas, varios valientes de los diferentes edificios bajaron a los túneles para desactivar los explosivos, uno de los sobrevivientes de aquella hazaña fue Ricardito Vázquez, quien saco fotos de los cartuchos gracias a una pequeña cámara que su hermana logro entregarle subrepticiamente en una visita, otros, parte de esa heroica lista, fueron Eugenio Llamera, el propio Oscar y Raúl Martínez, a quien le decíamos el “Hierro” por lo formidables de sus puñetazos.

    Esquerra era muy ingenioso y de rápidas respuestas, siempre caracterizado por su férreo compromiso con el retorno de la democracia a Cuba, recuerdo que un estudiante de medicinas se le acercó un día para decirle contrito que había recibido un telegrama de que sus antiguos compañeros de estudios se estaban graduando de médicos, a lo que respondió, “Ellos se gradúan de médico, pero tú te estas graduando de patriota”.

    También tenia de las familias de todos nosotros un concepto muy elevado. Afirmaba que los familiares de los presos la pasaban peor que estos porque eran acosados, vejados y además tenían que quitarse los pocos alimentos que conseguían para llevárselo al hijo, padre o esposo encarcelado, una realidad que condujo al Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo a propuesta de Alfredo Elías y Enrique Ruano, crear la orden “Clara Abrahan de Boitel” que se otorga a los familiares que han apoyado a sus deudos en prisión.

    Repito en estos tiempos de un despertar de la esperanza es prudente tener presente que todos los cubanos opuestos al totalitarismo estén en la prisión con rejas o en la antesala, han estado muriendo a plazos y reviviendo en una angustia que cada vez es más estremecedora que la precedente.

    El presente, sin duda alguna, está conformado en la devastación más inhumana que se pueda concebir. La crisis perenne que han vivido los ciudadanos cubanos se ha acentuado como nunca en el pasado. Los cubanos padecen una situación peor que la de los esclavos del siglo XVIII con la agravante de que a todos les es muy fácil saber que hay una vida mejor y que para alcanzarla solo tienen que romper las cadenas que los oprimen.
    *Pedro Corzo es periodista cubano

  • Cuatro años de guerra innecesaria: ¿para qué?

    Cuatro años de guerra innecesaria: ¿para qué?

    Hace cuatro años, el mundo presenció el inicio de la invasión a gran escala de Rusia contra Ucrania. Una invasión injustificada e ilegal, contraria a los principios de soberanía, integridad territorial y libre determinación de los pueblos, una agresión que sigue desafiando pilares esenciales del orden internacional como la prohibición del uso de la fuerza para resolver disputas entre Estados. 

    Detrás de los titulares hay historias profundamente humanas: familias separadas, ciudades dañadas, niños y jóvenes que han crecido entre sirenas y refugios en lugar de aulas. El costo humano ha sido devastador, con cientos de miles de víctimas y millones de desplazados. Miles de niños ucranianos han sido deportados ilegalmente, mientras escuelas, hospitales y otras infraestructuras civiles han sido atacados, dejando a millones de personas sin electricidad, calefacción o agua en los inviernos más duros desde 2022. No se trata solo de destrucción material, sino de vidas interrumpidas y generaciones marcadas por la guerra.

    Imagínese lo siguiente: es por la noche, está usted durmiendo en su casa, cuando de pronto suena una alarma en la calle. No es la alarma sísmica. Es una alarma de aviso de bombardeos. En poco tiempo, comienza a escuchar las explosiones de decenas de misiles y cientos de drones. Sin tiempo para agarrar un suéter (la temperatura está bajo cero), reúne a su familia y la traslada a toda velocidad a un búnker antiaéreo, donde permanece encerrado con otros vecinos del edificio. Mientras espera, piensa con tristeza que esa realidad de bombas, búnkeres y alarmas se ha convertido en la cotidianidad de su familia. Mira a la familia vecina, que tiene una niña de tres años, y se da cuenta de que la semana que viene se cumplirán cuatro años de aquella guerra brutal y absurda. Esa niña no ha conocido otra realidad. 

    La alarma termina, cesan las explosiones y regresa a su departamento. Hace un frío horrible e intenta encender la calefacción para que su familia no se congele. En vano. Durante la noche, Rusia ha lanzado 24 misiles y 219 drones contra varios puntos del país, pero sus objetivos no eran soldados, cuarteles o tanques. Eran plantas energéticas civiles, y usted ha tenido la mala fortuna, compartida con otros 3 mil 700 edificios de la ciudad, de quedarse sin energía, sin calor en esta helada noche de invierno ucraniano.

    Ya amanece. Viste a sus hijos para ir a la escuela y prepara el desayuno tratando de transmitir calma y seguridad a su familia. Pero ya no aguanta más esta situación. Cuatro años. Cientos de miles de heridos y muertos. Más de 20 mil niños ucranianos secuestrados por las tropas rusas para ser adoctrinados. Millones de hogares destrozados. ¿Para qué? 

    La invasión de Ucrania por parte de Rusia no solo ha marcado la vida de millones de familias, sino que también ha cuestionado normas fundamentales que, aunque a menudo parecen lejanas, son las que permiten la convivencia pacífica entre naciones. Estos no son no conceptos occidentales o europeos: su respeto es esencial para tu seguridad y la de todos los Estados, grandes y pequeños por igual.

    Asomada al abismo con una guerra imperialista iniciada por Rusia, la Unión Europea ha actuado con un doble objetivo: aliviar el sufrimiento humano y defender un orden internacional basado en normas. Hemos brindado apoyo humanitario y financiero a Ucrania, al tiempo que adoptamos medidas para disuadir la continuación de la agresión. Seguimos convencidos de que la guerra podría terminar si cesara la agresión y se respetaran los principios básicos de convivencia entre Estados.

    Desde el primer día, la Unión Europea ha sido firme en un principio esencial: la paz no puede imponerse por la fuerza. La seguridad de todos los pueblos —en Europa, en América Latina y en cualquier región— depende del respeto al derecho internacional y a los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas. Esta no es una discusión abstracta: es la base de un mundo más estable, justo y previsible.

    Cuando estos principios se debilitan en cualquier lugar, las consecuencias se sienten a escala global. La guerra en Ucrania ha incrementado la incertidumbre económica, presionado los precios de la energía y de los alimentos, alterado las cadenas de suministro globales y detraído recursos que podrían haberse destinado al desarrollo y a la cooperación internacional.

    Los salvadoreños saben muy bien que es el desgaste y la presión por un conflicto, pero también el fuego de la esperanza, el alma de un pueblo que anhela por encima de todo la paz. La responsabilidad de salvaguardar la paz y estabilidad globales es compartida. Para países como El Salvador, comprometidos con sus propios desafíos y con el respeto al derecho internacional y con los principios de la carta de NNUU, no es algo lejano: es una garantía de estabilidad, confianza para la inversión, comercio seguro y cooperación internacional.

    A la fecha, no vemos indicios de que Rusia se esté preparando para la paz. Según la ONU, solo en 2025, al menos 2.500 civiles fueron asesinados y más de 12.000 resultaron heridos, lo que supone un aumento del 34 % en comparación con 2024. Sin un acuerdo justo y sostenible, el conflicto corre el riesgo de prolongarse, con pérdidas humanas crecientes y un impacto económico y social que trasciende a las partes directamente involucradas. El desenlace de esta guerra determinará en gran medida tu futuro y el de estos principios. Si se recompensa o se normaliza la agresión, la soberanía y la integridad territorial corren el riesgo de convertirse en negociables, lo que debilitaría la estabilidad internacional mucho más allá de Europa. 

    En este cuarto aniversario, la Unión Europea y sus Estados miembros reiteran su compromiso con una paz justa, duradera y basada en la dignidad humana. Recordar lo que está en juego no es un gesto político, sino profundamente humano: defender un mundo en el que ningún país tenga que temer por su soberanía y en el que las futuras generaciones puedan crecer sin el espectro de la guerra, la violencia y la injusticia.

    Duccio Bandini, Embajador de la Unión Europea en El Salvador

    Friedo Sielemann, Embajador de Alemania en El Salvador

    Sonia Isabel Álvarez Cibanal, Embajadora de España en El Salvador

    Anne Denis-Blanchardon, Embajadora de Francia en El Salvador

    Emanuele Paolo Rozo Sordini, Embajador de Italia en El Salvador

  • 2026: El trabajo avanza, la regulación duda: la urgencia de modernizar la mirada laboral

    2026: El trabajo avanza, la regulación duda: la urgencia de modernizar la mirada laboral

    El Derecho Laboral entra a 2026 con un cambio de paradigma: ya no se trata únicamente de regular la relación tradicional entre empleador y trabajador, sino de responder a una transformación profunda en la forma de trabajar, decidir y producir.

    Las tendencias que se consolidan este año revelan una transición hacia un modelo laboral más tecnológico, flexible y humano, pero también más complejo desde el punto de vista jurídico.

    La primera gran frontera es la regulación de la inteligencia artificial en el trabajo. Cada vez más empresas utilizan algoritmos para reclutar, evaluar desempeño e incluso tomar decisiones de despido. Esto plantea preguntas esenciales:¿puede una máquina decidir quién es contratado o despedido?, ¿cómo se garantiza la transparencia y la no discriminación en decisiones automatizadas? La tendencia en 2026 es clara: los sistemas de IA deberán ser auditables, explicables y supervisados por humanos.

    Las nuevas normas apuntan a exigir evaluaciones de impacto algorítmico, registros de decisiones y mecanismos para que los trabajadores puedan impugnar resoluciones tomadas por sistemas automatizados. El reto no es frenar la innovación, sino asegurar que la eficiencia tecnológica no erosione garantías básicas de igualdad y debido proceso.

    En paralelo, la discusión sobre la jornada laboral se desplaza de la cantidad de horas hacia la productividad. La reducción de jornadas y la flexibilización de horarios ya no se observan como concesiones, sino como herramientas de competitividad. Diversos países y empresas han comprobado que esquemas de cuatro días o modelos híbridos mejoran el rendimiento y reducen la rotación. El Derecho Laboral se ve obligado a adaptarse a este cambio: regulación de horas en teletrabajo, derecho a la desconexión y sistemas de medición de productividad sustituyen al antiguo control rígido del tiempo.

    La pregunta central para 2026 no es cuánto se trabaja, sino cómo se mide el trabajo. El auge del teletrabajo transnacional agrega otra capa de complejidad. Las contrataciones cross-border se han vuelto habituales, generando conflictos sobre la ley aplicable, la jurisdicción competente y la seguridad social. ¿Debe cotizar un trabajador remoto en el país donde reside o donde está su empleador? ¿Qué normativa rige en caso de despido? Estas preguntas ya no son teóricas: forman parte de la práctica diaria de empresas regionales y globales. Se anticipa que los próximos años traerán acuerdos bilaterales y criterios jurisprudenciales más claros, pero en 2026 el escenario sigue siendo híbrido y en evolución.

    Al mismo tiempo, se fortalece la protección contra la discriminación y el acoso. El Convenio 190 de la OIT marca el estándar internacional, pero el desafío actual es su implementación efectiva mediante leyes secundarias y protocolos empresariales. No basta con declarar tolerancia cero: se exigen mecanismos de denuncia confiables, investigaciones imparciales y sanciones proporcionales. La responsabilidad empresarial ya no se limita a reaccionar ante una denuncia; ahora incluye prevenir, capacitar y generar entornos laborales seguros.

    Finalmente, la salud mental y los riesgos psicosociales ocupan un lugar central. El estrés crónico, el burnout y los entornos laborales tóxicos comienzan a ser tratados como riesgos laborales reales, con obligaciones de prevención para los empleadores.

    La gestión del clima organizacional, la carga de trabajo y el equilibrio entre vida personal y laboral se convierten en temas jurídicos, no solo de bienestar corporativo. En conjunto, estas tendencias muestran que el Derecho Laboral de 2026 ya no es únicamente normativo, sino estratégico. Regular la tecnología, flexibilizar la jornada, gestionar el trabajo remoto internacional y proteger la dignidad y salud mental de las personas son piezas de un mismo rompecabezas: construir un modelo de trabajo sostenible, productivo y justo para la próxima década.

    *Jaime Solís, asesor de derechos laborales de BDS Asesores El Salvador

  • Quien quita el riesgo, quita la caída

    Quien quita el riesgo, quita la caída

    A estas alturas existenciales no es fácil resistirlo todo, nadie está graduado en la cátedra viviente, pues la sorpresa siempre está ahí, con su aluvión de aguijones e impidiéndonos alzar el vuelo sin vacíos ni vicios. Los venenos nos acosan, en cualquier esquina, a la espera de nuestra debilidad. Por tanto, es fácil correr riesgos siguiendo los criterios del mundo, sustentados en el apego a las cosas, la desconfianza y la sed de poder mundano. Quizás deberíamos mirar con otros ojos, aquello que nos circunda; para ser más del cielo que de la tierra, aunque transitemos ahora por ella. Realmente, lo que nos embellece es la comunión de pulsos, el rehacernos a la métrica del verso, que es lo que nos injerta compañía y esperanza, jamás soledad, ni tampoco desesperación.

    A mi juicio, es muy importante trabajar las miradas, fomentar las escuchas, propagar la cultura del abrazo y reservarse de los peligros e inseguridades, que suelen dividirnos y enfrentarnos. Por eso, es trascendental tener tiempo para uno; y, así, poder reflexionar sobre nuestras propias huellas. Es el único modo de evitar las caídas, reforzando los innatos latidos que cada mortal lleva en su interior, como seres creativos que somos.  Si no eres consciente de los trances y las inseguridades, puedes causar estragos. Sea como fuere, me parece muy oportuno que se reclame a gobiernos y a empresas, el establecimiento urgente de protecciones para evitar que la tecnología profundice la desigualdad, amplifique las simulaciones y genere daños en el corazón de las gentes.

    Salvaguardar nuestras místicas entretelas, es un modo de avivar el sentimiento cerebral y de intensificar el orbe del discernimiento, para vencer la oleada de tormentos que nos bañan a diario, a través del mar de los deseos. Hay que poner límites, comenzando por uno mismo. El camino de la dominación nos enfurece, en lugar de calmarnos; hemos venido a servir y no a ser servidos. El amor auténtico es lo único que nos salva. Nadie es más que nadie, ni menos que ninguno. Cada cual es un pulso necesario e imprescindible; pero, para ello, es menester trabajarlo todo con humilde creatividad y no utilizarlo para los oportunos intereses, para la propia gloria y el particular éxito. Vivir sin meditar es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno debe sentirse libre para crear y recrearse.

    Los ojos del espíritu son los que nos hacen resplandecer en este persistente valle de lágrimas; no permitamos que nos los corrompan. Las pruebas a las que la sociedad actual somete a los individuos de corazón y vida, son muchas y tocan la vida personal y social. Ciertamente, no es fácil oponerse públicamente a opciones que muchos consideran obvias, pero cuando se pierde el sentido místico se agranda la deriva, socavando no sólo el bienestar individual, sino también la cohesión social y el avance humano, deshumanizándonos por completo, lo que convierte la salud mental en una cuestión que afecta a todas las dimensiones de la vida. Indudablemente, para hacer frente a este reto, también ser requiere una voluntad colectiva.

    Quitemos el riesgo de las divisiones, destronemos las inhumanidades que a diario nos atrapan, para que el porvenir sea nuestro, que va a depender mucho de que la dicha anímica sea verdaderamente universal. Explorarnos internamente, no supone que debamos dejarnos invadir por los espejismos, las apariencias o las cosas materiales, lo que significa hacer espacio para bregar conjuntamente, que será de este modo como nos reencontraremos para poder modificar nuestro combate incorpóreo, renovando las promesas del verso que soy en el etéreo verbo. No olvidemos que estamos llamados a caminar por las sendas de la concordia, renovando la nítida inspiración celeste que somos, sabiendo que no hay mal que por bien no venga.

  • Los «therians» y la crisis de identidad en casa

    Los «therians» y la crisis de identidad en casa

    Como criminólogo, mi trabajo en esta columna suele centrarse en el análisis de conductas que transgreden la ley, de organizaciones criminales o balances de seguridad. Sin embargo, la criminología sociológica también estudia la «desviación»: aquellos comportamientos que, sin ser delitos, rompen radicalmente con las normas sociales establecidas. En la actualidad las redes sociales y los parques en varios continentes son escenario de una de estas desviaciones modernas que ha saltado de las redes sociales a la realidad: el fenómeno de los therians.

    Para quienes no estén familiarizados, los therians son personas, en su abrumadora mayoría adolescentes, que se identifican integralmente como animales no humanos. Esto no se limita a que les guste un perro, lobo, gato, un zorro u otro animal; se manifiesta en el uso de máscaras, colas, la práctica de caminar o correr a cuatro patas y la adopción de comportamientos puramente instintivos. Estos adolescentes y jóvenes conocen y saben perfectamente que son humanos, saben discernir entre el bien el y el mal, si cometen una falta o delito no serán inimputables.

    A simple vista, podría desestimarse como un juego excéntrico como una situación de los adolescentes o ya les va a pasar. Pero bajo el análisis conductual, esta imitación extrema es un síntoma de una crisis mucho más profunda: un vacío abismal de identidad.

    La adolescencia es, por definición, la etapa donde el ser humano busca responder a la pregunta ¿quién soy?. Cuando esta búsqueda se realiza en un entorno carente de anclajes sólidos, el adolescente queda a merced del contagio social, de la imitación del grupo. En plataformas como TikTok y Youtube, estas subculturas ofrecen lo que todo joven anhela: una comunidad, un sentido de pertenencia y unas reglas claras. Pero ¿A dónde quedan los padres de familia en esta ecuación?

    En el estudio de la conducta desviada, la familia es considerada la principal institución de socialización y control social. Es el ancla que nos une a la realidad. Lamentablemente, estamos viendo una generación de padres que, ya sea por agotamiento, ausencia física y emocional, negligencia, desinterés o por un miedo paralizante a confrontar a sus hijos que se conoce como la trampa de la hiper-permisividad, han fallado gravemente de su rol como constructores de identidad en sus hijos e hijas.

    Cuando los padres no proporcionan un marco de valores, expectativas claras y, sobre todo, una conexión humana real, el adolescente buscará llenar ese vacío. Si el mundo real se siente solitario, incomprensible o demasiado exigente, la fantasía de renunciar a la complejidad humana para adoptar la simplicidad instintiva de una animal resulta un escape perfecto.

    El rol de los padres no debe ser el de un carcelero, sino el de un guía. La solución no es arrancarles la máscara con ira, y golpearlos, sino entender qué están intentando ocultar tras ella. Debemos ser francos: validar las emociones y la confusión de nuestros hijos no significa validar cualquier comportamiento desconectado de la realidad.

    Es urgente que los padres retomen su papel. Esto implica desconectar los dispositivos, establecer límites saludables, fomentar pasatiempos en el mundo tangible y sentarse a escuchar, sobre todo. Si no les proporcionamos a nuestros jóvenes una identidad humana en la que se sientan seguros, valorados y escuchados, la redes sociales y grandes oportunistas que observamos como están apareciendo seguirán encargándose de conducirles a problemas y no descarto que al cometimiento de delitos. Y recordemos como inicio, normalizo y desarrollaron las pandillas en nuestro país, estamos a tiempo de salvar y rescatar nuestras familias.

    Sobre la criminología y toda ciencia para mí, está mi fe y convicción en Jesucristo, la palabra de Dios, la biblia, mi manual de comportamiento y donde está la hoja de ruta de mi proyecto de vida en el primer libro en el Génesis se encuentra el diseño original de Dios, fuimos creados a «imagen y semejanza de Dios»

    A los padres de familia les hago un llamado muy atento y respetuoso asuman su rol, ya no deleguen o pretendas que los docentes, pastores o sacerdotes lo hagan, apliquen el principio de escucha activa y el amor incondicional. En todo tiempo hay oportunidad de restauración familiar.

    *Por Ricardo Sosa / Doctor y máster en Criminología / @jricardososa

     

     

     

  • Vivimos mas seguros… ¿pero más libres?

    Vivimos mas seguros… ¿pero más libres?

    “‘Me encanta mi país’, me decía un miembro de la diáspora. ‘Recuerdo cuando antes me avergonzaba de ser salvadoreño. Hoy, cada vez que me preguntan, lo digo con orgullo: soy salvadoreño, del país más seguro del continente’. En redes sociales, turistas —sobre todo centroamericanos— alaban también los progresos en seguridad que ha logrado El Salvador. La mayoría de esas voces, sin embargo, hablan desde lejos: no viven aquí, no hacen fila en el hospital, no toman el bus al amanecer, no miran por encima del hombro cuando comentan de política en una mesa cercana.

    El problema con la percepción de turistas o compatriotas que residen en el extranjero —muchos de ellos en el país del norte— no es el sentimiento de seguridad que experimentan al visitar El Salvador. El problema es distinto: tiene que ver con cómo se vive y se experimenta esa seguridad por quienes habitamos y trabajamos aquí. Vivimos más seguros… ¿pero también más libres?

    La seguridad y el orden que sentimos quienes residimos en este país son el resultado de una férrea militarización de la vida cotidiana y de la pérdida progresiva, durante casi cuatro años, de nuestros derechos constitucionales. A ello se suma un miedo constante que nos desgasta. Somos, al final, un país cansado. En El Salvador hemos dejado de temer a las pandillas en la calle, pero hemos aprendido a tener miedo a otra cosa: a hablar, a criticar, a disentir. Y esa nueva forma de miedo también marca, silenciosamente, nuestra vida cotidiana.

    Hace apenas unos años, El Salvador se situaba entre los países más violentos del mundo, incluso por encima de algunos en guerra. Las tasas de homicidios estaban en la estratósfera. En muchos barrios de las grandes ciudades, tomar la ruta equivocada podía costar la vida, y más de la mitad de los negocios pequeños reportaban haber sufrido algún tipo de extorsión en algún momento.

    Hoy, las cifras hablan de reducciones históricas en los homicidios y de miles de capturas asociadas al régimen de excepción. El CECOT se ha convertido en uno de los símbolos más representativos de esta nueva seguridad y, para algunos, en motivo de orgullo. En 2025, El Salvador se ubicó como el país con la tasa de encarcelamiento más alta del mundo, con alrededor de 1,600–1,800 personas privadas de libertad por cada 100,000 habitantes: más del 2% de nuestra población adulta está tras las rejas.

    Bajo el régimen de excepción se han denunciado miles de casos de personas detenidas sin antecedentes penales, incluyendo estudiantes, trabajadores informales y empleados públicos. Encontrarse, de pronto, sin derechos constitucionales limita nuestras libertades para expresarnos e infunde miedo y temor. Este miedo se encuentra omnipresente para aquellos que, si vivimos y trabajamos en este país, pero invisible para aquellos que solo nos visitan.

    La vida en contextos de alta presión permanente —económica, emocional, simbólica— deja huellas físicas. Cuando la incertidumbre es constante, el cuerpo no descansa. Se mantiene en alerta, como si la amenaza fuera inminente, aunque no siempre sea visible. Ese estado prolongado tiene efectos reales: hipertensión, trastornos del sueño, depresión, enfermedades autoinmunes exacerbadas. La biología no es ajena a la política.

    En El Salvador, el discurso público reciente enfatiza la fortaleza, la disciplina, la resistencia. Se celebra la dureza como virtud cívica. Pero poco se habla del costo humano de vivir en tensión sostenida. La narrativa del “aguante” invisibiliza el desgaste. Quien se cansa parece débil; quien se detiene, sospechoso. Así, el malestar se medicaliza en silencio, sin cuestionar sus causas estructurales. Vivimos mas seguros, por supuesto, ¿pero a que costo?

    En una democracia sana, la seguridad no se mide solo por cuantos homicidios se evitan, sino también por cuantas palabras se pueden pronunciar sin temor a castigo. Según Freedom House, El Salvador es hoy un país ‘parcialmente libre’, con apenas 47 de 100 puntos en su Índice de Libertad; y Reporteros Sin Fronteras nos sitúa en la posición 135 de 180 en su ranking mundial de libertad de prensa, tras perder 61 puestos desde 2020. Si, estamos mas seguros… ¿pero más libres?

    Nos repiten que nunca habíamos estado tan seguros, y tal vez sea cierto en las calles. Nadie quiere volver al pasado, pero sí ansiamos un futuro donde la verdadera democracia coexista con la seguridad, un futuro donde no tengamos miedo de hablar, de discutir, o de discernir.

  • Estados Unidos y los riesgos de enfangarse en Venezuela

    Estados Unidos y los riesgos de enfangarse en Venezuela

    Hay muchas maneras de enfangarse en territorio extranjero. EE UU tiene una larga historia de complicaciones internacionales, casi todas militares, por no haber aprendido la que quizá es la lección más importante en esta materia: si desconoces su idiosincrasia, ignoras los valores que la edificaron y careces de una vía segura de salida, ¡evita intervenir en una nación!

    Desde el ilegal apoyo de infantes de marina al derrocamiento de la reina de Hawái en 1893 –acción por la que se vio obligado a pedir disculpas el presidente Grover Cleveland– hasta la controvertida participación de alrededor de 1.000 soldados americanos en Níger, África occidental, en 2013, o la desastrosa retirada de tropas de Afganistán, hace menos de cinco años, Estados Unidos ha protagonizado demasiadas operaciones militares calamitosas fuera de sus fronteras, en las que además de experimentar pérdidas humanas y económicas terminó incumpliendo los objetivos que originalmente planteaba la concreta intervención.

    Filipinas (1899-1902), México (1916-1917), Corea (1950-1953), Vietnam (1964-1975), Laos (1964-1973), Irán (1980), Irak (2003-2011) y Siria (2014) son algunos de los nombres de países que, con sus respectivas fechas, no figuran en la lista de acciones guerreras que EE UU desearía recordar, pues tanto políticos como historiadores –y muchos ciudadanos informados– siguen deplorando las justificaciones y los resultados de aquellas incursiones. La Administración de Donald Trump, en consecuencia, debería evitar a toda costa sumar Venezuela a esa penosa lista.

    Nada tendría que complicarse demasiado en la tierra de Bolívar si el Gobierno estadounidense entendiera, luego de remover a Nicolás Maduro, el compromiso que ha adquirido delante del mundo. Como se ha explicado en esta columna, Trump, lo quiera o no, solo puede exhibir una campaña exitosa en Venezuela si el trance desemboca en un proceso democrático. Ningún otro objetivo le otorgaría credenciales de triunfo al presidente, a ojos de la comunidad internacional y –¡muy importante!– de los votantes de su partido en noviembre, si la caída del dictador chavista no se traduce, más pronto que tarde, en un retorno de la libertad y el rescate de la institucionalidad.

    Ciertamente, es un mal necesario contar con cuadros del chavismo para cubrir la primera etapa de la transición; sin embargo, como todo mal, lo “necesario” se empieza a volver relativo conforme pasan los días. Delcy Rodríguez está obligada a manejar un doble discurso y eso es muy entendible: su situación política –y hasta quizá su seguridad personal– depende del fino equilibrio con que logre aplacar a los extremistas bolivarianos mientras cumple las órdenes de la Casa Blanca. Pero Donald Trump no puede seguir comportándose como lo está haciendo. En este momento tiene que apretar las tuercas del régimen para que el proceso gane ritmo, hondura e intensidad.

    Contrario a las de Oriente Medio, Venezuela es una nación cultural y étnicamente uniforme. Apenas en septiembre pasado, una encuesta seria expuso que siete de cada diez venezolanos rechaza sin paliativos la dictadura chavista. Edmundo González Urrutia y sobre todo María Corina Machado son reconocidos como los líderes de la oposición que triunfó en las elecciones de julio de 2024. Esto es fundamental: existe una alternativa política que goza de credibilidad y apoyo.

    Sin embargo, como ocurre cuando se descabeza a un cartel criminal, la estructura tiende a adaptarse al nuevo entorno; las lealtades se vuelven transaccionales, de mera sobrevivencia; y si además son muchos los que pueden perder sus privilegios e ir directo a la cárcel, la cuestión se complica. El aparato ya no responde a idealismos revolucionarios trasnochados, sino a la necesidad de permanecer lo más posible y evadir la rendición de cuentas.

    Como ha escrito la académica Colette Capriles, de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, “incluso sin Maduro el Estado sigue siendo un laberinto, compuesto por una extensa red de servicios de inteligencia superpuestos, grupos paramilitares conocidos como colectivos y jefes regionales que compiten por sobornos. Esta fragmentación (…) ha contribuido a garantizar que ningún general o ministro tuviera suficiente poder unificado para liderar un golpe de Estado, al tiempo que mantenía a todos los funcionarios vinculados al centro por la necesidad compartida de protección y ganancia”. En otras palabras, un sistema mafioso en toda regla.

    Para domar un pulpo así, Trump y Marco Rubio deben exigir mayores muestras de compromiso por parte del grupo que gobierna. Aparte de las excarcelaciones –que se han venido dando a cuentagotas–, el interinato de  Rodríguez debe empezar a liberalizar la economía y restaurar los incentivos que hacen de la propiedad privada una garantía de dignidad humana. No se olvide que la inflación provocada en Venezuela confiscó el fruto del trabajo de varias generaciones; se imprimió billetes, agregándoles ceros, tratando de cubrir los agujeros heredados del gasto incontrolable de Hugo Chávez.

    La moneda de la libertad, ya se sabe, tiene una cara política y otra económica: ambas subsisten solo si van juntas. Pero, ¿quién está a la cabeza de ese esfuerzo paralelo? Desde luego no serán los remanentes del chavismo, que entienden de libre intercambio lo que un chimpancé entiende de trigonometría. Y tampoco puede hacerlo a control remoto la Casa Blanca, porque toda intervención extranjera en otra nación, si no culmina en democracia, apenas es hinchazón gubernamental extendida en un mapa.

    Mientras más tiempo le lleve asegurar la libertad en Venezuela, por mucho que rehúya enfangarse en territorios extraños, peores consecuencias habrá para Trump y su legado.

  • ¿Protectorado en Venezuela?

    ¿Protectorado en Venezuela?

    La nota sería para sentir vergüenza, o quizás tristeza. En todo caso no es una premonición sino una certeza, por ello nos sacudimos más el alma y hasta el ego. Ese sentido de superioridad moral o histórica o como se quiera llamar. Imagínense la tierra que vio nacer, crecer y realizar a un Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco.
    El único aristócrata que en realidad que hemos tenido. Un soñador con título heredado en un tierra de mestizos por la Gracia de Dios. Por ello ese sentido de superioridad, o de satisfacción moral posiblemente. Tamaña herencia nos dejó, una que no hemos podido administrar, por el contrario nos hemos dedicado a desmantelarla para deshacernos de la carga.

    No éramos en aquél entonces un país, tal como hoy conceptualizamos. Fuimos un territorio de ultramar, una Provincia y, con el tiempo, una Capitanía General, un cuartel como la definió Bolívar en su premonitoria Carta de Jamaica. Lo que no pudo visualizar es que llegaría ser una colonia de una cercana isla que alguna vez hizo planes de independizar de España.

    Pero en fin, Lo hizo décadas después su entregado admirador José Martí. Hasta que llegó Fidel y mandó a parar.
    ¿Y quien lo iba a pensar? Ni Julio Verne en su futurista visión plasmada en innumerables libros, podría haber imaginado que el país del Soberbio Orinoco, se diluiría en el deliro de un militar felón nacido en los llanos de Barinas, que entregaría la patria, su territorio, riquezas y futuro a un amoral Fidel.

    A Don Gaspar Rodríguez de Francia (1776-1840)  Dictador Perpetuo del Paraguay, la historia no ha terminado de agradecerle que tomó la decisión correcta, al aislarse, cerrar sus fronteras ante las pretensiones anexionistas de Brasil, su poderoso y extenso vecino y las de la Provincia de Buenos Aires con iguales pretensiones.

    Solo sobrevivió un cuarto de la población. Y ese cuarto logró repoblarse y seguir adelante, para luego tener que enfrentar la llamada Guerra del Chaco (1932-1935) desatada por Bolivia y las empresas mineras extranjeras en sus pretensiones de incorporar al altiplano, una extensa región paraguaya. Y la perdieron, perdieron la guerra y perdieron su pretendido negocio.

    Ventiseis años, solo 26 años les bastó a los comandantes civiles y militares del Socialismo del Siglo XXI (marxismo puro, estatismo obsoleto, con su toques tropicales) para desarticular, diluir empobrecer a la nación venezolana, fragmentarla, entregarla a culturas e historias diferentes de Asia y el Medio Oriente a las más atrasadas por supuesto, para dividirnos, saquearnos, borrar nuestra historia o intentarlo, porque se ha resistido con valor hasta la agonía.

    Y cuando ya el asco existencial se tornó insoportable, se produjo el milagro de la ”Operación Determinación Absoluta” (Absolute Resolve) la madrugada del 3 de enero del venturoso 2026.

    Cuando ya el sol encandilaba los ojos de los caraqueños, se conoció que los truenos nocturnos no era la celebración del Año Nuevo ni de una boda encopetada. Fue la captura y extracción del tirano Nicolás Maduro Moros y la de su esposa, la fatal Cilia Flores.

    Y Caracas fue una fiesta, Venezuela fue una fiesta, como la narraría el singular escritor Ernest Heminghay.

    Y allí, en ese instante comienza de nuevo la historia de Venezuela, coincidiendo con el cambio epocal que experimenta actualmente la humanidad. Cambio de perspectiva, cambios de paradigmas como nunca jamás había conocido el hombre desde que comenzó a caminar erguido; dejar atrás el pasado, enfrentar una nueva civilización lanzada al espacio y a la inmediatez.

    Qué maravilla, cuánto privilegio ser testigo de este cambio civilizatorio en todos los aspectos, científicos, culturales, existenciales. Creíamos que los sesenta eran insuperables. Pero cuanto temeridad, esos solo fueron los minúsculos cambios que el hombre comenzó a presenciar en una breve generación.

    No fue el wifi, ni el celular cósmico, ni la creación de la ONU, o el viaje a la luna. Son prólogos de libros incunables al lado de lo que a partir de la IA, se nos presenta  en este nuevo amanecer tecnológico y conceptual.

    El estado-nación, tal como lo conocemos, es reciente. Se materializó en los Tratados de Westfalia de 1648 que, entre otros conceptos nuevos civilizatorios nació el de soberanía, Estado-Nación, separación del Estado de la religión, y así se fue decantando hasta la Revolución Francesa, los Derechos del hombre y los ciudadanos, pasando por la Carta de la Naciones Unidas, hasta el presente.

    En esta expectativa creada en Venezuela desde el mismo tres de enero, y la relación que surgió de ese hecho entre la potencia liberadora, el estamento cívico-militar e internacional que controlaba  el poder público y el económico en nuestro país, y los ciudadanos que aspiramos el retorno pacifico a la democracia representativa, se nos presenta la incógnita de cuál será la relación entre los Estados Unidos como país liberador, la peligrosa tiranía trasnacional venezolana aún existente, y los ciudadanos comunes aspirantes a reorganizar su país con transparencia, libertad dentro del más estricto Estado de Derecho democrático.

    De hecho, aún asumiendo la necesaria presencia del opresor, para garantizar la gobernabilidad en tanto se normaliza la relación entre los ciudadanos, me topo con un magnífico y conciso ensayo de la politóloga e intelectual Beatrice Rangel Mantilla, exministra de la Secretaría de la Presidencia del gobierno de Carlos Andrés Pérez y ensayista de múltiples trabajos acerca de las relaciones internacionales y el comercio exterior, titulado El Protectorado como eje del nuevo orden internacional.

    En ella relata el drama que vive Venezuela, no como un hecho contrario, avasallador, de imposición imperialista para gestionar el gobierno, el territorio y su economía, más acorde con la realidad de los tiempos. ¡Claro que sorprende¡ porque esta figura está relacionada con el colonialismo pasado.

    Lo que plantea Beatrice es que si un pueblo, una nación, un estado no está en capacidad de gobernarse en libertad y al propio tiempo representa un peligro para el resto de las naciones por sus implicaciones con el crimen organizado, tal como se constató en el caso Venezuela y, dada su posición estratégica y económica potencial, es obvio que los Estados Unidos gobernarán como si fuere un estado tutelar a la manera del antiguo alcance jurídico, con el fin de  garantizar la paz regional y el equilibrio geopolítico internacional.

    Situación que como bien nos recuerda la autora, no había conocido Venezuela desde 1811 cuando nos independizamos de España. Y la pregunta válida que se hace es, si nuestros intelectuales, políticos, empresarios y trabajadores serán capaces de asumir esta realidad y, como el ex Canciller alemán Conrad Adenauer, al fin de la Segunda Guerra Mundial, asumir con paciencia e inteligencia la reconstrucción de Alemania bajo el amparo de los Estados Unidos.

    Recomiendo la lectura de este conciso ensayo publicado en Los Papeles del CREM, el pasado 19 de enero.

    * Juan José Monsant Aristimuño, diplomático venezolano, fue embajador de Venezuela en El Salvador.