Categoría: Opinión

  • Manejemos con prudencia, tolerancia y responsabilidad

    Manejemos con prudencia, tolerancia y responsabilidad

    La noche del domingo pasado murieron las señoras Natividad de Jesús Flores y Dolores de Villalobos, cuando iban como pasajeras en un pick up que se estrelló contra un furgón  estacionado a la orilla de la carretera que de Sonsonate conduce a Acajutla. En el percance resultó gravemente lesionado Luis Ernesto Villalobos, esposo de Dolores,

    Tras Natividad, Dolores y Luis hay familias que sufren por la nefasta tragedia, pero desgraciadamente al final solo pasan a ser parte de las frías, duras y dolorosas estadísticas de nuestra triste realidad.

    Desde el 1 de enero hasta ayer 576 salvadoreños murieron en 8,975 accidentes de tránsito, los cuales dejaron 6,052 lesionados y millonarias pérdidas materiales, según el Observatorio Nacional de Seguridad Vial. Las cifras superan a las registradas en 2025, cuando en el mismo período hubo 457 muertos en 7,736 accidentes que produjeron 4,826 lesionados.

    Las causas siguen siendo las mismas; la distracción al volante, la invasión al carril contrario, el irrespeto a la distancia reglamentaria, no respetar  las señales de tránsito y el exceso de velocidad, a lo cual se suman  el mal estado de los vehículos, el consumo de drogas y bebidas embriagantes, así como la intolerancia, la irresponsabilidad y la falta de pericia.

    Se asume que quienes conducen un vehículo, de cualquier tipo, tiene los conocimientos teóricos y prácticos, pero muchos lo hacen sin siquiera tener una licencia para ello, especialmente miles de motociclistas que circulan de manera temeraria sin tener la licencia que los acredite. Se debe regular esta situación y decomisar los vehículos que sean conducidos por personas sin licencia, pues se ha demostrado que por costumbre o tradición una multa no es suficiente.

    Las estadísticas indican que el 36 por ciento de los fallecidos eran peatones que murieron por la imprudencia de los conductores, muchos en estado de ebriedad. Un dato muy revelador es que el 36 por ciento de los muertos resultaron en accidentes de motocicletas.

    Hoy que hay cámaras en casi todas las ciudades y en las principales carreteras, nos damos cuenta que en la mayoría de accidentes en los cuales está involucrada una motocicleta, el culpable es el motociclista que viola el reglamento de tránsito. En plenas ciudades, especialmente en San Salvador, muchos motociclistas conducen a excesiva velocidad, sobrepasan a su antojo aun en zonas peatonales y son expertos valeverguistas  formando un tercer carril inexistente, ante la desidia de las autoridades de tránsito. Lo peor es que muchos motociclistas son menores de edad sin licencia.

    Las estadísticas del Observatorio señalan que el promedio diario de  accidentes viales es de 65,  incluyendo a cualquier tipo de vehículo. Los departamentos con más cantidad de accidentes son: en su orden San Salvador, La Libertad y San Miguel. Precisamente son los departamentos con la mayor cantidad de vehículos registrados.

    Y es que la cantidad de vehículos en circulación también es un factor que incide en la accidentabilidad vial. Actualmente casi se llega a los 2.1 millones de vehículos circulando y literalmente desde las 4:00 de la madrugada  hasta las 9:00 de la noche se han convertido en horas pico del tráfico.

    Cuando salimos de nuestras casas hay que hacerlo concentrados, con tolerancia y pidiendo a Dios no sufrir un percance en el trayecto a nuestros lugares de trabajo, nuestros sitios de estudio o hacia donde nos dirijamos. Sí manejamos hay que considerarlo un privilegio y debemos tener claro que es nuestra la responsabilidad de  la seguridad del peatón, de nuestros acompañantes y de los demás conductores, Cuando salimos de casa alguien nos espera de regreso sano y salvo.

    Un vehículo mal utilizado o manejado con irresponsabilidad se convierte en un arma de fatales consecuencias que ponen en riesgo nuestra vida y la de los demás, especialmente los peatones. Tras un muerto, un lesionado o una persona que va a dar a la cárcel por consecuencia de un accidente, hay una familia y otros seres queridos que sufren.

    El Observatorio señala que hasta el sábado pasado las autoridades de tránsito y la Policía Nacional Civil (PNC) habían capturado a 848 conductores en estado de ebriedad, por lo que enfrentarán el delito de conducción peligrosa. En este mismo periodo el año pasado la cantidad de detenidos sumó 784. Aunque no hay una cifra oficial, mucho muertos y lesionados son causados por conductores ebrios, tal es el caso de Carlos Alberto Avelar Argumedo de 51 años de edad,  quien el 23 de abril pasado, en el bulevar de la Costa del Sol, arrolló la motocicleta donde se conducía Jaime Heriberto Ordóñez Molina, de 38 años y su hijo Jefferson Alexis Ordóñez, de 15. Padre e hijo murieron. La prueba de alcotest arrojó que Avelar tenía 161 centígrados de alcohol en sangre y el análisis pericial indicó que conducía a excesiva velocidad.

    Manejar cualquier tipo de vehículo es un privilegio que debemos asumir con responsabilidad, respetando las leyes, protegiendo la vida de los demás y con mucha prudencia, tolerancia y responsabilidad. Bajar las cifras es posible si conducimos con mucha conciencia,

    *Jaime Ulises Marinero es periodista

  • ¡Apuesto a que Dios existe!

    ¡Apuesto a que Dios existe!

    Tengo la plena certeza de que Dios existe y podrían presentarse numerosos argumentos racionales para sostenerlo. A lo largo de la historia, la inteligencia humana no ha permanecido indiferente ante la pregunta por el fundamento último de la realidad. Desde distintas disciplinas y sensibilidades, filósofos, científicos y teólogos han intentado mostrar que la certeza de la idea de la existencia de Dios no es un salto irracional, sino una conclusión razonable.

    Existen diversos caminos clásicos hacia el descubrimiento personal de la existencia de Dios: los argumentos ontológicos, que parten de la idea misma de un ser perfecto; los cosmológicos, que reflexionan sobre el origen y la contingencia del universo; los teleológicos, que observan el orden y la finalidad en la naturaleza; los morales, que descubren en la conciencia una ley que trasciende al individuo; e incluso argumentos históricos vinculados a la figura de Jesucristo o a las culturas. Podría afirmarse que hay tantos itinerarios intelectuales hacia Dios como personas que se han tomado en serio la pregunta por el sentido último de la existencia.

    Para los cristianos, la cuestión no es únicamente filosófica. Creemos que Dios entró en la historia concreta: que Cristo -Dios y hombre- nació en tiempos de César Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria, y fue crucificado bajo Poncio Pilato. La fe cristiana no se apoya en una idea abstracta, sino en un acontecimiento histórico que reclama ser examinado con la misma seriedad que cualquier otro hecho del pasado.

    Sin embargo, quisiera detenerme en un argumento que, por su sencillez y profundidad, sigue interpelando a creyentes y no creyentes. Me refiero a la célebre “apuesta” de Blaise Pascal. Este pensador francés del siglo XVII no solo fue filósofo y teólogo, sino también un brillante matemático y científico.

    El planteamiento de Pascal, recogido en su obra póstuma Pensées (1670), no pretende ofrecer una demostración estricta de la existencia de Dios. Parte de un reconocimiento honesto: la razón humana, por sí sola, no alcanza una certeza matemática en esta cuestión. Pero, lejos de concluir en la indiferencia, Pascal sostiene que el ser humano está inevitablemente obligado a elegir. No decidir también es decidir.

    Su razonamiento puede expresarse así: existen dos posibilidades reales —Dios existe o Dios no existe— y dos actitudes posibles —creer o no creer—. Si Dios existe y creemos en Él, la ganancia es infinita: la comunión eterna con el Bien supremo. Si Dios existe y no creemos, la pérdida es igualmente infinita. En cambio, si Dios no existe, tanto creer como no creer comportan únicamente consecuencias finitas, limitadas a esta vida.

    Desde el punto de vista de la teoría de la probabilidad, cuando lo que está en juego es infinito, incluso una probabilidad pequeña adquiere un peso decisivo. En términos actuales diríamos que el “valor esperado” de creer resulta incomparablemente superior. Por ello Pascal concluye: “Si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Apostad, pues, sin vacilar que Dios existe”. (Fragmento 233)

    Naturalmente, este argumento ha sido objeto de críticas. Se le ha reprochado que la fe no puede reducirse a un cálculo interesado o que el planteamiento simplifica las múltiples concepciones posibles de Dios. Y es cierto que la apuesta no sustituye a la experiencia religiosa ni agota la reflexión metafísica. Pero su fuerza no radica en ofrecer una demostración lógicamente impecable, sino en obligarnos a reconocer que la vida misma es una apuesta.

    La neutralidad absoluta es imposible. Incluso el agnosticismo práctico es ya una opción existencial. Además, la cuestión no es solo lógica, sino profundamente humana. El corazón del hombre está abierto al infinito. Buscamos verdad, justicia, amor pleno, felicidad sin término. Ningún bien limitado logra saciar del todo ese deseo. La apuesta de Pascal pone en evidencia esa desproporción entre nuestras aspiraciones y las realidades finitas que nos rodean.

    La apuesta es la forma concreta que toma nuestra libertad frente al misterio. Creer es el acto más lúcido de la inteligencia y el gesto más valiente del corazón. ¡Apuesto mi vida por Dios!

    *Fernando Armas Faris, Sacerdote católico y doctor en Filosofía 

     

     

     

  • Independentistas, anexionistas e integristas

    Independentistas, anexionistas e integristas

    Según parece indicar un sector de la población cubana, tanto dentro, como fuera de la Isla, está confrontando una severa crisis de identidad nacional, situación que se evidencia por la presencia activa de quienes están a favor de que Cuba retorne a ser parte del reino de España y otros, que promueven anexar la tierra de José Martí y Antonio Maceo a la Unión americana.

    Estas tres corrientes han estado presentes en mayor o menor grado en nuestra historia nacional, aunque podemos afirmar con orgullo que la vertiente independentista siempre ha sido mayoritaria porque ha contado indefectiblemente con una pléyade de hombres y mujeres listos a darlo todo para alcanzar sus ideales.

    Si creemos vehementemente en que “La libertad es el derecho de todo hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía” Jose Marti, estamos obligados a respetar los derechos de quienes promueven ideas completamente opuestas a los valores que defendemos y obligados, a investigar qué factores políticos, sociales y hasta económico han conducido a estas personas a inducir propuestas contrarias a la historia de Cuba.

    Por otra parte, que respetemos otras ideas y propuestas, no significa que abandonemos las nuestras y que no luchemos por el progreso de lo que creemos. Tolerancia y respeto no significan contemplación.

    La formación de un pensamiento nacional cubano se inició con el padre Félix Varela y se fue concretando a través de todo el siglo XIX, llegando a su culminación con la obra de vida de José Martí, que, aunque fue un hombre universal, fue y será por siempre el más cubano de todos los cubanos.

    Tal vez Cuba sea uno de los pocos países en el que partes connacionales disientan del advenimiento de la Independencia, 20 de mayo de 1902, pero eso no pone en riesgo el sentido de nación, todo lo contrario, los que adversan esa fecha arguyen que el país no arribó a la soberanía plena a la que tenía derecho, por los 30 años que lo mejor de los cubanos consumieron en la lucha por la independencia.

    La nación está por encima de la propia independencia, puesto que esta es consecuencia de la formación de ese concepto.

    Nuestra comunidad nacional según Lydia Cabrera “era mestiza profunda y esencialmente afrocubana” para Marti, nación es sinónimo de independencia y para Fernando Ortiz la cubanidad y la nación son un proceso dinámico de transculturización, un mestizaje cultural constante, definido metafóricamente como un «ajiaco», de componentes europeos y africanos, considerando,  que la cubanidad es una mezcla cambiante y la «cubanía» es la voluntad consciente de ser cubano.

    La realidad es que propuestas anexionistas e integristas, que creíamos extintas, han resurgido con relativa intensidad, al extremo, que los mismo que le entregaron la soberanía de Cuba a la desaparecida Union Sovietica, los que concedieron la nación al Kremlin por tal de conservar el poder, los hermanos Castro y los moncadistas, están mostrando preocupación por el surgimiento de corrientes contrarias a nuestros valores como nación.

    El órgano oficial del castrismo, Granma, que como afirma el escritor Jose Antonio Albertini, es un monumento a la memoria del ministro preferido de Hitler, Joseph Goebbels, ya que cuenta con una infinita capacidad para mentir y tergiversar la verdad, ha publicado un trabajo que muestra preocupación por la presencia de personas que expresan abiertamente su apoyo a otras alternativas en detrimento de la cubanía, sentir que los propios gestores del libelo traicionaron.

    Los únicos responsables de que la cubanía esté en conflicto son los que instauraron en la Isla el sistema totalitario. Los Castro y sus secuaces pretendieron refundar la Nación y el Estado, arrasaron con nuestras tradiciones más arraigadas, iniciaron una campaña de descrédito contra los valores más trascendentes, desmontaron la obra y vida de la mayoría de nuestros patricios y hasta denostaron de todas las religiones. Por último, instituyeron en la población un sentimiento de indefensión ante el poder totalitario, extinguiendo así las esperanzas de una vida libre.

    El castrismo ha sido un enemigo acérrimo de la nación cubana. La represión como parte fundamental del sistema totalitario ha afectado la iniciativa de la mayoría ciudadana y robado la capacidad de imaginar una vida mejor por propias acciones, lo que potencia la afirmación de que, si la “cubanía” está en peligro, es responsabilidad de Fidel Castro.

    *Pedro Corzo es periodista cubano

     

  • Hantavirus Andes: ¿Estamos Subestimando el Riesgo de una Nueva Epidemia?

    Hantavirus Andes: ¿Estamos Subestimando el Riesgo de una Nueva Epidemia?

    La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha determinado que el riesgo de pandemia asociado al reciente brote de hantavirus en el crucero Hondius es bajo. Se trata de la misma organización —de la cual Estados Unidos y Argentina se han retirado— que, para muchos críticos, manejó de manera deficiente la pandemia de COVID-19. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿qué tan segura está realmente la OMS de que el riesgo de pandemia por hantavirus es bajo? Y, en consecuencia, ¿qué tan creíbles resultan hoy sus evaluaciones?

    Según un artículo publicado en The New England Journal of Medicine, en 2018 ocurrió en Epuyén, Argentina, un brote de hantavirus de la cepa Andes —la misma vinculada ahora al crucero Hondius. Todo comenzó cuando una persona infectada asistió a una fiesta de cumpleaños con alrededor de 100 invitados. Presentaba fiebre y malestar general, por lo que se retiró aproximadamente una hora y media después de haber llegado. Posteriormente, cinco personas que se encontraban en el lugar —aunque no necesariamente sentadas cerca de él— desarrollaron la enfermedad.

    Se considera muy probable que uno de esos cinco asistentes haya contagiado posteriormente a otras seis personas, entre ellas su cónyuge, antes de fallecer 16 días después del inicio de los síntomas. Durante el velorio, otras diez personas se habrían contagiado a través de su pareja. Fue entonces cuando las autoridades sanitarias, al percibir la magnitud y peligrosidad de la situación, comenzaron a aplicar medidas estrictas de cuarentena. Todo indica que esas intervenciones fueron determinantes para extinguir el brote.

    La OMS sostiene que la transmisión de este virus requiere “contacto estrecho y prolongado”. Sin embargo, al revisar la descripción epidemiológica del brote de Epuyén, resulta difícil concluir que todos los contagios ocurrieron bajo esas condiciones. No se trata de promover alarmismo, pero sí de reconocer que varios aspectos observados durante ese brote parecen no encajar completamente con las actuales afirmaciones oficiales.

    “El virus parece mucho más difícil de contraer”, afirmó recientemente el presidente Trump, coincidiendo con la postura de la OMS y de las autoridades sanitarias estadounidenses. “No parece propagarse fácilmente”. Resulta llamativo que, en esta ocasión, Trump y la OMS coincidan plenamente en el mensaje.

    La realidad es que todavía sabemos relativamente poco sobre la epidemiología de la cepa Andes del hantavirus. No se ha investigado suficientemente si, tras múltiples transmisiones humanas, el virus podría haber desarrollado cambios genéticos que favorezcan una transmisión más eficiente. El Dr. Gustavo Palacios, quien estudió el brote de Epuyén, declaró recientemente que él y su equipo consideraban probable que el virus se propagara a través de secreciones respiratorias. Por su parte, Linsey Marr, reconocida experta en transmisión aérea, declaró a CBC/Radio Canada que existen “indicios claros” de transmisión aérea en ese brote. Además, estimaciones epidemiológicas realizadas durante el episodio de Epuyén calcularon un número de reproducción promedio (R₀) de 2.1; es decir, cada persona infectada transmitía el virus a aproximadamente otras dos personas. Esa cifra es suficiente para sostener una cadena de transmisión humana continua y no es muy inferior a las estimaciones iniciales realizadas para la cepa original del SARS-CoV-2 a comienzos de 2020.

    Otro factor epidemiológico relevante es el largo periodo de incubación atribuido a esta cepa de hantavirus, estimado en hasta 40 días, con posibilidad de transmisión desde aproximadamente dos días antes del inicio de síntomas. En epidemiología, los periodos de incubación prolongados incrementan el riesgo de propagación epidémica, ya que las personas infectadas mantienen su movilidad habitual, aumentan las oportunidades de contacto, dificultan la detección temprana y complican significativamente el rastreo de contactos. El problema se agrava aún más si existe transmisión durante la fase asintomática.

    El 25 de abril, un pasajero holandés procedente de un crucero viajó desde Santa Elena hacia Sudáfrica mientras ya se encontraba enfermo. Colapsó al llegar al aeropuerto y falleció poco después. Aunque la OMS ha señalado que el riesgo de transmisión durante el vuelo o dentro del barco era bajo, apenas han transcurrido 17 días desde ese evento. Si el periodo de incubación puede extenderse hasta 40 días, todavía faltarían más de tres semanas para saber con mayor certeza si todas las personas que estuvieron en contacto con él realmente se encuentran fuera de peligro.

    Aunque las autoridades sanitarias internacionales insisten en que el riesgo de pandemia por la cepa Andes del Hantavirus es bajo, existen antecedentes epidemiológicos y características biológicas del virus que justifican prudencia y vigilancia estrecha. La experiencia de Epuyén demostró que puede ocurrir transmisión humana sostenida, posiblemente aérea, con un periodo de incubación lo suficientemente largo como para dificultar el control temprano de brotes. Más que alarmismo, lo que corresponde es reconocer que todavía existen importantes vacíos de conocimiento y evitar repetir los errores de exceso de confianza observados al inicio de la pandemia de COVID-19.

    *El Dr. Alfonso Rosales es médico epidemiólogo y consultor internacional. 

  • El trinomio fundamental: víctima, delincuente y sociedad

    El trinomio fundamental: víctima, delincuente y sociedad

    A través de la historia, las ciencias y el derecho penal han manifestado un desinterés general por la víctima. La escuela clásica centró su atención en el delito y el positivismo se obsesionó con estudiar, clasificar y sancionar al criminal. En medio de esta situación penal, el ofendido ha quedado marginado como un testigo silencioso y olvidado. Al analizar la realidad social latinoamericana en pleno año 2026 y, particularmente, contextos complejos de postviolencia, corremos el riesgo de cometer el mismo error histórico si reducimos la pacificación a lo que el sociólogo Johan Galtung denomina «paz negativa»: la mera ausencia de violencia física directa. 

    La semana anterior un grupo de empresarios y comerciantes me compartían experiencia de reducción de servicio de seguridad privada y otros servicios relacionados a seguridad de instalaciones porque según ellos «ahora ya no existen pandillas, y ya no corremos riesgos, quitamos los custodios de las rutas, y nos hemos ahorrado miles de dólares anuales» Cuando una sociedad celebra la caída de los índices de homicidios o el repliegue de los grupos criminales, asume que ha alcanzado la tranquilidad y la paz. Sin embargo, como bien sabemos los criminólogos, cuando el despertador de la historia suena, la víctima todavía está allí. La paz negativa es una ilusión incompleta. Si el Estado concentra toda su estrategia en la persecución penal y en el encarcelamiento masivo del delincuente,  se puede terminar desatendiendo el trinomio fundamental: víctima, delincuente y sociedad. 

    Desde una perspectiva técnica, el delito no es una abstracción jurídica; es una conducta antisocial que lesiona y fractura dinámicas humanas. Aunque las armas y las balas callen, se silencien, si las causas estructurales y los factores victimógenos exógenos, como la marginación, la injusticia social, la ausencia de servicios básicos asistenciales del Estado y el abuso de poder permanecen intactos, la población sigue sumida en un estado de vulnerabilidad permanente, y más si las víctimas no conocieron la verdad y se encontró justicia

    La criminalidad deja tras de sí un rastro devastador de victimización primaria que son los daños físicos, psicológicos y patrimoniales directos. Pero el verdadero peligro de la «paz negativa» radica en la cronicidad de la victimización secundaria y terciaria. Cuando las instituciones formales de control social en una sociedad como las latinoamericanas actúan con indiferencia, no informan a los familiares de los procesos, no los consideran victimas, o carecen de sensibilidad a las necesidades del afectado, provocan un daño institucional que perpetúa el sufrimiento. Asimismo, la victimización terciaria se manifiesta en una comunidad que, por miedo a la misma ley o a la arbitrariedad del sistema, altera drásticamente su conducta, autolimitándose y destruyendo el tejido solidario del vecindario y generando etiquetas.

    Una sociedad no está verdaderamente en paz si sus ciudadanos viven en una pesadilla de angustia latente. Para transitar hacia una paz auténtica y positiva, la política criminológica debe evolucionar hacia una verdadera Política Victimal e interdisciplinaria. Esto exige que los sistemas de justicia penal dejen de ver a la víctima como un simple instrumento de castigo estatal y la sitúen en el centro de la reparación integral. 

    Necesitamos transitar hacia modelos de justicia restaurativa y terapéutica que devuelvan el protagonismo a los afectados, exigiendo del ofensor un esfuerzo personal relevante para enmendar el mal causado y pedir perdón, Asimismo, los Estados debe asumir su responsabilidad subsidiaria mediante fondos de indemnización pública, reconociendo que cuando no logra proteger al ciudadano, tiene la obligación ética y legal de reparar sus fallas. 

    Espero que en América Latina se pueda entender que la paz no debe de evaluarse y clasificarse por las cárceles llenas o la disminución de enfrentamientos, la baja de homicidios, o delitos de alto impacto. La Criminología continua su avance en el presente siglo, y de cara a la próxima década será relevante en la toma de decisiones en los sectores de Justicia, ya no estará en el olvido. La verdadera paz se mide por las víctimas que logran sanar, recuperar su dignidad, activar su resiliencia y reincorporarse de forma óptima a su medio social sin ser humilladas ni olvidadas nunca más.

    *Por Ricardo Sosa / Doctor en Criminología/ Doctorante en Justicia Criminal /@jricardososa

  • Hay que desintoxicarse de los antivalores

    Hay que desintoxicarse de los antivalores

    Por doquier observamos a una sociedad enfermiza que practica los antivalores; una sociedad a la que le hace falta analizar el detrimento de los valores que se han ido perdiendo. Mientras tanto, las leyes terrenales son las que están transformando a una sociedad más convulsionada, sin sentimientos y sin fe. Evidentemente, no hay religión perfecta; sin embargo, la sociedad ha dejado los valores a un lado, el temor a Dios no existe para muchos seres humanos y cada vez se evidencia que están vacíos. En ocasiones no creen ni en ellos mismos. La globalización, los gobernantes y algunas oenegés; son los primeros que contribuyen a difundir los antivalores.

    El contexto de mi análisis se puede referir a dos momentos importantes en la vida; los valores aprendidos en el hogar y en la escuela. He preguntado a mis alumnos si creen en Dios. Algunos dicen que no son religiosos, que la religión es para manipular las masas, es para idiotizar, nada más sirve para darnos órdenes. Creo que leyeron a Carlos Marx con su burda frase: “La religión es el opio del pueblo”. Y, para variar, los mismos padres de familia no brindan la enseñanza de los valores religiosos. Además, es oportuno que, los centros educativos enseñen ética, civismo y urbanidad.

    El hogar es el principal responsable de inculcar valores; empero, en algunos países observamos leyes que están a favor del casamiento entre parejas del mismo sexo, leyes que permiten el aborto, el consumo de drogas legalmente, etc. Mientras más se les brinde leyes o protección a este tipo de personas o asociaciones, más aumentarán estas preferencias y adicciones. En El Salvador los diputados no han aprobado ese tipo de leyes; sería un revés para los que creemos en los valores.

    Un alumno me preguntó: ¿Cree usted, que Dios está molesto al observar tanta depravación y pérdida de valores? Una respuesta bastante compleja de contestar. Se sabe que el mismo ser humano ha cambiado muchas cosas, ha tergiversado lo que dice la Biblia. En la actualidad, los narcotraficantes son más, los yerros de los humanos aumentan, los asesinatos son más frecuentes y se realizan con barbarie. Todo esto lo observa Dios, muchos no creen en él, por eso hacen lo que quieran. Hasta se burlan de las leyes terrenales.

    Según estadísticas, los países desarrollados son los que tienen los índices de mayor depravación. A esto se le suma el poder de la internet y las redes sociales para atacar más rápida y eficazmente a los valores. Hace veinte años, aproximadamente, la televisión, era el medio principal para inculcar antivalores; en la actualidad, observe a un joven con un smartphone y se dará cuenta de todo lo que hace con el mal uso de la internet o las redes sociales. Lo primero que se evidencia es la pornografía que circula como bomba atómica.

    El papa Francisco manifestó: “La globalización en sí –como se ha recordado con razón– trae consigo aspectos de posible confusión y desorientación, como cuando se convierte en vehículo para introducir costumbres, concepciones e incluso normas ajenas al tejido social, con el consiguiente deterioro de las raíces culturales de la realidad que deben ser respetadas… ”.

    En Facebook realicé una interrogante: ¿Cuáles son los valores que se han perdido en esta sociedad convulsionada? Las respuestas fueron todas a favor de los valores; obviamente, contestaron personas que están hartas de presenciar en la sociedad una decadencia total de estos. Son muchas las respuestas; una que me impresionó es que los seres humanos se están volviendo bestias, padres y abuelos violando a sus propios hijos, religiosos cometiendo actos inmorales (…), hijos asesinando a sus padres y viceversa. Y, así, una lista catastrófica de antivalores.

    Soluciones a estas problemáticas son muchas; la más importante es enseñar valores en el hogar y en la escuela. Al practicarlos, el ser humano circularía por el mundo sin problema alguno. En conclusión, debemos desintoxicarnos de los antivalores.

    *Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

     

     

  • Los caminos centroamericanos

    Los caminos centroamericanos

    Nuestra región siempre ha sido conflictiva; pero principalmente en las décadas de 1970 y 1980, se volvió una caldera social y política para después convertirse en un territorio donde se propagaron los conflictos armados entre fuerzas regulares e irregulares. Los más notables tuvieron lugar en Nicaragua y El Salvador.

    En el primero, tras largos años de lucha encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional contra una prolongada dictadura dinástica, inicio en septiembre de 1978 la insurrección que culminó con la caída de Anastasio Somoza Debayle y la instauración de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional en julio de 1979; posteriormente, en 1981 comenzó la “guerra de los contras” financiada desde la Casa Blanca. En el segundo, al surgimiento de los primeros grupos guerrilleros le siguió el desarrollo de un combativo movimiento de masas intensificado a partir de 1975 y luego del magnicidio del arzobispo Óscar Romero ‒el 24 de marzo de 1980‒ empezó una guerra interna de once años.

    En Guatemala fue derrocado Jacobo Árbenz en 1954; así murió su “primavera democrática”, mediante la abierta intervención directa de la Agencia Central de Inteligencia ‒la CIA gringa‒ para comenzar una despiadada guerra sucia contra el pueblo chapín. En 1960 brotó la lucha armada y en 1982 se formó la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca para desafiar así al ejército gubernamental y los grupos paramilitares. Tanto en este país como en El Salvador, mediante negociaciones y acuerdos se puso fin a estas fuertes pugnas políticas y militares.

    Bajarles la temperatura a esos “infiernos” hasta apagarlos, incluido el que principiaba a gestarse en Honduras, no fue fácil. Ese esfuerzo arrancó oficialmente hace 40 años en Guatemala durante un trascendental evento realizado el 24 y el 25 de mayo de 1986, con la firma de la Declaración de Esquipulas por el presidente anfitrión –Vinicio Cerezo– y sus colegas Napoleón Duarte de El Salvador, José Azcona de Honduras y el nicaragüense Daniel Ortega. Empujadas por el tico Óscar Arias, esas conversaciones concluyeron con el Acuerdo de Esquipulas II el 7 de agosto de 1987. De estos protagonistas, solo uno sigue vivo ocupando la silla presidencial: Ortega, convertido en la antítesis de lo que decía ser antes.

    En su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz pronunciado en  diciembre de 1987, Arias aseguró que se debía entender “que la paz solo se puede alcanzar mediante sus propios instrumentos: el diálogo y la comprensión; la tolerancia y el perdón; la libertad y la democracia”. Estos nos desafiaban entonces para enderezar el rumbo equivocado y tomar el camino hacia la armonía y el progreso. Y son los que ahora deberían servirnos para tomarle el pulso a estas cinco pequeñas naciones cuyas sociedades, hace cuatro décadas, veían ilusionadas el camino que comenzaban a andar y el futuro promisorio a forjar para sus pueblos.

    Pero no. Pese a que la esperanza asomó entonces, hoy Centroamérica no goza de una buena salud económica, social y democrática. En este último ámbito, la situación es especialmente preocupante. Ortega lleva casi veinte años seguidos en el poder; si se agrega más de una década como coordinador de la referida junta gubernamental y luego presidente de la república de 1985 a 1990, ha estado al frente del país casi 30 años y según parece aspira a que su dinastía supere los tiempos de la somocista al nombrar copresidenta a Rosario Murillo, su esposa, y promover a su hijo Laureano.

    Y como siempre he dicho: lo que allá Ortega ha hecho caminando, en El Salvador Nayib Bukele lo está haciendo en carrera libre de obstáculos. Ya lleva más de siete años como presidente de la república, dos de los cuales lo ha hecho de forma inconstitucional. Y al tomar el control absoluto de todo el aparato estatal, ya se aseguró la permanencia en el puesto quién sabe hasta cuándo.

    En Honduras, la intervención de Donald Trump en las elecciones presidenciales del año pasado fue una total e insolente patanada. Por su parte, Bernardo Arévalo en Guatemala ‒con una popularidad a la baja‒ se tuvo que enfrentar hasta hace poco con la impresentable fiscal general que recién finalizó en el cargo y ha mantenido una tirante relación con el Congreso. Finalmente, preocupa sobremanera lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Costa Rica con la anterior gestión de Rodrigo Chaves y su permanencia como “el poder detrás del trono” que ahora ocupa Laura Fernández.

    Cuatro décadas después, pues, los cinco países que diseñaron el sueño democrático regional en 1986 dejaron atrás el camino de la esperanza y transitan de nuevo el que ya nos condujo a la locura.

  • Sentirse familia para percibirse humano

    Sentirse familia para percibirse humano

    El horizonte existencial requiere sentirse familia, al menos para hallarse humanitario y sustentar toda la gama de sus relaciones sociales, desde las más próximas a las más lejanas. Tanto es así que, cuando fallan esos vínculos naturales de entrega y generosidad, todo se deshumaniza con acciones inhumanas, porque no hay otro apoyo que el amor de amar amor. Bajo este cosmos, inmenso y diversificado, la humanidad se engrandece en la medida en la que los seres vivientes, acrecientan sus raíces en un tronco común, que es manantial de savia y cauce de realizaciones comunitarias. Realmente, nada somos por si mismos. De ahí, la importancia de entendernos y de atendernos, mediante idílicas pastorales que activen tanto el bien/ser como el bien/estar.

    Ciertamente, una política sin su poética desinteresada, llega a convertirse más pronto que tarde, en una acción bárbara. Desde luego, se precisa el ritmo de la lírica que todo lo transparenta y trasciende, con sus ojos de niño, entonando cosas humildes y atinando en la conjugación del querer, que todo lo versifica en espíritu donante. Es justamente este eco melódico, lo que nos impulsa como comunidad de personas unidas al corazón y no a la coraza, blindaje empedrado por el afán destructor del maligno. Lo sustancial, por ello, también radica en saber reconstruirse con la mano extendida siempre y la mirada en disposición de caricias, para poder curar las heridas. Únicamente, de este modo, los seres humanos son capaces de coexistir en unión y de cohabitar en comunión.

     

    Son estas alianzas de auténtico apego benefactor, las que nos despliegan el nosotros, de modo siempre renovado.  Nuestra época, a mi juicio más que ninguna otra, tiene necesidad de esa conjunción de pulsos, generados entorno al calor del hogar, si en verdad queremos humanizar los nuevos descubrimientos de la humanidad. En consecuencia, es vital que las familias, como miembros claves para el progreso social y económico, cuenten con un apoyo especial para el cuidado de los niños y un acceso verídico a todas las ayudas, al menos para fortalecer la resiliencia doméstica, reducir la pobreza y promover la igualdad de oportunidades. Al fin y al cabo, lo fundamental no está en mantenerse sino en conservarse humano, sin que nada nos resulte indiferente.

    La despreocupación es el peor de todos los males hacia nuestros semejantes, esa es la esencia de la inhumanidad reinante. No olvidemos que muchos niños migrantes o hijos de progenitores separados, están cada vez más expuestos al abandono, al riesgo de ser explotados o reclutados por grupos armados y sometidos a estrés emocional. Indudablemente es en la genealogía, u obrando como parentela, donde se sitúa la perfecta sintonía con el compromiso en defensa de la escuela de las virtudes sociales, que son el principio activo de la existencia y del desarrollo. En efecto, a medida que las familias se debilitan, también lo hacen las estructuras sociales, ya que cada ciudadano, en su propio estado de vida, está llamado a mejorar las relaciones y el entorno en el que vive.

    Nadie puede lavarse las manos ante nada, ni tampoco ante nadie, a la hora de escuchar el clamor de los vulnerables, además del lamento de la tierra, lo que nos debe llevar a proteger estilos de vida más cooperantes entre sí y armónicos, sabiendo que la concordia no se sustenta en la uniformidad, sino en forjar confianza mediante el diálogo, la inclusión y la reconciliación. Oigamos las diversas posiciones, pues todos moramos en este planeta como mortales, respirando el mismo aire y pensando en el futuro de los descendientes, lo que nos requiere a no desligarnos de los lazos. Por tanto, si ningún corazón es una isla, quitemos nuestra lunática cara oscura, y dejémonos ver como poesía, no como poder, que todo lo envenena de dominación. Pongámonos a servir, pues, como poetas en guardia.

  • Hantavirus: un virus mediático

    Hantavirus: un virus mediático

    Existe actualmente una explosión de información debido a un brote inusual ocurrido en el crucero MV Hondius, con casos confirmados de la cepa Andes del hantavirus. Esto ha encendido alarmas no solo sanitarias, sino también en la población general, que aún no termina de recuperarse emocionalmente de los estragos económicos y sociales —sobre todo derivados del manejo sanitario— de la reciente pandemia de COVID-19.

    ¿Por qué tanta cobertura mediática si el hantavirus rara vez produce epidemias?

    El hantavirus no corresponde a una única enfermedad, sino a una familia de virus zoonóticos capaces de provocar dos síndromes principales, ambos caracterizados por fiebre, trombocitopenia y leucocitosis. El primero es la fiebre hemorrágica con síndrome renal por hantavirus (FHSR) y el segundo es el síndrome cardiopulmonar por hantavirus (SCPH), también conocido como síndrome pulmonar por hantavirus (SPH).

    Estos virus se alojan de manera natural en ciertas especies de roedores silvestres, que actúan como reservorios crónicos sin desarrollar enfermedad. Existe una convivencia biológica relativamente estable entre el virus y estos animales. Sin embargo, cuando el virus cruza la barrera interespecie y llega al ser humano, puede desencadenar cuadros clínicos de gravedad muy variable: desde síntomas similares a una gripe hasta una enfermedad potencialmente letal.

    Desde el punto de vista biológico, los hantavirus se dividen en los del “Viejo Mundo” (Europa y Asia), que suelen afectar predominantemente el sistema renal, y los del “Nuevo Mundo” (América), con especial predilección por el sistema cardiopulmonar.

    A nivel mundial, la enfermedad es relativamente infrecuente. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se registran anualmente entre 10,000 y 100,000 casos en todo el mundo. El virus se transmite principalmente por inhalación de aerosoles contaminados. Cuando la orina, saliva o excremento de roedores infectados se secan en el ambiente, las partículas virales pueden quedar suspendidas en el polvo. Si una persona entra en un espacio contaminado y con escasa ventilación, puede inhalar estas partículas y contagiarse. Existe, sin embargo, una excepción importante: la cepa Andes, responsable del presente brote. Este subtipo posee la capacidad de transmitirse de persona a persona, especialmente cuando existe contacto estrecho y sostenido. Estudios citados por la revista Frontiers sugieren que esto ocurre porque el virus se replica de manera significativa en las glándulas salivales de los pacientes infectados, facilitando así su transmisión. Afortunadamente, esta forma de contagio entre humanos es poco eficiente y requiere proximidad física prolongada. Hasta la fecha, los brotes documentados de transmisión interpersonal se habían limitado principalmente a regiones andinas de Argentina y Chile, especialmente en 1996 y 2018.

    El actual brote en el crucero constituye el primer escenario internacional de este tipo en varios años, lo que explica en parte la intensa cobertura mediática. Otro factor determinante es su elevada letalidad. La forma respiratoria del hantavirus puede alcanzar una mortalidad de hasta el 50 % en América, muy superior a la observada durante la pandemia de COVID-19. Al momento de escribir estas líneas, se reportan nueve casos confirmados entre pasajeros y tripulantes del crucero, cuatro de ellos fallecidos. A esto se suma otro elemento preocupante: actualmente no existe un tratamiento específico ni una vacuna ampliamente disponible contra esta enfermedad.

    ¿Cómo se contagiaron los pasajeros y tripulantes del crucero?

    El crucero de expedición MV Hondius zarpó de Ushuaia, Argentina, el 20 de marzo de 2026 con 149 personas a bordo. Se trataba de una expedición ornitológica y de observación de fauna silvestre con destino final en las Islas Canarias, España. Entre pasajeros y tripulación viajaban personas provenientes del Reino Unido, España, Estados Unidos, Argentina, Alemania, Países Bajos, Guatemala y otros países.

    Previo al embarque, varios pasajeros participaron en excursiones terrestres en territorio argentino para la observación de aves. Una de las hipótesis plantea que durante estas actividades una o más personas pudieron haber estado expuestas a excremento o saliva de roedores infectados.

    La primera víctima fue un pasajero neerlandés de 70 años, quien falleció a bordo el 11 de abril. El crucero hizo escala en la isla de Santa Elena el 22 de abril, donde desembarcaron el cadáver del pasajero y su esposa, quien posteriormente falleció el 24 de abril. El 27 de abril, un pasajero británico enfermó gravemente y fue desembarcado en la Isla Ascensión para luego ser trasladado a Johannesburgo, Sudáfrica, donde se confirmó el diagnóstico de hantavirus. Posteriormente, el 2 de mayo, un pasajero alemán murió a bordo sin causa inicialmente establecida.

    El 3 de mayo, el crucero llegó a Cabo Verde, donde se le negó autorización para atracar tras notificarse tres fallecimientos y varios casos sospechosos. Ese mismo día, la OMS fue oficialmente informada sobre un brote de enfermedad respiratoria aguda grave relacionado con el crucero. Hasta el momento, se contabilizan nueve casos confirmados y cuatro fallecidos.

    ¿Debemos preocuparnos?

    Según expertos y organismos internacionales, el brote se considera actualmente contenido y el riesgo de una pandemia es bajo. No existe evidencia de propagación masiva ni de transmisión sostenida a gran escala. La OMS mantiene que el riesgo para la población general continúa siendo bajo.

    En resumen, la amplia cobertura mediática responde más a la naturaleza excepcional del evento, la alta mortalidad asociada y la ausencia de tratamiento específico, que a la existencia de un riesgo epidémico real para la población general.

    *El Dr. Alfonso Rosales es médico epidemiólogo y consultor internacional

  • 40.5 grados Celsius. ¡SOS! Nos estamos asando 

    40.5 grados Celsius. ¡SOS! Nos estamos asando 

    Literalmente nos estamos asando,  el calor es cada vez más insoportable y al parecer es un factor climatológico que a largo plazo y ante la desidia de las potencias mundiales no tiene marcha atrás, al menos mientras no haya conciencia ambiental en cada ciudadano ni una política de Estado que procure aminorar esta situación.

    El viernes de la semana pasada se rompió el récord nacional de El Salvador, cuando la estación meteorológica instalada en Guija,  Santa Ana, registró 40.5 grados Celsius, siendo la temperatura más alta registrada oficialmente en el país. El récord anterior era de 40.2 grados Celsius, establecidos en 2016.

    Los médicos han recomendado a la población hidratarse adecuadamente para no sufrir las consecuencias del calor, como pueden ser los desmayos por deshidratación  ro los choques de calor que pueden ser de fatales consecuencias. Hay que cuidar a los bebés, a los niños, a los adultos mayores y a quienes padecen enfermedades crónicas.

    También se recomienda a la población, en general, a no exponerse al sol, especialmente entre 10:00 a.m. y 2:00 p.m. así como ventilar adecuadamente sus hogares y sus lugares de trabajo o estudio.

    Obviamente hay factores o fenómenos que no pueden evitarse, como las arenas del Sahara, arrastradas por el viento desde África o la formación de olas de calor como consecuencia del cambio climático en el globo terráqueo por culpa de la industrialización y la falta de conciencia de algunos lideres del mundo, pero de manera individual si podemos poner nuestra minúscula participación para aminorar el sofocante calor.

    Debemos proteger los bosques y los árboles, el Estado debe de desarrollar una estricta política de cuido ambiental y obligar a quienes derriban un árbol a sembrar y cuidar dos  o tres árboles frutales o de sombras. Muchas empresas constructoras siembran árboles, sin obligarse a cuidarlos hasta crecer. Cumplen un compromiso, solo como requisito, sin adquirir conciencia de su responsabilidad.

    El Estado debe, con ley en mano, restringir las construcciones en zonas de reserva forestal o sobre áreas que evidentemente son mantos acuíferos. La construcción vertical significa un aprovechamiento de espacios y debe contemplarse como alternativa viable y por ende como política nacional.

    La obligación de reforestar debe aplicarse rigurosamente e imponer penas o multas severas a quienes incumplan dicha disposición. Un árbol es sombra, frutas y aire puro, además de ser una protección natural de  los suelos y en determinadas áreas hasta captador de agua al estar sembrado en sitios de retención o mantos acuíferos

    Cuando yo era niño y adolescente en los centros educativos se nos concienciaba sobre la reforestación y cada cierto tiempo solíamos salir, con la guía y acompañamiento de nuestros maestros,  a sembrar arbolitos. Muchos de esos árboles crecieron y se convirtieron en frutales y dadores de sombra, otros ya desarrollados fueron talados en nombre de la “modernidad”.

    El Sistema Educativo, puede y debe retomar la concienciación ambiental y hacer que niños y adolescentes realicen, con apoyo de la empresa privada y entidades oficiales, campañas de reforestación. Más que participar en desfiles o actos alusivos los estudiantes deben llevar a la práctica las acciones ambientalistas. El Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, más que llevar estadísticas y dar informes de la situación ambiental del país, debe desarrollar los mecanismos de hecho y derecho para proteger desde el punto de vista ambiental, la salud y en bien vivir de los salvadoreños.

    La obligatoria y sistemática reforestación, la prohibición de la tala indiscriminada  e innecesaria, la estricta regulación de la construcción urbanística, la protección irrestricta de los mantos acuíferos, el salvaguardar rigurosamente las zonas ambientales protegidas, una campaña intensa y transversal de concienciación ambiental y, por supuesto, la voluntad y conciencia ambientalista de la población, serían factores que perfectamente ayudarían a aminorar el calor y sus nefastas consecuencias, ¡Uf, qué calor más sofocante!

    * Jaime Ulises Marinero es periodista