Categoría: Opinión

  • El libro que nunca olvidamos: aquellas lecturas de nuestros años escolares

    El libro que nunca olvidamos: aquellas lecturas de nuestros años escolares

    Hace algún tiempo, mientras revisaba unos libros antiguos, encontré uno que me hizo detenerme. No era una edición lujosa.

    Sus páginas mostraban el paso de los años y, en algunas partes, todavía conservaba aquellas señales que dejamos cuando somos estudiantes: una palabra subrayada, una esquina doblada, alguna anotación escrita rápidamente al margen.

    Lo abrí. Y ocurrió algo hermoso. Por unos minutos no estaba leyendo solamente un libro. Estaba regresando a mis años de estudiante. Creo que muchos hemos vivido alguna vez esa experiencia.

    Encontramos una obra que leímos en séptimo, octavo o noveno grado y, de repente, regresan el salón de clases, los compañeros, el maestro y hasta aquella tarea que entonces nos parecía interminable.

    El libro que nos obligaron a leer

    Seamos sinceros. Muchos de nuestros primeros encuentros con la literatura no comenzaron diciendo: “¡Qué alegría, hoy voy a leer una novela!” Fue exactamente, al contrario.

    El maestro anunció: “Para el próximo mes deberán leer este libro”. Y algunos preguntábamos inmediatamente: ”¿Cuántas páginas tiene? Queríamos saberlo todo menos la historia.

    Pero comenzábamos a leer. A veces por obligación o porque habría un examen y sin darnos cuenta, en algún momento, dejábamos de cumplir una tarea y empezábamos a entrar en otro mundo. Ese era el pequeño milagro.

    Aquellos libros siguen allí

    Cada generación conserva sus propias lecturas escolares. Algunos recordarán El Principito. Otros regresarán mentalmente a las páginas de Cuentos de barro, de Salarrué.

    Muchos salvadoreños reconocerán versos de Alfredo Espino que aprendieron cuando todavía eran jóvenes. También aparecieron Cervantes y tantos otros autores que, quizá en aquel momento, parecían demasiado lejanos.

    Pero ocurre algo curioso cuando volvemos a leerlos siendo adultos. El libro es el mismo.

    Quien cambió fue el lector.

    A los catorce años podemos leer una historia y quedarnos con la aventura. Treinta años después encontramos allí la soledad, la amistad, el miedo, la pérdida, el amor o alguna verdad sobre la vida que antes no teníamos edad para comprender.

    Los buenos libros esperan. No se molestan porque no los entendimos completamente la primera vez.

    Aquel maestro que puso un libro en nuestras manos

    También deberíamos recordar a nuestros maestros. Quizá nunca supieron lo que provocaron. Un profesor recomendó una novela. Otro leyó un poema en voz alta.

    Una maestra llevó al grupo a la biblioteca. Alguien nos dijo: “Léalo, creo que le va a gustar”. Y aquella pequeña recomendación pudo acompañarnos durante décadas.

    Como Alfredo, y después de tantos años dedicado a la educación y a la escritura, sigo creyendo que un maestro puede cambiar una vida cuando logra que un estudiante descubra el placer de leer.

    No necesita conseguir que todos amen el mismo libro. Basta con ayudar a cada joven a encontrar su libro. Ese que abre una puerta.

    La biblioteca de nuestra memoria

    Las bibliotecas escolares también tuvieron algo especial. Entrábamos buscando una tarea y muchas veces encontrábamos otra cosa. Había estantes, silencio, libros que nadie nos había pedido y títulos que despertaban curiosidad.

    Hoy los jóvenes poseen posibilidades extraordinarias. Pueden llevar cientos de libros en un dispositivo y encontrar información en segundos. Eso es maravilloso. Pero todavía necesitamos enseñarles algo que ninguna tecnología puede hacer por ellos: detenerse ante una historia y darle tiempo.

    Leer requiere paciencia. Y la paciencia también educa.

    Volver a leer aquel libro

    Por eso quisiera hacer una invitación sencilla. Busquemos alguno de aquellos libros de nuestra adolescencia. Quizá todavía esté guardado en casa. Tal vez tengamos que comprarlo nuevamente o buscarlo en una biblioteca.

    Volvamos a leerlo. No como estudiantes que necesitan aprobar un examen. Leámoslo como adultos que ya hemos conocido alegrías, dificultades, despedidas, trabajo, familia y sueños que algunas veces se cumplieron y otras veces cambiaron de camino.

    Estoy casi seguro de que encontraremos otro libro dentro del mismo libro. Una frase que antes pasó inadvertida puede detenernos ahora. Un personaje que no comprendíamos puede parecernos familiar. Y quizá finalmente entendamos aquello que nuestro maestro intentaba explicarnos tantos años atrás.

    Epílogo: los libros también crecen con nosotros

    Terminamos la escuela. Guardamos los uniformes. Los salones cambiaron. Algunos compañeros siguieron caminos distintos y ciertos maestros viven ahora solamente en nuestros recuerdos. Pero los libros permanecen.

    A veces esperan silenciosamente durante veinte o treinta años hasta que volvemos a abrirlos. Entonces descubrimos que aquellas páginas también forman parte de nuestra historia. Por eso vale la pena acercar los libros a nuestros niños y jóvenes. No sabemos cuál de ellos quedará viviendo en su memoria.

    Tal vez hoy un estudiante lea una novela únicamente porque mañana tiene examen.

    No importa. Que la lea. Puede ocurrir que dentro de muchos años encuentre nuevamente aquel libro, abra una página y sonría. Y quizá entonces comprenda lo que todavía no podía comprender a los catorce años.

    El libro de Proverbios nos recuerda: “Porque sabiduría entrará en tu corazón, y el conocimiento será grato a tu alma” (Proverbios 2:10). Hay conocimientos que aprendemos para un examen.

    Y hay lecturas que, sin saberlo, comenzamos en la escuela y terminamos comprendiendo durante toda la vida.

     

    *Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. 

    alfredocaballero.consultor@gmail.com 

  • Más allá del salario: que hará que el talento quiera quedarse

    Más allá del salario: que hará que el talento quiera quedarse

    El Salvador atraviesa un momento que obliga a las empresas a mirar el talento con otros ojos.
    El dinamismo de la construcción y del mercado inmobiliario, las nuevas inversiones, el
    crecimiento del turismo y la transformación digital generan oportunidades, pero también una
    pregunta clave: ¿tenemos las personas y, sobre todo, las capacidades necesarias para
    sostener este crecimiento?

    Los datos ayudan a dimensionar el escenario. El Banco Mundial estima que la economía
    salvadoreña crecerá 3,9% en 2025 y proyecta una expansión de 3,2% para 2026. A su vez, el
    Banco Central registra un crecimiento interanual de 4,8% del PIB en el primer trimestre de
    2026. En el mercado inmobiliario, el Centro Nacional de Registros reportó un crecimiento de
    20% hasta mayo de este año.

    Detrás de cada torre, hotel, empresa tecnológica o nuevo proyecto hay una realidad menos
    visible: personas que deben liderar, vender, negociar, innovar, aprender y adaptarse. Y allí
    aparece el verdadero desafío.

    Desde la experiencia de acompañar a organizaciones en distintos países de América Latina,
    vemos que la conversación sobre retención está cambiando. El salario sigue siendo importante,
    pero dejó de ser suficiente. Una persona puede aceptar una propuesta económica atractiva y,
    sin embargo, decidir irse si siente que no aprende, que no es escuchada, que no encuentra
    oportunidades o que su trabajo carece de sentido.

    La experiencia de distintas organizaciones demuestra que no existe una receta única. Retener
    talento no significa ofrecer los mismos beneficios para todos, sino construir una propuesta de
    valor que combine compensación justa, gestión de personas, aprendizaje, empleabilidad y una
    cultura coherente con lo que la organización promete.

    ¿Qué significa esto para las empresas salvadoreñas?
    Primero, desarrollo. En un contexto de expansión, formar talento no puede ser un beneficio
    periférico de Recursos Humanos: es una inversión productiva. Las brechas de habilidades y la
    calidad de la fuerza laboral son desafíos para sostener el crecimiento. La formación debe estar
    conectada con la estrategia del negocio y con las capacidades que el futuro demanda.

    Segundo, una gestión de personas capaz de generar compromiso. Las personas no suelen
    abandonar solamente una empresa; muchas veces abandonan una experiencia de gestión. Un
    salario competitivo puede atraer, pero no necesariamente construye permanencia. La
    autonomía, el feedback de calidad, el reconocimiento y las oportunidades de aportar valor
    pueden ser decisivos. Gestionar talento implica crear las condiciones para que las personas
    puedan crecer, contribuir y sentirse valoradas.

    Tercero, aprendizaje y crecimiento. Las nuevas generaciones no necesariamente buscan
    ascender en una estructura jerárquica; buscan aprender, asumir desafíos y ampliar sus
    posibilidades. Capacitación, experiencia práctica, mentoría y proyectos diversos forman parte
    de esa propuesta de valor. Para las empresas, esto implica dejar de pensar el desarrollo como
    una escalera y comenzar a construir ecosistemas de aprendizaje.

    Cuarto, empleabilidad futura. En una economía donde la inteligencia artificial, la
    automatización y la digitalización transforman puestos y procesos, capacitar ya no significa
    solamente mejorar el desempeño actual. Significa preparar a las personas para seguir siendo
    valiosas mañana. La formación debe combinar habilidades técnicas con pensamiento crítico,
    comunicación, negociación, adaptación y capacidad de aprender.

    Y quinto, propósito y pertenencia. El talento busca sentirse parte de algo valioso. Esto
    requiere coherencia entre los valores que una organización declara y la experiencia que
    realmente ofrece: cómo se toman decisiones, cómo se trata a las personas y qué impacto
    genera el negocio. El propósito no se comunica en una presentación corporativa; se construye
    en las experiencias cotidianas.

    El boom inmobiliario puede cambiar el paisaje de El Salvador, pero el verdadero desafío es que
    ese crecimiento también transforme las capacidades de las personas y de las organizaciones.
    Una economía puede atraer capital rápidamente; desarrollar talento requiere tiempo y
    consistencia.

    Por eso, más que preguntarnos cómo evitar que alguien se vaya, deberíamos preguntarnos
    qué estamos construyendo para que quiera quedarse.

    La retención no comienza cuando llega una renuncia. Comienza mucho antes: en cada
    conversación, oportunidad de aprendizaje, decisión de desarrollo y señal que una empresa
    transmite sobre cuánto valora a las personas.

    En definitiva, el talento no se retiene. Se construye una experiencia suficientemente valiosa
    como para que quedarse siga siendo una buena decisión.

    *Carolina Tomba es directora Corporate Solutions, ADEN Business School

  • Estados Unidos y sus compañeros de viaje

    Estados Unidos y sus compañeros de viaje

    Hace unos días mi amigo Luis Fernández, abogado, hombre de gran talento y profunda humanidad, un enamorado de la grandeza de este generoso país me envió copia de una conversación que sostuvo con una amistad de muchos años en la que ambos expresaban preocupación por el futuro de Estados Unidos, mientras se preguntaba si sus nietos tendrían que aprender el idioma chino, recomendación que no descarto, pero recibo con gran pesar.

    Después de la lectura, llegué a la conclusión que comparto las consideraciones de los dos amigos, todavía más, cuando hacen alusión a un comentario atribuido al presidente Ronald Reagan de que “la libertad se puede perder en la próxima generación” me entran escalofríos, ya que es un pronóstico que advierte del probable final de la forma de vida que nos ha conducido a un estado de bienestar imperfecto, pero más que satisfactorio.

    Luis, colocando todo en el fuego, recuerda como fueron desapareciendo los grandes imperios de la historia al involucrarse en guerras interminables, conflictos internos, irresponsabilidad fiscal más el debilitamiento de sus instituciones, dolorosas realidades que nos amenazan.

    Cierto que Estados Unidos es muy diferente a los imperios del pasado, su sentido de la solidaridad, su comprensión de las diferencias y hasta su uso de la fuerza que no comprende la ocupación de los más débiles, sino en promover cambios que favorezcan mejores condiciones de vida, es distinto. No obstante, siempre es un poder hegemónico que contraría intereses, incurrirá en injusticia y cosechará enemigos.

    La charla entre Luis Fernández y su amigo fue realmente interesante y ruego porque sus preocupaciones nunca se hagan realidad, pero, creo firmemente, que el ciudadano medio estadounidense debe asumir conciencia de lo que tiene y puede perder, si no toma una activa y responsable participación en la gestión pública.

    Temo que la falta de atención a los valores tradicionales de la nación, entre los que destacan la tolerancia, el respeto a las diferencias, la libertad individual e igualdad de oportunidades, cualidades que todos deberíamos cultivar, no se acatan como en el pasado, además, se aprecia un serio deterioro en el respeto al trabajo, en la búsqueda del progreso, condiciones que hicieron notable este país, atributos que lo ha alejado siempre de purgas y gulags, al estilo soviético, factores que conduce inexorablemente a tener nietos pobres, de abuelos que fueron ricos que tuvieron hijos parásitos.

    Terminado el comentario sobre la conversación de mi amigo Luis quiero señalar que también me alarma la inclinación de algunos sectores de la política estadounidense al populismo más ramplón, una particularidad que conduce a los pueblos a una confrontación en todos los campos, que desgarra a los países profundamente, situación sobre la cual Alexis de Tocqueville advirtió en su obra “La democracia en América” al escribir que el mayor peligro para el futuro de Estados Unidos no vendría de una invasión externa, sino de fracturas internas y de un nuevo tipo de despotismo.

    Le temo a los extremos, sean de derecha o izquierda, en su momento me alarmé, lo sigo estando, cuando los neoyorquinos eligieron a la alcaldía de la ciudad de Nueva York a Zohran Mamdani, igualmente me inquieta el auge en que se encuentran facciones del Partido Demócrata que se identifican como socialistas y es que no comprendo  que la utopía más fracasada en la historia de la humanidad, siga siendo,  a pesar de sus más de cien millones de muertos, incontables frustraciones y desencantos, una propuesta electoral viable porque sobran personas que eligen ser ciegas y sordas ante la realidad, como todavía hay quienes niegan que campos de la muerte como Auschwitz-Birkenau y Treblinka, muchos más, hayan existido y causado la muerte de millones de personas.

    No obstante, hay que asumir, mi madre siempre me lo dijo, los peores ciegos y sordos son los que quieren serlo, y al parecer, el mundo está lleno de incapacitados con títulos universitarios y talento para ellos mismos hacerse la soga con la que van a ser colgado, Lenin lo escribió, porque publicar un documento celebrando el centenario del nacimiento del verdugo mayor de Las Américas, Fidel Castro como han hecho los Socialistas Democráticos de América, significa que siguen atados a ideologías que destruyen la dignidad humana, propuestas, que hasta las repúblicas bananeras están dejando en el pasado.

     *Pedro Corzo es periodista cubano

  • ¿Cuánto de nuestro acceso a la salud depende de nuestra capacidad de pago, a pesar de que la Constitución la reconoce como un derecho y un bien público?

    ¿Cuánto de nuestro acceso a la salud depende de nuestra capacidad de pago, a pesar de que la Constitución la reconoce como un derecho y un bien público?

    La semana pasada estuve visitando un centro hospitalario privado de San Salvador. Mi médico ordenó una serie de exámenes de laboratorio, que nunca supe cuánto costarían hasta que me tocó pagar, $320 dólares en total. Pero también mi médico ordenó exámenes de imagen, el precio de la resonancia solamente me fue facilitada el día del examen, a pesar de que lo pregunté en varias ocasiones previas a la visita al laboratorio del hospital. El precio total de los tres exámenes (cada resonancia, fueron dos y una radiografía de tórax se paga por separado) fue de $880. Reflexionando sobre no solo el costo de estos exámenes sino de la accesibilidad financiera y la transparencia, cada día me convenzo más que la tecnología médica privada es cada vez más sofisticada, pero el consumidor tiene dificultades para saber cuánto le costará y mucho menos comparar precios antes de realizarse el examen.

    En El Salvador, el precio de un examen médico no siempre es un precio: muchas veces es una cotización. Mientras una institución pública el costo de un hemograma en $8.61 o una TAC promocional en $150, otras obligan al paciente a solicitar individualmente el precio. La falta de una estructura pública y comparable de tarifas dificulta que el paciente pueda ejercer algo tan básico como escoger dónde realizarse un examen.

    En un sistema donde el diagnóstico oportuno condiciona la posibilidad de tratamiento, la falta de transparencia sobre los precios de laboratorios e imágenes en el sector privado convierte una necesidad clínica en una incertidumbre financiera para los hogares. En El Salvador, la medicina privada ofrece una amplia red de hospitales, laboratorios y centros de imágenes. Esa diversidad puede ser una ventaja: más opciones, tecnología disponible y mayor rapidez para obtener resultados. Pero también plantea una pregunta elemental que debería poder responderse con facilidad: ¿cuánto cuesta, realmente, un mismo examen en distintos establecimientos?

    La respuesta casi nunca está a la vista. La mayoría de los proveedores, con la excepción de algunos como Pro-Familia, publican los diferentes servicios, horarios, pero no publican aranceles completos para pacientes particulares. Esta falta de información no es un detalle administrativo. Cuando un paciente necesita hacerse un examen, por lo regular esto no sucede en condiciones ideales: el paciente siente dolor, hay preocupación, una orden medica en mano, y muchas veces urgencia.

    Estoy angustiado por un evento fuera de mi control, donde otro ser humano con conocimientos y habilidades especiales toma el control total de mi salud y muchas veces de mi vida. En ese momento, llamar a cinco lugares para averiguar si una tomografía incluye contraste, informe radiológico, material, interpretación y cargos adicionales puede ser una tarea difícil. Más difícil todavía para una familia que depende de un ingreso limitado y paga todo de su bolsillo.

    En El Salvador, la salud no es simplemente un servicio que se compra en el mercado. La Constitución la reconoce como un bien público y la Sala de lo Constitucional ha establecido expresamente que el derecho a la salud está reconocido en el artículo 65. Al mismo tiempo, la Constitución protege la libertad económica y la iniciativa privada, lo que permite legítimamente la existencia de hospitales, laboratorios y centros de diagnóstico privados.

    El problema aparece cuando ambos principios se encuentran frente al paciente. Exámenes de imagen sofisticados como una resonancia magnética, pueden tener costos que limiten el acceso a una familia de ingresos modestos. En estas situaciones cuales son los deberes del estado para proteger el derecho a la salud de esta familia. ¿Facilitar el ingreso de compañías mexicanas que ganan millones de dólares a costa de nuestros pacientes?

    El costo de la salud en el ámbito privado está teniendo un boom en nuestro país, pero ¿quién lo está pagando? Esto no significa que la Constitución obligue a los hospitales privados a prestar gratuitamente todos sus servicios. Significa algo más fundamental: que la salud tiene una dimensión que trasciende al mercado. El sector privado puede prestar servicios y cobrar por ellos; pero el Estado conserva la responsabilidad de garantizar que la capacidad económica de una persona no determine, en última instancia, si puede acceder a un diagnóstico necesario. Una pregunta que todos deberíamos plantearnos es: ¿Hasta qué punto el sistema de salud salvadoreño convierte la capacidad de pago en un determinante del acceso a la atención medica?

  • Serie: Los grandes  de la Criminología: Cesare Lombroso: el padre de la Criminología. Ciento cincuenta años de su Legado

    Serie: Los grandes  de la Criminología: Cesare Lombroso: el padre de la Criminología. Ciento cincuenta años de su Legado

    Como investigador de la criminología con más de veinticinco años estudiando, aprendiendo de la ciencia criminológica he visto teorías nacer, morir, y otras relanzarse. Pero ninguna sombra es tan alargada e impactante como la de Ezechia Marco Lombroso, universalmente conocido como Cesare Lombroso. Nacido el 6 de noviembre de 1835 en Verona, Italia, este médico, psiquiatra y antropólogo alteró para siempre nuestra forma de entender el fenómeno criminal. Antes de él, la justicia castigaba puramente el acto; después de él, la ciencia comenzó a diseccionar al actor. Considerado mayoritariamente y sin discusión como el «padre de la criminología»

    El Arquitecto de la Escuela Positiva

    Lombroso arrebató el delito de las manos de los filósofos morales y lo colocó bajo el microscopio de la ciencia empírica. Su obra cumbre, L’uomo delinquente, sentó las bases ineludibles de la criminología moderna.

    Algunos de sus principales aportes transformaron la arquitectura de la justicia penal los cuales cito a continuación:

    El «Criminal Nato»: postuló la controvertida teoría del atavismo, sugiriendo que ciertos delincuentes eran retrocesos evolutivos, identificables por estigmas anatómicos específicos (asimetría craneal, mandíbulas prominentes, insensibilidad al dolor).

    Desplazamiento del foco analítico: cambió el objeto de estudio del delito (la perspectiva clásica legalista) al delincuente, obligando al sistema a considerar las raíces biológicas y sociales del comportamiento desviado.
    El rigor del método empírico: Introdujo la observación clínica sistemática, la medición antropométrica y la recolección de datos estadísticos masivos en prisiones y hospitales psiquiátricos.
    La génesis de la perfilación: Al categorizar a los transgresores en tipologías (criminal nato, loco, pasional, de ocasión, entre otros), estableció el ancestro directo del análisis conductual y la evaluación de riesgo contemporánea.
    El doctor Lombroso no trabajó en el vacío. Junto a Enrico Ferri y Raffaele Garófalo, consolidó la Escuela Positiva, proponiendo que el libre albedrío era en gran medida una ilusión y que las medidas penales debían ajustarse a la peligrosidad del sujeto, un concepto que sigue dictando las políticas de libertad condicional en la actualidad. Las palabras peligrosidad, agresividad son legado del padre de la criminología.

    En la actualidad enseñar que la forma de un cráneo dicta la moralidad es una herejía académica. El determinismo biológico absoluto de Lombroso fue refutado metodológicamente y, trágicamente, secuestrado en el siglo XX para justificar atrocidades eugenésicas. Sin embargo, su esqueleto conceptual sigue vivo y respirando en nuestros laboratorios y tribunales modernos.

    La neurocriminología contemporánea es, en muchos sentidos, una versión sofisticada de su búsqueda original. En pleno 2026, ya no medimos frentes con un compás; escaneamos cortezas prefrontales y amígdalas con resonancias magnéticas funcionales de ultra alta resolución. Investigamos marcadores epigenéticos y déficits neuroquímicos que predisponen a la impulsividad o la psicopatía. Lombroso 150 años después es fácil afirmar que no fue certero   en el dónde y el cómo, pero acertó categóricamente en el qué: la biología importa y el cerebro es la zona cero del comportamiento humano.

    Al mismo tiempo, vivimos un resurgimiento tecnológico que disputa peligrosamente con sus postulados. Los algoritmos de inteligencia artificial de análisis predictivo policial, implementados actualmente en varias policías ciudades y países, se alimentan de macrodatos y biometría para calcular el «riesgo» de un individuo. Este es el neo-lombrosianismo digital: la tentación de creer que la máquina puede detectar al criminal antes de que actúe, leyendo «señales» imperceptibles. Como criminólogos de esta era, libramos batallas éticas diarias para evitar que estos algoritmos codifiquen y reproduzcan los mismos sesgos fisonómicos y raciales que plagaron las primeras ediciones de sus textos.

    Cesare Lombroso es un grande de la criminología, uno de sus precursores, el fundador, tuvo la audacia histórica de plantear las preguntas fundamentales. Su legado no es un manual de verdades inmutables, sino el punto de inicio de una ciencia que sigue intentando descifrar el insondable laberinto del cerebro y su relación con el mal. Su audacia al arrancar el estudio del crimen de la pura moralidad para entregarlo al rigor científico. Le debemos la revolución histórica de dejar de mirar exclusivamente el delito para comenzar a comprender profunda, científica y clínicamente al delincuente. Su mayor triunfo perdurable fue enseñarnos que la verdadera justicia exige explorar primero las raíces biológicas y sociales del ser humano. Honro la vida, el legado y la pasión por la criminología de Cesare Lombroso.  Y en cada clase que imparto publico cualquiera de la colección de frases de su obra literaria.  Cada día en el mundo el nombre de Cesare Lombroso es mencionado en el mundo de la criminología, eso se llama «legado»

  • Hacia una humanización de la educación (II)

    Hacia una humanización de la educación (II)

    La semana pasada analicé al pedagogo José Martí, quien manifestó que se debe enseñar a los estudiantes sobre la realidad que los rodea. Además, hice hincapié en enseñar civismo, urbanidad y, por lógica, valores.

    En el libro Educar para humanizar, el pedagogo Antonio Pérez Esclarín manifiesta que educar no es únicamente transmitir conocimientos, sino formar seres humanos que aprendan a vivir con dignidad, solidaridad, libertad y compromiso social. A través de la educación se ayuda a construir una sociedad más justa, democrática y humana.

    Paulo Freire, pedagogo brasileño, se interesó en la educación como un acto de amor y valentía para la transformación social. Para el maestro, humanizar era como liberar al ser humano. La humanización es la vocación histórica del ser humano, mientras que la deshumanización es consecuencia de la opresión. “La educación no cambia al mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. P. Freire.

    Con respecto a los valores, que es lo principal que deben instruir los maestros, en el video Pedagogizandola educación se enfatiza que los valores deben ser enseñados por los padres de familia, quienes también son educadores; no se debe referir a educadores solamente a los maestros.

    Entretanto, en los Cuatro pilares de la educación de Jacques Delors, en Aprender a ser, se destaca losiguiente: «La educación encierra un tesoro, busca el desarrollo integral de cada persona —cuerpo y mente, sensibilidad, sentido estético y responsabilidad— para fomentar un pensamiento autónomo y crítico”. Este pilar es el que humaniza más a los niños y jóvenes, en donde se les debe enseñar que la educación es desarrollar la espiritualidad y sensibilidad del ser humano, además de conectar el proceso enseñanza-aprendizaje con los valores.

    Tuve a mi cargo un proyecto en una universidad; les enseñé a los alumnos a ver la realidad de El Salvador. Les solicitaba que llevasen alimentos y ropa a los más necesitados. Es cierto, hay que también enseñar a pescar a los seres humanos; sin embargo, el objetivo era dar lección sobre la realidad de muchos salvadoreños. En cada entrega, los alumnos hasta lloraban al ver la pobreza, casas paupérrimas y niños desnutridos. Situación que ha ido cambiando, pero hace falta mucho por hacer.

    Un maestro, no importa si es de primaria o universitario, debe enseñar valores a sus alumnos. Debe inculcar la humanización en esas mentes. Algo que debería existir como ejemplo es que, los pocos graduados en una carrera universitaria, de aquella escuela remota, vuelvan al centro escolar de donde egresaron. Ese acercamiento será para que los niños se motiven a continuar sus estudios. El docente debe aconsejar a sus alumnos sobre la importancia de culminar una carrera universitaria y de cómo se le puede ayudar a la humanidad a resolver muchos problemas.

    Actualmente, con tantos temas centrados en la inteligencia artificial, es importante que los maestros no olviden el objetivo primordial de la educación —Inculcar valores para tener mejores ciudadanos—. Hoy en día, es cuando más se les debe hablar de valores y humanismo a los estudiantes. Tal parece que son arrastrados lentamente por las redes sociales y otras tecnologías. Según datos, aparte de tener un retroceso en la educación (véase los resultados en pruebas internacionales), han perdido sensibilidad, respeto y empatía hacia el prójimo. Van por doquier con su celular en las manos y parece que se les ha olvidado el mundo en el que habitan. Aspecto que analicé en la entrega anterior.

    La educación debe ser el pilar para transformar a los seres humanos, tanto en la casa como en la escuela se debe ir puliendo a esos seres humanos que un día serán los que transformen a la sociedad en diferentes rubros.—A través de la humanización de la educación se puede transformar al ser humano. Ese proyecto de vida debe ser la piedra angular para cada maestro—.

     

    *Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

     

  • Impunidad derrotada

    Impunidad derrotada

    La masacre en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) ocurrió durante la madrugada del 16 de noviembre de 1989; entonces yo vivía en México una especie de autoexilio que duró ocho años y algo. Fuera de Segundo Montes ‒mi profesor de Física en el Externado de San José‒ y de Ignacio Martín-Baró, no conocí a las otras seis indefensas víctimas civiles.

    En esos días nunca imaginé que me involucraría de lleno, poco después, en una tan prolongada demanda de justicia para estas y sus familiares. Pero, por cosas del destino, dirigí el Instituto de Derechos Humanos de dicha casa de estudios (IDHUCA) durante 22 años casi exactos y fue así que me tocó entrarle. Ahora que volvió a ser noticia dicha atrocidad ‒tras la libertad condicional anticipada por motivos de salud física y mental del único condenado judicialmente como uno de sus autores intelectuales, el coronel Orlando Montano‒ me dio por escribir de nuevo algo al respecto.

    Pero antes aclaro que solo menciono su segundo nombre pues para mí, por esa salvajada de cuya articulación fue parte esencial y por la que fue declarado culpable en la Audiencia Nacional de España –respetándole todas sus garantías judiciales y el debido proceso– no merece llamarse “Inocente”; también por otros hechos deplorables anteriores nunca investigados, en los que se le achaca algún importante grado de participación.

    Al iniciarme en el IDHUCA, encontré un grupo especializado de expertos y expertas internacionales que asesoró a mi antecesor y “reclutador”: el después cardenal Michael Czerny, quien está a punto de entregar su cargo en el Vaticano. Dicho equipo lo acompañó en El Salvador, antes y durante el proceso judicial fraudulento de los militares acusados de ser autores materiales de la masacre y señalados como los únicos responsables; entre ellos el coronel Adolfo Arnoldo Majano, al que tramposamente sus pares le atribuyeron en solitario ser el “cerebro” de la misma.

    El referido grupo de especialistas foráneos se fue desmontando de a poco, tras la salida de Czerny; a final de cuentas, me quedé tramando qué hacer junto al querido José María “Chema” Tojeira y con el necesario apoyo de Rodolfo Cardenal, mi jefe inmediato. No podíamos permitir que la impunidad triunfara

    La decisión tomada: priorizar el trámite de la petición formulada a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) por Américas Watch, organización presidida entonces por Juan Méndez –entrañable abogado argentino– quien la presentó ante el organismo regional… ¡el mismo día de consumada la barbarie en la UCA! Una década después, el 22 de diciembre de 1999, la CIDH concluyó en su Informe de fondo que el Estado salvadoreño violó el derecho a la vida y faltó a su obligación de investigar –diligente y eficazmente– los hechos; tampoco cumplió con la obligación de procesar y sancionar a todos sus responsables. Hubo, pues, “manipulación de la justicia con un evidente abuso y desviación de poder”.

    Pensamos que con dicho dictamen zarandearíamos bien fuerte el sistema interno para hacerlo funcionar. Pero no. Presentamos la denuncia en la sede fiscal forzando al titular ‒Belisario Artiga‒ para que cumpliera su deber y adrede lo hizo chambonamente; recorrimos de punta a punta el andamiaje respectivo: desde un juzgado de paz hasta la Sala de lo Constitucional. Nos cerraron todas las puertas. Así que decidimos con Almudena Bernabeu, apreciada colega y gran amiga, tocar las de la Audiencia Nacional de España adonde se logró la condena de Montano en el 2020. Los otros autores intelectuales de aquella infamia no fueron procesados allá, por no estar presentes gracias al “resguardo” que les brindó Mauricio Funes ‒presidente de la república en el 2011‒ cuando se libraron las órdenes internacionales de captura; también a la Corte Suprema de Justicia, al decidir torcidamente que las mismas no eran de extradición sino de localización.

    Pero la condena judicial de Montano allá, lo fue también para todos sus compinches acá. ¿Por qué? Por lo que aprendí de otro querido y recordado compañero: Roberto Garretón, quien me enseñó que la impunidad en materia de violaciones graves de derechos humanos tiene cuatro caras: la penal, al no sancionar a sus autores; la política, por no inhabilitarlos para ejercer cargos públicos; la moral, cuando oficialmente los consideran “honorables”; y la histórica si los proclaman “salvadores de la patria”. Aunque el mencionado miembro del alto mando militar de la época ya fue excarcelado en España, la justicia universal cayó sobre él y ‒por tanto‒ también sobre el resto de sus criminales cómplices. La “historia oficial” se les destartaló, pues el juicio de Montano alcanzó para los otros altos oficiales culpables a quienes el territorio nacional se volvió su cárcel.

  • Trump, el impopular

    Trump, el impopular

    Donald Trump es ya uno de los gobernantes menos apreciados de la historia de Estados Unidos, peleando el primer lugar con otros tres mandatarios de controversial memoria: el demócrata Harry Truman y los republicanos Richard Nixon y George W. Bush. Dependiendo de los números en que se fije nuestra atención, así es posible otorgar al actual inquilino de la Casa Blanca su sitio entre los presidentes que mayor desafección ciudadana han provocado.

    Si nos concentramos únicamente en las cifras de aprobación, todavía Trump no está en el fondo del ranking: su promedio de 34% en opiniones favorables está por encima del raquítico 22% que Truman obtuvo en febrero de 1952, debido a la Guerra de Corea, o de aquel infame 24% de Nixon en julio y agosto de 1974, en medio del escándalo de Watergate. Incluso Jimmy Carter y los dos Bush llegaron a obtener menor aceptación directa que Trump en algún momento de sus respectivos periodos.

    Con los actuales instrumentos demoscópicos, nadie en la historia americana había caído tan bajo
    La impopularidad de un político, sin embargo, no se mide solamente por los bajos índices, sino también por las cimas que llega a alcanzar su aceptación. A este respecto, Trump apenas ha conseguido rozar el 50% de la aprobación popular, muy por debajo de los contundentes números que en su día cosecharon líderes como Dwight Eisenhower (79%), Lyndon Johnson (79%), John Kennedy (83%) y el mismísimo Truman, que tenía el 87% de respaldo en los sondeos hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Bush padre alcanzó 89% de crédito en febrero de 1991, al cierre de la Guerra del Golfo, y Bush hijo se agenció 90% del favor ciudadano en septiembre de 2001, tras el derribo de las Torres Gemelas.

    En cuanto a los promedios, extraídos de la suma de encuestas, Donald Trump ya se ubicaba en el peor lugar histórico de impopularidad durante su primer mandato (41%), por lo que solo competía contra sí mismo a partir de noviembre de 2024. Hoy, en agosto de 2026, a veinte meses de iniciado su segundo período, dos tercios de la población desaprueban al republicano, otorgándole un saldo negativo de 26 puntos. Con los actuales instrumentos demoscópicos, nadie en la historia americana había caído tan bajo.

    ¿Sorprendente? No, por supuesto. Trump ha “trabajado” infatigablemente para obtener estos récords de vergüenza. Las advertencias que se hicieron en torno a los perjuicios que causarían sus erróneas decisiones económicas, migratorias y geopolíticas han resultado certeras. Todas. Casi nada le ha funcionado. Con excepción del recorte al gasto ingente que EE UU destinaba a promover agendas identitarias —germen, por cierto, de una manifiesta división social—, las principales medidas impulsadas por la Casa Blanca han agravado los problemas en lugar de resolverlos. Veamos.

    Arguyendo que el “comercio justo” equivale a no tener déficits o superávits comerciales con ningún país, Trump se lanzó a una ofensiva arancelaria que jamás tuvo justificación. Todo gravamen sobre el libre intercambio de bienes es una distorsión, por lo que aplicar estas distorsiones a diestra y siniestra, sin consideraciones técnicas y con el objetivo de forzar supuestos equilibrios comerciales, es absurdo. Pero así procedió. Y de ese tamaño han sido los estragos.

    Luego se precipitaron en cascada los efectos inflacionarios de movimientos geoestratégicos mal concebidos, siendo la guerra contra Irán el ejemplo que mejor ilustra esta necedad. Si bien era un claro enemigo a vencer, el régimen de los ayatolás era también el menos susceptible de caer a punta de misiles. La escasa comprensión de la idiosincrasia chiita demuestra que el Estados Unidos de hoy, capitaneado por Trump, es alérgico a la historia.

    El bombardeo que decapitó a la jerarquía iraní fue responsable de la hidra de mil cabezas que se levantó justo en el corazón de Oriente Medio, erosionando la imagen de EE UU como potencia militar y estrangulando la circulación de petróleo por el estrecho de Ormuz. Mientras escribo estas líneas, sin embargo, la autocracia de los ayatolás sigue en pie, Israel pelea en tres frentes distintos y el fantasma de Vietnam se proyecta en las paredes de la Casa Blanca. Los efectos económicos del conflicto, para colmo, hace rato alcanzaron al votante estadounidense.

    Finalmente, en materia migratoria, Trump ha exhibido la sutileza de un cocodrilo chapoteando en una alberca inflable. Desde los estúpidos asesinatos en Minneapolis, en enero de este año, la desconfianza del ciudadano en el Gobierno federal ha elevado la temperatura social a rangos que no se veían desde los años sesenta del siglo pasado. La prepotencia trumpista se ha hecho odiar a conciencia, sin paliativos.

    Con semejante acumulación de descontento hacia el oficialismo republicano, el opositor Partido Demócrata debería ganar con suprema facilidad las elecciones de mitad de mandato en noviembre próximo. De hecho, es casi seguro que arrebaten la mayoría de escaños en la Cámara de Representantes, donde apenas necesitan alzarse con la victoria en un puñado de distritos. Mucho más competitiva se muestra la carrera por el Senado, en pos del cual los demócratas están realizando apuestas innecesariamente arriesgadas, que ya comentaremos.

    En todo caso, lo que ocurra en los comicios congresionales de este año marcará para siempre a Donald Trump y su legado. Hoy, con meridiana claridad, el impopular es él: son sus decisiones las que están bajo examen. Suya será la culpa.

  • El mal uso de las redes sociales y “farmear aura”

    El mal uso de las redes sociales y “farmear aura”

    Las redes sociales y la inteligencia artificial bien utilizadas suelen ser una maravillosa herramienta de la Internet para el conocimiento y la practicidad de la conducta social y el fortalecimiento del conocimiento humano. Sin embargo, mal utilizadas se convierten en instrumentos de manipulación de las personalidades, al generar adicción, ensimismamiento, ostracismo social, dependencia, ocio, imbecilidad, idiotez, enajenación, timidez, pérdida de valores, carencia de criterio propio y ausencia de conciencia.

    Cualquiera puede caer en el mal uso de las redes sociales y la inteligencia artificial y convertirse en dependiente del contenido sin sentido que circula en el ciberespacio. En una familia de seis miembros hay seis teléfonos móviles conectados a la Internet y cada miembro está consumiendo diferente contenido. No hay restricciones y cualquiera puede navegar buscando pornografía, violencia, ludopatía o cualquier contenidos basura.

    Se estima que la mayoría de casos de infidelidades han comenzado mediante las redes sociales, lo que ha convertido a esta herramienta en un aliado perfecto para quienes buscan ser infieles. Muchos  delitos han tenido su origen en el ciberespacio, tales como casos de estafa, extorsión y fraude hasta llegar a violaciones y homicidios.

    Adolescentes que creen que están chateando con personas de su edad, en realidad están relacionándose con adultos que buscan hacerles daño, manipularlos o aprovecharse de su carencia de criterio. También hay adultos que se creen al ciento por ciento todo lo que ven, escuchan y leen en el Internet. La ingenuidad es uno de los antivalores fortalecido en el mundo del ciberespacio.

    Los adolescentes son los más proclives de ser manipulados, debido a su incipiente experiencia, a su nivel natural de rebeldía y a su bisoña conciencia crítica, de tal manera que se creen casi todo y que suelen ser parte de modas pasajeras que en algunos se vuelven sincretismo confuso y los convierte en sujetos incapaces de diferenciar lo real de lo imaginario.

    Desde hace algunos días en el país se ha puesto de moda el “farmear aura” que es una desviación de la realidad devenida de las redes sociales, especialmente de tiktokeros que buscan ingenuos seguidores  para “monetizar”. A principios de año fue el peligroso mundo de los therians, cuando podíamos ver a cientos de adolescentes percibiéndose como animales y tratando de imitarlos. No solo fueron el “hazmerreir” sino también la preocupación de muchos. Se entiende que fue algo pasajero producto del mal uso de las redes sociales.

    “Farmaer aura”, literalmente significa realizar acciones cotidianas, gestos, poses o respuestas ingeniosas para acumular de manera simbólica carisma, seguridad y presencia ante los demás. Siendo así los jóvenes retan a otros de su edad para batallas en parque o lugares abiertos donde realizan una serie de poses ridículas y nada graciosas o nada originales para acumular puntos imaginarios de aura.

    Cuando nuestros hijos son adolescentes son prácticamente una esponja acumulando conocimientos y gustos. En este período todos los seres humanos vemos demasiado distante el futuro o las responsabilidades individuales que la sociedad nos demanda e impone. En la adolescencia no medimos consecuencias ni pensamos en ser parte de la solución o el desarrollo nacional, porque motivos por la rebeldía natural llegamos a pensar y creer que a nuestra corte edad, la razón está de nuestro lado.

    Por eso se hace imprescindible contar con el apoyo de nuestros guías, que generalmente suelen ser nuestros padres. Los padres de familia deben estar pendientes del uso de las redes sociales y le inteligencia artificial por parte de sus hijos. Los padres tenemos que ser los principales guías orientadores de nuestros hijos adolescentes y no dejarlos al libre albedrío del mundo de la Internet.

    En lo personal me da tristeza ver a padres de familia ser los principales fanáticos de sus hijos dedicados a “farmear aura”, incluso ya circulan vídeos de adultos en batallas de esta inútil moda. Es cierto que debemos acompañar a nuestros hijos en sus actividades, pero debemos fomentarles sanos esparcimientos. En la edad de la adolescencia los jóvenes, además de estudiar, deben practicar deportes, estar en clases de algún pasatiempo fructífero, ayudar en algunas tareas del hogar, ser serviciales en su comunidad o practicar alguna actividad positiva para su formación como próximos ciudadanos.

    Países con un nivel de desarrollo del primer mundo en sus respectivos sistemas educativos y con economías envidiables como Nueva Zelanda proyectan  prohibir que los adolescentes  hasta los 16 años tengan acceso a las redes sociales, precisamente para que situaciones coyunturales como los “therians” y los “farmeadores de aura” no idioticen a sus jóvenes. Antes que Nueva Zelanda ya lo habían prohibido Australia, Francia, Reino Unido (Inglaterra; Gales, Escocia e Irlanda del Norte), Malasia e Indonesia.

    La propuesta del gobierno neozelandés busca que algunas plataformas no sean del acceso juvenil  porque las redes sociales exponen a contenido nocivo, tecnología adictiva y presiones que no está preparados para enfrentar y afectan su vida familiar, salud metal, sueños y educación. Para ello instan a que Facebook cree mecanismos que permiten corroborar la edad de quienes abren cuentas, pero también impone un sistema de sanciones para los adultos que lo permitan.

    Otros países del Primer Mundo evalúan la misma posibilidad, que en las naciones de América Latina también habría que considerar. Tener acceso a redes sociales no necesariamente es sinónimo de desarrollo, si no se sabe usar esa herramienta maravillosa, que por ahora hace que muchos jóvenes crean que “farmear aura” es una “moda” de la cual se sienten orgullosos, aunque la escuela les importe un comino.

    *Jaime Ulises Marinero/Periodista

     

     

  • El Río Lempa en la encrucijada

    El Río Lempa en la encrucijada

    Durante décadas se ha sobrexplotado el recurso hídrico llamado río Lempa y su cuenca. Y esto, en el nuevo escenario climático mundial que se está haciendo patente, es muy probable que pase las facturas de esa sobrexplotación y también de las diversas y complejas dinámicas de contaminación que afectan al que se debería considerar sin eufemismos como El Gran Río.

    La visión miope en lo ambiental que El Salvador carga desde el siglo XIX y que a partir de la segunda mitad del siglo XX no ha hecho más que profundizarse, en los tiempos que corren constituye ya un elevado riesgo socio-ambiental.

    Hasta el día de hoy no se han tomado decisiones estratégicas en cuanto al río Lempa y su cuenca. ¿Qué se está esperando? ¿Llegar al borde del colapso? ¿O todo está bien en El Gran Río y solo se trata de asuntos de poca monta que casi por arte de magia se resolverán?

    Es importante meditar sobre estas preguntas, porque todo indica que la política y la economía, los dos filones que imponen su férula sobre los habitantes de esta lengua de tierra, por los datos existentes, ignoran por completo el desafío para la vida que comporta la situación en la que se encuentra El Gran Río.

    No es poca cosa lo que significa este recurso hídrico para el país y en particular para la Región Metropolitana de San Salvador (el Área Metropolitana de San Salvador ampliada).

    Según reportes del Ministerio de Medio Ambiente cerca del 70 % del agua que se consume en las áreas urbanas de San Salvador y sus alrededores proviene de El Gran Río. Y este dato debería constituir el acicate clave para reaccionar frente al estado crítico del río Lempa y su cuenca. Creer de forma ingenua que se está frente a un recurso ilimitado ha sido un grave error del que hay que desligarse cuanto antes.

    El impacto de El Gran Río sobre la vida urbana es decisivo, aunque la mayoría de las personas en el día a día no aprecie el discurrir de sus aguas. Cerca del 33% de la población total nacional que habita en la Región Metropolitana de San Salvador de una u otra forma ‘depende’ de El Gran Río. Pero la inconsciencia con respecto a esto es impresionante entre la vasta multitud salvadoreña.

    Y la cuestión eleva el riesgo si se considera la situación de los principales afluentes que desembocan en el Lempa. Dos deberían ser de enorme preocupación: el río Acelhuate y el río Sucio.

    El río Acelhuate, que atraviesa parte de la ciudad de San Salvador, desde hace un poco más de un siglo es el receptor de toda clase de desechos tóxicos.

    El río Sucio, nace en Jayaque, cruza Zapotitán, pasa por San Juan Opico y entronca con el Lempa. Y estudios más o menos recientes sugieren que la situación del río Sucio es muy grave porque recibe aguas residuales, productos químicos, plásticos y no hay nada ni nadie que pare esto. ¡Aunque existe una legislación ambiental desde hace años! Además de juzgados ambientales para atender tres regiones del país. Todo la imbricación urbano-rural que hay en la zona llamada valle San Andrés (la carretera ―y todo el entorno― que va desde el que fue El Poliedro hasta MOLSA antes de ingresar a Ciudad Arce), despacha sus residuos en el río Sucio. ¿Cuántas plantas de tratamiento hay en toda esa zona? ¿Y cuántos pozos de agua?

    Si se ve más de cerca la cuestión y se toma el lago Suchitlán (que no es otro que el embalse del Cerrón Grande, ‘generado’ a partir de 1974) como receptor de las aguas pútridas que van en el río Lempa, en el río Las Cañas, en el río Acelhuate, en el río Suquiapa, en el río Quezalepa… pues habría que decir que se está en una grave emergencia ambiental, pero que, como el avestruz, no se quiere asumir como tal.

    El Gran Río está contaminado desde que entra en El Salvador (nace en el oriente guatemalteco) y se va llenando de metales pesados ―cromo, cadmio, plomo, cobre, aluminio, zinc y níquel― en su recorrido dentro del territorio nacional, y todos los que son sus afluentes (Acelhuate, Suquiapa, Torola, Sucio…) también están contaminados. Es decir, el circuito de contaminación no puede ser más evidente.

    Hay varias decenas de estudios que se han realizado sobre el río Lempa y sus afluentes y, sin embargo, por razones que no puede decirse más que son ‘misteriosas’, estos hallazgos de investigación no han llevado a que se tomen las urgentes decisiones estratégicas que se requiere.

    Esto no es para el futuro, porque el futuro ya llegó.

    *Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones