Categoría: Opinión

  • Los profetas del despeñadero

    Los profetas del despeñadero

    El extraño ‘nuevo intento’ de atentar contra Donald Trump (si es que ese era el objetivo), amerita que se reflexione con cuidado.

    Trump, está claro, es solo un accidente en este proceso enrevesado y alucinado de llevar al planeta a un cuadro de desquiciamiento. Mañana, Vance, el actual vicepresidente, u otro personaje del fantasmagórico MAGA, podría tomar la estafeta y seguir desarrollando el libreto. Es lo de menos.

    Lo que hay detrás de todo esto es a lo que resulta necesario prestarle atención: la ‘fusión comercial’ de la industria militar con algunas de las empresas tecnológicas residentes en Silicon Valley.

    Muy pocos han analizado la fotografía del momento en que se realizó el juramento al ingresar a las fuerzas armadas norteamericanos de los representantes de Silicon Valley (Andrew Boz Bosworth, director de Tecnología de Meta y escudero de Mark Zuckerberg; Bob McGrew, exdirector de investigación de OpenAI y asesor en Thinking Machines Lab; Shyam Sankar, director de Tecnología de Palanti y Kevin Weil, director de Producto de OpenAI).

    En un mes fueron graduados como tenientes coroneles de la Reserva del Ejército de Estados Unidos, lo que a otros les lleva décadas… Parecen inocentes ‘patriotas’ tomando sus lugares en las trincheras, sin embargo, no es así: se trata de una convergencia de intereses corporativos donde cada quien pone lo suyo. ¡Las fieras olfateando la sangre fresca!

    Lo ocurrido en el hotel Washington Hilton, donde el 25 de abril se encontraba Donald Trump, es nada comparado con esta operación de fusión del complejo militar-industrial y las corporaciones tecnológicas. Sin embargo, por lo que se observa en las imágenes que han circulado segundos antes y después del ‘nuevo intento’ de atentado contra Trump al parecer  ni la seguridad del presidente (el Servicio Secreto) ni las otras agencias de seguridad ni las corporaciones tecnológicas (que dicen controlar a millones de personas en Estados Unidos y en todo el mundo por medio de Facebook, Instagram, X…) pudieron prever la incursión de Cole Tomas Allen, el supuesto tirador, en el hotel Washington Hilton.

    Si es verídico este ‘nuevo intento’ de atentar contra Trump (desconfiar de un mentiroso compulsivo como Trump no es apelar a teorías de la conspiración), en realidad todo ese dispositivo de seguridad que rodea al presidente norteamericano es una ruina.

    Por las imágenes que se han difundido, es posible observar lo siguiente: 1) el supuesto tirador contra Turmp (aunque se dice que hizo un único disparo a un oficial de seguridad, pero no a Trump, porque no accedió al salón donde se celebraba el cónclave con la prensa) pasó raudo frente a un control de seguridad y después de eso, se asegura, disparó; 2) Cole Tomas Allen se ‘tropezó’ (¿cómo?), pero no le dispararon aunque lo tuvieron a tiro; 3) cuando el escándalo llegó al salón donde se encontraba Trump (el supuesto tirador,  Cole Tomas Allen, de 31 años), lo que se distingue en las imágenes disponibles al público es curioso. En primer lugar, el Servicio Secreto, a quien primero evacuó es al vicepresidente Vance. En segundo lugar, la esposa de Trump, Melania, se metió debajo de una mesa. En tercer lugar, cuando los del Servicio Secreto llegaron por Trump, este estaba como alelado tratando de procesar la escena y hacía unos pocos segundos alguien había estado enseñándole algo en un papel (¿distrayéndolo?), lo levantaron de la silla y el señor casi octogenario se cayó al suelo, lo alzaron y se lo llevaron (después Trump dijo que él no se levantó porque observaba la escena, pero no es así, las imágenes lo contradicen).

    En verdad, se trata de hechos extraños que, por descontado, nadie va aclarar.

    Entonces, si la seguridad del presidente norteamericano es pura chapuza (¡Cole Tomas Allen era huésped del Washington Hilton!), en tanto que un ciudadano medio, harto del despelote que ha armado Donald Trump en Estados Unidos y en el mundo se decidió a ir tras el cordero, pues las cosas están muy mal en la potencia militar más poderosa en este momento.

    La situación para esta administración norteamericana es complicada, porque no solo ha decrecido la simpatía por Donald Trump y el Partido Republicano con elecciones a la vista en noviembre, sino que la economía corre el riesgo de ‘la destrucción de la demanda’, como consecuencia de la guerra contra Irán, en la que Estados Unidos lleva gastados por lo menos ¡25 000 millones de dólares!

    A los profetas del despeñadero les tiene sin cuidado los costos materiales y humanos que toda esta absurda guerra acarreará. Su mirada está puesta en las ganancias y en las utilidades que el desorden mundial genera.

    Y para blindar esto, los nuevos tenientes coroneles de Silicon Valley están allí

    *Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

     

  • ​El fútbol salvadoreño:  Entre el tráfico de influencias y el hambre del jugador

    ​El fútbol salvadoreño:  Entre el tráfico de influencias y el hambre del jugador

    El fútbol en El Salvador ha vivido durante décadas bajo una sombra espesa. Cuando no eran los escándalos de amaños que avergonzaron al país, eran los rumores pasilleros sobre cómo se conforman nuestras selecciones menores. Por años, el secreto a voces ha sido el mismo: que para que un joven llegue a ponerse la azul y blanco en categorías inferiores, a veces pesa más el «tráfico de influencias», el ser «hijo de» o el pago de favores, que el talento puro.

    ​Recientemente, el despido de un técnico de ligas menores bajo el rótulo de «faltas a la ética» nos recuerda que esos vicios siguen ahí, enquistados. Y aunque no se hagan públicos los detalles, los que hemos tenido hijos en estas ligas sabemos que el barro viene de lejos. Si el mérito se subasta o se transa por influencias, estamos matando el fútbol desde la raíz.

    ​Pero hay un problema más profundo y cruel del que poco se habla: el maltrato laboral. Se nos olvida que el futbolista es un empleado. Es un padre de familia que tiene facturas que no esperan. Es indignante ver cómo directivas y dueños de equipos deciden, unilateralmente, que no pagan porque «no hubo resultados».

    ​¿En qué otra profesión se acepta que si no «ganas el partido» no comes ese mes? A la distribuidora de energía, a la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) o al colegio de los hijos no se les puede decir: «espérenme diez días a que la directiva quiera pagar». El hambre no tiene calendario y las facturas no saben de tácticas de juego. Que los jugadores hoy se atrevan a denunciar estos impagos no es indisciplina; es el ejercicio mínimo de su dignidad frente a un sistema que los ha tratado como mercancía desechable.

    ​El cambio real que debe impulsar esta nueva gestión en la federación no solo es limpiar las finanzas, sino profesionalizar la vida del jugador. No podemos seguir obligando a nuestros jóvenes de 14 o 15 años a elegir entre el estudio o el balón. Esa dicotomía es una condena a la pobreza.

    ​La carrera del futbolista es corta, termina a los 30 o 34 años. Si no les permitimos formarse, si no adaptamos los entrenos para que saquen carreras universitarias, los estamos enviando directo al olvido o a la migración forzada. Ya hemos visto a grandes talentos, como los hermanos Corrales y tantos otros, terminar trabajando en Estados Unidos en oficios ajenos al deporte o sobreviviendo con pequeñas academias porque el sistema les cerró las puertas del conocimiento mientras les exigía sudar la camiseta.

    ​Sanear el fútbol salvadoreño no es solo ganar partidos con la mayor. Es erradicar el tráfico de influencias en las ligas menores, asegurar que el jugador reciba su salario a tiempo como cualquier trabajador y permitir que el atleta sea también un profesional académico.

    ​Yamil Bukele ha tomado las riendas en un momento crítico y es evidente que un par de meses no bastan para limpiar décadas de basura, pero el rumbo debe ser claro: ni un centavo más al corrupto, ni un día más de hambre para el jugador, y ni un joven más obligado a elegir entre su talento y su futuro.

  • León XIV golpea a Trump sin subirse al ring

    León XIV golpea a Trump sin subirse al ring

    “Viéndolo bien mirado”, como diría el mexicano Pedro Infante en una de sus canciones, tal vez solo un Papa esté en capacidad de hacer lo que León XIV ha hecho con el presidente de EE UU: golpearlo fuerte, sin siquiera haberse subido al mismo ring.

    Donald J. Trump es y ha sido siempre un bully, un acosador, alguien acostumbrado a abusar –al menos verbalmente– de quienes cree inferiores a él. En la historia de EE UU, pese a la personalidad volátil que tuvo Andrew Jackson (1829-1837) o el vigor avasallante que caracterizó a Teddy Roosevelt (1901-1909), nadie como el actual inquilino de la Casa Blanca había embadurnado con tanta superflua testosterona la agenda política, económica y social del país más poderoso de la tierra.

    Es posible que muchos de quienes hoy apoyan a ojos cerrados a Trump un día lleguen a preguntarse, con honestidad intelectual, cómo pudieron ser capaces de creer y seguir a alguien con estos rasgos patológicos tan marcados. Y acaso suceda, como en su día ocurrió con el régimen de Adolf Hitler, que ciertos líderes del espíritu –de la talla del pastor protestante Dietrich Bonhoeffer (1909-1945), asesinado por los nazis– nos ayuden a reflexionar sobre las razones que llevaron a tantas personas a apoyar, hasta sus últimas consecuencias, un movimiento político tan claramente antidemocrático como el trumpismo.

    Mientras ese día llega, sin embargo, quienes defendemos principios de libertad debemos insistir en señalar el tipo de conflictos que Trump ha ido desatando, para bien y para mal, en este su controversial segundo mandato. Es evidente, por ejemplo, que extraer a Nicolás Maduro o presionar a la tiranía castrista son medidas que muchos esperábamos desde hacía tiempo. La caída de ambas dictaduras, si en verdad se quiere lo mejor para venezolanos y cubanos, es deseable casi desde cualquier ángulo.

    El problema con el presidente de EE UU es que no termina de cerrar los ciclos que inicia. La libertad se vislumbra –cómo no– en las patrias de Bolívar y Martí, ofreciendo esperanza, pero los días pasan sin que el chavismo inicie oficialmente su retiro definitivo o que el castrismo empiece a abandonar el poder.

    Los innecesarios alargues de Washington solo producirán frustración y agotamiento, pues la falta de avances reales termina siendo contraproducente cuando se tiene a una ciudadanía opositora sufriendo desde hace décadas. Paradójicamente, los alzamientos populares que Trump quiere ver en las calles de Teherán no los ha exigido igual en Caracas, y jugar con estas expectativas demuestra cuán lejos se encuentra Washington de los anhelos liberales de esos países que interviene.

    La situación de Irán ya lo hemos comentado ampliamente en esta columna. Se trata de un despropósito mayúsculo en un momento inadecuado. Por supuesto que era importante poner fin a la carrera nuclear chiita y debilitar a un régimen tan despiadado, pero atacar a los ayatolás de la manera en que se ha hecho, sin una estrategia de corto y mediano plazo y sin medir las consecuencias para el resto del mundo, amenaza con convertirse en el peor error de la era Trump.

    Cualquiera entiende que abrir más frentes de combate es lo que menos necesita la Casa Blanca en estos momentos; pero pareciera que el presidente tiene el secreto propósito de pelearse con la mitad del planeta. Y así, quizá por las mismas razones psicológicas esbozadas arriba, alguien en Washington creyó una buena idea insultar al Papa, líder espiritual de casi 1.500 millones de personas.

    “Dios no bendice ningún conflicto”, había escrito León XIV en su cuenta de X a principios de abril, justo al inicio de la Pascua, saliendo al paso de posibles confusiones generadas por ciertos funcionarios republicanos que aludían a la doctrina católica de la “guerra justa” para justificar los ataques a Irán. “Quien sea discípulo de Cristo, Príncipe de la Paz, jamás estará del lado de aquellos que una vez empuñaron la espada y hoy lanzan bombas”.

    Palabras demasiado directas para el frágil ego de Trump, que, fiel a su estilo, respondió de la única forma que sabe: con ofensas personales y olvidándose del fondo de la cuestión. Acusó al pontífice de “débil en materia de delincuencia” y de ser “terrible en política exterior”, le colocó delante de una disyuntiva falsa –“No quiero un papa que piense que está bien que Irán tenga un arma nuclear”– y aludió a que León era complaciente “con la izquierda radical”. Una andanada, en fin, de necedades.

    ¿Cómo respondió el Vicario de Cristo? Con su habitual serenidad y hasta una dosis de gracia. Recordó al mandatario, compatriota suyo, que la labor que ejerce al frente de la Iglesia no es política –en el sentido en que suele entenderse el término–, que iba a continuar pronunciándose “con fuerza” contra la guerra y que no le animaba ninguna intención de “entrar en un debate” con Trump, de cuya administración dijo no albergar temores. “Demasiadas personas están sufriendo en el mundo”, concluyó, restándole importancia al cruce de posturas. Suficiente.

    Una reacción controlada frente a una arremetida descontrolada es la mejor forma de golpear a un matón sin ingresar al perímetro de su cuadrilátero. El daño que se causa a sí mismo el presidente norteamericano, arremetiendo contra León XIV, ya se refleja en las encuestas y tendrá sus efectos electorales en noviembre. Pero la historia ofrecerá, como es habitual, el mejor veredicto… y no creo que quien termine en la lona sea el Papa.

  • Justicia y verdad para las víctimas de las pandillas criminales en los macrojuicios 

    Justicia y verdad para las víctimas de las pandillas criminales en los macrojuicios 

    Por años, en el escenario del drama penal, el protagonismo fue casi exclusivamente al victimario. El delincuente, con su parafernalia de violencia y poder, ha secuestrado no solo la paz social, sino también la narrativa de la justicia. Sin embargo, como bien hemos sostenido en la tradición de la victimología, la verdadera medida de una sociedad no se encuentra en la severidad de sus prisiones, sino en la capacidad de mirar a los ojos a quienes sufrieron el daño y devolverles su dignidad, el no fallarles.

    El Salvador desarrolla durante este año 2026 las audiencias únicas abiertas que ya son varias en diferentes tribunales especializados. La apertura de la audiencia única abierta contra la estructura de mando de la MS-13, desde sus cabecillas hasta sus mandos medios, por crímenes cometidos en el decenio de 2012 a 2022, no debemos comentarlo como un trámite procesal más; es un acto de exhumación de la verdad, de crímenes atroces contra la sociedad salvadoreña en especial para los sectores más vulnerables en comunidades, cantones, caseríos entre ellos la micro y pequeña empresa.

    Desde la perspectiva criminológica, la víctima ha sido, históricamente, el «invitado de piedra» en el proceso penal. Durante la década en cuestión, miles de salvadoreños vivieron bajo un régimen de terror donde la denuncia era una sentencia de muerte. Ese silencio forzado constituye en parte lo que denominamos victimización secundaria: el Estado no pudo protegerles y el sistema les condenó al anonimato, incluso al olvido.

    Visibilizar a las víctimas en este macroproceso contra la MS-13 es fundamental por la ruptura del estigma, ya que, durante años, se intentó criminalizar a las comunidades enteras bajo el control de pandillas. Darle rostro a la víctima permite diferenciar al ciudadano vulnerable del actor criminal, rompiendo el ciclo de prejuicios que les cometía otra victimización a los sectores más pobres. Estas audiencias en mi opinión deben servir para reconstruir el itinerario criminal de la pandilla. No basta con saber «quién mató», sino «cómo» se estructuró un sistema de victimización sistemática que incluyó entre otros homicidios, desapariciones, extorsiones, violaciones sexuales y desplazamientos forzados internos y externos entre 2012 y 2022 al menos en este proceso que se desarrolla en varios centros penitenciarios del país siendo el centro de atención el CECOT.

    Para una madre que buscó a su hijo durante diez años, ver al cabecilla en el banquillo de los imputados por crímenes que dañan a la humanidad no sirve de consuelo; es la validación estatal de su dolor y de conocer a dónde se encuentran esas fosas clandestinas. Estamos ante un fenómeno de macrocriminalidad. Los delitos imputados no son hechos aislados, sino parte de una política de grupo criminal terrorista. Por ello, la victimología moderna nos exige que este proceso no se agote en la condena punitiva. La visibilidad es el primer paso hacia una reparación integral.

    Si el proceso penal solo se enfoca en castigar al imputado, habremos cumplido con el Derecho Penal, pero habremos fracasado con la Criminología y Victimología. Es imperativo que esta y otras audiencias únicas abiertas permitan que los relatos de las víctimas permeen la conciencia colectiva. Solo así el «nunca más» dejará de ser una consigna para convertirse en una realidad estructural.

    Como profesional del control social y el estudio del crimen, observo con rigor este avance, lo sigo, lo estoy midiendo. El Salvador tiene la oportunidad de transitar de una «justicia del espectáculo» que se desarrolló en ese mismo periodo donde no se les abrieron las causas, por el contrario, hubo impunidad, a una justicia de la memoria. Visibilizar a las víctimas de la MS-13 es la única vía para sanar y restaurar el tejido social. Sin ellas, el juicio es solo un expediente; con ellas, es un acto de redención nacional.

    La justicia que llega tarde sigue siendo justicia, pero solo si es capaz de recordar los nombres de aquellos a quienes el terror intentó borrar y hacerles invisibles por siempre. Es momento que ya no podemos continuar retrasando que el sistema de justicia y penal deje de ser un monólogo sobre el delincuente con todas las garantías para protegerle, y se convierta en un momento de sanidad y restauración para las víctimas de las pandillas. Los cabecillas de la MS13 pensaron que sus graves crímenes de ese período seguirían en la impunidad, pero por fin llego el momento de la justicia, queda esperar la sentencia de esta macrojuicio.

    *Por Ricardo Sosa / Doctor en Criminología / Egresado doctorado en Justicia Criminal / @jricardososa 

  • La protección de datos en la era digital: del derecho a la responsabilidad

    La protección de datos en la era digital: del derecho a la responsabilidad

    Millones de personas publican -a diario- aspectos de su vida privada en redes sociales, aceptan condiciones de uso sin leerlas, permiten el rastreo de su actividad en buscadores y aplicaciones, y proporcionan datos sensibles a cambio de servicios aparentemente gratuitos. Los pagos digitales, la banca en línea y los trámites por internet se han convertido en fuentes constantes de cesión de datos. La huella digital que cada individuo deja tras de sí no es solo extensa, sino también profunda: permite reconstruir hábitos, preferencias, relaciones e incluso estados emocionales.

    La protección de datos —información personal, cuentas bancarias, historial médico, hábitos, etc.— es hoy un tema especialmente sensible y objeto de creciente reflexión jurídica, en la medida en que obliga a replantear qué pertenece al ámbito de lo público y qué debe permanecer en lo privado.

    En las últimas décadas se ha producido un cambio profundo en la forma de entender la intimidad. Tradicionalmente, el derecho a la vida privada se concebía como un espacio de reserva frente a injerencias externas: cada persona tenía derecho a impedir que otros accedieran a su ámbito personal sin su consentimiento. Sin embargo, la irrupción de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial ha transformado radicalmente este escenario.

    En respuesta a esta transformación, el derecho a la protección de datos personales ha sido reconocido en diversas legislaciones como una forma de garantizar el control sobre la propia información. En principio, cada individuo debería poder decidir qué datos proporciona, a quién, con qué finalidad y durante cuánto tiempo. Este derecho incluye también la posibilidad de acceder a esa información, rectificarla o eliminarla. Se trata, por tanto, de un derecho personal que, aunque deriva de la intimidad, adquiere una dimensión nueva.

    Sin embargo, este avance jurídico convive con una paradoja inquietante: nunca antes los individuos han compartido tanta información de forma voluntaria.

    La aparición de la inteligencia artificial intensifica aún más este desafío. A diferencia de tecnologías anteriores, la IA no solo almacena información, sino que es capaz de analizarla, relacionarla e inferir nuevos datos a partir de ella. El trabajo de filtrar y procesar información, que antes recaía en personas, ha sido asumido por sistemas automatizados. Esto implica que incluso datos aparentemente inocuos pueden revelar aspectos muy significativos de una persona. Las conversaciones, las búsquedas y los patrones de uso se convierten así en materia prima para la construcción de perfiles cada vez más precisos.

    Esta exposición masiva no es casual, sino estructural. Responde a un ecosistema digital diseñado para fomentar la participación constante. Las plataformas recompensan la visibilidad con reconocimiento social, mientras que la inmediatez reduce los espacios de reflexión. En este contexto, el consentimiento, aunque formalmente presente, suele ser débil, cuando no meramente ficticio.

    Cabe entonces preguntarse: ¿tiene sentido seguir hablando de un derecho fundamental a la protección de datos cuando somos nosotros mismos quienes, en gran medida y muchas veces sin plena conciencia, cedemos nuestra información? La respuesta es afirmativa, pero el enfoque debe matizarse. Este derecho sigue siendo imprescindible como límite frente a abusos y como garantía ante el poder de empresas y Estados. Sin él, el individuo quedaría completamente expuesto.

    Ante este panorama, resulta imprescindible promover una verdadera cultura de la intimidad. La libertad en el entorno digital no consiste en compartir sin límites, sino en hacerlo con criterio. La protección de datos, en última instancia, no es solo un derecho que se ejerce frente a otros, sino una responsabilidad que cada individuo asume respecto de sí mismo.

    Conviene, por tanto, revalorizar el concepto de intimidad en un mundo hiperconectado. Cada acción digital deja una huella y contribuye a configurar quiénes somos. El simple gesto de hacer clic no es neutral: tiene una dimensión moral. El riesgo ya no es solo la posible invasión de la privacidad, sino la progresiva pérdida de la interioridad. Porque quien lo expone todo hacia afuera, termina, poco a poco, por vaciarse por dentro.

    El problema, por tanto, ya no es únicamente jurídico, sino también antropológico. La protección legal, siendo necesaria, resulta insuficiente si no va acompañada de una toma de conciencia personal. Existe una dimensión ética de la intimidad que no puede ser delegada en la ley. Proteger los datos personales no consiste únicamente en exigir derechos, sino también en ejercer un criterio prudente sobre lo que se comparte. En este sentido, la intimidad deja de ser solo una obligación de los Estados y pasa a convertirse en una forma de autogobierno. No se trata de ocultarse, sino de decidir conscientemente qué aspectos de la vida deben permanecer en el ámbito personal.

    *El padre Fernando Armas Faris es sacerdote y Doctor en Filosofía 

  • ¿Para qué estudiar en la Universidad?

    ¿Para qué estudiar en la Universidad?

    Mientras muchos jóvenes anhelan estudiar una carrera universitaria, otros se desencantan y comentan que estudiar una carrera universitaria ya no vale la pena. Sin embargo, nos hacemos una interrogante que nunca pasará de moda: ¿Podrá la humanidad vivir sin profesionales?

    En publicación en La Prensa Gráfica (3 de enero de 2024) comenté: Estudiar permite entrar a oportunidades laborales, ayuda al ser humano a tener mejores relaciones humanas y comunicativas, se logra potenciar las habilidades técnicas e intelectuales. En sí, estudiar no solo sirve para tener estabilidad económica, sirve para lograr desarrollar la variedad de inteligencias múltiples.

    En todos los países, sean o no desarrollados, siempre habrá profesionales que lograron encontrar el éxito a través de una carrera universitaria. No se estancaron; la misma vida les dijo que buscaran otras oportunidades o que se hicieran emprendedores.

    La inteligencia artificial está haciendo que algunas carreras universitarias ya no tengan el mismo auge; aunque, eso no quiere decir que las universidades desaparecerán. Es importante que las universidades sigan realizando transformaciones en su currículo. Que innoven e incorporen carreras universitarias acordes a la realidad global.

    Según Oscar Picardo Joao, “de cada 10 niños que terminan sexto grado, solo cuatro terminan bachillerato, solo dos ingresan a la universidad y solo uno se gradúa de la universidad”. Es un privilegio, un honor, el que logra inscribirse en una universidad. Más, si logra graduarse y poner en práctica todo lo aprendido.

    Siempre se los he dicho a mis alumnos: la universidad les ayuda a cultivar el pensamiento crítico, a aportar nuevos conocimientos; les ayuda a cimentar su vida como profesional. Sin profesionales una nación no avanza hacia el desarrollo.

    Hay muchos distractores y personas con pensamiento retrógrados que manifiestan que estudiar en la universidad es una pérdida de tiempo; que ahora se gana más siendo influencer, tiktoker o youtuber. Siempre tendremos a personas con esas ideas. También hay muchos profesionales en el mundo de los influencers (llámese emprendimiento).

    A través de la historia, las universidades han sido la piedra angular para que muchos jóvenes logren cumplir sus sueños y sean útiles en la sociedad. Ser profesional no es para todos; se necesita agalla, esfuerzo y dedicación para cumplir la meta: graduarse.

    En las universidades también se inscriben muchos jóvenes que no culminan su carrera universitaria. Eso no quiere decir que son fracasados. Algo útil aprendieron. Todo lo que se aprende en la vida nunca se olvida.

    Aclaro, no todos los jóvenes (…) tienen la oportunidad de estudiar en la universidad, razones hay muchas, especialmente la económica. Aunque se evidencia, según estadísticas, que la mayoría de estudiantes universitarios también tienen una plaza laboral. Con ese trabajo pagan su carrera universitaria.

    En otro contexto, ya he recomendado que los recintos universitarios que se encuentran en la Universidad de El Salvador, edificios que están en desuso, pudieran ser refugio de estudiantes de escasos recursos económicos. Las autoridades deberían acomodar las habitaciones para que muchos jóvenes tengan techo y puedan estudiar en la única universidad pública del país. Muchos sueños se truncan al no proporcionar oportunidades.

    Es importante estudiar en la universidad; ya que, se logra salir adelante, se empodera el grupo familiar y un país tiene mejor visualización de progresar con profesionales comprometidos en forjar una mejor nación. En algún lugar del planeta, un joven está estudiando una carrera universitaria en modalidad presencial o virtual. Su destino lo ha escogido. Otros se encaminarán a llevar a cabo otras actividades o trabajos en la vida. Cada ser humano labra su propio destino.

    El que estudió y triunfó podrá contestarse la interrogante de este artículo; el que no lo hizo también debe preguntarse cuál es la importancia de estudiar en la universidad. Eso sí, tener un título a veces no es garantía total de triunfos.

    * Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

  • Marranos

    Marranos

    Al vivir en México una especie de autoexilio desde el 31 de octubre de 1983 hasta el 5 de enero de 1992, se me abrió un mundo lleno de nuevas e importantes experiencias. Además de la solidaridad recibida y las amistades cultivadas en un país en el cual los derechos humanos valían “del esmog para arriba” ‒en palabras de un salvadoreño pionero en su defensa dentro de El Salvador‒ descubrí sabores, olores y lugares; me metí en la academia y la investigación; disfruté del arte y la cultura como nunca siendo flechado por su literatura, pintura y música. Dentro de este último ámbito conocí artistas entonces emergentes, como Armando Rosas y la Camerata Rupestre; de quienes ya tenían cartel, entre algunos nombres, puedo mencionar a Los Folcloristas y Tania Libertad. Ambos ensambles musicales y la solista peruana mexicana, participaron solidariamente en algunos de los eventos públicos que organizamos cada noviembre en el Centro “Fray Francisco de Vitoria”.

    Asimismo, tuve la suerte de que la oficina de dicho organismo perteneciente a los frailes dominicos estuviera ubicada en el Centro Universitario Cultural que se encontraba ‒pasaje de por medio‒ contiguo a la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México. ¿Por qué la suerte? Pues porque cerca del edificio de los religiosos aludidos había dos librerías de vanguardia, famosas en aquella época: la “Gandhi” y la “Salvador Allende”. No recuerdo en cual encontré un casete imperdible cuyas rolas eran parte del primer disco de “El Personal”, grupo surgido en Guadalajara durante la segunda mitad de la década de 1980. Al día de hoy se asegura que “sigue siendo la banda de culto que marcó la escena local y nacional desde entonces, con una historia llena de mitos y leyendas marcadas por éxitos musicales como ‘No me hallo’ y ‘La tapatía’”.

    Pero no son ese par de canciones las que me interesa traer a cuenta, sino una titulada con la primera de sus frases. “Nosotros somos los marranos”, dice y continúa así: “nos divertimos como enanos; nosotros somos los cochinos, nos divertimos como chinos”. Luego se escucha lo central de su mensaje sarcástico. “Hay que acabar con esta tierra, ¡sí!, desde la playa hasta la sierra, ¡sí!; hay que acabar con el ambiente, ¡sí!, para que vean lo que se siente, ¡sí!”.

    ¿A cuenta de qué esta ocurrencia? Pues porque recién se conmemoró, precisamente, el Día Mundial de la Tierra que desde el 21 de diciembre del 2009 quedó establecido por la Organización de las Naciones Unidas. Y acá, en este paisito, la tierra nunca se ha protegido adecuadamente; tampoco se ha repartido justamente. Pero ahora, las cosas van para peor. Siendo arzobispo de San Salvador, monseñor Romero se refirió ‒en su homilía del 11 de marzo de 1979‒ al “gran problema ecológico”. Y pidió cuidar “que no se siga empobreciendo y muriendo nuestra naturaleza”. Años después, el 24 de mayo del 2015, el papa Francisco publicó su encíclica denominada “Alabado seas” que finalizó con una oración al “Dios de amor”, rogándole iluminar “a los dueños del poder y del dinero para que se guarden del pecado de la indiferencia, amen el bien común, promuevan a los débiles y cuiden este mundo que habitamos”.

    Pero, ¿por qué afirmo que la situación ha empeorado? Pues porque están por cumplirse siete años desde aquel 10 de junio del 2019; entonces, Nayib Bukele le ordenó públicamente a su ministro de Medio Ambiente y Recursos Naturales –su “compañerito” de bachillerato, Fernando López– agilizar el proceso para tramitar y emitir los permisos ambientales requeridos en el ámbito de la construcción. Ese fue el banderazo de salida oficial para que, junto a otras medidas y diversos estímulos para la inversión privada, comenzara la loca carrera por agravar la crisis en nuestro terruño.

    Ello pese a que el mentado López sostuvo en diciembre del mismo año ‒durante un evento organizado por el Sistema de Integración Centroamericana (SICA)‒ que El Salvador experimentaba “una degradación ambiental determinada por la deforestación, el deterioro de los suelos, el desarrollo territorial desordenado, la inseguridad hídrica y la alteración climática”. Pero la orden ya estaba dada y en casi siete años hemos visto cómo se erigen altas torres para oficinas y apartamentos; también cómo proliferan colonias construidas hasta encima de lava volcánica.

    Y al ver lo que ha venido ocurriendo desde hace décadas en la finca El Espino, agudizado durante la administración Bukele, volvamos a la referida rola de “El Personal” cuando sus integrantes corean que “hay que acabar con las especies, ¡sí!, con las aves y los peces, ¡ajá!, ¡sí!; que ya no quede nada vivo, ¡no!, el bosque es nuestro enemigo… ¡ay, ay, ay, ay!”.

     

  • Seis meses presos por una estupidez de fanáticos

    Seis meses presos por una estupidez de fanáticos

    Un juicio o procedimiento abreviado se realiza cuando la parte acusada está dispuesta a declarase culpable o aceptar los cargos para recibir como condena la pena mínima o una reducción de la pena,  la cual es acordada con la Fiscalía General de la República y avalada por el tribunal que realiza el referido juicio. Desde luego esto está regulado en el Código Procesal Penal y el aceptar la culpabilidad debe estar sustentado por pruebas periféricas en un debido proceso.

    El lunes pasado, después de seis meses, el Juzgado de Instrucción de San Juan Opico, La Libertad, llevó a cabo la audiencia preliminar en la que autorizó y realizó el juicio abreviado contra doce aficionados fanáticos del Alianza F. C. por el delito de desórdenes públicos agravados y les impuso una condena de dos años de prisión sustituidos por trabajos de utilidad pública. Por el delito de daños agravados, los acusados (o mejor dicho, sus familiares) conciliaron con el dueño del autobús y pagaron el costo de los daños causados.

    Las jornadas de utilidad pública y otras medidas sustitutivas serán determinadas por un Juzgado de Vigilancia Penitenciaria y Ejecución de la Pena de Santa Tecla, que entre otras medidas puede imponerles la prohibición de asistir a un estadio de fútbol.  Contra otros dos procesados el juicio se realizará el lunes próximo.

    Resulta que la tarde del sábado 25 de octubre del año pasado  un grupo de fanáticos del Alianza, algunos en estado de ebriedad, atacó con piedras un autobús en el cual se dirigía aficionados del FAS hacia el Estadio Oscar Quiteño de Santa Ana donde se desarrolló en horas de la noche el partido entra FAS y Alianza. El hecho ocurrió en la carretera a Santa Ana, cerca del desvío a San Juan Opico.

    Algunas de las víctimas captaron videos de los hechos y de los atacantes. Instantes después la Policía Nacional Civil (PNC) capturó a 20 sospechosos de desórdenes públicos y de haber perpetrado el ataque contra los aficionados fasistas y los daños materiales contra el autobús. Todos los detenidos fueron presentados como los responsables de los delitos, sin embargo, solo contra 14 de ellos se requirió en los tribunales; es decir que seis fueron detenidos injustamente y presentados ante la sociedad salvadoreña como delincuentes. Luego fueron liberados.

    Estos doce fanáticos se pasaron seis meses presos por una actitud imbécil. De manera estúpida e intolerante atacaron a aficionados rivales poniendo en riesgo a mujeres y niños que se transportaban en el autobús atacado. Afortunadamente nadie respondió al ataque porque si la situación hubiera avanzado en violencia quizás hasta muertos se hubieran contabilizado.

    Esos seis meses presos fueron una tonta e innecesaria experiencia. Ojalá les haya servido de lección para saber alejarse de los problemas propios de su conducta. La intolerancia ni las matonerías llevan a nada bueno. Esta vez terminaron presos y han tenido la suerte de recibir una condena mínima, la próxima vez pueden terminar con una condena mayor o resultar con consecuencias irreversibles… dolorosas.

    Algunos de los doce condenados perdieron sus trabajos e hicieron gastar a sus familias en el pago de abogados, sin contar la angustia que vivían sus padres, madres, hermanos, hijos, esposas y demás seres queridos. Con su mala conducta solo demostraron que poco o nada les importa los demás. Ojalá que el Juzgado de Vigilancia Penitenciaria y Ejecución de la Pena también les imponga el sometimiento a un proceso de adaptación social a través de cursos con especialistas.

    Por su parte la Federación Salvadoreña de Futbol (FESFUT) debe, con la condena en mano, prohibir de por vida o por varios años, el ingreso a los estadios de fútbol a las personas condenadas, mientras que los equipos “profesionales” de las ligas salvadoreñas debe cortar cualquier vínculo con las barras de aficionados y ellos por su cuenta crear una especie de base de datos donde se registre a los fanáticos problemáticos, ya sea para prohibirles su ingreso o para mantener un estricto control sobre ellos.

    Las responsabilidades son individuales, pero los equipos, las ligas y la FESFUT deben poner coto a estas situaciones, con decisiones y acciones rígidas y legales. Ya no es posible que a ciertos juegos se les nomine como de “alto riesgo” porque sus “aficiones” se odian y casi siempre hay desórdenes dentro de los estadios, en sus alrededores o en las carreteras.

    Se sabe de directivas de equipos que les dan dinero para la compra de pólvora, para las entradas y hasta para transportarse. Algunas de esas “aficiones organizadas” son dañinas para el mismo equipo y para el fútbol en general. Nuestro fútbol es malo, a nivel de selección nacional estamos entre el abismo y el fondo. Nuestra primera división es pésima y aburrida y poco a poco los estadios se van quedando solos por lo malo de nuestros equipos y porque acudir a un estadio es exponerse a la barbarie de algunos pseudo aficionados violentos.

    Recientemente un bolerito,  de unos 10 o 12 años de edad, del Alianza F. C. fue exhibido mostrando una conducta violenta contra jugadores rivales. Los aficionados en general en las redes sociales atacaron al menor de edad, la FESFUT y Alianza anunciaron que el recoge bolas quedaba vetado, pero no hubo ninguna instancia que ofreciera darle tratamiento psicológico al menor. Hubo atrevidos que hasta pidieron que al menor lo llevaran directo al Centro e Confinamiento de Terrorismo (CECOT), otros inventaron historias del contexto del menor. A gritos quedó evidenciado que el “muchachito” lo que necesita es apoyo profesional especializado, como muchos niños y adolescentes salvadoreños.

    Así como el bolerito hay muchos aficionados que requieren ayuda.  Los equipos, la liga y la FESFUT pueden hacer mucho para aminorar o desaparecer la violencia alrededor del fútbol. No basta con plena seguridad, sí no se genera conciencia de lo que representa ser un verdadero aficionado y un ser tolerante y respetuoso de los demás.

    *Jaime Ulises Marinero, periodista

     

     

  • ​El negocio de perder

    ​El negocio de perder

    ​En política, cuando el error se vuelve crónico y el fracaso es previsible, dejamos de hablar de incapacidad para hablar de diseño. Tras siete años de un oficialismo que cabalga sobre una seguridad aprobada por las mayorías, la oposición insiste en atacar el único flanco donde no puede ganar, mientras ignora el hambre que empieza a asomarse en las mesas salvadoreñas. Esta desconexión no es un accidente; es el síntoma de una «oposición de alquiler» que ha decidido que es más seguro —y más barato— ser un extra en la película del poder que el protagonista de una alternativa real.

    ​Resulta insultante para la inteligencia del ciudadano que, mientras la preocupación nacional se ha desplazado de las maras al costo de la vida, las cúpulas opositoras sigan disparando salvas a un muro de concreto. Mientras la gente se pregunta cómo llegará a fin de mes, ellos recitan un guion que ya perdió tres elecciones consecutivas. La torpeza tiene un límite; el cinismo, al parecer, no.

    ​Para entender el desastre que se perfila hacia 2027, hay que mirar el ridículo de 2024. En lugar de apostarle con todo a la Asamblea Legislativa para intentar frenar el poder absoluto, se empecinaron en una aventura presidencial condenada al fracaso. Sabían que perderían, pero su participación solo sirvió para legitimar la reelección de Bukele ante los ojos del mundo.

    ​Fue un suicidio asistido por el ego. Vimos cómo los actores, incapaces de construir una plataforma conjunta con una agenda mínima, se metieron zancadilla ellos mismos. No buscaban ganar; buscaban asegurar magistrados en el Tribunal Supremo Electoral (TSE) y las migajas de la deuda política para que el «negocio» del partido no quebrara.

    ​​Hoy hablan de fraude y de falta de garantías, pero en 2024 tenían magistrados sentados en el Tribunal. Y ahora, de cara a 2027, vuelven a tener representantes que supuestamente los defienden. Si de verdad sospechan de ellos, si creen que el sistema está podrido, ¿por qué no los desconocen de una vez?

    ​La respuesta es simple: no tienen el valor ni la determinación para hacer el vacío, para retirarse y dejar al oficialismo solo con su espejo. Eso requeriría principios, no intereses. Prefieren participar en una farsa que denunciar el sistema desde afuera, porque estar afuera significa perder el sueldo, la oficina y la relevancia de papel.

    Mantengo mi tesis: a esta oposición le pagan para no ser opción. Se han convertido en el sparring perfecto; están ahí para recibir los golpes y validar el juego democrático en papel, pero con la instrucción de no representar una amenaza real. Bukele gana porque tiene popularidad, sí, pero sobre todo porque enfrente no tiene oponentes dignos, sino una colección de gerentes de la derrota que prefieren una silla pequeña en el banquete del poder que una lucha real en la calle.

  • La Isla de Corcho

    La Isla de Corcho

    En 1936, el economista, ensayista y último embajador de la etapa constitucional cubana,1952, en Estados Unidos, Luis Machado y Ortega, publicó un libro cuyo título bautiza esta columna, en el que afirmaba que Cuba era insumergible porque a pesar de las tropelías de sus gobernantes, no se hundía, una expresión que también manejó el coronel de nuestra guerra de independencia, el ítalo-cubano, Orestes Ferrara.

    Estos dos republicanos esgrimían una verdad incuestionable porque quien estudie la historia de la Cuba republicana, 1959, con espíritu crítico, puede apreciar que, aunque en todos los gobiernos se cometieron infinidad de abusos y despojos, el país siempre avanzaba a mejores condiciones de vida.

    Cuba soportó más de un depredador a través de su historia republicana, sin embargo, los hermanos Castro quienes más promesas hicieran y más esperanzas despertaran en la ciudadanía, han sido, con mucho, los más destructivo de todos nuestros gobernantes.

    Fidel y Raúl han puesto al país en condiciones más que calamitosas, al extremo, que la Isla ha perdido su condición de corcho y se encuentra al borde de una inmersión absoluta, sin probabilidad de resurgimiento.

    Por décadas el sistema castrista ha pretendido justificar sus desatinos denunciando un bloqueo que no existe, realmente, es un embargo comercial repleto de salvedades que permite al mismo país que lo impuso exportar a la Isla en el 2024, 585 millones de dólares casi un 45 por ciento más que en el 2023, aun más, bajo el gobierno del presidente Donald Trump, muchos más critico del totalitarismo que su predecesor, las exportaciones se incrementaron un 15% en los primeros nueve meses de 2025.

    El embargo no le impide a Cuba importar las medicinas y alimentos que requiera la población, solo, que rigurosamente tiene que pagarlos como cualquier otro comprador. Cierto que el castrismo no cuenta con recursos para poder satisfacer las necesidades del pueblo que desgobierna, pero es su ineficiencia, no responsabilidad de terceros.

    No obstante, el lastre más pesado que sumerge la Isla no es el embargo, sino las regulaciones impuestas a la población en general, en particular, a los individuos que cuentan con capacidad y voluntad para producir riquezas.

    Los potenciales empresarios cubanos son malogrados antes de que puedan actuar como tales. Las regulaciones dictadas por el estado totalitario y el miedo de la clase gobernante a que los ciudadanos tengan independencia económica impiden que en el país pueda desarrollarse una actividad productiva eficiente, que satisfaga las necesidades de los pobladores.

    El sector más lastrado económicamente ha sido el agrícola. Cuba posee tierras muy fértiles, el país antes del totalitarismo se auto abastecía de la mayoría de los rublos del agro y exportaba otros como hortalizas y frutas, entre las que se destacaban tomates, pepinos, piñas y plátanos, además enviaba al exterior ganado bovino y era el principal exportador del mundo de azúcar de caña.

    La industria ganadera cubana está al igual que la azucarera, en total bancarrota, por tanto, hay que preguntarse, ¿qué pasó que estas dos columnas de nuestra economía han dejado de existir?  Será  que el campesinado cubano y los que industrializaban esa parte de nuestra economía eran agentes del algún imperialismo extranjero que conspira contra el sistema y conducido a la población al borde de la hambruna.

    El presente de los cubanos es aterrador les falta comida, medicina, atención médica, fluido eléctrico y agua, los campos se han quedado sin bosques y las ciudades parecen haber estado sometidas a un ataque nuclear, por suerte, el totalitarismo no ha sido capaz de eliminar el oxígeno, sino, la población habría muerto por asfixia.

    Dr. Luis Machado y Ortega, nuestra Isla de Corcho se está hundiendo. Cuba flotó con los imperfectos generales y doctores de nuestra quebrantada República y aunque ninguno de ellos pudo hundirla, dos delincuentes que incursionaron en la política, si lo están logrando.

    Usted escribió, “ni los cataclismos geológicos de la naturaleza, ni los errores y disparates de nuestros políticos, ni el egoísmo y la miopía de nuestros comerciantes pueden acabar con esta tierra prodigiosa a quien tan acertada y gráficamente se ha denominado la Isla de Corcho del Caribe”, desgraciadamente, no nos advirtió sobre forajidos como Fidel y Raúl Castro, quienes junto a sus sicarios han hundido virtualmente a su otrora Isla de Corcho.

    Cierto que Cuba y los cubanos se están hundiendo, entonces, estamos todos obligados al rescate.

    •Pedro Corzo es periodista cubano