Categoría: Opinión

  • Soldados en el 2026

    Soldados en el 2026

    Hace 202 años fue creada la Legión de la Libertad (hoy conocida como Fuerza Armada), bajo la tutela de su fundador, el general Manuel José Arce; fue una muy atinada decisión en el proceso de formación del Estado de El Salvador. La historia del país da fe, de que ese importante paso que se dio, ha permitido contar con una herramienta vital para la supervivencia de la nueva república.

    Razón por la cual, este día es dedicado para conmemorar otro aniversario al servicio del país; institución que ha sido un escudo protector ante las diversas amenazas, externas e internas, que han intentado socavar la estabilidad nacional. Cuando la nación salvadoreña ha estado en peligro, su único brazo armado la ha defendido, logrando ser exitosa gracias al nivel de profesionalismo de sus leales y valientes soldados, y al apoyo de la mayoría de la población.

    Cada siete de mayo se rinde tributo al soldado salvadoreño, pero no es solamente por el decreto legislativo que así lo establece, es porque la población en general reconoce que hay que honrar a los nobles ciudadanos que han decidido vestir el uniforme para así cumplir con la misión constitucional de la institución armada. Sinceras felicitaciones a cada soldado donde sea que se encuentre, la nación los necesita, la nación les agradece.

    Son el sector militar de la sociedad, son parte de ella, luchan por ella y se sacrifican por ella. Por lo anterior, en cada soldado hay un hito histórico: el día en que juramentaron frente al pabellón nacional (una demostración de honor, sacrificio y lealtad con el Estado, para defender la soberanía y la integridad del territorio, aún a costa de sus vidas).

    Esta ocasión es propicia para rendir tributo a los soldados héroes, loor a cada uno de ellos, se les reconoce que dieron su vida luchando por los más nobles ideales a que aspira la población en general. Son héroes nacionales que han escrito con su sangre, momentos históricos claves en la evolución de la república desde sus orígenes.

    Decir soldado salvadoreño, es un término abarcador: 1) Incluye a los hombres y mujeres que cumplen con el servicio militar obligatorio, así como también a los que hacen carrera profesional como oficiales o suboficiales; 2) Abarca a quienes están en el Ejército, Fuerza Aérea o Marina Nacional; 3) Puede ser un soldado, un sargento, un capitán, un coronel, o un general, por mencionar algunos grados militares. Cabe resaltar, que cada uno de ellos, en su nivel, está educado, entrenado, adiestrado e instruido, para ser eficaz en su respectivo desempeño profesional, gracias al “Sistema Educativo de la Fuerza Armada”, que es una herramienta vital para la Defensa Nacional.

    Por lo anterior, el prestigio del soldado salvadoreño es indiscutible, dentro y fuera del país. Por ello la población en general, ubica a la fuerza armada, como una de las instituciones más confiables del país, lo cual es producto de uno de los planes más ambiciosos y efectivos que ha tenido la institución, el “Plan Arce 2000”, herramienta estratégica de largo plazo, que impactó positivamente en el futuro de los militares en el país.

    En organismos internacionales está muy cimentada la buena imagen del profesional de las armas, a raíz de las diversas participaciones en operaciones de paz, sea con observadores o con unidades especializadas. Hoy, la historia ya registra las participaciones exitosas en Irak, Afganistán, Líbano, Mali, Haití, entre algunas. Además, ante otras fuerzas armadas (llámense, asiáticas, europeas, africanas y americanas), el soldado salvadoreño goza de una reputación innegable, producto del excelente desempeño cuando se ha interactuado en ambientes conjuntos y combinados.

    Son los resultados de la formación militar que se recibe en cada nivel dentro de la fuerza armada. Existe una verdad que se repite durante el entrenamiento, mientras más se suda en el adiestramiento, menos se va a sangrar en el campo de batalla. Hay estándares muy ambiciosos en la preparación del soldado en cada nivel, la excelencia es la meta.

    Sin embargo, a través de la historia, el hecho de ser un escudo eficaz ante las amenazas internas y externas, le ha generado, sin fundamento, campañas de desprestigio, maniobras revanchistas y denuncias falsas (contra la institución, contra unidades específicas y contra individuos en particular), que son parte de  conspiraciones nacionales e internacionales para minimizar el papel del soldado en la sociedad. Pero han fracasado en sus intentos. Viva el soldado salvadoreño. Viva la Fuerza Armada de El Salvador.

    • Eduardo Mendoza es general (Ret.), exjefe del Estado Mayor Conjunto.
  • Inteligencia y dignidad

    Inteligencia y dignidad

    Si hablamos simplemente de inteligencia, debemos considerar que nos referimos  a “la capacidad mental” que las personas poseen “para razonar, resolver problemas, pensar de forma abstracta, comprender ideas complejas y aprender rápidamente de la experiencia». La misma tiene que ver con “la memoria, la creatividad y la planificación” en relación con la genética y los factores socioculturales. Así resume la explicación de esta cualidad el recurso llamado inteligencia artificial, que se autodefine como “una rama de la informática dedicada al desarrollo de sistemas y algoritmos capaces de realizar tareas que, tradicionalmente, requieren inteligencia humana”. Esta última se encuentra relacionada con el conocimiento, el entendimiento, el pensamiento y el sentimiento; la artificial lo está con la automatización de la información mediante su computarización, con base en los referidos algoritmos.

    Y estos últimos, ¿qué? Pues son procesos con un ordenamiento concreto desde que inician hasta que finalizan; se desarrollan mediante la ejecución de pasos definidos y una determinada secuencia lógica. Sirven para transformar datos en resultados y pueden ser parte de nuestro diario acontecer como cocinar, trasladarse al trabajo y recargar el celular, por ejemplo. Pero en el ámbito de la inteligencia artificial tienen distintos niveles de complejidad, como el cifrado de datos en materia de seguridad y aquellos utilizados en aplicaciones para realizar el reconocimiento facial. Hay otros mucho más complejos.

    Partiendo de lo anterior, contemplemos otra dimensión de la inteligencia artificial: ser digna de confianza. Para merecer dicho aval, a la base de la misma se encuentran ciertos requisitos éticos y técnicos. Dentro de los primeros encontramos entre otros, obviamente, el respeto de las normas de convivencia y gobernanza generadas para asegurar la vigencia real de los derechos humanos; importantes son la veracidad, la transparencia, la rendición de cuentas y la eficacia de la justicia.

    Pero en nuestro país, las cosas no funcionan así. Por tanto, deberíamos sospechar de la inteligencia artificial que está detrás de ciertas acciones e iniciativas impulsadas por una administración gubernamental inconstitucional que ‒sin freno ni reparo alguno‒ ha hecho y deshecho a su antojo y conveniencia en lo referente a los contenidos de leyes secundarias, incluyendo la electoral, y de la fundamental; también ha trastocado la institucionalidad y abusado del proselitismo partidista. Esos y otros cuestionamientos son parte de un proyecto político que está encaramado en la “guerra contra las maras” y el régimen de excepción ‒permanente desde hace más de cuatro años‒ y que se ha vuelto sumamente preocupante. Proyecto, mal llamado “modelo”, mediante el cual se ha manoseado y continúa manoseando la inteligencia emocional de nuestra población mayoritaria.

    Esta última faceta de la inteligencia humana se asume como “la capacidad de reconocer, entender, gestionar y utilizar las propias emociones y las de los demás de manera adaptativa”. Considerando lo anterior, por el manejo de las mentes de mucha gente por parte del oficialismo en El Salvador de hoy en día ‒aprovechando su nivel educativo y abusando de la manipulación‒ en la práctica dicha adaptación apunta más al sometimiento que al crecimiento.

    Con lo anterior, aclaro, no digo que tras la guerra los proyectos políticos gubernamentales anteriores al presente contribuyeron a esto último. No. Sus dirigencias hicieron lo que pudieron para hacer crecer sus bienes, eso sí, pero no el bienestar de nuestra sociedad; fuera de la erradicación de la violencia pandilleril y la baja de las muertes violentas, que no es poco independientemente de cómo se logró, igual o peor pasa actualmente.

    Por tanto, el gran desafío que enfrentamos como población siempre ninguneada es el de asumir un papel protagónico ‒con inteligencia y dignidad‒ en el diseño y la materialización de una convivencia distinta, fundada en la palabra viva de monseñor Romero. Esta se encuentra plasmada en sus artículos publicados en diversos medios, en sus homilías, en sus cartas pastorales y en su último discurso ‒“La dimensión política de la fe desde la opción por los pobres”‒ pronunciado en Lovaina aquel 2 de febrero de 1980.

    También contamos con los acuerdos que le pusieron fin a la guerra interna de más de once años. Estos no fueron ni malos ni una farsa, como dijo aquel; el problema es que sus firmantes no honraron sus compromisos ni dejaron que la población participara en su realización real. Por último, tenemos el documento sobre el cual se ha desarrollado el derecho internacional; se trata de la Declaración Universal de los Derechos Humanos entre los cuales se encuentran los derechos a la vida, a la libertad y a la seguridad.

    Ciertamente, es muy útil conocer esta sentencia de Lanssiers: “La primera condición para salir de este lodazal consiste en darnos cuenta de que existe”.

  • Decepción en estilos de vida

    Decepción en estilos de vida

    Solemos andar decaídos y con un aluvión de resentimientos en nuestros pasos. Está visto, que nos puede la tristeza individualista, más que el coraje comunitario, con una búsqueda achacosa posesiva. Los intereses de la avaricia son tan reales, que nadie se entusiasma por donarse, más bien el desvelo brota de un órgano acaparador y resentido, ¡desesperado a más no poder! El rescate no es fácil, máxime en un momento, de endiosamiento social; porque, además, la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero percibe muy complicado engendrar regocijo de verdad, al no haber sobre la tierra más que lágrimas. Por desgracia, aún no hemos aprendido a morar, a darnos energía, con un latir desprendido. Pensar que, cada día, puede ser el último; es ya un avance.

    Nadie, por su lógico movimiento mundano, empieza a ser ciudadano de bien, sino conectado entre sí, corazón a corazón y con la naturaleza, que es lo que sustenta el espíritu de conservación. Por cierto, uno de los gozos más sublimes es saber en quien fiarse. La satisfacción es inocente por naturaleza. Ahora bien, desconfiar instintivamente de todo y de todos, es un mal pronóstico existencial. Nada puede hacerse sin esperanza y menos aún rehacerse sin naturalidad; pues, aunque sabemos que la vida no es fácil para ninguno de nosotros, ¡tampoco importa!, hay que perseverar y, sobre todo, tener confianza en uno mismo. Consecuentemente, una ciudadanía comprometida con el bien colectivo, debería desistir de tener permanentemente cara de funeral.

    Lo importante es el amor vertido en nuestro transitar por aquí abajo, que es lo que nos renueva mar adentro y nos sorprende con su constante creatividad inspiradora; haciéndonos que impulsemos nuevos horizontes conjuntos, al menos para no correr el riesgo de crear una generación marcada por la amargura y la radicalización. El problema no es la ley, sino que violarla no tenga consecuencias. Indudablemente, hay que reforzar la rendición de cuentas y revitalizar los apegos, con espíritu consolador y entrega solidaria, cuestión que no se compra en el mercado, se cultiva internamente, en medio de las cosas del relato cotidiano. Reconozco, que no es fácil esta labor en un orbe lacerado por las guerras y la violencia, con multitud de absurdos enfrentamientos.

    Sin embargo, jamás nos vengamos abajo. La única primavera que nos florece, son los comienzos. Es hermoso vivir y desvivirse por vivir. Cuando falta esta sensación uno quisiera morir. Por otra parte, con demasiada frecuencia, nos olvidamos que estamos en la misma barca y que vamos hacia idéntico puerto. Alegrémonos con los frutos ajenos, compartámoslos con los propios y hagámoslos universales, a pesar de nuestras simpatías y antipatías, de modo que tampoco nos quedemos anclados en la ambición. Desde luego, a poco que nos adentremos en nuestro hábitat, percibiremos que los desdichados son egoístas, abusivos, crueles e incapaces de comprender al otro. En consecuencia, en vez de unir, los funestos separan y no reparan.

    Nos toca, pues, mirar la crónica con la dicha de la alegría y el anhelo juntos, incluso cuando pasamos por tribulaciones, tenemos problemas y cuando sufrimos. Tampoco se trata de anestesiarnos, la angustia es angustia siempre, pero vivida con otro aire más efectivo y afectivo también, te abre la puerta a la euforia de un producto nuevo. Mejoremos las coyunturas, entonces; hagamos de los instantes, soplos fraternos. El alborozo nace precisamente de la gratuidad del encuentro, nunca del encontronazo. Es la auténtica cultura humanitaria, llamada a servir constantemente a la humanidad en todas sus vertientes, la que nos injerta lozanía, afán y desvelo por ser caritativos, pacientes y humildes. La arrogancia del orgulloso, nos tritura el alma de la sencillez. ¡Restemos dolor!

     

  • Las calles y aceras; bienes de uso público

    Las calles y aceras; bienes de uso público

    Nadie es propietario de una calle o vía pública porque estas son un bien de uso público que todos, sin excepción, podemos utilizar de la mejor forma. El artículo 571 del Código Civil de El Salvador define los bienes nacionales de uso público al ser del dominio de la Nación en su totalidad. Puntualmente se refiere a calles, plazas, puentes y playas.

    A mí ni a ningún compatriota, salvo ciertas regulaciones, me pueden prohibir que yo haga uso de una playa, de un puente, de una plaza o parque, de una calle o de cualquier sitio nacional, salvo que incumpla alguna normativa o  que atente contra la moralidad o los intereses o derechos de los demás. Por ejemplo, no puedo andar desnudo en la playa, en los parques o en la vía pública o no puedo estacionarme a media calle o en un sitio donde infrinja las leyes o normativas de tránsito las cuales son de estricto cumplimiento.

    Entonces, si no está normado, nadie puede prohibirme que yo me estacione en cualquier calle o avenida, salvo en ocasiones o situaciones especiales. No puedo ni debo estacionarme en lugares donde interfiero una procesión, un entierro, un acto público, un desfile, mucho menos frente a una cochera o en una salida o entrada de emergencia de un centro hospitalario, una clínica, un centro escolar, una iglesia, un lugar protegido o  un sitio prestablecido temporal o definitivamente.

    La realidad en todo el país es que personas particulares se han adueñado de las aceras y las calles, impidiendo o limitando el libre tránsito de los ciudadanos. Muchas personas particulares y comerciantes han llenado de obstáculos las calles al colocar barriles, conos, piedras y cualquier tipo de objeto para no permitir el estacionamiento. Algunos hasta escriben “exclusivo para clientes” atribuyéndose como suyos un bien común.

    Últimamente se conocen muchos casos de personas que han puesto rejas en las aceras para colocar sus negocios, afectando el paso peatonal, pues obliga a todas las personas a bajarse a la calle y exponerse a ser atropellados. Otros hasta se han tomado parte de las calles para exponer los productos que ofrecen a los transeúntes.

    El colmo es que en muchos sitios principalmente en las grandes ciudades, hay personas que han hecho de las calle y avenidas su negocio, pues colocan obstáculos y les cobran a las personas que han hecho uso de eso espacios públicos. En lugares próximos a las playas, en las zonas de abundante comercio o sitios de diversión es imposible encontrar espacios donde estacionarse porque los “dueños de las calles” han colocado obstáculos que retiran solo si la persona les paga por horas.

    El problema es serio y mucho más lo es en los municipios turísticos en los cuales hallar espacio para estacionarse es sumamente complicado, pues los obstáculos en las calles son parte del paisaje y para tener derecho a parquearse en la vía pública hay que pagar. Uno va a los distritos de la Ruta de Las Flores o a las zonas costera y si no pagamos no encontramos sitios disponibles.

    En los pueblos del interior del país el problema es complejo porque culturalmente los vecinos han considerado como suya la calle que pasa frente a sus viviendas. Constantemente se originan pleitos porque alguien se estacionó frente a la vivienda, sin obstruir ninguna cochera o salida de emergencia.

    Las alcaldías, amparadas en su autonomía, deben crear ordenanzas para darle vida al artículo 571 del Código Civil y prohibir todo obstáculo en la vía pública, asimismo debe evitar que los propietarios de viviendas, predios o edificios a la orilla de calles o avenidas se apropien para ellos el uso exclusivo de estacionarse frente a sus propiedades. También debe prohibir que se tomen tramos de las aceras o que impidan el libre tránsito de los peatones.

    Las ordenanzas deben ser permanentes y de estricto cumplimiento. Los Cuerpos de Agentes Municipales y la Policía Nacional Civil (PNC) deben garantizar los derechos de todos los ciudadanos y proceder al retiro inmediato de todo obstáculo en calles y aceras. Deben multar a quienes violen las leyes y  sancionar con base a la legislación nacional.

    La alcaldía de San Salvador Centro realiza operativos esporádicos para retirar los obstáculos y prohibir que algunas personas se apoderen de las calles y cobren, con un tarifario ilegal, por permitir el estacionamiento en la vía pública. Estas personas pueden ser sancionadas con multas de hasta $900. Recientemente hasta procedieron a retirar vehículos chatarra o abandonados en las calles porque interfieren con el libre tránsito vial y peatonal.

    Los otros 43 municipios deben emular a San Salvador Centro y crear ordenanzas o contravencionales que abusen de la vía pública y expongan a peatones y conductores. Nadie es dueños de las calles o aceras y salvo en situaciones reguladas temporal o definitivamente, todos podemos hacer uso peatonal de las aceras y uso vial de las calles en todo momento.

    * Jaime Ulises Marinero es periodista

  • Un año de cambios: una forma sencilla de volver a la lectura diaria

    Un año de cambios: una forma sencilla de volver a la lectura diaria

    En medio de tantas ocupaciones, del ruido constante y de la prisa que parece no detenerse, muchos nos hacemos una pregunta sencilla, pero profunda: ¿cómo volver a leer cada día?

    Buscando una respuesta, llegó a mis manos un libro completo y profundamente inspirador: “UN AÑO DE CAMBIOS”, de Nicolás Tranchini. Y debo decirlo con sinceridad: no es solo un libro, es una invitación. Una invitación a detenernos. A pensar. A volver al alma.

    Una lectura para cada día

    Este libro tiene una propuesta sencilla y poderosa: una página por día. Son 365 reflexiones, una para cada jornada del año. No abruma. No exige. No compite con el tiempo. Al contrario, se adapta a la vida.

    Cada lectura es breve, pero directa. Habla de lo cotidiano, de lo que vivimos todos: decisiones, dudas, metas, temores, anhelos. Y lo hace con un lenguaje claro, cercano, humano. Por eso me llamó la atención. Porque no se queda en lo teórico; toca la vida real.

    Leer también es volver al corazón

    Algo que me impactó desde el inicio es que este libro no solo busca informar, sino transformar. Cada página está escrita como si alguien hablara directamente al lector. Como una conversación sincera, sin rodeos, “de corazón a corazón”.

    Y eso tiene un valor enorme. Porque hoy leemos mucho… pero reflexionamos poco. Consumimos contenido… pero pocas veces nos detenemos a pensar en lo que realmente importa. Este libro rompe ese ritmo. Nos obliga, con suavidad, a hacer una pausa.

    Una pregunta que cambia la vida

    Quiero detenerme en el primer capítulo, que me pareció un ejemplo claro del espíritu del libro. Se titula: “Mi objetivo de vida: ¿Qué quiero?” Parece una pregunta sencilla. Pero no lo es.

    Tranchini toma como base un texto profundo del Salmo 27:4, donde el rey David expresa un deseo central: habitar en la presencia de Dios, contemplar su hermosura, vivir en comunión con Él. A partir de allí, el autor lanza una pregunta directa al lector: ¿Qué es lo que realmente quieres en la vida?

    Y no se trata de responder rápido. Se trata de detenerse.

    Elegir lo verdaderamente importante

    La reflexión lleva a una idea poderosa: David eligió bien. Eligió lo esencial. No eligió riquezas, poder o reconocimiento. Eligió a Dios. Y Tranchini lo traduce de una forma muy actual: “Quiero disfrutar a Dios”.

    Esa frase, Alfredo, me hizo pensar profundamente. Porque en medio de nuestras metas, nuestros proyectos, nuestras luchas diarias… muchas veces olvidamos lo esencial. Queremos muchas cosas. Pero pocas veces sabemos realmente qué queremos.

    Una lectura que ordena la vida

    El libro invita a algo muy sencillo, pero transformador: leer un poco cada día y reflexionar. No se trata de correr. Se trata de caminar. En medio del trabajo, del estudio, de las decisiones diarias, detenerse unos minutos para leer y pensar puede cambiar el rumbo del día… y, poco a poco, el rumbo de la vida.

    Como bien señala el autor, cuando Dios se convierte en nuestra mayor aspiración, todo comienza a tomar su lugar.

    Leer para vivir mejor

    Esta experiencia me confirma algo que he dicho muchas veces: la lectura no es solo un hábito intelectual, es una herramienta de vida. Leer desarrolla el lenguaje, sí. Pero también ordena el pensamiento. Fortalece el carácter. Y nos ayuda a tomar mejores decisiones.

    Una persona que lee con intención… vive con mayor claridad. Por eso recomiendo este libro. Y también cualquier otro que invite a reflexionar, a crecer, a detenerse.

    Una invitación sencilla, pero urgente

    Hoy vivimos en un mundo donde el dedo no se detiene: deslizamos la pantalla sin fin, buscando algo que muchas veces no encontramos. Pero tal vez lo que necesitamos no está en la siguiente publicación… sino en una página bien leída.

    Este libro y otros similares, pueden ser una puerta de entrada. No exige mucho tiempo. Pero ofrece mucho valor.

    Epílogo: volver a lo esencial

    Al cerrar este libro, uno no termina… comienza. Comienza a pensar distinto. A priorizar mejor.
    A buscar con más sentido. Porque al final, la vida no se trata de hacer más cosas, sino de elegir mejor. Y quizás, como decía Kierkegaard, “lo que necesitamos es ser personas de un solo deseo: vivir con propósito”. La lectura puede ser ese camino silencioso que nos guía.

    Como dice el libro de Proverbios: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).

    Leer bien también es guardar el corazón. Es cuidar lo que entra en nuestra mente y en nuestra alma. Y cuando eso ocurre, algo empieza a cambiar… no en el libro, sino en nosotros.

    *Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. 

    alfredocaballero.consultor@gmail.com 

     

     

     

  • Los profetas del despeñadero

    Los profetas del despeñadero

    El extraño ‘nuevo intento’ de atentar contra Donald Trump (si es que ese era el objetivo), amerita que se reflexione con cuidado.

    Trump, está claro, es solo un accidente en este proceso enrevesado y alucinado de llevar al planeta a un cuadro de desquiciamiento. Mañana, Vance, el actual vicepresidente, u otro personaje del fantasmagórico MAGA, podría tomar la estafeta y seguir desarrollando el libreto. Es lo de menos.

    Lo que hay detrás de todo esto es a lo que resulta necesario prestarle atención: la ‘fusión comercial’ de la industria militar con algunas de las empresas tecnológicas residentes en Silicon Valley.

    Muy pocos han analizado la fotografía del momento en que se realizó el juramento al ingresar a las fuerzas armadas norteamericanos de los representantes de Silicon Valley (Andrew Boz Bosworth, director de Tecnología de Meta y escudero de Mark Zuckerberg; Bob McGrew, exdirector de investigación de OpenAI y asesor en Thinking Machines Lab; Shyam Sankar, director de Tecnología de Palanti y Kevin Weil, director de Producto de OpenAI).

    En un mes fueron graduados como tenientes coroneles de la Reserva del Ejército de Estados Unidos, lo que a otros les lleva décadas… Parecen inocentes ‘patriotas’ tomando sus lugares en las trincheras, sin embargo, no es así: se trata de una convergencia de intereses corporativos donde cada quien pone lo suyo. ¡Las fieras olfateando la sangre fresca!

    Lo ocurrido en el hotel Washington Hilton, donde el 25 de abril se encontraba Donald Trump, es nada comparado con esta operación de fusión del complejo militar-industrial y las corporaciones tecnológicas. Sin embargo, por lo que se observa en las imágenes que han circulado segundos antes y después del ‘nuevo intento’ de atentado contra Trump al parecer  ni la seguridad del presidente (el Servicio Secreto) ni las otras agencias de seguridad ni las corporaciones tecnológicas (que dicen controlar a millones de personas en Estados Unidos y en todo el mundo por medio de Facebook, Instagram, X…) pudieron prever la incursión de Cole Tomas Allen, el supuesto tirador, en el hotel Washington Hilton.

    Si es verídico este ‘nuevo intento’ de atentar contra Trump (desconfiar de un mentiroso compulsivo como Trump no es apelar a teorías de la conspiración), en realidad todo ese dispositivo de seguridad que rodea al presidente norteamericano es una ruina.

    Por las imágenes que se han difundido, es posible observar lo siguiente: 1) el supuesto tirador contra Turmp (aunque se dice que hizo un único disparo a un oficial de seguridad, pero no a Trump, porque no accedió al salón donde se celebraba el cónclave con la prensa) pasó raudo frente a un control de seguridad y después de eso, se asegura, disparó; 2) Cole Tomas Allen se ‘tropezó’ (¿cómo?), pero no le dispararon aunque lo tuvieron a tiro; 3) cuando el escándalo llegó al salón donde se encontraba Trump (el supuesto tirador,  Cole Tomas Allen, de 31 años), lo que se distingue en las imágenes disponibles al público es curioso. En primer lugar, el Servicio Secreto, a quien primero evacuó es al vicepresidente Vance. En segundo lugar, la esposa de Trump, Melania, se metió debajo de una mesa. En tercer lugar, cuando los del Servicio Secreto llegaron por Trump, este estaba como alelado tratando de procesar la escena y hacía unos pocos segundos alguien había estado enseñándole algo en un papel (¿distrayéndolo?), lo levantaron de la silla y el señor casi octogenario se cayó al suelo, lo alzaron y se lo llevaron (después Trump dijo que él no se levantó porque observaba la escena, pero no es así, las imágenes lo contradicen).

    En verdad, se trata de hechos extraños que, por descontado, nadie va aclarar.

    Entonces, si la seguridad del presidente norteamericano es pura chapuza (¡Cole Tomas Allen era huésped del Washington Hilton!), en tanto que un ciudadano medio, harto del despelote que ha armado Donald Trump en Estados Unidos y en el mundo se decidió a ir tras el cordero, pues las cosas están muy mal en la potencia militar más poderosa en este momento.

    La situación para esta administración norteamericana es complicada, porque no solo ha decrecido la simpatía por Donald Trump y el Partido Republicano con elecciones a la vista en noviembre, sino que la economía corre el riesgo de ‘la destrucción de la demanda’, como consecuencia de la guerra contra Irán, en la que Estados Unidos lleva gastados por lo menos ¡25 000 millones de dólares!

    A los profetas del despeñadero les tiene sin cuidado los costos materiales y humanos que toda esta absurda guerra acarreará. Su mirada está puesta en las ganancias y en las utilidades que el desorden mundial genera.

    Y para blindar esto, los nuevos tenientes coroneles de Silicon Valley están allí

    *Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

     

  • ​El fútbol salvadoreño:  Entre el tráfico de influencias y el hambre del jugador

    ​El fútbol salvadoreño:  Entre el tráfico de influencias y el hambre del jugador

    El fútbol en El Salvador ha vivido durante décadas bajo una sombra espesa. Cuando no eran los escándalos de amaños que avergonzaron al país, eran los rumores pasilleros sobre cómo se conforman nuestras selecciones menores. Por años, el secreto a voces ha sido el mismo: que para que un joven llegue a ponerse la azul y blanco en categorías inferiores, a veces pesa más el «tráfico de influencias», el ser «hijo de» o el pago de favores, que el talento puro.

    ​Recientemente, el despido de un técnico de ligas menores bajo el rótulo de «faltas a la ética» nos recuerda que esos vicios siguen ahí, enquistados. Y aunque no se hagan públicos los detalles, los que hemos tenido hijos en estas ligas sabemos que el barro viene de lejos. Si el mérito se subasta o se transa por influencias, estamos matando el fútbol desde la raíz.

    ​Pero hay un problema más profundo y cruel del que poco se habla: el maltrato laboral. Se nos olvida que el futbolista es un empleado. Es un padre de familia que tiene facturas que no esperan. Es indignante ver cómo directivas y dueños de equipos deciden, unilateralmente, que no pagan porque «no hubo resultados».

    ​¿En qué otra profesión se acepta que si no «ganas el partido» no comes ese mes? A la distribuidora de energía, a la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) o al colegio de los hijos no se les puede decir: «espérenme diez días a que la directiva quiera pagar». El hambre no tiene calendario y las facturas no saben de tácticas de juego. Que los jugadores hoy se atrevan a denunciar estos impagos no es indisciplina; es el ejercicio mínimo de su dignidad frente a un sistema que los ha tratado como mercancía desechable.

    ​El cambio real que debe impulsar esta nueva gestión en la federación no solo es limpiar las finanzas, sino profesionalizar la vida del jugador. No podemos seguir obligando a nuestros jóvenes de 14 o 15 años a elegir entre el estudio o el balón. Esa dicotomía es una condena a la pobreza.

    ​La carrera del futbolista es corta, termina a los 30 o 34 años. Si no les permitimos formarse, si no adaptamos los entrenos para que saquen carreras universitarias, los estamos enviando directo al olvido o a la migración forzada. Ya hemos visto a grandes talentos, como los hermanos Corrales y tantos otros, terminar trabajando en Estados Unidos en oficios ajenos al deporte o sobreviviendo con pequeñas academias porque el sistema les cerró las puertas del conocimiento mientras les exigía sudar la camiseta.

    ​Sanear el fútbol salvadoreño no es solo ganar partidos con la mayor. Es erradicar el tráfico de influencias en las ligas menores, asegurar que el jugador reciba su salario a tiempo como cualquier trabajador y permitir que el atleta sea también un profesional académico.

    ​Yamil Bukele ha tomado las riendas en un momento crítico y es evidente que un par de meses no bastan para limpiar décadas de basura, pero el rumbo debe ser claro: ni un centavo más al corrupto, ni un día más de hambre para el jugador, y ni un joven más obligado a elegir entre su talento y su futuro.

  • León XIV golpea a Trump sin subirse al ring

    León XIV golpea a Trump sin subirse al ring

    “Viéndolo bien mirado”, como diría el mexicano Pedro Infante en una de sus canciones, tal vez solo un Papa esté en capacidad de hacer lo que León XIV ha hecho con el presidente de EE UU: golpearlo fuerte, sin siquiera haberse subido al mismo ring.

    Donald J. Trump es y ha sido siempre un bully, un acosador, alguien acostumbrado a abusar –al menos verbalmente– de quienes cree inferiores a él. En la historia de EE UU, pese a la personalidad volátil que tuvo Andrew Jackson (1829-1837) o el vigor avasallante que caracterizó a Teddy Roosevelt (1901-1909), nadie como el actual inquilino de la Casa Blanca había embadurnado con tanta superflua testosterona la agenda política, económica y social del país más poderoso de la tierra.

    Es posible que muchos de quienes hoy apoyan a ojos cerrados a Trump un día lleguen a preguntarse, con honestidad intelectual, cómo pudieron ser capaces de creer y seguir a alguien con estos rasgos patológicos tan marcados. Y acaso suceda, como en su día ocurrió con el régimen de Adolf Hitler, que ciertos líderes del espíritu –de la talla del pastor protestante Dietrich Bonhoeffer (1909-1945), asesinado por los nazis– nos ayuden a reflexionar sobre las razones que llevaron a tantas personas a apoyar, hasta sus últimas consecuencias, un movimiento político tan claramente antidemocrático como el trumpismo.

    Mientras ese día llega, sin embargo, quienes defendemos principios de libertad debemos insistir en señalar el tipo de conflictos que Trump ha ido desatando, para bien y para mal, en este su controversial segundo mandato. Es evidente, por ejemplo, que extraer a Nicolás Maduro o presionar a la tiranía castrista son medidas que muchos esperábamos desde hacía tiempo. La caída de ambas dictaduras, si en verdad se quiere lo mejor para venezolanos y cubanos, es deseable casi desde cualquier ángulo.

    El problema con el presidente de EE UU es que no termina de cerrar los ciclos que inicia. La libertad se vislumbra –cómo no– en las patrias de Bolívar y Martí, ofreciendo esperanza, pero los días pasan sin que el chavismo inicie oficialmente su retiro definitivo o que el castrismo empiece a abandonar el poder.

    Los innecesarios alargues de Washington solo producirán frustración y agotamiento, pues la falta de avances reales termina siendo contraproducente cuando se tiene a una ciudadanía opositora sufriendo desde hace décadas. Paradójicamente, los alzamientos populares que Trump quiere ver en las calles de Teherán no los ha exigido igual en Caracas, y jugar con estas expectativas demuestra cuán lejos se encuentra Washington de los anhelos liberales de esos países que interviene.

    La situación de Irán ya lo hemos comentado ampliamente en esta columna. Se trata de un despropósito mayúsculo en un momento inadecuado. Por supuesto que era importante poner fin a la carrera nuclear chiita y debilitar a un régimen tan despiadado, pero atacar a los ayatolás de la manera en que se ha hecho, sin una estrategia de corto y mediano plazo y sin medir las consecuencias para el resto del mundo, amenaza con convertirse en el peor error de la era Trump.

    Cualquiera entiende que abrir más frentes de combate es lo que menos necesita la Casa Blanca en estos momentos; pero pareciera que el presidente tiene el secreto propósito de pelearse con la mitad del planeta. Y así, quizá por las mismas razones psicológicas esbozadas arriba, alguien en Washington creyó una buena idea insultar al Papa, líder espiritual de casi 1.500 millones de personas.

    “Dios no bendice ningún conflicto”, había escrito León XIV en su cuenta de X a principios de abril, justo al inicio de la Pascua, saliendo al paso de posibles confusiones generadas por ciertos funcionarios republicanos que aludían a la doctrina católica de la “guerra justa” para justificar los ataques a Irán. “Quien sea discípulo de Cristo, Príncipe de la Paz, jamás estará del lado de aquellos que una vez empuñaron la espada y hoy lanzan bombas”.

    Palabras demasiado directas para el frágil ego de Trump, que, fiel a su estilo, respondió de la única forma que sabe: con ofensas personales y olvidándose del fondo de la cuestión. Acusó al pontífice de “débil en materia de delincuencia” y de ser “terrible en política exterior”, le colocó delante de una disyuntiva falsa –“No quiero un papa que piense que está bien que Irán tenga un arma nuclear”– y aludió a que León era complaciente “con la izquierda radical”. Una andanada, en fin, de necedades.

    ¿Cómo respondió el Vicario de Cristo? Con su habitual serenidad y hasta una dosis de gracia. Recordó al mandatario, compatriota suyo, que la labor que ejerce al frente de la Iglesia no es política –en el sentido en que suele entenderse el término–, que iba a continuar pronunciándose “con fuerza” contra la guerra y que no le animaba ninguna intención de “entrar en un debate” con Trump, de cuya administración dijo no albergar temores. “Demasiadas personas están sufriendo en el mundo”, concluyó, restándole importancia al cruce de posturas. Suficiente.

    Una reacción controlada frente a una arremetida descontrolada es la mejor forma de golpear a un matón sin ingresar al perímetro de su cuadrilátero. El daño que se causa a sí mismo el presidente norteamericano, arremetiendo contra León XIV, ya se refleja en las encuestas y tendrá sus efectos electorales en noviembre. Pero la historia ofrecerá, como es habitual, el mejor veredicto… y no creo que quien termine en la lona sea el Papa.

  • Justicia y verdad para las víctimas de las pandillas criminales en los macrojuicios 

    Justicia y verdad para las víctimas de las pandillas criminales en los macrojuicios 

    Por años, en el escenario del drama penal, el protagonismo fue casi exclusivamente al victimario. El delincuente, con su parafernalia de violencia y poder, ha secuestrado no solo la paz social, sino también la narrativa de la justicia. Sin embargo, como bien hemos sostenido en la tradición de la victimología, la verdadera medida de una sociedad no se encuentra en la severidad de sus prisiones, sino en la capacidad de mirar a los ojos a quienes sufrieron el daño y devolverles su dignidad, el no fallarles.

    El Salvador desarrolla durante este año 2026 las audiencias únicas abiertas que ya son varias en diferentes tribunales especializados. La apertura de la audiencia única abierta contra la estructura de mando de la MS-13, desde sus cabecillas hasta sus mandos medios, por crímenes cometidos en el decenio de 2012 a 2022, no debemos comentarlo como un trámite procesal más; es un acto de exhumación de la verdad, de crímenes atroces contra la sociedad salvadoreña en especial para los sectores más vulnerables en comunidades, cantones, caseríos entre ellos la micro y pequeña empresa.

    Desde la perspectiva criminológica, la víctima ha sido, históricamente, el «invitado de piedra» en el proceso penal. Durante la década en cuestión, miles de salvadoreños vivieron bajo un régimen de terror donde la denuncia era una sentencia de muerte. Ese silencio forzado constituye en parte lo que denominamos victimización secundaria: el Estado no pudo protegerles y el sistema les condenó al anonimato, incluso al olvido.

    Visibilizar a las víctimas en este macroproceso contra la MS-13 es fundamental por la ruptura del estigma, ya que, durante años, se intentó criminalizar a las comunidades enteras bajo el control de pandillas. Darle rostro a la víctima permite diferenciar al ciudadano vulnerable del actor criminal, rompiendo el ciclo de prejuicios que les cometía otra victimización a los sectores más pobres. Estas audiencias en mi opinión deben servir para reconstruir el itinerario criminal de la pandilla. No basta con saber «quién mató», sino «cómo» se estructuró un sistema de victimización sistemática que incluyó entre otros homicidios, desapariciones, extorsiones, violaciones sexuales y desplazamientos forzados internos y externos entre 2012 y 2022 al menos en este proceso que se desarrolla en varios centros penitenciarios del país siendo el centro de atención el CECOT.

    Para una madre que buscó a su hijo durante diez años, ver al cabecilla en el banquillo de los imputados por crímenes que dañan a la humanidad no sirve de consuelo; es la validación estatal de su dolor y de conocer a dónde se encuentran esas fosas clandestinas. Estamos ante un fenómeno de macrocriminalidad. Los delitos imputados no son hechos aislados, sino parte de una política de grupo criminal terrorista. Por ello, la victimología moderna nos exige que este proceso no se agote en la condena punitiva. La visibilidad es el primer paso hacia una reparación integral.

    Si el proceso penal solo se enfoca en castigar al imputado, habremos cumplido con el Derecho Penal, pero habremos fracasado con la Criminología y Victimología. Es imperativo que esta y otras audiencias únicas abiertas permitan que los relatos de las víctimas permeen la conciencia colectiva. Solo así el «nunca más» dejará de ser una consigna para convertirse en una realidad estructural.

    Como profesional del control social y el estudio del crimen, observo con rigor este avance, lo sigo, lo estoy midiendo. El Salvador tiene la oportunidad de transitar de una «justicia del espectáculo» que se desarrolló en ese mismo periodo donde no se les abrieron las causas, por el contrario, hubo impunidad, a una justicia de la memoria. Visibilizar a las víctimas de la MS-13 es la única vía para sanar y restaurar el tejido social. Sin ellas, el juicio es solo un expediente; con ellas, es un acto de redención nacional.

    La justicia que llega tarde sigue siendo justicia, pero solo si es capaz de recordar los nombres de aquellos a quienes el terror intentó borrar y hacerles invisibles por siempre. Es momento que ya no podemos continuar retrasando que el sistema de justicia y penal deje de ser un monólogo sobre el delincuente con todas las garantías para protegerle, y se convierta en un momento de sanidad y restauración para las víctimas de las pandillas. Los cabecillas de la MS13 pensaron que sus graves crímenes de ese período seguirían en la impunidad, pero por fin llego el momento de la justicia, queda esperar la sentencia de esta macrojuicio.

    *Por Ricardo Sosa / Doctor en Criminología / Egresado doctorado en Justicia Criminal / @jricardososa 

  • La protección de datos en la era digital: del derecho a la responsabilidad

    La protección de datos en la era digital: del derecho a la responsabilidad

    Millones de personas publican -a diario- aspectos de su vida privada en redes sociales, aceptan condiciones de uso sin leerlas, permiten el rastreo de su actividad en buscadores y aplicaciones, y proporcionan datos sensibles a cambio de servicios aparentemente gratuitos. Los pagos digitales, la banca en línea y los trámites por internet se han convertido en fuentes constantes de cesión de datos. La huella digital que cada individuo deja tras de sí no es solo extensa, sino también profunda: permite reconstruir hábitos, preferencias, relaciones e incluso estados emocionales.

    La protección de datos —información personal, cuentas bancarias, historial médico, hábitos, etc.— es hoy un tema especialmente sensible y objeto de creciente reflexión jurídica, en la medida en que obliga a replantear qué pertenece al ámbito de lo público y qué debe permanecer en lo privado.

    En las últimas décadas se ha producido un cambio profundo en la forma de entender la intimidad. Tradicionalmente, el derecho a la vida privada se concebía como un espacio de reserva frente a injerencias externas: cada persona tenía derecho a impedir que otros accedieran a su ámbito personal sin su consentimiento. Sin embargo, la irrupción de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial ha transformado radicalmente este escenario.

    En respuesta a esta transformación, el derecho a la protección de datos personales ha sido reconocido en diversas legislaciones como una forma de garantizar el control sobre la propia información. En principio, cada individuo debería poder decidir qué datos proporciona, a quién, con qué finalidad y durante cuánto tiempo. Este derecho incluye también la posibilidad de acceder a esa información, rectificarla o eliminarla. Se trata, por tanto, de un derecho personal que, aunque deriva de la intimidad, adquiere una dimensión nueva.

    Sin embargo, este avance jurídico convive con una paradoja inquietante: nunca antes los individuos han compartido tanta información de forma voluntaria.

    La aparición de la inteligencia artificial intensifica aún más este desafío. A diferencia de tecnologías anteriores, la IA no solo almacena información, sino que es capaz de analizarla, relacionarla e inferir nuevos datos a partir de ella. El trabajo de filtrar y procesar información, que antes recaía en personas, ha sido asumido por sistemas automatizados. Esto implica que incluso datos aparentemente inocuos pueden revelar aspectos muy significativos de una persona. Las conversaciones, las búsquedas y los patrones de uso se convierten así en materia prima para la construcción de perfiles cada vez más precisos.

    Esta exposición masiva no es casual, sino estructural. Responde a un ecosistema digital diseñado para fomentar la participación constante. Las plataformas recompensan la visibilidad con reconocimiento social, mientras que la inmediatez reduce los espacios de reflexión. En este contexto, el consentimiento, aunque formalmente presente, suele ser débil, cuando no meramente ficticio.

    Cabe entonces preguntarse: ¿tiene sentido seguir hablando de un derecho fundamental a la protección de datos cuando somos nosotros mismos quienes, en gran medida y muchas veces sin plena conciencia, cedemos nuestra información? La respuesta es afirmativa, pero el enfoque debe matizarse. Este derecho sigue siendo imprescindible como límite frente a abusos y como garantía ante el poder de empresas y Estados. Sin él, el individuo quedaría completamente expuesto.

    Ante este panorama, resulta imprescindible promover una verdadera cultura de la intimidad. La libertad en el entorno digital no consiste en compartir sin límites, sino en hacerlo con criterio. La protección de datos, en última instancia, no es solo un derecho que se ejerce frente a otros, sino una responsabilidad que cada individuo asume respecto de sí mismo.

    Conviene, por tanto, revalorizar el concepto de intimidad en un mundo hiperconectado. Cada acción digital deja una huella y contribuye a configurar quiénes somos. El simple gesto de hacer clic no es neutral: tiene una dimensión moral. El riesgo ya no es solo la posible invasión de la privacidad, sino la progresiva pérdida de la interioridad. Porque quien lo expone todo hacia afuera, termina, poco a poco, por vaciarse por dentro.

    El problema, por tanto, ya no es únicamente jurídico, sino también antropológico. La protección legal, siendo necesaria, resulta insuficiente si no va acompañada de una toma de conciencia personal. Existe una dimensión ética de la intimidad que no puede ser delegada en la ley. Proteger los datos personales no consiste únicamente en exigir derechos, sino también en ejercer un criterio prudente sobre lo que se comparte. En este sentido, la intimidad deja de ser solo una obligación de los Estados y pasa a convertirse en una forma de autogobierno. No se trata de ocultarse, sino de decidir conscientemente qué aspectos de la vida deben permanecer en el ámbito personal.

    *El padre Fernando Armas Faris es sacerdote y Doctor en Filosofía