Categoría: Opinión

  • Las Fuerzas Armadas de Cuba

    Las Fuerzas Armadas de Cuba

    En las últimas semanas un número importante de compatriotas ha demandado a quienes componen los institutos armados de Cuba, que actúen cívicamente y derroquen el castrismo, una salida honorable para quienes han sido la verdadera columna del totalitarismo insular.

    Los que han padecido el castrismo dentro de la Isla siempre pudieron apreciar que un oficial de la seguridad del estado disfrutaba de más prerrogativa que su par de cualquier otro cuerpo armado, aunque mostrara una menor graduación. La policía política era una especie de aristocracia con capacidad para intimidar a muchos generales y doctores, diría el novelista Carlos Loveira.

    No obstante, el proceso contra el general Arnaldo Ochoa y otros oficiales demostró que, aunque la policía política era la que mostraba los dientes a la población, siempre presta para desgarrar a la oposición sin considerar edad o sexo, era verdaderamente el ejercito la columna vertebral del totalitarismo.

    Altos funcionarios como Ramiro Valdés, “El carnicero de Artemisas” quien valiera como uno de los principales confabulados entre los Castro y Hugo Chavez, forjo un aparato de alta eficiencia represiva, pero con un elevado poder corrosivo que se evidencio en un proceso en el que, si bien, el fusilado de mayor graduación fue un general del ejército, la mayoría de los encartados provenían de las altas esferas del ministerio del Interior, siempre vinculados a tramas de tráficos que el régimen perseguía públicamente pero que promovía en silencio para obtener ganancias que eran ilícitas en la ilegalidad socialista.

    El sistema cubano ha estado históricamente sostenido sobre una imponente mentira y un fabuloso fraude en el que todos los uniformados han cumplido un rol muy importante, por eso, me sorprendería que actuaran en contra del nocivo entramado que han ayudado a construir, los militares cubanos han sido tan nefastos para el país como los propios cuerpos de seguridad.

    No se debe olvidar que el presente aparato militar cubano fue creado por los Castro en 1959, tal y como hizo Fulgencio Batista en 1933 después de los sucesos del 4 de septiembre, interesante, en aquel momento ambos déspotas disfrutaban de amplio respaldo popular para construir sus guardias pretorianas y desmontar las fuerzas armadas que encontraron cuando tomaron el poder.

    El ejército de los Castro ha sido más despiadado y violatorio de la dignidad humana que cualquier otra fuerza militar que haya operado en la República, comparable a las huestes de Valeriano Weyler que en los noventa del siglo XIX impuso la reconcentración campesina, gestión repetida en los sesenta y setenta del siglo pasado por Fidel y Raul.

    Además, no debemos pasar por alto que como la sociedad cubana esta militarizada, más del 70 % de la alta dirigencia isleña es de extracción castrense, e igualmente un número considerable de miembros del Comité Central del Partido son militares.
    Por otra parte, y muy importante, los apetitos imperiales de los Castro siempre fueron satisfechos por los militares que, de manera encubierta, o actuando como gendarmes internacionales, intervinieron en tres continentes sin que se produjera ningún cuestionamiento a los dictados del tirano.

    Un aspecto notable es la importante vinculación de los militares cubanos en negocios de gran rentabilidad como lo ha venido haciendo desde su constitución el Grupo de Administración Empresarial, mas conocido como GAESA un conglomerado de empresas que maneja sectores claves  de la economía que incluye el turismo, comercio minorista, finanzas y telecomunicaciones, un grupo de militares que manejan miles de millones de dólares sin una fiscalización verdadera  porque ellos son la máxima autoridad del país, a la vez que operan  los  servicios de inteligencia y seguridad.

    Las fuerzas armadas castristas, esto tal vez no sea correctamente político, pero me cuesta calificarlas como de Cuba, aparentan una inquebrantable lealtad, motivada, quizás, por devoción a la memoria del “máximo líder”; otros por la pasión que les embargó cuando cumplían funciones pretorianas a miles de millas de las costas de Cuba, sin que falten quienes sirvan por convicciones políticas y, para no incurrir conscientemente en una injusticia, es probable que no falten los que están a la espera del momento oportuno para exclamar, ¡Basta!  y derroquen la tiranía, o lo mas probable, los generales, doctores y sus proles, interesado en disfrutar las riquezas robadas a plenitud, sean los que actúen gracias a una oportuna conciencia de compromiso con los derechos humanos y la democracia.

  • El Salvador en busca del desarrollo y la democracia

    El Salvador en busca del desarrollo y la democracia

    Cada gobierno ha buscado a través de diferentes planes, encontrar la fórmula para que El Salvador pueda alcanzar la prosperidad. Podrá sonar utópico; sin embargo, se debe hacer un análisis FODA de lo que cada presidente realizó. Los salvadoreños hemos sufrido genocidios, guerras, terremotos, temporales, la pesadilla de las pandillas, etc. Y, siempre salió adelante. Siempre hubo una luz al final del túnel.

    La firma de Los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) fue un acontecimiento histórico de bastante envergadura en El Salvador. Antes de ello, se suscitaron acontecimientos que debilitaron o aniquilaron la democracia. Ejemplo de lo que realizó el expresidente Maximiliano Hernández Martínez (el asesinato de miles de campesinos).

    El hecho de firmar la paz el 16 de enero de 1992, no fue la erradicación de todos los problemas. La democracia salvadoreña estaba en pañales, empezó a resurgir una nueva forma de gobernar; empero, la corrupción, la delincuencia, las pandillas, las extorsiones y otros males, empezaron a aflorar. Antes, de la firma de la paz, hubo fraudes electorales de parte de gobiernos militares, hubo represión y un desbordamiento de las clases populares al no sentirse representadas o escuchadas.

    En ese devenir, muchos mandatarios (de corte militar) realizaron retrocesos democráticos en el llamado Pulgarcito de América, se ejecutaron golpes de Estado y se impuso una forma de gobernar represiva. Los pensamientos ideológicos o políticos han sido variados. Además, en tiempos del conflicto armado se ejecutaron a jesuitas, a Monseñor Romero, entre otros. Los salvadoreños hemos sido resilientes, pero raras veces olvidamos los yerros cometidos en la historia.

    Actualmente, el presidente Nayib Bukele logró erradicar el cáncer de las pandillas. Un punto muy importante para poder vivir en paz y seguridad. Podrá haber discrepancias al respecto; por ejemplo, que Bukele tiene a su favor los tres Poderes del Estado.

    Vivir democráticamente no es fácil en un país como El Salvador que ha experimentado todo tipo de problemas. ¿Qué es democracia? Según el diccionario de la Real Academia Española, democracia es: “Sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes”. La soberanía la puede tener el pueblo, pero la puede robar el mandatario que anhela aniquilar la democracia.

    La democracia total no existe, tampoco hay gobiernos perfectos. En El Salvador han gobernado presidentes con una variedad de ideologías, desde presidentes militares impuestos, corruptelas, votaciones amañadas y un sinfín de delitos a los derechos humanos hasta gobiernos de izquierda, de derecha, y el que actualmente nos gobierna con la insignia de hacer un Nuevo El Salvador.

    Algunos indicadores positivos, según el Banco Mundial, manifiesta que el turismo salvadoreño ha dinamizado la economía, el sector construcción ha despegado (hay muchas fuentes laborales), la economía presenta un breve crecimiento en el presente año. El Producto Interno Bruto ha mostrado una mejoría. Lo que debe poner atención el gobierno es apostarle más a la educación (calidad educativa), mejorar los sistemas de salud, apostarle más a la agricultura y erradicar la pobreza (…). Se evidencia que en educación anhelan hacer cambios. Algo que es difícil controlar son las migraciones hacia países con mejores oportunidades.

    Un punto importante es que la economía salvadoreña se mantiene gracias a las remesas, eso es un alivio para muchas familias. Para tener desarrollo, un país debe tener más inversión extranjera. Y, eso es lo que se espera de este gobierno.

    ¿Queremos vivir en democracia y desarrollo? La respuesta la tiene cada ciudadano que ha vivido un vaivén de gobiernos de diferentes ideologías. Algunos gobernaron imponiéndose y otros llegaron al poder a través del voto.  El camino hacia el desarrollo radica en que todos los sectores se unan. Si algo marcha mal, es necesario que se diga para no cometer los mismos errores del pasado.

    Para poder tener un país ideal, es necesario que la democracia y el desarrollo vayan de la mano. No puede haber desarrollo sin democracia. Nadie quiere volver a guerras fratricidas o a la sumisión que tenían las pandillas hacia el pueblo. Queremos desarrollo, oportunidades laborales, educación de calidad, etc. Todos queremos tener un mejor país, para ello, debemos de empujar al unísono el barco.

    *Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador  fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

     

  • Lo admita o no, Trump solo tiene una opción en Venezuela

    Lo admita o no, Trump solo tiene una opción en Venezuela

    Reducir los peligros geopolíticos contra EE UU, es decir, limitar la influencia de Irán, China y Rusia –probablemente en ese orden–, es motivo suficiente para que alguien como Donald Trump ordene la extracción de un dictador en Sudamérica. Nicolás Maduro era cliente para un desalojo intempestivo sin necesidad de ninguna invasión militar. Y así actuó el mandatario republicano, removiendo la pieza que faltaba para controlar mejor el tablero.

    Con la caída del sucesor de Hugo Chávez, no obstante, se abre otro abanico de posibilidades. Ya sabemos que Trump carece de credenciales democráticas y hasta de los escrúpulos mínimos para esconder esa carencia. También sabemos que su temperamento es volátil; su ego, descomunal, y sus ansias de dominio, alucinantes. No tiene empacho en decir lo que piensa porque nunca ha tenido necesidad de pensar en lo que dice. Sus límites, lo ha expresado él mismo, dependen de lo que él llama su “propia moralidad”, afirmación que será tema de debate entre psicoterapeutas y filósofos del derecho, a buen seguro, en los años por venir.

    Pero Donald Trump, como cualquier político huérfano de cualidades de estadista, sí tiene temores. Teme a los desafíos reales a su poder. Y además posee un aguzado olfato para entender los tiempos en que ese poder puede realmente ser desafiado. Las elecciones de medio término, el próximo noviembre, ejercen en el presidente un condicionamiento verdadero, porque para entonces debe presentar logros tangibles en casi todos los frentes que su desmesura ha abierto.

    Y es justo aquí donde la democracia en Venezuela puede colarse: en esa pequeña rendija que se ubica entre el narcisismo insoportable y el realismo electoral. Si personajes como Marco Rubio han conseguido empujar a su jefe por la ruta del golpe quirúrgico y exitoso, ahora están obligados a proponer la larga operación de la restauración democrática como una herencia noble y duradera. No porque a Trump le interesen los venezolanos, sino porque le importa lo que la posteridad diga de él.

    Y un fracaso clamoroso en la tierra de Bolívar no solo es ahora una posibilidad –amén de un pésimo legado–, sino que el fuego de charlatanería emitido por la Casa Blanca ya volvió palpable esa dura contingencia para muchos observadores, dentro de Venezuela y en el mundo. Llegó el momento que la retórica de fanfarrón de barrio se trueque en pragmatismo y habilidad, incluso para beneficio del mismo Trump.

    Descartar a María Corina Machado como actor clave en la transición venezolana fue, ahora lo sabemos, un desacierto político y un infantil desahogo emocional (premio Nobel de por medio). Sin embargo, como era esperable, alguien finalmente le dijo a Trump que aquel berrinche tenía sus consecuencias. Machado, sí o sí, tendrá que volver a Caracas y liderar la reconstrucción de su país, sea con la venia o con la renuencia del presidente norteamericano.

    Mucho antes de eso, es verdad, hay que cubrir el riesgoso vacío de poder que dejó Maduro. El chavismo residual, encarnado de momento en Delcy Rodríguez, es la cabeza de turco necesaria para este propósito. Sin alguien como ella, el desmantelamiento de la estructura opresora en Venezuela obligaría a una ocupación militar, a corto o mediano plazo. Y nadie quiere eso. Ni siquiera Trump; menos todavía sus votantes.

    Pero poner orden en los cuarteles es muy distinto a gobernar hacia la democracia. Esa tarea no puede llevarla a cabo ninguna figura del régimen caído, entre otras cosas porque nadie de ellos sabe qué significa Estado de derecho, separación de poderes o rendición de cuentas. Con quien sea que Washington negocie el tutelaje de este periodo, ese alguien debe saber que su misión tiene fecha de caducidad.

    Tras la fase de estabilización que impedirá el colapso del país, a renglón seguido, ojalá más temprano que tarde, EE UU tendrá que dar protección y respaldo in situ a la oposición legítima que venció a Maduro en las urnas en julio de 2024. Y este acompañamiento tendría que compartirse con otros vecinos de la región. Una presencia avasalladora estadounidense es desaconsejable.

    Reconocer estas condiciones elementales constituye la base de una transición exitosa. Si en serio se ha optado por guiar desde EE UU la primera estabilidad, con la promesa de construir la base de una democracia plena, la figura de Rodríguez es solo instrumental, mientras que la de Machado es esencial. Pero en tanto se arriba a ello, al pasado chavista le toca asumir hoy los riesgos de los desmontajes prioritarios.

    La liberación –no la mera excarcelación– de prisioneros políticos es innegociable, igual que el desarme de los colectivos motorizados bajo el mando de Diosdado Cabello. A los todavía desafiantes hay que limitarles sus opciones: unirse a la guerrilla colombiana en la frontera, atreverse a una infructuosa resistencia militar interna o ir a prisión. Lo importante es que cada remanente sepa a qué se atiene si desafía el interinato de Delcy Rodríguez.

    Al mismo tiempo, la base social opositora debe recibir los mensajes correctos, no más confusión. Como ha escrito Andrés Izarra, antiguo miembro del gabinete de Chávez, “el triunfo de Trump fue sacar a Maduro del volante con el auto andando y sentarse él”. Cierto. El problema es que no solo ha seguido su marcha, sino que este automóvil –llamado Venezuela– solo tiene una meta posible: la democracia. Cualquier otro destino es una colisión… y será mortal para quien vaya a bordo, aunque se apellide Trump.

  • La Era de la Verificación Rota: Por Qué 2026 Marca el Fin de la Reputación Como la Conocíamos

    La Era de la Verificación Rota: Por Qué 2026 Marca el Fin de la Reputación Como la Conocíamos

    I. El Momento Grok: Cuando Se Rompió la Última Línea de Defensa

    El 13 de enero de 2026, mientras los ejecutivos de xAI celebraban el lanzamiento de Grok Image Gen 2, algo inesperado sucedió en X. En menos de dos horas, más de 15,000 imágenes sexualizadas no consentidas inundaron la plataforma. No eran hackers sofisticados ni grupos criminales organizados. Eran usuarios ordinarios que simplemente etiquetaban a Grok en una publicación.

    Lo que siguió fue descrito como el «momento Cambridge Analytica para la IA generativa», marcando el fin de la autorregulación de la industria. California y Canadá lanzaron investigaciones simultáneas, convirtiendo esto en la primera prueba importante de la ley AB 621 de California, que impone daños civiles de hasta $250,000 por víctima de deepfakes no consentidos.

    Pero aquí está el verdadero problema: el geobloqueo implementado por xAI el 14 de enero no solucionó nada. Los filtros regionales pueden evadirse con VPNs. Los reguladores buscan cambios sistémicos en los pesos del modelo, no parches superficiales. Lo que revela esta crisis es más profundo y perturbador: hemos entrado a la era de la «verificación rota», donde probar qué es real se ha vuelto el producto más valioso del mercado.

    Para los profesionales de comunicación corporativa, esto no es un problema técnico. Es una crisis existencial de confianza que redefinirá cómo construimos, defendemos y medimos la reputación.

    II. La Triple Convergencia que Está Redibujando el Mapa Reputacional

    1. La Politización de lo Ordinario

    Las decisiones rutinarias de negocio ya no son neutrales. La volatilidad arancelaria y la inflación creciente están alimentando acusaciones de especulación de precios y alimentando el sentimiento anti-corporativo impulsado por IA. Cada ajuste de precio, cada política laboral, cada inversión en automatización, ahora se juzga a través de lentes partidistas, culturales y económicos.

    Tesla, Disney, Nike: todas muestran la misma dinámica. Cuando las decisiones de liderazgo, la política y la cultura chocan, no existe una reputación «corporativa» separada de una «de consumidor». Solo hay una reputación humana.

    La implicación es radical: los silos de mensajería van a colapsar. Los modelos de agencia construidos alrededor de ellos también. El empleado que lee tu reporte anual está en TikTok esa noche. La misma persona que juzga la ética de tu CEO está comprando o boicoteando tu producto.

    2. La Brecha entre Decir y Hacer Se Ha Vuelto Tóxica

    Para 2026, las audiencias están aún menos pacientes con estrategias bellamente articuladas que no se corresponden con acción visible. Esto se intensificará dramáticamente a medida que la Generación Alpha —la generación más grande en la historia humana— alcance la edad de votar.

    La reputación no se construye con comunicación sofisticada. Se construye río abajo del comportamiento. Las marcas que destacan son aquellas que reducen la brecha entre lo que dicen y lo que la gente puede ver, tocar, experimentar o verificar.

    En un año definido por el agotamiento, la inflación y la sobrecarga de información, las marcas que ganaron afecto fueron aquellas que redujeron la fricción. Aldi, Lidl, Decathlon, IKEA, Octopus Energy: todas demostraron que ser un refugio en mares turbulentos es una posición poderosa. La gente no busca perfección. Busca certeza y alivio.

    3. IA: La Herramienta que No Genera Confianza

    La inteligencia artificial se ha convertido en la principal preocupación de gestión de reputación entre los ejecutivos de alto nivel a nivel mundial, aunque menos de la mitad dice sentirse bien preparada para gestionar su impacto.

    Un estudio reciente de más de 3,000 ejecutivos de alto nivel en 27 mercados reveló datos alarmantes: El 78% de los ejecutivos dijo que las debilidades reputacionales impactaron el comercio y los ingresos de la compañía. Solo el 45% reportó estar altamente alineado con las expectativas del cliente. La alineación cayó aún más con empleados (44%), gobierno y reguladores (44%), inversores (42%) y miembros de la comunidad (40%).

    La IA no tiene «respuestas» a preguntas reputacionales, solo insumos a un proceso que debe ser consultivo y centrado en el ser humano. Sí, acelerará la producción de contenido. Sí, optimizará la distribución. Pero no creará confianza. No sustituirá el juicio. Y no reparará brechas de credibilidad causadas por decisiones débiles.

    A medida que el contenido sintético inunda la zona, las señales humanas se vuelven más valiosas, no menos.

    II. Los Tres Vectores de Ataque que Ninguna Empresa Puede Ignorar

    Vector 1: Deepfakes Empresariales y el Fin de la Autenticación Visual

    Ya no hablamos de conceptos teóricos. Los deepfakes estuvieron involucrados en más del 30% de los ataques corporativos de alto impacto por suplantación en 2025. Las pérdidas por fraude financiero en EE.UU. alcanzaron $12.5 mil millones en 2025, con ataques asistidos por IA contribuyendo significativamente.

    El caso de Hong Kong sigue siendo emblemático: un empleado transfirió $25 millones a cuentas controladas por criminales después de una videollamada con un «CFO» deepfake. Pero 2026 trae una evolución peligrosa: El fraude de empleo escalará a medida que herramientas mejoradas de IA permitan que candidatos deepfake pasen entrevistas más fácilmente.

    Las empresas incorporarán involuntariamente a estos empleados falsos y les darán acceso a sistemas internos. El FBI y el Departamento de Justicia ya emitieron múltiples advertencias sobre operativos norcoreanos haciéndose pasar por trabajadores de TI remotos.

    **La pregunta crítica**: ¿Cómo verificas la identidad cuando la autenticación visual está rota?

    Vector 2: Agentes de IA Sin Control y el Nuevo Insider Threat

    Los expertos predicen que las identidades agénticas superarán en número a las humanas en una proporción de 100 a 1, cada una operando independientemente, tomando decisiones y frecuentemente accediendo a datos críticos.

    La mayoría de las organizaciones no están listas para este nivel de proliferación de identidades. En la prisa de 2026 por desplegar agentes de IA, muchos otorgarán permisos excesivos o saltarán las protecciones adecuadas. Esto conducirá a una nueva ola de brechas donde la IA es engañada para compartir datos, realizar tareas no autorizadas o abrir puertas a atacantes.

    El problema de «agencia excesiva» es donde vendrá la próxima generación de brechas de IA. No se tratará de fugas de datos, sino de sistemas que causan daño en el mundo real o disparan costos. Ya hemos visto agentes perder el control, ejecutando búsquedas recursivas y quemando miles de dólares en tokens en un día.

    Vector 3: La Fragmentación del Ciclo de Noticias y la Muerte de la Narrativa Controlada

    El ritmo y la fragmentación del ciclo de noticias moderno es más rápido y fragmentado que nunca. En un panorama donde los riesgos reputacionales emergen y evolucionan en un instante, las organizaciones más fuertes serán aquellas que se mantengan ancladas a sus stakeholders más críticos.

    El modelo tradicional de «crisis → respuesta → gestión → recuperación» se ha vuelto obsoleto. Las crisis ahora se desarrollan en múltiples plataformas simultáneamente, con narrativas contradictorias, cada una ganando tracción en diferentes comunidades.

    IV. El Nuevo Playbook: De la Gestión de Mensajes a la Arquitectura de Confianza

    Abandona la Ilusión del Control Narrativo

    La idea de que puedes «controlar el mensaje» en 2026 es ficción. Las organizaciones deben pasar de tratar de moldear percepciones a construir infraestructura de verificación.

    **Acción práctica**: Implementa sistemas de Content Provenance and Authenticity (C2PA) que incrusten metadatos invisibles en cada pieza de contenido corporativo. Esto no es opcional; será el estándar de la industria en 12 meses.

    Convierte la Acción en la Estrategia

    La comunicación debe seguir a la acción, no liderarla. Las marcas que destacan serán aquellas que reducen la brecha entre lo que dicen y lo que las personas pueden ver.

    Caso de estudio inmediato: Cuando Octopus Energy demostró que la transparencia y el servicio aún pueden ganar confianza en un sector roto, no lo hicieron con una campaña de marketing. Lo hicieron cambiando radicalmente su estructura de precios y haciéndola verificable públicamente.

    Trata Cada Función Interna como Fuente de Riesgo Externo

    Los comunicadores que puedan navegar con éxito las presiones de 2026 necesitarán tratar cada función de negocio interna como una fuente de riesgo externo. El desarrollo de un marco integrado de respuesta rápida construido sobre velocidad e influencia validada ya no es una ventaja competitiva; es un requisito de supervivencia.

    Construye Capacidad de Verificación Humana

    La comunicación en persona aumentará en popularidad como última línea de defensa en ciberseguridad. Los deepfakes han alcanzado un nuevo nivel de sofisticación. Las empresas están implementando protocolos donde las decisiones financieras críticas requieren confirmación a través de múltiples canales, incluyendo verificación en persona o llamadas de voz desde números conocidos.

    **Protocolo nuevo**: Para transacciones superiores a cierto umbral, requiere verificación en tres factores: digital, voz desde línea conocida, y confirmación física presencial o por videollamada con protocolo de desafío-respuesta personal.

    V. La Paradoja del Valor Reputacional en 2026

    Aquí está la ironía: justo cuando la reputación se vuelve más difícil de gestionar, su impacto financiero se ha vuelto cuantificable.

    Un estudio reciente reveló que las empresas con reputaciones sólidas obtienen casi un 5% más en retornos accionarios inesperados. Utilizando IA y modelado predictivo, el análisis de 66 empresas que cotizan en bolsa entre octubre 2024 y octubre 2025 aisló la porción del rendimiento accionario no explicada por tendencias de mercado más amplias.

    Las empresas de mejor desempeño puntuaron de 11 a 15 puntos más alto en cada dimensión de reputación. Para las empresas financieras examinadas, el estudio señaló una disminución consistente en liderazgo (-24%), gobernanza (-11%) y ciudadanía (-15%). Esta erosión pone $4.3 mil millones en valor reputacional en riesgo directo.

    Esto debería crear una hoja de ruta para tratar la reputación como un activo financiero obligatorio que requiere supervisión de C-suite e inversión a nivel de junta.

    VI. La Pregunta que Define el Futuro

    En los próximos 12 meses, cada organización enfrentará esta pregunta fundamental: ¿Eres una fuente de certeza o de confusión?

    En 2026, no habrá terreno intermedio. Las empresas que sobrevivan serán aquellas que acepten una verdad simple: la reputación ya no se gestiona. Se verifica.

    Los días de la gestión de reputación como ejercicio de relaciones públicas han terminado. Bienvenidos a la era de la arquitectura de confianza, donde cada decisión operativa es una decisión reputacional, y donde la única ventaja sostenible es ser verificablemente auténtico.

    La pregunta no es si tu organización está lista para esta transición. La pregunta es: ¿cuánto valor reputacional puedes permitirte perder antes de que sea demasiado tarde para recuperarlo?

  • Nacho y Francisco dijeron

    Nacho y Francisco dijeron

    El Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) es parte de la Vicerrectoría de Proyección Social de la casa jesuita de estudios superiores en nuestro país; fue fundado en 1986 por Ignacio Martín-Baró, uno de los seis curas asesinados el 16 de noviembre de 1989. Ya existía, pues, cuando se firmó el llamado “Acuerdo de Chapultepec” el 16 de enero de 1992; por ello, pudo tomarle el pulso a la nación para conocer su sentir sobre este y el proceso que formalmente inició en Ginebra el 4 de abril de 1990. Fueron tres las encuestas hechas por dicho ente durante el primer año de la posguerra. Es interesante traer a cuenta algunos de sus resultados, a 36 años de distancia. Sobre todo, ante el revisionismo calculador de Nayib Bukele; coherente con su trayectoria este ha negado de palabra, obra y omisión la veracidad de los mismos y de la confrontación bélica a la que le pusieron fin.

    El segundo de dichos sondeos fue publicado el 17 de julio del 1992. Al preguntarle entonces a las personas consultadas si las “cosas” estaban cambiando con “los acuerdos” o si seguían igual, arriba del 46 % respondió afirmativamente; mientras, el 28 aseguró que permanecían como siempre y el 23 manifestó que solo algunas cambiaron. La tercera medición se conoció el 13 de noviembre y las opiniones vertidas sobre las dimensiones de lo conseguido fueron estas: el 54.5 %sostuvo que se alcanzó más de lo esperado, el 35 dijo que menos y apenas el uno sostuvo que no se logró nada.

    Una década después, el 14 de enero del 2002, el IUDOP publicó su siguiente exploración sobre el tema y resultó que más del 80 % de la gente interrogada aseguró que los acuerdos fueron “buenos”; abajo del siete sostuvo que fueron “malos” y cerca del trece opinó que no fueron ni buenos ni malos. Además, se quiso profundizar en las razones por las cuales creían que estábamos mejor: porque ya no había guerra, manifestó un poco menos de la mitad.

    Pero, según mi humilde criterio, el gran problema radicó en el descuido de lo económico y social; en la falta de conciencia y valor para entrarle siquiera un poco a lo que estaba y siempre ha estado a la base dela conflictividad nacional: la exclusión y la desigualdad que golpean a sus mayorías populares. Y ahora, 34 años después de aquel 16 de enero de hace 34 años, los pocos avances que se habían conseguido ya terminaron zampados en el basurero. Porque sí se logró mejorar en transparencia y separación de poderes; prueba de ello son los expresidentes del partido de la derecha antes dominante, señalados y algunos hasta procesados por haberse lucrado a manos llenas en detrimento del patrimonio nacional. O la reversión del fallido intento por cortarle las alas a la Sala de lo Constitucional con el infeliz Decreto 743, durante la primera administración presidencial del partido dizque de izquierda.

    Desde el fin del conflicto armado hasta junio del 2019 hubo mejoras innegables en otros asuntos, pero no en la seguridad personal y comunitaria sobre todo allá en el abajo y el adentro del territorio nacional. Esta no se logró y el tamaño de ese mal llegó a ser de tal dimensión que muchísima población terminó rendida a los pies de quien, por de pronto, le ha brindado un alivio. ¿Cuánto durará ese flechazo, devaneo o aventura? ¡Quién sabe! Porque, por citar una imagen altamente ilustrativa, el real y estructural centro histórico capitalino ‒no el “histriónico” del “bukelato”‒ sigue siendo el retrato cierto y patético de la realidad salvadoreña. Esa parte de la ciudad capital es la estampa de un París tercermundista rodeado de mesones, tugurios y otras formas de precariedad habitacional y comercial. Dicho espacio remodelado y acicalado es glamoroso pero inasequible para el común de las personas que sobreviven en sus alrededores.

    Entonces recuerdo a Martín-Baró asegurando que se trata sobre todo “de crear una versión oficial de los hechos, una ‘historia oficial’, que ignora aspectos cruciales de la realidad, distorsiona otros e incluso falsea o inventa otros. Esta ‘historia oficial’ se impone a través de un despliegue propagandístico intenso y muy agresivo, al que se respalda incluso poniendo en juego todo el peso de los más altos cargos oficiales”. “No renegués la historia de tu patria”, le dijo el papa Francisco a la juventud en el 2018. “Buscá las raíces”, agregó el pontfice, “buscá la historia y desde allí construí el futuro. Y aquellos que te dicen que los héroes nacionales ya pasaron, que no tienen sentido, que ahora empieza todo de nuevo, reíteles en la cara… Son payasos de la historia”.

     

     

  • Homicidios por alcoholismo en El Salvador, la cifra nefasta en 2025

    Homicidios por alcoholismo en El Salvador, la cifra nefasta en 2025

    A eso de las 8:00 de la noche del jueves 11 de diciembre del año pasado Walter Sánchez, de 28 años de edad, compartía bebidas embriagantes con su padre Miguel Ángel Sánchez, de 51 años, cuando comenzaron una acalorada discusión que terminó cuando el progenitor atacó con arma blanca a su hijo hasta quitarle la vida. El suceso, en el que también resultó con lesiones en sus manos la esposa del hechor y madrastra de la víctima, ocurrió en el caserío La Garduña del cantón Apancoyo, en el distrito de Santa Isabel Ishuatán, en Sonsonate Este.

    En Ataco, Ahuachapán, el 22 de agosto pasado la Policía Nacional Civil (PNC) capturó a Carlos Alfonso Jiménez Arévalo, de 66 años, acusado de asesinar de un balazo a su hijo Carlos Jiménez de 44 años. El homicida consumía bebidas embriagantes y cuando su hijo le llamó la atención sacó un arma de fuego y le hizo un disparo en la cabeza.

    El 8 de octubre de 2025 la PNC detuvo en flagrancia a Juan Pablo Mancía, de 41 años, quien en estado de ebriedad mató a machetazos a un “amigo” suyo con quien compartía bebidas alcohólicas en el cantón Casa de Piedra, distrito de  San Marcos.

    Estos tres  homicidios, solo son una  muestra de los 43 que hubo en 2025, producto de la intolerancia social, que es una de las manifestaciones del alcoholismo. Según el Ministerio de Seguridad en 2025 El Salvador reportó 82 homicidios, de los cuales más del 52 por ciento fueron cometidos por sujetos intolerantes bajo los efectos de las bebidas embriagantes. Los otros homicidios (48 por ciento) fueron  producto de la intolerancia familiar y la delincuencia común.

    La cifra es bastante reducida si se compara con años atrás cuando el promedio de muertes diarias pasaba de los diez. El resultado para 2025 da un promedio de 6.8 homicidios por mes. Si a los 82 homicidios le quitamos los 43 cometidos bajo los efectos del alcohol nos deja 39 muertes, que dividido entre los 12 meses nos arroja un resultado de 3.25 homicidios al mes.  Lo ideal es que los homicidios desaparezcan en todas sus formas.

    En la mayoría de estos homicidios por intolerancia víctima y victimario se conocían y se encontraban departiendo alcohol cuando tras una acalorada discusión se dio el hecho criminal. En algunos casos los involucrados eran parientes inclusos de primer grado: Padre e hijo o viceversa.

    Para no variar mucho el primer homicidio del presente año ocurrió el  viernes 2 de enero en el distrito de El Paisnal, San Salvador Norte, donde Armando Chacón Guerra, de 42 años, mató con arma blanca a un hombre de 59 años, con quien departía bebidas alcohólicas, Dos días después, en el distrito de  Ilopango Ana Esther Hernández, de 36 años, bajo los efectos del alcohol y tras discutir por celos mató de una puñalada en el corazón a su pareja de 39 años.

    El alcohol embrutece a las personas y les genera una falsa valentía que a muchos los tiene en la cárcel, en el hospital o en el cementerio. A otros los tiene tremendamente arrepentidos de sus acciones, pero por desgracia las acciones negativas del alcoholismo no tienen marcha atrás, por ejemplo Migue Ángel Sánchez no puede dar marcha atrás al tiempo para revivir a su hijo Juan. Ninguna persona que bajo embriaguez haya matado a su esposa, a un hijo o a un ser querido, podrá devolverle la vida con su arrepentimiento.

    El fin último del alcoholismo es la muerte, tarde o temprano el alcohólico morirá como producto de la ingesta alcohólica, ya sea que muera en la calle, en un hospital o en su cama. Pero antes de su muerte física ha matado la tranquilidad y seguridad de los suyos y eso equivale a infelicidad. El alcohólico, cualquiera sea su condición, de manera injusta e ingrata se encarga de llevar angustia, sufrimiento y desilusión a los suyos.

    Como persona irresponsable el alcohólico genera sufrimiento a su entorno y en ocasiones provoca daños irreparables. El alcoholismo, una enfermedad mental, puede ser controlada y superada a través de procesos de recuperación y superación. Se requiere humildad y de fe ciega en un Ser Superior para alcanzar niveles de tolerancia, talante, talento y templanza para sobrepasar la enfermedad y pasar del ser irresponsable a ser un ente responsable.

    En El Salvador y en 180 países del mundo existe Alcohólicos Anónimos (AA) como una comunidad de hombres y mujeres dispuestos a someterse al proceso de recuperación y superación del alcoholismo mediante el método de compartir experiencias y el dolor de la angustiante y destructiva enfermedad  del alma. Para ser parte de AA no se requiere más requisito que aceptar ser alcohólico y estar dispuesto a someterse con humildad al proceso de recuperación. Ahí nadie sobra y todos son bienvenidos, cualquiera sea su condición.

    Seguramente la mayoría de los 43 homicidas que actuaron bajo la influencia del alcoholismo hoy estén arrepentidos en sus celdas, pero también odiados o rechazados por sus propios parientes que tras el dolor por el luto siente vergüenza por los homicidas y reclaman justicia.

    Decir que en 2025 hubo 39 homicidios suena mejor que decir que hubo 82 muertes violentas, de los cuales, 43 fueron cometidos por personas alcoholizadas, sin contar los homicidios culposos cometidos por ebrios al volante. Maldito alcohol que tanto luto y dolor le causa al pueblo salvadoreño.

    * Jaime Ulises Marinero es periodista

  • Cuando las palabras unen: la literatura como puente de comunicación en la empresa


    Cuando las palabras unen: la literatura como puente de comunicación en la empresa


    En el mundo empresarial solemos hablar de comunicación interna como si fuera un asunto puramente técnico: correos claros, reuniones cortas, instrucciones precisas. Todo eso es importante, sin duda. Pero pocas veces nos detenemos a pensar que la comunicación es, antes que nada, un acto humano.

    Detrás de cada mensaje hay emociones, expectativas, temores, ilusiones y sueños. Y ahí es donde la literatura, silenciosa y poderosa, puede convertirse en una gran aliada.

    La literatura no es solo cultura, ni un lujo para quienes aman los libros. Es una escuela de sensibilidad, de escucha y de expresión. Leer cuentos, novelas o relatos nos entrena para comprender mejor al otro, para elegir mejor las palabras y para construir puentes en lugar de muros. En la empresa, eso se traduce en equipos más unidos, conversaciones más honestas y un clima laboral más sano.

    He aprendido que leer nos enseña a escuchar. Parece una paradoja, pero es verdad. Cuando leemos una buena historia, aprendemos a poner atención a los detalles, a los silencios, a lo que el autor no dice directamente.

    Obras como El Principito nos recuerdan que “lo esencial es invisible a los ojos”. En la vida empresarial, esto se vuelve una lección práctica: escuchar no es solo oír palabras, es entender lo que el otro siente, piensa o necesita.

    Imaginemos una reunión donde un colaborador habla poco, pero su lenguaje corporal muestra preocupación. Quien ha cultivado la lectura suele estar más atento a esos matices. La literatura educa la sensibilidad para percibir lo que no siempre se expresa con claridad. Y cuando en una empresa se escucha con atención, se fortalecen la confianza y el respeto mutuo.

    También la literatura nos enseña a expresarnos mejor. Gabriel García Márquez tenía la capacidad de decir cosas profundas con palabras sencillas. Muy similar es el estilo del escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué, SALARRUÉ.

    En la empresa, eso es una virtud inmensa. Un correo mal redactado puede causar confusión, tensión o incluso conflictos innecesarios. En cambio, un mensaje claro, respetuoso y bien pensado agiliza procesos y fortalece las relaciones.

    Leer mejora el vocabulario, ordena el pensamiento y nos da herramientas para explicar ideas complejas de manera simple. Un líder que lee suele comunicar mejor, porque aprende que las palabras no son adornos, sino instrumentos para construir acuerdos y motivar a su equipo.

    La empatía es otro regalo maravilloso de la literatura. Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, nos muestra que cada ser humano es un universo de luchas internas. Cuando llevamos esta enseñanza a la empresa, comprendemos que no todos viven las mismas circunstancias.

    Hay quien llega preocupado por un problema familiar, quien carga una enfermedad, quien vive presiones económicas o emocionales. La literatura nos vuelve más humanos y menos duros en nuestros juicios.

    Y cuando la comunicación se da desde la empatía, el ambiente laboral cambia. Las correcciones se vuelven más respetuosas, los desacuerdos se manejan con más madurez y la colaboración fluye con mayor naturalidad.

    La narrativa también tiene un poder especial: motiva. Alicia en el país de las maravillas nos muestra cómo la imaginación transforma lo ordinario en extraordinario. En la empresa pasa algo parecido cuando los líderes saben contar historias. No basta con decir “hay que cumplir una meta”; es distinto decir “vamos juntos hacia un propósito”. La literatura nos enseña que las historias movilizan el corazón, no solo la mente.

    Un jefe que sabe narrar, que explica el sentido de un proyecto como una historia en construcción, logra mayor compromiso. El talento humano no solo ejecuta tareas: participa en una misión que tiene significado.

    Además, la literatura crea un lenguaje común. Cuando en una empresa se comparten lecturas, aunque sean sencillas, se genera una referencia compartida. Un cuento comentado en un café, una frase recordada en una reunión, una historia mencionada en una capacitación, van creando identidad. La empresa deja de ser solo un lugar de trabajo y se convierte en una comunidad que comparte valores.

    Incluso ejemplos cotidianos muestran esto. Un equipo que lee aprende a redactar mejor sus informes. Un supervisor lector suele explicar con más calma. Un colaborador lector escribe correos más respetuosos. Un gerente lector entiende que comunicar no es imponer, sino orientar.

    La Biblia nos recuerda una verdad profunda: “LA RESPUESTA SUAVE APLACA LA IRA, MÁS LA PALABRA ÁSPERA HACE SUBIR EL FUROR” (Proverbios 15:1). La literatura educa precisamente esa suavidad: la capacidad de elegir palabras que construyen, no que hieren; que animan, no que destruyen.

    Por eso, promover la lectura en la empresa no es una pérdida de tiempo. Es una inversión en el alma de la organización. No se trata de obligar a nadie a leer grandes novelas, sino de abrir espacios: un libro recomendado, una pequeña biblioteca, un club de lectura mensual, una frase compartida al inicio de una reunión.

    Leer fortalece la comunicación interna porque forma personas más conscientes, más respetuosas y más claras al expresarse. Y cuando la comunicación mejora, mejora todo: el clima laboral, la productividad, la confianza y el sentido de pertenencia.

    La literatura nos recuerda algo esencial: las empresas están hechas de personas, no solo de procesos. Y las personas crecen cuando aprenden a escuchar, a hablar con verdad y a mirar al otro con compasión.

    Al final, cada libro leído es una semilla.

    Una semilla de diálogo.

    Una semilla de respeto.

    Una semilla de unidad.

    Y una empresa que cuida sus palabras, cuida su futuro.

    *Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. 

    alfredocaballero.consultor@gmail.com

     

     

     

     

  • La intolerancia social y los homicidios intencionales en El Salvador 

    La intolerancia social y los homicidios intencionales en El Salvador 

    Al cerrar el balance de seguridad pública y delictivo del año 2025, El Salvador se enfrenta a una paradoja criminológica interesante y a la vez preocupante. Mientras el país celebra, con justa razón, el desmantelamiento de las estructuras criminales que nos asfixiaron por décadas, las salas de emergencia, escenas del delito, las morgues, y de manera pública en las redes sociales de la PNC reportan una tipología de asesinatos que no es novedosa, pero que ahora resalta ante el combate efectivo a las pandillas criminales. Ya no es el homicidio instrumental aquel ordenado por una clica por territorio, extorsión o por absurdos de las pandillas, sino el homicidio expresivo: el crimen nacido de la intolerancia social.

    En El Salvador, donde caminar por la calle es seguro y real, demostrable, el peligro parece haberse trasladado a la intimidad de la convivencia. La intolerancia social, en nuestro contexto actual, se define como la incapacidad colectiva para gestionar la frustración sin recurrir a la violencia y agresión física. Es el salvadoreño que lo conocemos como «mecha corta» contexto cultural que ha quedado expuesta una vez que la marea de los asesinatos de las pandillas bajó y se encuentran erradicados.

    Para entender por qué nos seguimos matando, aunque ya no sea por rifarse el «barrio», debemos diseccionar tres factores criminógenos precipitantes que han marcado la pauta en el año 2025:

    La cultura etílica como detonante: Las estadísticas de 2025 son claras. Un porcentaje alarmante de homicidios y lesiones graves ocurre durante los fines de semana y en contextos de ocio aun en días que no son fines de semana o asuetos. El alcohol en nuestra sociedad no es solo un lubricante social, es un desinhibidor de una agresividad latente. La mezcla de alcohol con una cultura que valida el «no dejarse de nadie» convierte una discusión de cantina, bar, tiendita o en la comunidad en una escena del crimen.
    El estrés vial y la territorialidad urbana: Ante la reconfiguración urbana y el aumento del parque vehicular, el tráfico se ha convertido en una olla de presión. El vehículo se percibe como una extensión del cuerpo y el espacio privado; invadir ese carril se interpreta como una ofensa al honor. Hemos visto casos donde una pequeña colisión vehicular termina en golpes, lesiones leves o graves con arma blanca un fenómeno de pura impulsividad criminal.
    La normalización de la violencia como resolución: Décadas de conflicto armado y violencia pandilleril nos dejaron una secuela psicológica: la validación de la fuerza. Aunque el ciudadano promedio detesta al pandillero, ha interiorizado su método: el conflicto se resuelve eliminando al oponente, no dialogando. Es una violencia reactiva, no planificada, pero igualmente letal. Con raíces en el machismo y cultura patriarcal.
    La estrategia de seguridad del gobierno ha sido impecable en la represión del crimen organizado. Sin embargo, el reto para este 2026 es la prevención primaria y secundaria. La criminología moderna nos dicta que, para combatir la intolerancia, debemos intervenir en la cognición social. Necesitamos campañas masivas de salud mental y desarticulación de la «masculinidad frágil» que asocia la negociación con la debilidad. Necesitamos mecanismos de justicia de paz que sean más rápidos que la ira de un ciudadano armado. Como resolución alterna de conflictos, mediación y los facilitadores judiciales en las comunidades.

    El Salvador sigue ganando la guerra contra las pandillas, pero ahora enfrenta la batalla contra la intolerancia social, la falta de amor, empatía y respeto por el más próximo. La seguridad pública ya no depende solo del gobierno, sino de la capacidad de cada salvadoreño de respirar hondo, hacer una pausa y entender que ninguna ofensa verbal vale una vida. Si no desactivamos el gatillo de la intolerancia, seguiremos llorando muertos, esta vez, a manos de nosotros mismos. De los 82 homicidios intencionales registrados en el 2025, 43 corresponden a intolerancia social y 31 a intolerancia familiar. Esto significa que el 90.2% de esos homicidios en El Salvador ya no son producto del crimen organizado, sino de la incapacidad ciudadana para gestionar conflictos de manera pacífica.  Para disminuir la tasa de homicidios en el año 2026 debemos como sociedad colaborar y contribuir de lo contrario será imposible llegar a una tasa de homicidios inferior a uno por cada 100,000 habitantes.

    • Ricardo Sosa / Doctor y máster en Criminología  @jricardososa 

  • Orden sin deliberación: cuando la eficacia reemplaza a la democracia

    Orden sin deliberación: cuando la eficacia reemplaza a la democracia

    En sociedades cansadas del conflicto, la promesa de orden tiene un poder casi hipnótico. Orden significa previsibilidad, seguridad, normalidad. Frente al caos —real o percibido—, cualquier autoridad que ofrezca resultados rápidos suele recibir un amplio margen de confianza. El problema comienza cuando esa confianza se transforma en cheque en blanco y la eficacia se usa como argumento para prescindir de la deliberación democrática.

    En El Salvador, el discurso del orden ha ganado centralidad. Se presenta como una solución técnica a problemas históricos: crimen, ineficiencia estatal, corrupción, lentitud institucional. El mensaje es claro y seductor: menos discusión, más acción. Sin embargo, toda política que reduce el espacio para el debate público no elimina los conflictos; simplemente los desplaza fuera de la conversación.

    La democracia, por definición, es lenta. No porque sea ineficiente, sino porque incorpora voces distintas, intereses contradictorios y procesos de control. La deliberación no es un defecto del sistema democrático: es su mecanismo de corrección. Cuando se la reemplaza por decisiones verticales justificadas en la urgencia o en la popularidad, se abre una puerta difícil de cerrar.

    La eficacia, en sí misma, no es un valor negativo. Un Estado incapaz de ejecutar políticas públicas pierde legitimidad. Pero cuando la eficacia se convierte en el único criterio, se vuelve peligrosa. Un gobierno puede ser eficaz encarcelando sin debido proceso, silenciando opositores o concentrando poder. La historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos de regímenes que “funcionaron” durante un tiempo y dejaron, a largo plazo, instituciones debilitadas y sociedades fragmentadas.

    El problema no es el orden, sino el orden sin reglas compartidas. Cuando las normas se subordinan a la voluntad del poder, dejan de ser garantías y se transforman en instrumentos. Hoy se aplican contra “los otros”; mañana pueden aplicarse contra cualquiera. La excepcionalidad, una vez normalizada, deja de ser excepción.

    Otro rasgo preocupante es la confusión entre popularidad y legitimidad. Un gobierno con amplio respaldo electoral no está exento de límites. Las mayorías no sustituyen a la Constitución ni a los derechos fundamentales. Sin embargo, en el discurso público contemporáneo se insinúa con frecuencia que cuestionar decisiones del poder es ir en contra de la voluntad popular, como si el voto autorizara cualquier medida posterior.

    Este razonamiento erosiona uno de los pilares de la democracia: el control ciudadano permanente. Elegir gobernantes no equivale a renunciar a la crítica. Por el contrario, una ciudadanía madura es aquella que apoya cuando corresponde y cuestiona cuando es necesario, incluso —y sobre todo— cuando el poder goza de altos niveles de aprobación.

    La reducción del debate también tiene consecuencias culturales. Se instala una lógica binaria: a favor o en contra, patriota o enemigo, orden o caos. En ese esquema, el matiz desaparece y la complejidad se percibe como debilidad. Pero los problemas estructurales no se resuelven con consignas; requieren diagnósticos incómodos y soluciones imperfectas, discutidas colectivamente.

    Además, el silenciamiento no siempre adopta formas explícitas. No hace falta censura abierta cuando basta con deslegitimar la crítica, ridiculizar al disidente o saturar el espacio público con una narrativa única. La autocensura suele ser más eficaz que la represión directa, porque no deja huellas visibles.

    El riesgo mayor de este modelo es su fragilidad. Un sistema sostenido únicamente por la eficacia inmediata carece de amortiguadores cuando las cosas salen mal. Sin instituciones fuertes, sin prensa crítica, sin espacios de deliberación, los errores se acumulan hasta volverse crisis. Y entonces, paradójicamente, el orden prometido se vuelve insostenible.

    Defender la deliberación no es defender el desorden. Es defender la idea de que el poder debe explicarse, justificarse y someterse a límites. Que la rapidez no sustituye a la legalidad y que la popularidad no reemplaza a la ética pública.

    El verdadero desafío para El Salvador no es elegir entre orden o democracia, sino comprender que sin deliberación no hay orden duradero. Lo demás es eficacia momentánea, políticamente rentable, pero institucionalmente costosa. Y la factura, como suele ocurrir, no la paga el poder: la paga la sociedad.

  • Venezuela, Trump y la geopolítica

    Venezuela, Trump y la geopolítica

    En la gran mayoría de los análisis que circulan sobre la extracción de Nicolás Maduro, poco espacio se otorga a la observación de esta radical acción desde la perspectiva de la seguridad nacional de Estados Unidos. Y en parte es lógico que así sea. Además de la inveterada narrativa antinorteamericana, tan arraigada en el continente, el régimen venezolano supo ocultar por largo tiempo el hecho de que su territorio era la base de extranjeros peligrosos para su vecino del norte.

    Aunque Chávez y Maduro insistían en negarlo, igual que la dictadura cubana, era conocido que militares procedentes de la Isla desarrollaban diversas actividades en Venezuela. Ahora no tuvieron más remedio que admitirlo. Pero mucha mayor importancia dio Washington a la detección de amenazadores elementos rusos, chinos e iraníes, en particular tras el golpe propinado a plantas nucleares de estos últimos en junio de 2025. El pasado 3 de enero, el mismo día que se descabezaba a la tiranía chavista, se cumplían exactos seis años del mortal ataque con drones a Qasem Soleimani, el general iraní que comandaba la división de inteligencia de los Guardianes de la Revolución Islámica, ejecución también ordenada por Trump.

    Hoy se entiende mejor por qué el aparatoso despliegue marítimo estadounidense no podía limitarse a atacar pequeñas embarcaciones de supuestos narcotraficantes. Se trataba de algo más significativo, incluyendo cortar el flujo de uranio, tritio y otros ingredientes estratégicos hacia Irán, cuyo Gobierno teocrático aún no abandona su deseo de contraatacar a EE UU. De este preciado objetivo, por cierto, la Casa Blanca se guarda de hablar mucho.

    Se sabe que Hugo Chávez ya trasegaba estas codiciadas materias primas desde el año 2005, si no antes. A ello debe sumarse la disposición del dictador bolivariano a alinear esfuerzos operativos con Rusia, China y otras naciones adversarias de Estados Unidos. Bajo estos términos –los de la defensa táctica–, el prendimiento de Maduro estaba tan lejos del radar de Trump como podía estarlo de Barack Obama el ajusticiamiento de Osama bin Laden.

    En la dirección de disputar la creciente influencia china en América, Trump también envía un mensaje claro a su homólogo en Pekín, consistente en hacerle ver el riesgo que supone apostar sus recursos en países americanos de naturaleza inestable. La expansión geopolítica del gigante asiático se encuentra de pronto con una línea pintada en el piso, haciéndole prescindir del crudo que sacaba mensualmente de Venezuela.

    Sin embargo, para dar más fuerza al argumentario “antiimperialista”, ciertas posturas se enfocan en repetir y repetir que el gran propósito de EE UU detrás de su ataque es el petróleo venezolano. Esta afirmación carece de sentido práctico por varias razones. La primera es que ese país posee suficiente petróleo en su propio subsuelo. Texas por sí solo puede producir cinco millones de barriles diarios de crudo, muy por encima de los 3,7 millones de barriles que Venezuela llegó a extraer al día, allá por 1997, cuando todavía el chavismo no barría con todo.

    En segundo lugar, la debacle bolivariana ha reducido tanto la producción de crudo, que hoy apenas llega (y con serias dificultades) a menos de un millón de barriles diarios. Rehabilitar esta industria destrozada podría requerir, de acuerdo a los expertos, más de 100.000 millones de dólares en inversión sostenida por una década, contando además con las garantías políticas, jurídicas y fiscales que la vuelvan atractiva. Aunque lo vocifere desde el Salón Oval, Trump no tiene forma de garantizar eso a ninguna compañía petrolera, ni siquiera de su país. Esto explica por qué los grandes consorcios productores siguen sin entusiasmarse con la idea de aventurarse en Venezuela, aunque saliven las refinadoras en el golfo de México.

    Pero incluso si las realidades anteriores no supusieran en sí mismas un desafío titánico, ¿quién es capaz de predecir el comportamiento del petróleo en el mercado internacional? Cuando se especula sobre el control del precio del combustible como el incentivo real detrás de la maniobra militar en Caracas, suele ignorarse la cantidad de factores que Trump tendría que dominar para que tal cosa fuera posible, a saber: influir en las votaciones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep), dirigir el tránsito del crudo (por mar y tierra) en todo el globo, eliminar el mercado negro, evitar y sofocar las crisis políticas y económicas mundiales, y, de paso, ejercer un control cuasi divino sobre el clima. Absurdo.

    Siendo entonces el petróleo un objetivo más bien circunstancial, hay que preguntarse con seriedad si en el horizonte geoestratégico de Trump, aparte de la neutralización de Irán y China, existe la opción de democratizar Venezuela. Y en este tema, como en todos los que salen de su boca, debemos ir siempre más allá de las palabras del republicano, que no se distingue precisamente por ser un hombre de sólidos principios democráticos.

    En la mente de alguien como Trump, ¿existen incentivos suficientes para quebrar lanzas en favor de la recuperación del Estado de derecho, la separación de poderes y la prosperidad de Venezuela? La respuesta es sí. La estabilidad en la tierra de Bolívar tiene el potencial de ser un triunfo político en toda regla, exhibe el fracaso del multilateralismo burocrático y promete un legado perdurable. La única condición es hacerlo bien. ¿Cómo? Veremos más adelante cuáles son las opciones.