Todos los días decenas de miles de vehículos recorren los 2.1 kilómetros del boulevar Los Próceres sin que casi nadie repare en que esa cinta de asfalto que hoy respira gasolina y prisa fue, apenas seis décadas atrás, tierra de labranza; los terrenos que ocupa formaron parte de dos fincas Palermo y Guadalupe, según recoge la tradición oral que circula entre cronistas y vecinos de la zona.
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Hermano Lejano que volvió a casa
Caminando por el bulevar de oriente a poniente, el primer gran hito que encuentra quien lo recorre es justamente ese monumento, coronado por un paso a desnivel de un solo carril que lo atraviesa por encima: se levantó en 1994 con el respaldo del entonces alcalde de San Salvador, Armando Calderón Sol, quien un año después sería elegido presidente de la República, y su nombre original, Hermano Lejano, respondía a la vocación con que fue concebido: rendir homenaje a los salvadoreños que habían dejado el país durante la guerra civil y los años de posguerra en busca de trabajo en el extranjero.
Ese nombre se cambió en 2002 por el actual, Hermano Bienvenido a Casa, en un gesto que desplazaba el énfasis de la distancia hacia el regreso, hacia la bienvenida a quienes volvían de visita o de manera definitiva; su ubicación no es casual, pues señala el tramo donde el boulevard se conecta con la vía que lleva al aeropuerto, de modo que es de los primeros paisajes urbanos que ve quien llega desde fuera del país.
La autoría suele atribuirse, en reportajes de prensa y publicaciones de divulgación, al artista Fernando Llort (1949-2018), uno de los mayores nombres del arte salvadoreño contemporáneo; se trata de una atribución extendida y verosímil, coherente con el momento y el estilo de su obra, aunque no logramos cotejarla contra una fuente enciclopédica de primer orden, así que la dejamos anotada con esa misma reserva.

La Torre Democracia, que cambió tres veces de nombre
La torre que nació como Torre Democracia en 1989, pasó a ser Torre Cuscatlán en 1998, Torre Citi en 2007 y volvió a llamarse Torre Cuscatlan en 2016.
Antes de llegar al campus de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), quien camina el bulevar hacia poniente se topa con otro hito, este de vidrio y concreto en lugar de acero: la torre de 79 metros y diecinueve niveles que el arquitecto salvadoreño Ricardo Jiménez Castillo levantó entre 1988 y 1989, aunque algunas fuentes sitúan el arranque de la obra a finales de 1987, con el ingeniero estructural Fredy Herrera Coello a cargo del cálculo, y que nació, según registran varios archivos fotográficos de la época, con el nombre de Torre Democracia, pensada originalmente para alojar oficinas de gobierno; conviene precisar, de paso, que las fuentes consultadas identifican a Jiménez Castillo como arquitecto del proyecto y no como ingeniero, distinción que en el gremio de la construcción no es menor, aunque es frecuente que la prensa y la memoria popular usen ambos títulos de manera intercambiable.

Su año de conclusión, 1989, coincidió con uno de los momentos más violentos del conflicto armado salvadoreño, el de la llamada Ofensiva Hasta el Tope en noviembre de ese año, cuando la guerrilla del FMLN tomó por asalto buena parte de la capital, y las mismas fuentes documentan que la Torre Democracia, por su condición de edificio gubernamental, sufrió numerosos ataques e intentos de derribo durante esos años de guerra que dejaron buena parte de su fachada de vidrio destrozada; una fotografía de archivo que circula como material histórico sitúa, en efecto, uno de esos ataques en 1989.
La torre permaneció bajo control estatal hasta 1998, año en que fue adquirida por el Banco Cuscatlan y rebautizada Torre Cuscatlan, nombre que conservó hasta julio de 2007, cuando Citibank compró el banco y la rebautizó Torre Citibank El Salvador, o Torre Citi, como terminó por conocerla la gente.
La historia, sin embargo, no se detuvo ahí, porque en 2016, cuando el grupo hondureño Terra adquirió las acciones de Citigroup en la región, el edificio recuperó el nombre de Torre Cuscatlan, el que lleva hasta hoy, un vaivén de bautizos que, a su manera, resume tan bien como los bustos y el propio bulevar esa costumbre salvadoreña de rebautizar sus monumentos cada vez que cambian de dueño.




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